Kolumna Okupa

Rocío Silva Santisteban

November 22, 2009

Pishtacos y espías

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Al parecer no es solo uno: varios serían los ladrones de grasa humana; así como varios los traidores a la patria. Los pishtacos de la actualidad podrían pasar piola como cocaleros del valle del Monzón; los espías contemporáneos han perdido el glamour de la guerra fría y son apenas parecidos a cualquier mediocre corrupto. Los pishtacos huanuqueños actuaban como operadores del capitalismo global que requiere de materias primas tercermundistas, en este caso grasa humana, para la elaboración de “cosméticos”. Los espías recibían dinero por Western Union –el gran Money Exchange de los inmigrantes pobres globalizados– y lo utilizaban para amortizar deudas bancarias. Real y patético.

Es así que dos de los clásicos estereotipos de los géneros literarios –el monstruo perverso y desafiante, el traidor que vende a su nación por un puñado de monedas–han pasado de lo temido como amenaza a lo vivido como realidad; de las páginas de los cuentos andinos y las novelas negras a las de los periódicos, revistas ¡y como noticia del twitter de The Guardian! Nada más y nada menos. 

Hoy en día la ficción aburre cada vez más y se ponen de moda las biografías, los testimonios, los biopics y la historia reciente: las noticias requieren de “aires de novela” y los espectáculos basados en la realidad (reality-shows) son el género televisivo por antonomasia. Las telenovelas se basan en historias de grupos musicales reales y las novelas escritas, sobre todo las del decadente realismo-sarcástico-urbano, se basan en los diarios personales de sus autores. Puro aburrimiento.

No es de extrañarse, por cierto, que los peruanos percibamos muchas veces la realidad como ficción y viceversa, y que dentro de la atronadora caja china que es la nación, con sus compartimentos-estanco, sus oasis sureños solo para ricos y sus devaneos racistas, descubramos que su núcleo duro es una parodia. Y mientras tanto siguen las movilizaciones, la crisis de partidos, los conflictos sociales provincianos, la impunidad de los congresistas y las reuniones de ejecutivos que palpan sus bolsillos antes que palpar la realidad. 

Esta kolumna ha sido publicada el domingo 22 de Noviembre de 2009 en La República.

La imagen es de la película El Laberinto del Fauno del director Guillermo del Toro. Obviamente no es un pishtaco, ni un espía (mensaje para los que no entienden que esta kolumna es una ironía sobre la malinformación de la prensa y la policía sobre un mito y no una noticia).

November 16, 2009

Clo & Meche

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Hace cien años murieron dos de las mujeres pioneras del periodismo de nuestro país: me refiero a Clorinda Matto y a Mercedes Cabello. Ellas representaron no solo el esfuerzo de las primeras mujeres ilustradas por el conocimiento –tuvieron la suerte de ser educadas por maestras que les enseñaron idiomas, por padres que les abrieron las puertas de sus bibliotecas y de sus mentes– y por la búsqueda de justicia –en el caso de la cusqueña Clorinda por los indígenas, Mercedes por las propias mujeres– sino también la pluma de las primeras peruanas que decidieron escribir en revistas y periódicos para participar a través de la prensa en el debate público.

Grimanesa Martina Matto Usandivaras nació en Calca, Cusco, en 1852. Luego de casarse con el comerciante Joseph Turner escribe una serie de “Tradiciones cusqueñas” que le dan mucho prestigio. Después de enviudar a los 28 años se traslada a Arequipa donde dirigió La Bolsa, y finalmente cuando llegó a Lima lo hizo para dirigir una de las revistas más importantes de la época: El Perú Ilustrado. Por la misma fecha (1889) publicó Aves sin nido, novela que causó un gran revuelo pues en sus páginas denunciaba las inmoralidades del clero (un hombre y una mujer no pueden culminar su amor porque se enteran que son hermanos e “hijos de cura”). La Iglesia no olvidaría la ofensa, y pocos meses más tarde, el arzobispo de Lima denunció a la severa Clorinda de “pornógrafa” por publicar en El Perú Ilustrado el cuento “Magdala” de Henrique Coelho Netto (se insinúa una relación non santa entre Jesús y María Magdalena). La excusa fue perfecta: Clorinda es ex comulgada y debe renunciar a la revista. Aves sin nido engrosa el index de libros prohibidos y, como es lógico, se convierte en un best seller. A los pocos años, luego de intentar sacar adelante una pequeña imprenta, Matto es repudiada por Nicolás de Piérola y su casa e imprenta son saqueadas. Tiene que salir del Perú y finalmente muere en Buenos Aires.

La vida de Mercedes Cabello tampoco fue un lecho de rosas, a pesar de que, gracias al apoyo de su familia, Cabello se convierte en una de las primeras intelectuales peruanas del s.XIX. Quizás uno de los motivos fue su estirpe moqueguana: en ese entonces una especie de centro cultural y bibliófilo bastante activo, donde Mercedes pudo aprender varios idiomas y disfrutar de las excelentes bibliotecas de su padre y de su tío. A los 22 años se traslada a Lima y luego se casa con el médico Urbano Carbonera, quien, paradójicamente, la contagia del mal que la llevaría a la “parálisis general progresiva” primero, y a la muerte después: la sífilis. Mercedes Cabello escribió encendidas defensas de la educación de la mujer y varias novelas, dos de las cuales fueron las más conocidas: Blanca Sol y El conspirador, una denuncia frontal contra el gobierno de Nicolás de Piérola.

