Kolumna Okupa

Rocío Silva Santisteban

February 13, 2007

La vida en cómic

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En el mundo contemporáneo el “yo” ha desplazado a cualquier personaje de ficción. El narcisismo posmoderno estimula las historias propias, con un fondo verdadero, las que pueblen los best-seller y de esta manera se convierta a la vida misma en pasto de los más ávidos lectores.

Personalmente soy fanática de las biografías y de las autobiografías, los diarios me aburren un poco —con grandes excepciones— y la correspondencia privada me parece lo más estimulante sobre la tierra (léase la megalomaníaca de Valdelomar, la tristísima del músico Alfonso de Silva pero también las viperinas misivas de Virginia Woolf). Es cierto que hay un toque morboso en enterarse de la vida ajena, una cierta curiosidad ligeramente pecaminosa, pero a su vez, leer los pensamientos y consideraciones de personajes históricos en momentos difíciles, permite que una en su propio contexto, se exculpe de pecados y siga adelante.

A propósito de una historieta que hace poco me regaló un buen amigo fanático de las “novelas gráficas”  —se trata del peruanísimo Chup de Oro, protagonizado por “Claudia y JorJor” y firmado sólo por un e-mail— quería referirme a mi incondicional fanatismo por una de las más grandes autoras de historias personales contemporáneas: Marjane Satrapi.

Esta vez la autobiografía no viene en el paquete habitual sino que tiene como base un cómic: sí, las tradicionales “figuritas” se convierten en el soporte de una historia terrible, del aprendizaje sentimental desgarrador de una niña que quiere ingenuamente ser “la primera profeta mujer de la historia” y termina asiendo la vida en un sinfín de correrías dolorosas, dejando su tradicional Teherán por una semi-fascista Viena, donde aprende a ser “dealer” (paquetera) para sobrevivir y a vestirse de punk para evitar el racismo austriaco. La escritora iraní, nacida en 1967 en Rasht, es la creadora de esta serie de capítulos de extraña y bella intensidad que llevan el nombre legendario de su tierra: Persépolis.

La primera historia de Persépolis nos abre el corazón con manos de peluche: se trata de la vida cotidiana de Satrapi a los ocho años. Apenas ha caído el Sha y han tomado el poder los imanes radicales en Teherán, Marji y su familia, librepensadores de influencia radical francesa, los apoyan al principio pero luego se dan cuenta de que, en realidad, se trata de una revolución fundamentalista. La historia empieza con un día de colegio en el cual las niñas no saben qué hacer con el velo, y finalmente, deciden jugar a la soga. Así, poco a poco, entre blasfemias y coraje, vamos siguiendo el desarraigo de esta niña que debe vivir al acecho del integrismo islámico y su voracidad por controlarlo todo, en especial, el cuerpo de las mujeres.

El éxito de Pérsepolis, que entre otros premios ha obtenido el Harvey en Estados Unidos a la mejor obra extranjera y al mejor guión en el año 2002 en el salón de Angoulême, se debe básicamente a la combinación entre la mirada ingenua de la niña Marji, la simpleza del trazo del dibujo —una mezcla de toques infantiles con adornos de clara estética persa— y la fuerza de una historia de vida en tono testimonial más que confesional. Satrapi ha comentado que su propuesta fue rechazada 186 veces hasta que L’Assotiation, grupo de “comiqueros” francés, la tomó como una posibilidad real. El éxito fue inmediato.

Lo que me fascina de Persépolis no son sólo las aventuras europeas de supervivencia y descubrimiento de la abundancia, la vívida historia de la guerra entre Irán e Irak, o las múltiples anécdotas para mantener un pensamiento laico en medio de un infierno fundamentalista, sino la forma como Marjane Satrapi ha logrado narrar la vida de una niña tercermundista que, en realidad, se parece tanto a las vidas de otras niñas tercermundistas peruanas de los 80 o colombianas de la actualidad: el aprendizaje de redimirse en un mundo violento y sinsentido, para entender, por fin, que en el corazón puro se encuentra la fortaleza para seguir adelante sin autodestrucción ni rencor.

