Kolumna Okupa

Rocío Silva Santisteban

February 28, 2007

¿Eres idiota?

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Noam Chomsky¿Hay que ser un idiota para escribir algo sobre la idiotez? Trampa de la retórica: en todo caso, me juego el riesgo. Si Fedor Dostoievsky escribió una novela sobre un hombre absurdo, el cándido príncipe Mishkin, llamada El Idiota, y lo hizo a vuela pluma porque era menester pagar las deudas, y no le salió nada mal… O también por que ser un idiota —o una idiota— nacido en América Latina, según lo dicen algunos y Mario Vargas Llosa lo reseña, se está volviendo con el tiempo provocador y desafiante. Sí, ¡desafiante!, pues si para los tres autores de “El regreso del Idiota”, Noam Chomsky es ahora considerado el émulo gringo adjunto a sus similares de estos lares, bueno… la verdad que la posibilidad del igualamiento ante el profesor del Instituto Tecnológico de Massachussets no deja de tentarme.

Según nuestro primer escritor, idiotas son todos aquellos que no asumen que la democracia es el equivalente, en tierra, aire, mar y profundidad, al libre mercado, cuyos lazos garantizan el “progreso”. Idiotas serían, además, aquellos habitantes del “continente idiotizado con las diatribas tercermundistas”. Hay idiotas con nombres propios y, por lo visto, usuarios de la mayoría de asientos presidenciales en el continente que, gracias a las clasificaciones en subespecies de estos nuevos entomólogos de la idiotez, se han dividido en dos: vegetarianos —una versión de la izquierda caviar a nivel panamericano— menos venenosos que sus congéneres porque han abrazado solapadamente las tesis neoliberales, y los carnívoros, es decir, los herederos de las “viejas recetas del socialismo jurásico”, una especie de momificación de la idiotez estaliniana en versión caribe. El eje del mal estaría compuesto por Chávez-Morales-Correa, claro, bajo el paraguas mortal del octogenario isleño.

Los discursos autoritarios, tanto de derecha como de izquierda —estúpidos e idiotas, para decirlo de alguna manera— tienen la costumbre de sostener hipótesis como si fueran verdades científicas inapelables con una voz tan patriarcal y omnipotente que, calificando y descalificando de dos plumazos a todo el género humano, no presta oídos ni a dudas ni a murmuraciones. Y los lectores idiotizados ante la abrumadora “versión autoayuda” de tanto libro de política ligera, prefieren asumir verdades gruesas que refinar el análisis. Ya lo dijo Giovanni Sartori —¿un idiota europeo?— el hombre (y la mujer, debo admitirlo) se ha convertido en un homo videns que prefiere ver a pensar.

A ver, ejercitemos la masa encefálica, y pensemos sólo para contradecir al viejo italiano y al escritor peruano: si la democracia como ejercicio político de la libertad sólo es ejercible en una sociedad de libérrimo mercado, ¿por qué el derecho al copyright, fundamento de la propiedad privada intelectual, en lugar de promover la libertad de pensamiento e intercambio que germina en Internet como lo más libertario, por el contrario, la limita a un pago para su uso y disfrute? Ah… es que hay muchos tonos de celeste, aunque nos cueste. Un discurso autoritario es el que tiende al monologismo y al magíster dixit, a plantear pocas ideas-fuerza embotelladas en verdades inflexibles que, de alguna manera, alivian los corazones porque evitan los cuestionamientos. Ese es el riesgo de un libro como este relodead de El perfecto idiota… aunque dejemos la duda como opción pues estamos simplemente hablando de una reseña, de un preclaro reseñador, por supuesto, pero no lo reemplaza.

Así que habría que leer el libro cuando salga, aunque personalmente, prefiero los de un Noam Chomsky que podría patinar al analizar los problemas de Timor Oriental, pero que se lanza a la piscina dudando imparablemente para asumir que no está dicho todo sobre la democracia, ni mucho menos sobre la libertad del ser humano. “Diga lo que quiera de mí el común de los mortales, pues no ignoro cuán mal hablan de la Estupidez incluso los más estúpidos” ha dicho el holandés Erasmo de Rótterdam hace muchísimos años, y no me queda más que repetirlo.