Clorinda tenía la mirada severa, los ojos encapotados, lentes redondos y una boca muy fina. En uno de sus retratos clásicos se le ve como una severa matrona, con un sombrero de visera y flores de tocado. Por el contrario, Mercedes no usaba lentes, los ojos eran grandes y las cejas muy pobladas, el pelo ensortijado y la cara cuadrada. Clorinda intentó ser sutil y fue una mujer muy astuta; Mercedes nunca tuvo pelos en la lengua y sus denuncias siempre fueron directas y en voz alta. Ambas fueron repudiadas: Clorinda huyó al exilio, Mercedes al manicomio.

Gracias al temple de ambas, se abrieron muchos caminos que nosotras, hoy, transitamos con tanta fluidez. Acá en el Perú las mujeres les debemos –como se dijo sobre Simone de Beauvoir en Francia– todo. ¡Les debemos todo!

Esta kolumna ha sido publicada el domingo 15 de Noviembre de 2009 en el diario La República.

November 11, 2009

Lévi-Strauss sin jeans

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El antropólogo belga murió esta semana. Tenía cien años cumplidos y una obra que ha dejado huella.

La primera vez que escuché hablar de Claude Lévi-Strauss tenía trece años y mi padre se había enfrascado en una conversación con un colega sobre algunos detalles de su famosa teoría estructuralista.  La única referencia que tenía personalmente de ese nombre era la marca de mis blue jeans y haciéndome la sabihonda, les hice el comentario respectivo, y la respuesta fue una sonora carcajada. Como me quedé con el puchero asomando suavemente por las comisuras de los labios, mi padre me prestó “Tristes Trópicos”, en una edición de Editorial Tusquets. No entendí nada. Ese libro contenía palabras que no estaban consignadas en mi Pequeño Laurousse Ilustrado. Me dio tanta cólera, que me hice el firme propósito de entenderlo.

Solo muchos años después, dictando el curso que ahora llevo en la Universidad Ruiz de Montoya, he podido tratar de entender un poco más la mente genial del recientemente fallecido antropólogo y etnólogo belga. Lévi-Strauss fue quien hizo comprender a la intelectualidad occidental que las diferencias entre “salvajes y civilizados” en realidad son solo asunto de matices y de lo que posteriormente se denominó “etnocentrismo”, es decir, creer que nuestra cultura es la “buena, correcta y única posible”. Lévi-Strauss provocó con sus propuestas los primeros acercamientos a la alteridad radical, la idea de que cada ser humano organiza una cultura según su entorno y que cada cultura tiene una serie de normas lógicas que permiten, precisamente, la supervivencia.

Si bien es cierto que hoy en día algunas de sus propuestas han quedado rezagadas por los acercamientos antropológicos de Clifford Geertz o de otros autores, el magisterio que Lévi-Strauss ejerció sobre la incipiente ciencia de la antropología durante los años 50 y 60 del siglo pasado es de una importancia capital.  Y no solo para esa ciencia: sin Lévi-Strauss el psicoanalista Jacques Lacan no hubiera podido desarrollar el empaque “cultural-lingüístico” de su obra y Simone de Beauvoir no hubiera podido escribir “El segundo sexo”, pues es Lévi-Strauss quien le presta su tesis de doctorado aún inédita para que ella posteriormente desarrolle su idea-fuerza “la mujer no nace, se hace”.

Dos hechos vitales fueron fundamentales para el desarrollo de la obra de este antropólogo que odiaba los viajes: precisamente su primer viaje a Brasil huyendo del servicio militar francés –donde pasó mucho tiempo con los indígenas del Matto Grosso– y su estancia en Nueva York, donde conoció al lingüista ruso Roman Jakobson, y pudo afinar su teoría estructuralista, sin duda, una de las propuestas de pensamiento más influyentes del siglo XX. El primer libro de sus famosas Mitologías, “Lo crudo y lo cocido”, se refiere precisamente a la importancia de la gastronomía y la ingesta calórica para organizar, muchas veces, las diversas maneras de pensar: sin posibilidad de cocción de los alimentos, no hay “concepto” de crudo ni de cocido. Solo la experiencia permite crear nuevos paradigmas.

Me cuentan, no sé si será verdad, que a veces Claude Lévi-Strauss, con sus cien años a cuestas, se aparecía a mediodía por la ventana de su oficina, y que la gente en las calles de París lo aplaudía.

Esta kolumna fue publicada el domingo 8 de noviembre en La República.

November 2, 2009

Notables y subalternos

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Gracias a una resolución suprema firmada por el entonces primer ministro Yehude Simon se designó a Mario Vargas Llosa y a otros peruanos ilustres (Fernando de Szyszlo, Monseñor Bambarén, Salomón Lerner, entre otros) como los gestores del proyecto Museo de la Memoria. La idea es que esta comisión gestione “la ejecución, organización y puesta en operación del museo, y promoverá la obtención de financiamiento para garantizar su operatividad a través de la cooperación internacional no reembolsable, en coordinación con las entidades públicas competentes”.  Uno de sus frutos ha sido la donación de la Municipalidad de Miraflores de un terreno muy apropiado de 8,300 metros cuadrados, con vista al mar, como espacio físico para la infraestructura del mismo. A pesar de los vientos en contra durante los primeros meses de creada esta comisión, hoy la solidez de sus representantes ha permitido este avance fundamental.

Sin duda alguna, la acción decidida de Vargas Llosa para solicitar al presidente Alan García la ejecución y aceptación de la financiación alemana ha sido y es encomiable y admirable. A su vez, no se ha dormido en sus laureles, sino que ha salido a defender sus ideas con mucha entereza cuando los corifeos del poder, de todos lados, empezaron a arreciar con ideas clichés.

