Neo-feminismo peruano del Perú: una propuesta
Siguiendo las propuestas de José Carlos Mariátegui quisiera empezar con una manifestación de parte, es decir, con la localización personal en torno al tema del feminismo, es decir, haciendo explícito “el lugar de la enunciación”: desde donde, políticamente, estoy desarrollando el análisis de los hechos, así como mis propias ideas y mis propuestas. Por lo tanto, debo de aclarar que yo no conozco al detalle los nudos internos del proceso histórico del llamado movimiento feminista peruano. No obstante, siempre me he autodefinido y considerado como una feminista y creo que esto se hace explícito en mi trabajo literario y en mis intereses académicos.
Siempre he considerado que tenía una base feminista , aunque al principio no supiera exactamente lo que esto podría significar. Mi feminismo, así como otras posiciones en mi vida, empieza por los libros y no por la militancia ni por los talleres de autoconciencia. No sé si esto es bueno o malo, como diría Javier Heraud, “simplemente sucede”. Mi feminismo empieza, por supuesto, de darme cuenta perfectamente de las condiciones de subalternidad en mi propia vida, en casa, en la calle, en la escuela, en la relación con los demás, en el recorte de mis libertades.
Y se estructura a partir de los libros. En concreto de las lecturas como los clásicos de Betty Friedman o Simone de Beavouir y, para hablar de los libros nacionales, de textos como “Ser Mujer en el Perú” o “Cinturón de castidad” que realmente marcaron mucho a las universitarias de mi generación durante los violentos años ochenta. Esta amalgama de sentimientos, razonamientos y luchas internas se consolida como propuesta más o menos coherente recién cuando puedo entrar al diplomado de género en la Universidad Católica en 1997 y leer sistemáticamente textos que me abren la mente como los de Gayle Rubin o los de Marta Lamas o los de Teresa de Lauretis.
El paso por el Diploma de Género no sólo es una revisión de un corpus crítico sino que, en el debate concreto en las diversas clases y pasillos, y con las compañeras que tuve la suerte de tener, pudimos concretar en prácticas concretas de estudios, análisis y, sobre todo, reflexión en torno también a nuestras propias vivencia: a nuestro lugar dentro del aula, dentro de la esfera pública, pero también en el análisis de las relaciones de poder en el seno de la pareja, de la familia, y en mi caso, de la escritura. Es desde este momento que intentó organizar algo, junto con otras amigas y colegas, llamado “crítica literaria feminista” aunque aún sigue siendo una propuesta sin concretarse aún en un manifiesto o libro, además de análisis fragmentarios. Asimismo, posteriormente a esta experiencia académica, entro a trabajar como “analista de discursos publicitarios” en Demus, Estudio para la Defensa de los Derechos de las Mujeres, donde luego desarrollo algunas actividades que vinculan directamente feminismo y cultura. Es desde ahí y en medio de las múltiples actividades anti-fujimoristas que desarrollamos durante finales de los años 90 que empiezo a conocer más de cerca ciertos debates que, anteriormente debido a mi condición de outsider, no tenía acceso. Todo este largo testimonio de parte para esclarecer el lugar desde el que estoy emitiendo mi discurso.
Contexto
Nos encontramos en un momento político peligroso en la historia del Perú: una época posdictatorial protagonizada por la precariedad de los sujetos posdictatoriales que somos, esto es, sujetos atravesados no sólo por las crisis política de la representación —la crisis de la clase política en pleno— sino también por la secuela de crisis moral que se concreta en lo que Juan Carlos Ubillúz denomina el “sistema pendejo”. Se trataría de un sistema en el cual la criollada deja de ser un “sacarle la vuelta a las normas” para convertirse en algo completamente diferente, en la pendejada, es decir, en una trasgresión agresiva con un objetivo sádico: sacarle ventaja al otro haciéndole daño y gozar en la realización de ese daño.
Esto se pone de manifiesto en las prácticas micropolíticas diarias, como por ejemplo, en el tránsito limeño y las maneras y usos de los chóferes de transporte público pero también de transporte privado, las colisiones en las pistas, los choques en las carreteras interprovinciales, la falsificación de licencias de conducir y la impunidad de los que atacan a la policía femenina cuando intenta poner orden.