Oda a la fotocopia

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Una de las primeras fotocopias que cayó en mis manos se borró con el tiempo: las letras que contenían información valiosa se fueron volviendo fantasmas hasta desaparecer. El papel era delicado y la mancha amarillenta sobre el mismo ni siquiera permitía adivinar lo que hubo ahí adentro. Una extraordinaria metáfora de la vida.

Hoy felizmente la tecnología ha logrado fotocopias de larga y casi eterna duración, a color o blanco y negro, sobre cualquier tipo de superficie, incluyendo papel blanco simple y silvestre. Es más, hoy se puede fotocopiar sobre micas transparentes o papel reciclado. Lo sustancial es que la fotocopia forma parte de nuestra vida más allá de las metáforas.

En el caso de las universidades peruanas las fotocopias son la base de la transmisión del conocimiento. Si bien es cierto que lo óptimo sería que el universitario peruano se compre los libros que lee o por lo menos que los saque de la biblioteca y los mantenga en su poder buen tiempo —ahora las bibliotecas ni siquiera son de estantes abiertos y te prestan el libro ¡¡24 horas!!— ante la indigencia de la cultura, de la educación y sobre todo, ante las dificultades de distribución de textos, la fotocopia anillada de un ejemplar completo se ha vuelto la manera imprescindible para poder estudiar, conocer, investigar, ergo, remontar lo que algunos sociólogos denominan “la colonialidad del saber”.

En efecto, el saber ha pertenecido a las elites y ha sido organizado desde los grandes centros de poder. En esta época de Wikipedia y de Google, en que existe un derecho potencial de las mayorías al acceso a la información puesta en línea, es difícil llevarlo a cabo debido al sistema de copyright que ha devenido en un monopolio del conocimiento. “Es hora de preguntarse si deberíamos seguir funcionando con este sistema de copyright, que es un invento del siglo XIX que no está preparado para la promoción del derecho fundamental a la libre comunicación en el siglo XXI” con estas palabras Joost Smiers, profesor de la Universidad de Utrecht, presentó su libro Un mundo sin copyright la semana pasada en Madrid.

Una de las maneras como desde la precariedad se ha respondido al manejo del conocimiento que hacen las industrias culturales es a través de la conversión de la fotocopia en la fuente del saber. Las periferias de nuestras universidades están abarrotadas de centros de fotocopiado: incluso adentro, al costado, atrás. Apenas surge un nuevo instituto o universidad, como hiedra alrededor surgen fotocopiadoras.

Además la fotocopia no funciona igual que la piratería: se sacan fotocopias por la necesidad de conocer lo que el libro dice; se reproducen copias piratas por satisfacer el lucro de sus productores y al ahorro que hace el lector de unas cuantas —o muchas— monedas, dejando de pagar, al editor primero, al autor en último lugar. En el sistema actual de copyright el autor no es el gran beneficiado.

Y, además, ¿el deseo del autor se encuentra, me pregunto yo, en la ganancia por el copyright o en el prestigio por el libro? Hay autores que viven de sus derechos: en el Perú deben ser menos de una docena. La otra gran mayoría viven de las actividades adyacentes que el prestigio de sus firmas les otorga: de sus artículos, de conferencias, de investigaciones o de premios. Un autor de sociología o de derecho, ¿prefiere ganar por sus libros o que sus ideas se divulguen ampliamente a través de fotocopias usadas y ajadas que se transmiten de mano en mano? Y por último ¿acaso el conocimiento es plausible de un derecho de propiedad?, ¿hasta qué punto se puede controlar la libertad de conocer y de saber?

La fotocopia es una reivindicación imprescindible en un mundo académico injusto.






















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