Asimismo ha sido importante que todas las personalidades mencionadas hayan aceptado participar de esta gestión, incluyendo por supuesto a profesionales que conocen de experiencias sobre memoria, museos y gestión de búsqueda de fondos. Ha sido un gesto decisivo.

No obstante, lo que me llama la atención, es que el Perú sigue siendo una nación en la que los “notables”, las personalidades, siguen siendo los ciudadanos con voto y sobre todo voz para poder dialogar con las más altas instancias. El Estado, representado en su presidente, mantiene la lógica de la república aristocrática: el ciudadano o la ciudadana de a pie no son interlocutores válidos para acciones de este tipo, menos aún, si se unen en marchas ciudadanas, o en grupos de presión, o en movimientos. 

Esto se demuestra primero con la postergación, luego el ninguneo, y ahora la suspensión del Registro Único de Victimas del Consejo de Reparaciones. Una lentitud del elefante ha dado el ritmo para que sus trabajadores, indignados, no salgan solo a reclamar por sus efímeros puestos de trabajo, sino sobre todo, por culminar una tarea imprescindible. ¿Qué va a suceder ahora?, ¿quién de nuestros “notables” tendrá que convertirse en voz e insignia de las víctimas?

Tuvo que ser uno de los hombres más notables del Perú el que, primero, salió a la palestra con un artículo publicado en el diario El Comercio (y en un grupo importante de diarios en español y en inglés) defendiendo la importancia de un Museo de la Memoria y declarando la estupidez que implicaba aducir que ese dinero “sería mejor destinado a paliar la pobreza” como lo dijo un ministro.

Por supuesto que todo dinero para paliar la pobreza está bien destinado, si es que los programas sociales están bien articulados, y no son, simplemente, espacios para conseguir adherentes a causas políticas inmediatas. Pero cuando nos referimos a un Museo de la Memoria estamos apelando a otra cosa. Un Museo de la Memoria implica un trabajo simbólico de solución de quiebres durísimos que hemos vivido todos los peruanos. Un Museo de la Memoria que recoja en imágenes e historias y ¡por qué no! testimonios de las víctimas, los años crudos que tuvimos que vivir con el pánico al terror. Como ha dicho Vargas Llosa, esta es la posibilidad de vacunarnos contra horrores semejantes.

Pero, ¿qué hacer para vacunarnos contra mentalidades que tienen profundamente internalizada la idea de la ciudadanía “tutelada”?, ¿cómo operar desde la prensa, desde la escuela, desde la universidad y desde las calles, para que nuestra voz, la de cada uno de los peruanos, cuente por una y no por cero o por miles?, ¿hasta cuándo la subalternidad del peruano promedio?

Mantener este tipo de relaciones para organizar una nación nos acorrala en la búsqueda del Inca, la búsqueda del “taita”, de aquel que va a solucionar nuestros problemas porque preferimos ser incapaces, menores de edad, adolescentes eternos, y funcionar bajo la batuta de la autoridad-autoritaria, que no nos pregunta sino que actúa por nosotros.

El Perú sí necesita museos pero sobre todo necesita ciudadanos.

Esta kolumna salió publicada tal cual en Domingo de La República el 2 de Noviembre de 2009, pero en realidad, es un re-mix de esta kolumna publicada en abril de este año en este mismo blog. La excelente e irónica fotografía la he tomado del blog del escritor y periodista piurano Josué Aguirre que en la foto "hace las veces" de Cabrera Infante.

October 26, 2009

Decisiones estéticas-sub proletarias

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Hace poco, una amiga crítica cultural argentina me lanzó una serie de preguntas para ser publicadas en un trabajo suyo, y entre ellas, una que nos enfrenta a una decisión ético-estética y ante la posibilidad de quedarse pateando latas: “¿Es posible separar entre la profesión de crítico y la presentación del libro de un autor perteneciente al staff del diario, editorial o universidad para la que uno trabaja?”.

Hay varios elementos que pueden convertir a una lectura en una loa y uno de ellos es el chantaje: el jefe del periódico (o universidad) donde trabajas –tú eres un escritor en ciernes– publica un cochambroso opúsculo dizque en versos, y te lo pone enfrente para que le hagas la reseña de rigor (¡sí, en su propio medio de comunicación, o en la revista de la universidad que él mismo dirige!). Entonces:

a. Le dices que no puedes porque va contra tus principios, pero que se lo pasarás a uno de tus conocidos (ejem, enemigos), sabiendo que bien pronto te quedarás sin trabajo, pero saboreando la venganza.

b. Le dices que lo harás, pero que opinarás con todo el rigor del que eres capaz (capacidad proporcional a tu “compensación por tiempo de servicios” que se agotará a los dos meses de desempleo).

c. Le dices que “bueno, pues”, y escribes una serie de calificativos inocuos y pareceres gaseosos o, mucho mejor, haces un análisis semiótico de dos poemas, con actantes y secuencias narrativas y cuadros semióticos y hablas del cuerpo-texto y del análisis lacaniano-zizekiano, pero salvas el puesto.

d. Le dices que “por supuesto”, “encantado”, “con todo gusto” y le pasas la franela de la mejor manera posible con todas las esdrújulas utilizables en una loa de falso calibre, y te ascienden a editor.

e. Ninguna de las anteriores.

Me imagino que hay más respuestas y variaciones del mismo tema: el asunto es que la situación anterior no es culpa del escritor-crítico sino del otro individuo que lo pone en una situación incómoda. Algo completamente diferente es que un amigo o amiga, compañera de aventuras y de estudios, co-generacional y co-universitaria, aquella cuyo hombro sirvió de apoyo para tantos llantos, nos pide que presentemos su libro. Leemos el libro y no nos gusta. ¿En la presentación seremos capaces de decirle a nuestra amiga escritora o poeta que se equivocó, que erró esta vez el camino, que se está anquilosando o repitiendo machaconamente?, ¿es posible ser riguroso y no encontrar siquiera un verso digno de ser admirado?