No creo que los feminismos peruanos puedan desinteresarse por esta situación y no plantear una respuesta creativa y activa para salir de este entrampamiento ético. Sostengo, y esto siempre me ha parecido imprescindible, que es necesario proponer ideas vinculadas no sólo a las políticas sino sobre todo a la forma cómo pensamos, cómo actuamos, cómo creamos: se trata de ser alternativa también dentro del imaginario y proponer prácticas éticas y culturales feministas.
Análisis del movimiento feminista
Desde este contexto y puesto en evidencia mi lugar de la enunciación, es pertinente reflexionar sobre los avances y los entrampamientos del feminismo en el Perú. Para ellos quisiera pasar revista rápidamente a lo que, de forma esquemática, podría llamar el debe y el haber del movimiento.
HABER
Visibilización de las mujeres.
Toma de conciencia de muchos hombres y mujeres de la invisibilización de la mujer en múltiples situaciones, desde situaciones vinculadas a derechos humanos durante la guerra interna hasta de orden laboral.
Cambios en políticas públicas.
Los cambios en las políticas públicas gracias al lobby de las ONGs feministas y las propuestas para la concretización de estas políticas en normas jurídicas. Por supuesto, se trata de propuestas que vienen coordinadas desde diferentes instancias internacionales (Beijing, Cairo) pero que, gracias al esfuerzo de la acción de las mujeres en las distintas instancias de toma de decisión en el Perú se han organizado de mejor manera.
Puesta en debate público de temas vinculados a las mujeres.
La puesta en escena pública del tema de la violencia contra las mujeres, así como de los derechos sexuales y reproductivos, a partir de campañas sostenidas durante muchos años y muchas prácticas concretas. Aunque el tema bandera del movimiento feminista internacional, esto es, el tema del aborto se ha convertido en “un punto demasiado polémico caído de agenda”.
Los derechos de las mujeres son derechos humanos.
Haberse articulado con el movimiento de derechos humanos y mediar en la inclusión a los derechos de las mujeres en la categoría de DDHH. En términos generales, y para no hacer más larga esta lista que seguramente lo es, quisiera remarcar la importancia de las primeras feministas peruanas quienes pusieron sobre el tapete el tema de los derechos pero también de la libertad de la mujeres, tanto en relación a la toma de decisiones sobre sus vidas así como a la propia libertad de asumir sus cuerpos plenamente.
Creo que la simbología feminista de la libertad y la autoconciencia han calado en un sector amplio aún cuando después se haya tergiversado sus propuestas y se haya demonizado sus símbolos.
DEBE (o los malestares del feminismo)
No incidencia en políticas educacionales.
Así como las feministas han sido un lobby de presencia fuerte en temas de salud y derechos humanos, deberían también influir para incluir contenidos de equidad de género en el currículo escolar. Trasladar estos contenidos a un supuesto “eje transversal” es convertirlos en aire, en humo, en polvo, en sombra, en nada.
No asumir lucha frontal contra el machismo como imaginario social.
Siempre se está hablando de “derechos” pero se solaza un tema primordial: las formas culturales de entender las relaciones de poder en el Perú y la exclusión de las mujeres. Es un tema mucho más complejo porque no pasa sólo por cambios de normas jurídicas ni de plataformas, además es un cambio que se debe de dar lenta pero profundamente y para el cual no hay mucho financiamiento de las agencias. Se trata, asimismo, de un cambio para el cual es imprescindible ser inclusiva en términos de relaciones de género, en otras palabras, luchar codo a codo con los hombres. No creo que se deba plantear la inclusión de las mujeres en lo público, lo histórico y lo político de una forma endogámica porque es reproducir contra lo cual batallamos. ¿Por qué incluir a los gays, lesbianas, travestis, transgénero en la lucha y no a los hombres?, ¿por qué son los hombres quienes detentan el poder? Esa es una versión simplista del poder: el poder es poroso, amoldable, juega. Precisamente, como lo dice Foucault, el juego del poder no está en reprimir el deseo sino en inventarlo, en darle contenidos, en “hacernos creer que”. Desde el feminismo peruano se ha olvidado, o ninguneado, la articulación entre saber y poder, entre las formas de ver el mundo y las prácticas sociales.
El movimiento feminista no ha sido el movimiento de las mujeres.
