La diferencia entre cherri y mermelada
Las peores jerigonzas son las de los especialistas: esos términos técnicos que enredan a los novatos. Y aún cuando parezcan divertidas, el uso correcto de esas expresiones pone en evidencia si una persona está al tanto o no en lo que está metiéndose. En la jerga periodística hay una gran diferencia entre un “cherri” y una “mermelada”, como lo aclaró hace buen tiempo Beto Ortiz en un artículo. Esta diferencia, al parecer, no es tan conocida y esto lo demostró el ministro Hernán Garrido Lecca en una entrevista del lunes pasado.
Por eso, lectores y lectoras, pasemos a una clase sobre el habla inculta. El cherri es el auspicioso reportaje o noticia gratuita que realizan algunos periodistas para apoyar a determinadas personas o actos o productos que les parezca necesario hacer y por la absoluta gratuidad de hacerlo. Si creen que en el futuro se van a beneficiar, ganarse alguito, o que más adelante se les pagará el favor, pertenece al ámbito privado de la conciencia de cada quien según sus valores o antivalores. Pero el asunto principal es que nadie paga dinero por un cherri. En determinados sectores de la prensa el cherri —llamado también publicherri— es visto como un apoyo desde el humilde puesto de periodista de culturales o espectáculos, a aquellos productos culturales que por determinados motivos han tenido poca o ninguna cobertura. El ministro Garrido Lecca, lo sabe perfectamente pues en su fase de escritor de cuentos y novelas cortas para niños recibió muchos cherris, como parte de la cobertura de prensa al uso. En secciones como política o economía, el cherri cobra visos más peligrosos, y puede entrar en conflicto de intereses con el propio medio: de hecho hay varios periodistas que salieron más rápido que volando de tribunas que abonaban con cherris sospechosos.
Pero la mermelada es algo muy diferente. La “merme”, como se le conoce, es el pago que un periodista recibe por publicar cualquier tipo de información que beneficie a alguien o que perjudique al opositor. Por supuesto se trata de hacer pasar una nota pagada como si se tratara de una noticia objetiva, engañando a quien más se debe respetar: al público. Durante el fujimonte-cinismo los periodistas mermeleros estuvieron a la orden del día: el pago a los dueños de los medios cimentó la corrupción y llevó a una gran crisis al periodismo nacional de la que aún hoy no puede salir.
Esta práctica corrupta comenzó primero, recuérdese siempre, con la compra de ingentes avisos publicitarios estatales. Durante esos años el Estado compraba más publicidad que las empresas de cerveza y los bancos juntos. Por ejemplo, en el programa que Laura Bozzo le dedicó a la presentación de Zaraí Toledo en plena (sucia) campaña electoral, se pasaron 18 tandas publicitarias de las cuales 12 fueron del Estado. En ocasiones similares, cuando hay crisis de anunciantes, el Estado —o gobierno de turno específicamente—podría “salvar” a un medio o hundirlo para siempre. Por eso el tema de la compra de varios publireportajes en diarios vinculados a la mafia fujimontesinista, percibidos por el público lector como si se tratara de noticias, es peligrosísimo porque, una vez más y aunque sea con “buenas intenciones”, lleva al Estado al precipicio de la corrupción. Por cierto, un precipicio jabonoso.
Recuérdese este diálogo: “Oye, hermano, tengo acá a Bertini por el problema, estamos viendo tu asunto, ¿no? En la mañana hablé con el almirante que también está acá y tenemos dos esquemas. Un esquema es que Pandolfi te firme el contrato para poder sacar dos millones a la sola, al solo documento […] y el otro es que Bertini nos haga la refinanciación [..] podemos tener los ocho millones entre ésta y la otra semana”. Adivinó: son Vladimiro Montesinos y José Enrique Crousillat en diálogo del 19 de julio de 1999. En otro vladivideo, Montesinos le plantea a Eduardo Calmell del Solar, el prófugo, dos “vías de apoyo recíproco”: publicidad pagada vía Borobio o un contrato de 15 meses de apoyo económico “entre tú y yo, nadie lo va a saber”.
Felizmente hoy todos lo sabemos. Los diálogos de los vladivideos están publicados en seis volúmenes que, periodistas y ministros, deberían tener, leer y revisar de vez en cuando, aguantando la náusea… eso sí; pues si repetimos la historia que nos envilece, ¿qué nación pretendemos construir?
Carlin, 2003