¿Y qué sucede en la situación opuesta cuando un colega que escribe desde nuestra propia opción escritural nos pide que le presentemos un libro? Leemos el texto, y nos sentimos totalmente identificados con el mismo (por supuesto, es la misma opción, es la misma estética, son los mismos elementos), nos parece maravilloso, extraordinario, realmente muy bueno… y seguimos presentando libros de todo el barrio poético sin darnos cuenta que nos ha quedado el talán del coro.

Otra posibilidad que se ha dado en el Perú: el poeta es también un excelente crítico, y un excelente poeta, tiene amigos muy buenos poetas, otros regulares y muchos mediocres, decide que su opción estética es la única válida de su generación, y escribe precisamente un libro para validarla: incluye a tirios y troyanos, pero a la hora del balance, solo incluye a “los suyos” como la “mejor opción escritural de la generación A”. Y entonces, en una vuelta de tuerca digna de un puntero mentiroso, se valida a sí mismo y a su estética como “la opción” poética del canon peruano del Perú (perdonen la tristeza).

Esta kolumna ha sido publicada en Domingo de La República el 25 de octubre de 2009,día del octogésimo quinto cumpleaños de doña Aura Manrique.

October 18, 2009

Yo no he abortado

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Yo no he abortado y sin embargo soy una firme defensora de la despenalización del aborto.  Por una razón básica: no se puede defender el derecho a la vida en abstracto cuando, por considerarlo un delito, miles de mujeres mueren anualmente por prácticas clandestinas de abortos en las peores condiciones. Yo soy cristiana y, por eso mismo, defiendo la vida misma y no la viabilidad de una célula. No se trata de un derecho al cuerpo, en mi opinión, sino de una defensa de la especie y de las mujeres como sujetos antes que como vientres.

Hace veinte años, y sin haberme casado, salí embarazada en Viena, Austria. Después de quedarnos pasmados mirando el color celeste del reactivo químico, Eduardo y yo nos dimos cuenta de que se confirmaban nuestras sospechas. La dueña de la casa que alquilábamos, Elfriede Svatek, me acompañó al Krankenhaus (no tenía ni una sola amiga que lo hiciera). En el hospital público un joven doctor de la India me preguntó en inglés por la última fecha de mi menstruación. Luego de examinarme me confirmó el embarazo y me preguntó si lo quería tener. “Natürlich” le contesté, un poco indignada por la pregunta, y por la obsecuencia de mi juventud. El doctor me precisó que si quería abortar, necesitaba regresar de inmediato al día siguiente con mis documentos y mi ropa de cama; pero si lo quería tener, entonces, debía regresar en un mes para el segundo chequeo.

Me sorprendió la situación y la poca importancia que le había dado Frau Svatek: una dama setentona típica, abuelita, y sobre quien yo sospechaba cierto disimulado racismo. Ella me explicó que el servicio de salud austriaco era gratuito y que pensara dos veces si quería tener a la criatura. Muchos años después entendí que en Austria ad portas de la caída del muro de Berlín, durante el convulsionado 1989, los hospitales públicos atendían a todo tipo de mujeres, locales o inmigrantes, con papeles o sin papeles, porque la interrupción legal del embarazo era un derecho completamente aceptado. Frau Svatek también me enseñó dónde quedaba la Votivkirche porque ella asistía todos los domingos. Era católica, conservadora, pero reconocía plenamente una política pública que Europa había legalizado muchos años atrás.

¿Por qué no aborté? Yo esperaba a esa hija mucho antes de estar embarazada, con gran curiosidad y mucha irresponsabilidad de mi parte. Veinte años después me doy cuenta de que hubo razones concretas para aceptarla: tenía cierta esperanza económica en el futuro y había terminado mis dos carreras. No pasaba por una angustia mayor, excepto la de encontrarme bastante sola, y lejos de mi país. ¿Qué hubiera sucedido si mi embarazo hubiera sido el resultado de una violación en masa por siete sinchis como el de Giorgina Gamboa?, ¿o el producto de las torturas como el caso de Magdalena Montesa?, ¿o de la violación del propio padre como el de E.M.O., piurana, 16 años?, ¿o si el feto era anencefálico como el tortuoso embarazo de  Karen Llantoy? La historia hubiera sido completamente diferente y, en todo caso, la opción por la defensa de la vida palpitante de la madre supera cualquier necesidad de convertirla en depósito de vida.

Es absurdo creer que alguien puede estar “a favor” del aborto. Pero, despenalizarlo es una necesidad urgente para evitar la criminalización de una decisión difícil, terrible, pero que conlleva una responsabilidad de un ser humano libre: nosotras las mujeres. Lo incongruente es que sean hombres célibes quienes, en este acalorado debate, se adueñen de la verdad sobre la maternidad y sus límites.

Esta kolumna ha sido publicada el 18 de octubre en el suplemento Domingo de La República.

October 13, 2009

Preguntas

¿importan los cuerpos?
¿importa la materia de la que estamos hechos?
¿las venas?
¿la sangre que fluye mes a mes?

un rastro
de tu saliva bajo
las marcas de mi propio
deterioro

flacidez
arrugas
canas

una pierna dura y un músculo
que se abre

¿es el corazón?

 

La pintura es del excelente artista español Antonio López y se llama Atocha.

October 8, 2009

Los chicos se hacen hombres

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James Dean: el rebelde sin causa paradigmático.