Creo que ciertos sectores feministas confunden “movimiento feminista” con movimiento de mujeres y habría que ser más honestas para admitir que esto no es cierto. Si bien es cierto que durante el lapso del 85 al 92, más o menos, el movimiento feminista estableció relaciones importantes con el movimiento popular de mujeres (de los comedores populares, de los antiguamente llamados club de madres, así como de dirigentes como María Elena Moyano) esto no se ha mantenido, me imagino que, también, debido a la crisis este movimiento cooptado por las políticas de asistencialismo del fujimorato. El discurso monológico. Creo que existe un espacio donde se maneja un lenguaje técnico feminista divorciado del lenguaje de las no-expertas, no-profesionales del feminismo, no-académicas y que este lenguaje es sólo un síntoma del discurso monológico y la falta de voluntad de diálogo de algunos sectores feministas con otros sectores no-feministas. Por ese mismo motivo en el encuentro de los 25 años de Flora Tristán “sean feministas todas las que están, pero no están todas las que son feministas”. Y eso, en un país con tantos problemas de toda índole, es restar y autobombardear espacios de poder. Pero, por eso mismo, celebro la posibilidad de escuchar a miembros de otros colectivos, como el de los derechos humanos, y a otras voces diferentes y a su vez críticas, que desde otras geografías, interpelan al feminismo.
Finalmente, me pregunto, ¿qué es el movimiento feminista hoy?, ¿por qué no se ha dado, como en otros países, un feminismo más allá de las ONGs feministas?, ¿por qué no hay “movidas” feministas?, ¿qué ha sucedido que los feminismos se profesionalizaron y, lo más grave, se han convertido en una forma de sustento?
El feminismo es una ideología en el sentido más positivo y radical del término: es una interpretación de la realidad. Es una posición de parte. Es una forma de entender la necesidad de un cambio radical en las relaciones absolutamente desiguales entre hombres y mujeres. No se puede, por lo tanto, ser feminista por planilla, por nómina. En ese sentido, es preferible trabajar en una ONG feminista donde alguna de sus trabajadoras o trabajadores puedan afirmar abiertamente que no lo son, a hacerlo en una cuyos trabajadoras o trabajadores digan lo contrario por temor a perder el empleo, es decir, precisamente por esa precariedad de sujetos posdictatoriales.
Por otro lado, el oenegeísmo feminista —algunos lo llaman, la ongización del feminismo— ha permitido, muchas veces, que las agendas de las agencias y financieras no se negocien sino que se impongan sobre problemas urgentes locales que se volvían invisibles antes esta lógica. Un ejemplo: mientras que en el Perú durante el año 2001 y 2002 se discutía los temas problemático y difíciles que la Comisión de la Verdad y de la Reconciliación puso en agenda, es decir, que se planteó la posibilidad no sólo de pasar revista a los crímenes cometidos contra las mujeres durante el proceso de guerra interna, sino sobre todo, un espacio donde se está resemantizando la historia del Perú, las ONGs feministas intentaban levantar el tema de la lucha contra el fundamentalismo. No digo, ni por asomo, que la lucha contra todos los fundamentalismos, religiosos y políticos, no sea importante, sobre todo, en un país con una poderosa jerarquía católica que interviene directamente en las políticas públicas que perjudican a las mujeres, y a su vez, en un país que ha padecido el fundamentalismo del pensamiento único de grupos levantados en armas, pero el fundamentalismo ha sido un tema de la agenda estadounidenses después del 11 de setiembre del 2001. No hubo un interés desde las ONGs feministas por privilegiar un espacio como el de la CVR para incorporar al informe, precisamente, el punto de vista del movimiento feminista más allá de lo que se ha hecho a partir del trabajo concreto de las personas que trabajaron en el área de género de la CVR (y son exactamente cinco nombres). Por eso creo que es importante crear movidas feministas y esto lo lanzo para las y los más jóvenes, porque es importante seguir haciendo feminismo fuera del oenegeísmo feminista.
Y no quiero apelar aquí al conocido tema—sobre todo desarrollado en Chile— entre las institucionales y las autónomas, las femócratas y las outsider, y las divergencias entre ambas. Lo que planteo es la necesidad de recobrar el carácter transgresivo del feminismo desde un espacio sin deudas de ningún tipo.
