Kolumna Okupa

Rocío Silva Santisteban

April 9, 2007

Otra forma de resurrección

Filed under: Kolumnas

La noche del 16 de noviembre de 1989 varios soldados del Ejército Nacional Salvadoreño, específicamente del Batallón Atlacatl, ingresaron a la residencia de los jesuitas de la Universidad Centroamericana "José Simeón Cañas" – UCA y asesinaron a tiros a seis de ellos, a la empleada y a su hija de 15 años. Se trataba de una incursión para deshacerse de la principal voz que exigía una paz consensuada luego de diez años de violencia entre el Frente Farabundo Martí y el ejército: la del sacerdote Ignacio Ellacuría. Por eso mismo, Ellacuría recibió tres balas, dos en el cerebro.

Como buen vasco, Ellacuría era terco. Había recibido algunos días antes un reconocimiento por su labor teológica en España, el premio Comín en Barcelona. Desde San Salvador le advirtieron que no regrese, que se quede allá, que sufría un riesgo alto, pero no hizo caso. Y enfrentó firme su destino. Como sostiene Ricardo Ribera, de la UCA, es extraño que un hombre, considerado un intelectual y sabio durante su vida, rector de la universidad al momento de su muerte, y uno de los pilares de la nueva teología latinoamericana, sea hoy recordado sobre todo como un mártir. Pero así son los designios.

La muerte de un hombre o de una mujer puede dar muchísimo sentido a una vida y, a veces, por esos golpes del destino o de la mano de Dios, ser la vuelta de tuerca que abra otros caminos. Como decía San Juan, “si el grano no muere queda solo, pero si muere da mucho fruto”. O como decía el propio Ellacuría: “revertir la historia”.

En el caso concreto, con la muerte de Monseñor Romero, Obispo de El Salvador, empezaron los diez años de la guerra abierta en ese país, y el hecho, grave a todo nivel, sacudió al mundo y pudimos enterarnos de la tiranía de una oligarquía de espaldas a los campesinos y también a la modernidad. Con la muerte de Ellacuría comenzaron los diálogos que llevarían a una paz casi definitiva, pero a su vez, también pudimos conocer la supervivencia de lo atroz y de la impunidad. ¡¡¿Cómo era posible que se asesinen en la noche a seis sacerdotes y dos mujeres y no se haga nada al respecto?!! Obviamente la comunidad internacional en su conjunto, tanto católica como de otros credos, se escandalizó y esto permitió que, bajo el ojo de la opinión pública, las fuerzas represivas tuvieran que ceder. Aunque aún hoy el crimen sigue impune.

Por eso, en este día domingo, pretendo entender que la muerte de Ellacuría supuso también la posibilidad de una resurrección otra, de distinta forma y no como la solemos imaginar, de un renacimiento más acá de la vida extraterrenal: cotidiano, diario, en sus enseñanzas y su recuerdo vivo. Se trata de la prolongación más allá de la muerte del diálogo y el debate que pudo establecer en vida. La resurrección en la palabra.

En vida dialogó, por ejemplo, con los textos del Vaticano II, Medellín y Puebla, y hasta con Joseph Ratzinger. Y cito textualmente para evitar suspicacias: “ha sido el cardenal Ratzinger quien ha subrayado especialmente el carácter universal de la teología de la liberación al reconocerle pretender ser una nueva forma de comprensión y realización del cristianismo en su totalidad…”. Durante su muerte, Ellacuría, está dialogando con cada uno de sus lectores.

Podría parecer una contradicción, pero en algunos casos concretos acercarse a lo sagrado desde la historia que nos atosiga, ofende y desespera, puede ser también una manera de creer. Por eso es necesario tenerla muy presente. Así, entonces, preguntémonos, ¿por qué murió Ellacuría? Por decir que el pecado actual es la negación del hombre de sus derechos fundamentales. O que la opción preferencial de la Iglesia debe ser por los oprimidos. ¿Por qué resucita Ellacuría? Por seguir diciendo exactamente lo mismo y porque, desgraciadamente, sus palabras siguen más vivas que nunca.

“Un Dios de los oprimidos siempre molesta” ha dicho Jon Sobrino en una carta póstuma a Ignacio Ellacuría, su compañero, colega y amigo. Hoy, la Congregación para la Doctrina de la Fe, lo ha mandado a callar.

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