La narrativa de Oswaldo Reynoso es una de las más atrevidas de la Generación del 50. Sus personajes, enlodados del barro de una ciudad emergente, transcurren por sus páginas envueltos en olores fuertes y sudores, como si acabaran de terminar una pelea callejera. Justamente una de las características estructurales de Los Inocentes, es la configuración de varios relatos totalmente independientes, pero que en conjunto conforman un corpus narrativo singular, que algunos críticos han denominado novela fragmentada. Todos ellos además, llevan como título el nombre de sus personajes (Cara de Angel, El Príncipe, Carambola, Colorete, El Rosquita), y las historias están vinvuladas entre sí (por eso el subtítulo reza Relatos de collera).
Mención aparte merece el lenguaje: un mosaico de la jerga de la época, finales de los 50 y comienzos de los 60, que le da a cada uno de sus cuentos, sobre todo con los monólogos interiores, la sensación de frescura callejera y que según Washigton Delgado, es un rescate del lenguaje de La Casa de Cartón, pero aplicado a la dolorosa y palpitante realidad de las clases medias bajas lumpenizadas de una Lima cada vez más alejada de lo señorial y cercana a la caótica urbe que envuelve este “laberinto de la choledad”.
Este breve trabajo apenas pretende esbozar algunas características del estilo peculiar de Reynoso y la forma de estructurar a sus personajes a partir de las representaciones de masculinidad que regían durante la época en los sectores bajos de Lima.  

EN BUSCA DEL ANTIHEROE

El papel que han jugado las ciudades en las historia de los países latinoamericanos a partir de la década del 40 ha sido determinante. Es, a partir de estos años, que la ciudad cambia y transforma no sólo la vida social sino también la propia existencia de sus habitantes. Como lo señala Juan Carlos Santaella en Reescrituras: “Lo urbano trajo un estilo esencial de comportamiento, al mismo tiempo que desencadenaba costumbres de cierta modernidad inevitable. A la par de una cultura progresista y de un avance incontenible de las ciudades, se fueron formando culturas y sentimientos paralelos que estaban depositados en lo que más adelante llamaríamos zonas orilleras y marginales de la ciudad. Este cambio, en gran parte económico, constituyó una capa social teñida profundamente de miserias y dramáticas pobrezas" (Santaella, 1983)
Esta forma esencial de comportamiento, producto de la miseria, la marginalidad y la extrama pobreza, estaría básicamente alimentada por la violencia inclusive en la construcción de las identidades de género. Es justamente esta violencia y en esencia esa otra moral que surge de estas condiciones de vida, lo que motiva a todos los personajes principales de Los Inocentes. Estos personajes —inocentes en el fondo, transparentes al final— luchan, pelean y transgreden en busca de un paradigma: el anti-héroe. Y esa búsqueda se sustenta en un cambio de valores: lo que Hugo Neira denominaría muchos años después la moral del achorado. El achorado, personificado por el maleante Choro Plantado en el enunciado de Los Inocentes —cuyo apelativo también es sugerente: ladrón pero con pinta, choro que no se corre— es el representante de todo lo que se precia para “lograrse como hombre” pero en los límites, transgrediendo, sobreviviendo.
Los valores a seguir por los personajes son aquellos que surgen de la supervivencia. Un sobreviviente, tal como lo caracteriza el psicoanalista César Rodríguez Rabanal, “es una persona sin mayores prespectivas. Quizá con ilusiones, pero sin planes concretos, sólo atina a defenderse en un mundo hostil que no puede transformar. El sentimiento de ser víctima tiende a florecer allí donde hay más aspiraciones que caminos y logros. En sociedades que prometen más de lo que pueden dar. En grupos bloqueados en su movilización. Esperanzas defraudadas, vivencias de abandono, el lamento puede traer alivio. El sentimiento es de víctima aunque la conciencia sea de actor” (Portocarrero: 1993).
Esa conciencia de la acción sobrepuesta sobre el dolor de saberse apenas una víctima de la sociedad, es lo que en el fondo motiva todas las acciones de estos antihéroes que pueblan las calles y páginas de Los Inocentes.
La moral del achorado, el leit motiv de las acciones de los protagonistas de la novela, es aquella basada en el todo vale, absolutamente cualquier medio se justifica por el fin: sobrevivir. Robar, matar, ser el bacán de la collera, el más agresivo, el que se pelea y gana, el que utiliza a los demás para sus propios y oscuros fines. Toda esta moral, fijada en un código de reglas de comportamiento determinado, finalmente puede derrumbarse ante la fuerza del Poder que estaría representada por los ricos o los que manejan las relaciones institucionales y los representantes del Estado.