La instrucción gratuita en mi vida

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Cuando entré al colegio mis padres se separaron. Una separación además de las consecuencias emocionales produce menos ingresos, sobre todo, para la parte que se queda con los hijos. Por eso mi madre no pudo matricularme en el colegio parroquial de mi barrio y, haciendo uso de antiguas relaciones sociales, consiguió a través de los buenos oficios de un piadoso agregado cultural de la Embajada de Alemania, una vacante en el colegio donde estudié primaria y secundaria. Pero a fines de quinto de primaria debíamos todo el año. Así que apelé a la buena voluntad de mi padrino, con una carta escrita en letra temblorosa a mis once años, y él canceló la deuda y gestionó una beca completa para el resto de los años de colegio. Desde ese momento nunca más he pagado por estudiar.

Postulé como única opción a la Universidad de Lima porque mi padre, profesor principal, tenía derecho a una beca completa para un hijo. Un profesor universitario, aunque parezca absurdo, a veces no puede pagar la educación de sus propios hijos. Yo aproveché mi beca los 12 ciclos de Derecho. Pero otra era mi vocación más íntima y por eso me presenté, vía examen de ingreso, a Letras de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, y estudié mi segunda carrera: Literatura. Pagaba una pequeña cantidad anual que conseguía con mis trabajos como asistente de cátedra en la otra universidad que, además, me cubrían pasajes y algún que otro libro (en esa época no había fotocopias). De otra manera hubiera sido sino imposible, muy difícil, atender a mi vocación.

Posteriormente estudié la maestría en Literatura en San Marcos, habían pasado muchos años y tenía un trabajo y una familia, así que pude pagar las cuotas moderadas que cancelan todos los estudiantes de post-grado en las universidades públicas. Seguir el doctorado en San Marcos hubiera sido lo ideal; pero era casi imposible siendo madre soltera dedicarse a la investigación académica, y además, mantener tres trabajos para pagar luz, agua, colegio y las menos modestas cuotas del doctorado. Así que, con mi hija de once años, cargué bultos y libros hacia los Estados Unidos para estudiar el doctorado de Literatura en la Universidad de Boston con una presidential fellow (beca total y subsidio por enseñar).

Es una historia como otras muchas. Pero me permite presentarme como una persona que ha gozado, por diversos motivos, de una instrucción (casi) gratuita durante toda su vida. Sin posibilidades de instrucción pública y de becas hubiera sido totalmente insostenible tener el grado académico que poseo. Martha Hildebrandt ha presentado un proyecto de ley para cancelar la educación pública gratuita y universal. Parecería en principio coherente: aquellos alumnos que vinieran de colegios particulares pagarían cuotas de acuerdo a las tarifas que cancelaron durante su secundaria. No obstante, teniendo en cuenta la realidad económica del país y burocrática de las universidades públicas, creo que es un proyecto totalmente descabellado.

La gratuidad hoy no es total: los post-grados se pagan, y los pregrados, en caso de bajo rendimiento, también. Cobrando a los alumnos que se matricularon en colegios particulares cuando en sus asentamientos humanos no había colegios estatales, la universidad peruana no va a mejorar. ¿Por qué? Por una simple razón: a los presidentes, ministros y congresistas, salvo excepciones, no les interesa la educación porque no reditúa políticamente de forma inmediata, porque permite tener una masa crítica que pueda leer los medios de comunicación y otros discursos, desde una perspectiva analítica y pasar por un filtro más agudo lo que proponen.

El Estado peruano no invierte en investigación científica ni mucho menos académica; las bibliotecas universitarias, públicas como privadas, son pobres y no existe el sistema de préstamo inter-universitario que permitiría que profesores y alumnos puedan tener acceso a un acervo bibliográfico mayor. En un país proclive a la desigual como el Perú, la burocracia universitaria podría caer tentada en favorecer el ingreso a aquellos que, finalmente, van a pagar. O también, por esos retruécanos de la vida, en quitarle la gratuidad a aquellos que podrían ser incómodos. Y recuérdese que universitarios incómodos y geniales hubo miles, como Abelardo en el s.XII o Cohn-Bendit en mayo de 1968.

El principio de gratuidad general es de utilidad social; de lo contrario, se aristocratizaría la enseñanza, y aumentarían aún más las brechas sociales con el consecuente resultado de resentimiento, impotencia y rencor.

Si hubiera sido por doña Martha, no sería ahora tan doctora como ella.






















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