Kolumna Okupa

Rocío Silva Santisteban

March 18, 2007

Si vas para Chile…

Filed under: Kolumnas

Las identidades nacionales se consolidan, generalmente, después de una derrota. Los habitantes de los llamados estados-nación organizan su pertenencia de acuerdo a símbolos y ritos que, visto desde lejos y desde personas no inculturadas en nuestra tradición, podrían parecer absurdos. Un morro. Un barco que no terminó de hundirse. Un héroe que se desbarranca envuelto en una bandera. ¿Por qué tienen sentido para algunos y para otros, los extraños o extranjeros, simplemente son anécdotas? Desgraciadamente la fractura narcisista colectiva le da coherencia a esa nebulosa que se llama nacionalidad. Y los peruanos nos regodeamos en poner el dedo en la herida cada tanto, sobre todo, con nuestros vecinos del sur. ¿Es nuestra forma de consolidarnos como la comunidad imaginada que pretendemos ser?

Conocí el bellísimo desierto de Atacama cuando tenía 23 años. Viajaba, sin dinero y como becaria, a la Universidad de San Juan de la Frontera, en Argentina. Atravesé el desierto en un Chile-Bus y luego conocí algunas de las ciudades costeras, como La Serena, en esas interminables 34 horas de viaje que llevan desde Arica hasta Santiago y que ahora, con regularidad, recorren tantos y tantos peruanos. Desde mi asiento del ómnibus podía observar las siluetas negras de la noche y en mi cabeza se repetían los versos de Raúl Zurita: “Dejemos pasar el infinito del Desierto de Atacama/ Dejemos pasar la esterilidad de estos desiertos”. Pensé, por primera vez, que este larguísimo país vecino era completamente diferente de la idea previa que tenía.

Mi relación con Chile se tejió a través de la literatura: primero, enamorándome con los poemas de Neruda; luego indignándome con la música de Quilapayún o de Victor Jara; más tarde hurgando en las historias casi inexpugnables de Diamela Eltit, esas que son metáforas de nuestro Cuarto Mundo, o en los textos que abren los ojos y la mente de mujeres como Nelly Richards, Lucía Guerra o Raquel Olea. Chile para mí es la casa de un Pablo Neruda hedonista a más no poder, con sus inmensas copas de colores; pero también las casas de campo pobladas de historias perversas y terribles como en las novelas de José Donoso; las intenciones por romper con el realismo mágico de un joven y aún-no-cineasta Alberto Fuguet, y sobre todo, la solidaridad de un poeta intenso como Sergio Parra y su alucinante librería Metales Pesados. He sentido, como Arguedas, perdido en las oscuridades luminosas de Santiago, una afinidad extraña y una atracción viva por una de las la literaturas más intensas del continente. 

Por eso, en verdad, es tan fácil ir a Chile a leer poesía. El público es receptivo y enterado: conocen de ritmos y de honestidades. Y gozan, porque saben tanto de la tristeza como de la ironía en un buen poema. Pero, como le he comentado al director de Chile-Poesía, Juan María Memet, no es lo mismo hacerlo en el Monitor Huáscar. No para una peruana. No en un espacio simbólicamente denso, en un lugar donde la herida que ha constituido nuestra nación sigue palpitando, no en el botín de una guerra que, para desgracia nuestra, sigue día a día rememorándose como constitutiva de nuestra identidad. Así que, a pesar de mi intención de cruzar fronteras o, mejor, de borrarlas, no puedo dejar de percibirme a mí misma como parte de esta comunidad nacional afrentada.

La intención de este encuentro —“crear nuestro destino como hermanos y vecinos”— es mucho más estimable que mis escrúpulos y, es seguro, que los excelentes colegas que viajen dejarán en claro la fuerza de la poesía peruana en ciudades como Valdivia, Talcahuano o Temuco. No obstante, sólo cuando podamos atravesar el desierto sin pensar en las líneas del mar, y cuando no haya barcos que nos recuerden una derrota, ese día miraremos al sur sin rencor.






















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