En Cara de Angel, por ejemplo, el protagonista —al final del cuento— se sabe totalmente perdido y acepta su fracaso como una víctima acepta el sufrimiento, pues ese padecer le estaba signado ya desde el principio. O en El Príncipe, quien durante el interrogatorio policial mantiene un gran desdén ante la autoridad y pudiendo aclarar los hechos no contesta nada, pues sabe de antemano que cualquier intento sería inútil “¿Tampoco contestas a estas preguntas, no? Solito te estás jodiendo…” (Pág. 51). La autoridad, de alguna manera la fuerza de la Palabra, de la Ley del Padre, es ignorada y desdeñada por los protagonistas de este libro pues saben que finalmente, aunque reafirmen su virilidad por otros medios —lícitos e ilícitos como en el caso del Príncipe— no pueden sino seguir siendo los cachorros de la sociedad.
Los protagonistas se saben marginales, lumpenizados, bordeando el filo del crimen y el delito; y al mismo tiempo creen que la honradez nunca los sacará de la miseria. Entonces optan por un carpe diem rocanrrolero: el asunto es conseguir algo de billete para pasarla bien, eso los motiva “…torcer los ojos, fumar como vicioso, hablar groserías, fuerte, para que lo escuchen, caminar a lo James Dean, es decir, como cansado de todo, y con las manos en los bolsillos, y de ves en cuando tocer, ronco, profundo…” (Pág. 76)
En esta descripción subjetiva desde el punto de vista de Colorete se transparente una representación icónica de la imagen ideal de la masculinidad que debe poseer lo siguientes elementos:
1. La figura del “rebelde sin causa” que aun hoy sigue manteniéndose como héroe cultural de una gran mayoría: James Dean. El actor norteamericano, muerto a temprana edad, es la imagen ideal del hombre joven pero cansado de todo, que debe proyectar una sombra de experiencia sobre sus propio “paso por la vida”. Su transcurrir en el mundo no ha sido vano y ahora lleva conocimiento en su cansado caminar. Además de llevar el peso de la vida en sus pasos, también debe tener las manos en los bolsillos, ese actos de desinhibición y al mismo tiempo de insolencia (las manos en los bolsillos es otra imagen que inicia las fantasías de Cara de Angel en el primero de estos “relatos de collera”).
2. Torcer los ojos, fumar como vicioso, hablar groserías son algunos de los elementos que sirven aparentemente para la construcción de una identidad o más bien de la imagen de una identidad que no poseen. La inseguridad se esconde detrás de la agresividad que se utiliza como escudo contra la realidad. De la tradición lumpenesca, estos muchachos recogen sólo las apariencias. Es por esto que las groserías deben decirlas “fuerte”, para que se escuche, para que los demás identifiquen al que las emite como un Otro que no se ajusta a la regla. Pero la performance contra la ley nunca se ejecuta o si se la lleva a cabo, se fracasa (como en El Príncipe): perro que ladra no muerde.
3. Tocer ronco y profundo son las onomatopeyas de la masculinidad. La voz grave y la ronquera son los rastros de una noche de juerga, los rezagos del alcohol, la exhibición del deterioro que otorga cierta autoridad y respeto, requisitos indispensables para acercarse a otro de los personajes icónicos: el Choro Plantado. 
El motor de la acción en cada uno de los cuentos está signado por la irrupción abrupta: no lo piensan, lo hacen. El Príncipe, ante el auto estacionado con las llaves puestas y las lunas bajas, sólo puede robarlo “se necesita ser un gil para encontrar así un For y no choreárselo…” (Pág.50) ¿Cuál es el paradigma, entonces? Por negación se deduciría que es “no ser un gil”, esto es, no ser un estúpido. Robar el auto es lo correcto dentro de esta prespectiva, de lo contrario se caería en la estupidez (¿Y qué es la estupidez sino el opuesto a la razón?). Estos dos polos opuestos en las representaciones de masculinidad —un gil, un choro— superviven hasta ahora en las imágenes del lorna y el bacán, sólo que en el caso de Los Inocentes están signadas por el delito. Un gil es el dueño del Ford que lo deja en la calle con las llaves puestas, un choro o mejor aún, un achorado, es el que lo roba. Los ricos que no saben cuidar sus prendas deben ser choreados por los pobres que sí saben cómo procurárselas.
Perder la oportunidad hubiera sido ir en contra de las reglas de la supervivencia, de este rebelarse contra el sufrimiento del destino del pobre, del cholo. Por eso el mismísimo Choro Plantado —paradigma del achorado, imagen icónica del Ideal del Yo, el maestro que todos miran desde su posición de aprendices— brinda en honor del Príncipe porque se “ha atrevido” (Pág.44).
El principio de esta moral se sustenta en la idea de que “los buenos son inocentes pero suelen perder. Los malos se aprovechan, explotan y ganan…” (Portocarrero: op.cit). En un mundo caótico, donde la injusticia reina sobre los despojos de miserias sobrepuestas, hay que ser malo para ser ganador.
Sin duda Reynoso, como lo ha apuntado Miguel Gutiérrez, se ha atrevido a meter la mano al fuego “…o si se quiere utilizar la vieja metáfora, es el único de los narradores que se ha atrevido a merodear por los primeros recintos del infierno…” (Gutiérrez: 1991).

