Kolumna Okupa

Rocío Silva Santisteban

May 27, 2007

¿Qué sabe la televisión de conflictos sociales?

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 Los comerciantes sacan la imagen del Señor de los Milagros.

Al escribir estas líneas aún no se ha realizado el desalojo anunciado del mercado de Santa Anita. La opinión pública no comprende del todo por qué los persistentes “invasores” siguen alegando un derecho si, por lo expuesto en todos los programas de televisión vespertinos y nocturnos, no son más que delincuentes que usan a sus hijos como escudos humanos. Eso es lo que ha declarado, entre otros, el periodista de Canal 7 César Campos con un énfasis digno de causas como la extradición del dictador. Con la única autoridad de ser una voz con parlantes amplificados por la señal del canal del Estado, ha repetido dos veces la palabra “delincuentes”, e invitado a un abogado, que ha leído en voz alta los artículos pertinentes del entrevesadísimo Código de Procedimientos Civiles, para que todo quede como el agua cristalina. Dura lex, sed lex. Y sanseacabó.

Pero la vida es más dura que la ley, desgraciadamente. