¿Eres idiota?
¿Hay que ser un idiota para escribir algo sobre la idiotez? Trampa de la retórica: en todo caso, me juego el riesgo. Si Fedor Dostoievsky escribió una novela sobre un hombre absurdo, el cándido príncipe Mishkin, llamada El Idiota, y lo hizo a vuela pluma porque era menester pagar las deudas, y no le salió nada mal… O también por que ser un idiota —o una idiota— nacido en América Latina, según lo dicen algunos y Mario Vargas Llosa lo reseña, se está volviendo con el tiempo provocador y desafiante. Sí, ¡desafiante!, pues si para los tres autores de “El regreso del Idiota”, Noam Chomsky es ahora considerado el émulo gringo adjunto a sus similares de estos lares, bueno… la verdad que la posibilidad del igualamiento ante el profesor del Instituto Tecnológico de Massachussets no deja de tentarme.
Según nuestro primer escritor, idiotas son todos aquellos que no asumen que la democracia es el equivalente, en tierra, aire, mar y profundidad, al libre mercado, cuyos lazos garantizan el “progreso”. Idiotas serían, además, aquellos habitantes del “continente idiotizado con las diatribas tercermundistas”. Hay idiotas con nombres propios y, por lo visto, usuarios de la mayoría de asientos presidenciales en el continente que, gracias a las clasificaciones en subespecies de estos nuevos entomólogos de la idiotez, se han dividido en dos: vegetarianos —una versión de la izquierda caviar a nivel panamericano— menos venenosos que sus congéneres porque han abrazado solapadamente las tesis neoliberales, y los carnívoros, es decir, los herederos de las “viejas recetas del socialismo jurásico”, una especie de momificación de la idiotez estaliniana en versión caribe. El eje del mal estaría compuesto por Chávez-Morales-Correa, claro, bajo el paraguas mortal del octogenario isleño.
Los discursos autoritarios, tanto de derecha como de izquierda —estúpidos e idiotas, para decirlo de alguna manera— tienen la costumbre de sostener hipótesis como si fueran verdades científicas inapelables con una voz tan patriarcal y omnipotente que, calificando y descalificando de dos plumazos a todo el género humano, no presta oídos ni a dudas ni a murmuraciones. Y los lectores idiotizados ante la abrumadora “versión autoayuda” de tanto libro de política ligera, prefieren asumir verdades gruesas que refinar el análisis. Ya lo dijo Giovanni Sartori —¿un idiota europeo?— el hombre (y la mujer, debo admitirlo) se ha convertido en un homo videns que prefiere ver a pensar.
A ver, ejercitemos la masa encefálica, y pensemos sólo para contradecir al viejo italiano y al escritor peruano: si la democracia como ejercicio político de la libertad sólo es ejercible en una sociedad de libérrimo mercado, ¿por qué el derecho al copyright, fundamento de la propiedad privada intelectual, en lugar de promover la libertad de pensamiento e intercambio que germina en Internet como lo más libertario, por el contrario, la limita a un pago para su uso y disfrute? Ah… es que hay muchos tonos de celeste, aunque nos cueste. Un discurso autoritario es el que tiende al monologismo y al magíster dixit, a plantear pocas ideas-fuerza embotelladas en verdades inflexibles que, de alguna manera, alivian los corazones porque evitan los cuestionamientos. Ese es el riesgo de un libro como este relodead de El perfecto idiota… aunque dejemos la duda como opción pues estamos simplemente hablando de una reseña, de un preclaro reseñador, por supuesto, pero no lo reemplaza.
Así que habría que leer el libro cuando salga, aunque personalmente, prefiero los de un Noam Chomsky que podría patinar al analizar los problemas de Timor Oriental, pero que se lanza a la piscina dudando imparablemente para asumir que no está dicho todo sobre la democracia, ni mucho menos sobre la libertad del ser humano. “Diga lo que quiera de mí el común de los mortales, pues no ignoro cuán mal hablan de la Estupidez incluso los más estúpidos” ha dicho el holandés Erasmo de Rótterdam hace muchísimos años, y no me queda más que repetirlo.