EL AMBIENTE HACE AL HOMBRE

Los protagonistas de Los Inocentes se comportan de esa manera pues es el laberinto hacia donde los empuja la rudeza de una ciudad como Lima. Laberinto que no necesarimanete implica un situación sin salida, sino que también puede ser un lugar “eficaz para portegerse de amenazas”. (Nugent:1992)
Reynoso deja claramente por sentado, al final del libro, que estos personajes son inocentes de su propio destino y que, si han caído en las garras de lo abyecto, ha sido porque no tenían otra oportunidad. “Pero también sé que a pesar de tus desgracias, de tu risa y palomillada eres triste. Eres triste porque comprendes que un muchacho como tú puede perderse. Ahí no está el Príncipe de ladrón; Colorete de “maldito” y casi casi perdido (…) Si en algo has fallado ha sido por tu familia, pobre y destruida; por tu Quinta, bulliciosa y perdida; por tu barrio, que es todo un infierno y por tu Lima. Porque en todo Lima está la tentación que te devora: billares, cine, carreras, cantinas. Y el dinero. Sobre todo el dinero que hay que conseguirlo como sea. Pero sé que eres bueno y que algún día encontrarás un corazón a la altura de tu inocencia”. (Pág.78)
Cara de Angel, Colorete, el Rosquita, el Príncipe, así como los otros personajes, arrastran su existencia por las calles de una Lima sórdida, sucia y pestilente; se hacen hombres peleando en el Parque de la Reserva o retándose en una partida de los inmundos billares del centro; plantean sus aspiraciones frente a una vitrina del Jirón de la Unión y coquetean con la degradación aunque al final no sucumben como sí lo hacen los fletes de hoy en día.
Esta ciudad emergente de los años 50, con su modernidad precaria y su estética de lo abyecto, es el espacio donde Los Inocentes dejan de serlo. Esta última característica es una de las más importantes de la narrativa de Reynoso: la estética de la pobreza. En las páginas de su libro, la miseria no es repulsiva, sino que mas bien plantea una secuencia de espacios donde los personajes pueden desarrollar sus más profundos deseos y la construcción de su sí mismo.
La condición de cualquier contacto físico —sobre todo si se trata de contactos sexuales— está precedido por una descripción de lo viscoso, de ambientes rosados, pesados y macilentos, del sudor de los cuerpos y la suciedad de las pieles, de los flujos de la lubricidad del ser humano “Tan sólo pude estrujarle los senos. Su ropa interior era de nailon: resbaladiza, sucia, tibia, arrecha…”
La condición de la arrechura parece ser la suciedad, porque finalmente el pecado —¿y qué mayor pecado sino el de la carne?— es “cochino” pero “rico”. Esa es la imagen, además, que se maneja de las relaciones con el otro género: la mujer debe ser conquistada porque es rica pero finalmente termina siendo cochina. Dentro de la línea de comportamiento que plantea Reynoso para sus personajes, finalmente terminan fracasando y siendo manejados por la lubricidad de sus deseos.
La suciedad y lo abyecto son dos elementos que conforman el ambiente donde el hombre aprender a comportarse como tal. Esta propuesta también la exponen los personajes para poner de manifiesto el poder de los “más bacanes” sobre los perdedores. Eso es lo que le dice Colorete a Cara de Angel después de haberle ganado tres libras en una pelea: “Cochino, sucio, sucio. Te creía limpio. Pero me gustas más así: sucio. Un día de estos te agarro de verdad…” (Pág.29)
Sutil insinuación homosexual en las relaciones violentas de estos dos contendores, que acaban una pelea callejera a pechos desnudos como si acabarán una dolorosa copulación. El aprendizaje de los mandatos masculinos requiere también este manejo de los bordes y los límites.
Todas estas descripciones concuerdan, por otro lado, con la idea del ambiente limeño, de esta Lima La Horrible, pero también La Sórdida: poblada de bares y cantinas mugrientas, billares repletos de olores viciosos, quinceañeros abarrotados de chiquillos que pretenden ser hombres regándose de lociones picantes, pero sobre todo, de calles y plazas donde los hombres cansados exhiben sus carnes sudorosas al sol: “LLega a la Plaza San Martín. El sol opaco y terrible cae sobre los jardines. Obreros, vagos, soldados y maricones duermen en el pasto: sueño sudoroso, biológico, pesado…” (Pág. 24) Reynoso describe a una Lima sucia y cargada, pero justamente por eso mucho más sexual, seductora y provocativa en su juego de placeres sórdidos, que ofrece a estos habitantes de su miseria, sólo la posibilidad de olvidar en el placer.
“Eres un auténtico hijo de Lima…” le dice manos Voladoras al Príncipe, rey de una ciudad a punto de ser devastada por su propia abyección. Lo que se mantiene durante todo el libro es la constancia de esta calidad de hijos, a pesar de que las pretenciones de los personajes es dejar de serlo. Por eso finalmente Reynoso descubre su juego: el narrador admite que estos aprendices de achorados sólo juegan a la vida y en esa perspectiva siguen manteniendo la inocencia. Todo es puro para los puros: la miseria de su marginalidad les permite vivir en el límite sin contaminarse. Pero siempre terminan fracasando en todos sus intentos.  
Se representaría acá a una juvenud que busca desesperadamente la adultez en las imágenes de los outsiders de una sociedad que los obliga a ser tales. Los patrones y mandatos de la masculinidad los hunden en la derrota.

Trabajo presentado al curso Relaciones de Género, Diploma de Género, Pontificia Universidad Católica, Lima 1998. Lamentablemente he perdido las referencias bibliográficas. La versión de Los Inocentes citada es la publicada por Peisa, 1997. La edición original se publicó en 1961.

October 6, 2009

Las mujeres y la guerra

Filed under: Kolumnas

Mujeres soldados kurdas.

Mientras nuestros vecinos se alistan a una absurda carrera armamentista y nuestro canciller propone un más que adecuado pacto de no agresión en la ONU para crear un sistema colectivo que garantice la paz en América Latina, y cuando los ánimos se caldean entre el personal de las FFAA ante la obsolescencia de los equipos y material bélico, en medio de todo este animus belligerandi, el IDL y DESCO publican un informe sobre los soldados vulnerables. ¿Soldados vulnerables?, ¿existen? Lamentablemente no todos los soldados peruanos son de élite: hay algunos más vulnerables que otros, y son aquellos que sufren discriminación.

Si bien es cierto que el Servicio Militar Voluntario ha finiquitado con prácticas autoritarias que iban en busca de “tropa” entre los campesinos de la sierra, aún siguen dándose en las Fuerzas Armadas múltiples formas de discriminar debido precisamente a un pensamiento militar que se basa en la “virilidad”. Hoy, luego de años de conflicto armado interno y de un régimen que cooptó a muchos oficiales de las tres armas, las mismas instituciones buscan canales más democráticos de ejercer sus actividades, pero es sumamente difícil desterrar ciertas “maneras de entender el mundo” del personal militar.

