Kolumna Okupa

Rocío Silva Santisteban

April 1, 2007

¿Por qué creo en Dios?

Filed under: Kolumnas

 Estudio sobre El Olivar (Foto Giancarlo Tejeda)

Mi gato me despertó a las 6:15 a.m. y, a esa hora el pasado jueves, el sol y su luminosidad naranja podían apreciarse en todo su esplendor. Unas nubes altas le daban al cielo limeño un efecto extraño y poderoso. El aire era transparente. Me quedé mirando por la ventana un buen rato y de pronto aparecieron: aves que pasaban muy alto, sobre los edificios de Miraflores, de cuatro en cuatro o en mayor número, por bandadas, todas hacia la misma dirección. Fui testigo involuntaria de la migración de las aves hacia el norte, pero en el marco que he descrito, fui también partícipe de un momento sagrado. El sol y la nubosidad alta y elegante del cielo, teñida de tonos malva, permitían ver aquellas diminutas manchitas negras en gira hacia su destino como una metáfora lejana. En ese momento sentí, junto con el frío marino de la mañana, una epifanía. Y sólo supe dar gracias a Dios.

Tuve que desaprender al Dios de mi infancia —ese ojo eternamente vigilante dentro del triángulo, ese viejito de barbas blancas— para creer. Fue un esfuerzo racional y voluntario que, no obstante, transitó sus infiernos y sus caminos. Los infiernos se los evito a los lectores —en todo caso, ahí están en mi poesía publicada— y los caminos van desde la perdida total de la fe y el ateísmo militante hasta las lecturas de los libros de Raimon Pannikar y la asistencia a retiros de días de silencio total.

En un país católico como el Perú decir que uno cree en Dios no es nada fuera de lo común. Pero en el medio donde me he desarrollado y ejerzo mi oficio sí lo es. La mayoría de mis amigas, amigos y colegas son ateos o por lo menos agnósticos, como lo fue mi padre y lo es mi hija, y además desconfían profundamente de una institucionalización de lo religioso profundamente jerárquica y cardinalmente androcéntrica.

Mi fe —a diferencia de lo que ha expresado hace poco Martha Chávez en una entrevista de televisión— no pasa por considerar que las jerarquías, hoy conservadoras, tienen un poder sobre los fieles que se basa en “saber más” de estos asuntos. Tampoco se sustenta en ese espacio difuso y fácil de transitar como es lo numinoso, más cercano a la magia que a la religión, que permite considerar a la poderosa vara del Destino como aquello que mueve todas las fichas de nuestra vida a diario.

Al contrario, creo profundamente en que el ser humano, con sus acciones y decisiones dentro de la estructura social que le tocó vivir, hace su propio destino. Además niego que exista vida después de la vida; soy una firme convencida de la evolución humana como origen de nuestra especie (como decía mi padre, “no somos ángeles caídos sino monos erguidos”), y tengo la certeza y la convicción de que el Estado debe ser laico y no tener posición frente a credo alguno, de tal manera que hoy debería aprobarse una ley de despenalización del aborto pues no se trata sólo de defender vidas potenciales sino vidas concretas.

Otro columnista de este diario (me refiero al diario La República) diría que pretendo mezclar el agua y el aceite, y que es mejor para una socialista convencida como soy, “caminar al infierno contentos con Galileo hasta el fin”. Como frase no está mal sino supiéramos —contra Sartre— que el infierno no son los otros sino que el infierno lo contiene uno mismo.

¿Y entonces qué tipo de Dios es aquél en el que creo? Quizás uno que podría denominarse Ni-el-ser-Ni-el-no-ser y cuyo núcleo interno contiene un mandato radical: confía. Y adentro otro más radical aún: ama. Y aún otro: da. Del cristianismo admiro la exogamia y la gratuidad: dar sin recibir nada a cambio; convocar a los otros de tal manera que reconocer un “nosotros” implica respetar la disidencia. Se entiende, entonces que me encuentro más cercana a Jon Sobrino, a Ignacio Ellacuría, a Hans Kühn, y por supuesto a Gustavo Gutiérrez y su opción preferencial por los pobres, que a las tradiciones y los rituales, aunque los atiendo; hace poco un amigo de muchos años se reía cuando le confesé que iba a misa (¡no me creía!). Supongo que tengo pinta de ser una atea.

Pero no lo soy. Por eso esta semana de recogimiento, para mí es el momento de encontrarme con Dios: no en la iglesia, o tal vez sí; pero sobre todo, en el rojo de las manzanas del supermercado, en el sonido de la resaca del mar, en la sonrisa gratuita que le puedo dar a quien me mira por la calle. Y en el silencio. El silencio como la única experiencia posible de entrar en el Otro hacia lo más profundamente adentro.

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