Tareas
Difudir el pensamiento feminista, esto es, el pensamiento que reflexiona y habla sobre la exclusión de las mujeres: Abrir a las jóvenes y a los jóvenes espacios de encuentro con el pensamiento feminista a partir de talleres, círculos de estudios en las universidades, espacios de encuentro en las municipalidades.
Fortalecer las áreas de comunicación de las ONGs. Establecer reales vínculos con las mujeres productoras de cultura que, desde sus productos concretos, estimulan una reflexión sobre el pensamiento feminista.
Vincular el pensamiento feminista con las prácticas libertarias, de alguna manera, regresar a la fuerza simbólica de los primeros grupos feministas.
Erradicar el machismo, esto es, erradicar esa forma muy particular de patriarcado que ha surgido en nuestras sociedades coloniales. El machismo no es sólo la imposición de la supremacía del varón, sino la del varón sin la responsabilidad de ser el proveedor de la familia. Es necesario entender las diferencias del patriarcado en nuestras sociedades poscoloniales, subalternas y heterogéneas. Establecer la erradicación del machismo como una prioridad pública y considerar en agenda la importancia de la supervivencia del machismo como ideología que consolida no sólo prácticas de exclusión sino de violencia contra la mujer. Armar una campaña de erradicación del machismo estableciendo relaciones con los medios de comunicación, los publicistas, los otros “movimientos”, los centros educativos así como los estamentos estatales correspondientes (Ministerio de la Mujer).
Trabajar con los varones y con las instituciones que fomentan los grupos de autoayuda para varones que ejercen violencia contra sus esposas, compañeras, madres e hijas. No se puede erradicar el machismo como ideología sobre la que se sustenta la violencia contra la mujer, sin tener en consideración a los propios varones, su pensamiento y sus prácticas.
Erradicar el victimismo de las mujeres. Hay que aclarar que la ideología del victimismo, es decir, aquella forma de pensamiento que sustenta la recurrencia en las mujeres de autoconsiderarse víctimas así como débiles, no es lo mismo que la calidad de víctima para el discurso jurídico. Si un hombre le pega a su mujer, ella es una víctima real. Si una mujer responsabiliza al otro por su propio malestar o por sus desgracias o por su falta de competencia para asumir sus problemas, se encuentra dentro del victimismo. La organización de la debilidad física de la mujer como un elemento que permite una especie de condición simbólica también débil ha contribuido a la exaltación del machismo. Incluir en la agenda feminista el trabajo psicológico con mujeres auto-victimizadas. Elaboración de estrategias de empoderamiento ya no sólo a través de “capacitaciones” sino de grupos de apoyo psicológicos o grupos de reflexión.
Fortalecer la cultura de las mujeres, esto es, las prácticas y formas de pensamiento de la diferencia sexual. En resumen, personalmente considero que todas estas propuestas apuntan a consolidar lo que denomino la cultura de las mujeres. No se entienda cultura desde su acepción elitista, por lo contrario, desde su acepción antropológica, esto es, como todas las formas de la vida social. La cultura de las mujeres como una forma de manifestarnos en el mundo recobrando la alegría, los distintos placeres —el sexual, pero también todos los demás, como por ejemplo, el placer por el conocimiento que tanto reivindicó Sor Juana Inés de la Cruz— así como una posición para describir las diferencias entre las mujeres y aceptarlas desde la tolerancia. Consolidar la cultura de las mujeres implica, también, aceptar la diferencia de la otredad dentro del ejercicio de la libertad de pensamiento. Y por lo tanto, pensar en las mujeres no como simples otredades a las normas o excepciones necesarias —ley de cuotas, leyes de discriminación positiva— sino como paradigmas culturales. Es imprescindible posicionar una cultura de las mujeres y fomentarla desde una plataforma del movimiento de mujeres no como una pieza subordinada a los derechos primordiales ni a los derechos económicos y sociales, más bien como un elemento indispensable para que los otros puedan ser ejercidos y desarrollados. El reconocimiento a través de políticas públicas de la cultura de las mujeres debe implicar un empoderamiento a través de la difusión de nuestros propios valores culturales, de imágenes de mujeres libres de todo sexismo y machismo y cuya agencia haya permitido que los valores vinculados con una feminidad pasiva (debilidad, victimismo, mansedumbre) cambien en otros y estos nuevos valores femeninos (laboriosidad, persistencia, honestidad) se conviertan en elementos instrumentales de una nueva sociedad.