En primer lugar está el tema de las jerarquías que, si no se condice con un buen liderazgo, puede convertirse en ejercicios autoritarios del poder a los que estamos, en el Perú, tan lamentablemente acostumbrados. Pero también está el tema de que los ejércitos han sido espacios de hombres solos. Claro que existen historias de mujeres en batalla, solo por mencionar una recordemos a Juana de Arco, pero históricamente los ejércitos han sido espacios de “guerra cuerpo a cuerpo” y, por lo tanto, los soldados, reclutas, marinos y aviadores han sido generalmente varones. Esto ha implicado que los ejércitos sean una “comunidad de varones” –como la jerarquía eclesiástica– cuyas prácticas estaban centradas, precisamente, en mantener ese espíritu de cuerpo a través de lo que algunos denominan “virilidad”.

Por lo menos esto quedó más o menos claro en palabras del Gral. César Huertas el día de la presentación del informe del IDL-DESCO, cuando sostuvo que a pesar de la entrada de las mujeres, las Fuerzas Armadas no iban a dejar de ser viriles, por lo tanto, las damas tenían que adecuarse a esta sensibilidad. No obstante, el vicealmirante Carlos Tubino sostuvo que las mujeres pueden llegar a ser generales, pero dentro de determinadas “armas”, porque no se las puede exponer en unidades de primera línea como la artillería, la caballería o, en el caso de la Marina, en los submarinos, pues “a veces dos submarinistas duermen en la misma litera porque el espacio es demasiado reducido”. Es cierto: una mujer en una comunidad de varones puede producir problemas de este tipo, del día a día, de las prácticas de guerra, pero ¿realmente no está capacitada para ser submarinista o para pelear en primera línea? La comparación es odiosa y hasta quizás faltosa, pero pidiendo las disculpas del caso… ¿si Sendero Luminoso tenía a varias mujeres en la cúpula, como mandos y como combatientes, por qué las mujeres no podrían participar en un ejército regular en primera fila?

Pero aquí sí tengo una pregunta para nosotras, feministas, para las mujeres y los hombres que se preocupan de las mujeres en las FFAA: ¿realmente es un avance que una mujer forme parte de los ejércitos? No lo creo. Quizás soy más pacifista que feminista en el fondo de mi corazón.

Esta kolumna salió publicada en Domingo de La República el 4 de octubre de 2009.

October 4, 2009

Una se despide, insensiblemente, de pequeñas cosas…

"Antes se luchaba desde las canciones por un cambio, ahora se hace lo que se puede". Eso lo dijo la Negra Sosa hace poco antes de morir. Comenzó a ganarse la vida como empleada doméstica pero su voz portentosa, y su especial dedicación a la canción folklórica argentina, así como a la canción de protesta, le dieron ese sitio especial en el afecto de todos los latinoamericanos que, casi casi, crecimos escuchándola.

No era la argentina típica tipo Valeria Mazza con el pelo negro debajo del platinado al pomo. Al contrario: era gorda, retaca, morena, india. No era tampoco un ser dicharachero: tenía una manera seca de dar entrevistas pero le gustaba ser cariñosa con los allegados: con Charly o con Fito Páez. Definitavamente era una mujer que sabía de la pobreza y de la necesidad y cantaba para remarcar que hay tantos muertos de nuestra felicidad alrededor, y por lo mismo, el arte es también una manera de expresar la indignación y de movilizar sentimientos anclados que ningún discurso racional puede cambiar.

No recuerdo desde cuando escucho a Mercedes Sosa pero si que una amiga argentina con quien ingresé a la universidad en 1980, Claudia Arón, me prestó un casete con su música y me enseñó en la guitarra algunas notas de la "Zamba de la esperanza" que Sosa cantaba con una potencia y una nostalgia espectaculares. Asimismo, recuerdo que en el famoso SICLA de 1986, la Negra Sosa vino a Lima y fuimos tantos los que quisimos entrar al Teatro Municipal, que la cazuela temblaba como un sismo de 8 grados de tanta gente cantando "Gracias a la vida" junto con ella. Yo solo pude ver un pañuelo rojo que agitó por encima de su cabeza. De hecho, en los viejos casetes que me llevé a Cajamarca en 1987, y que oía y oía hasta que sus cintas se entrelazaban y se malograban, llevé varias de "sus" canciones, pero la que más repetía era "quién dijo que todo está perdido/ yo vengo a ofrecer mi corazón".

¿Qué de especial tenía su voz? No era solo potente, era además cálida y para mí tremendamente familiar, casera, doméstica, no sé cómo explicarlo. Su pronunciación "motosa" del castellano, mezclada con un lejano dejo argentino, le daban a esas letras una particularidad casi inexplicable que nos acercaba a ella con confianza. En la red se pueden encontrar numerosos videos de una Mercedes Sosa bastante joven, de pelo espectacularmente limpio, ataviada de poncho como siempre, cantando con una suavidad extraordinaria canciones de María Elena Walsh. Sosa podía otorgarle suavidad o rabia a esas letras que protestan por la injusticia, pero que también nos reclaman por la vida.

Precisamente ese algo que aprendí durante años terribles, escuchando sus canciones en la más angustiante soledad y tratando de tararearlas, fueron motivos para no romper el hilo de la vida. En esa juventud de crisis, terrorismo y autoritarismo por todos lados, confusión y tragedia, escribiendo en mis diarios las letras de sus canciones, aprendí que es necesario sacar algo afuera, arrancar el desánimo y la podredumbre de "adentro", derrotar al sarcasmo y la ironía que nos grangrenan, y confiar más en la vida. Confiar más.

"Uno vuelve siempre a los viejos sitios/ donde amó la vida…"

Volveré siempre a Mercedes Sosa, donde amé la vida.






















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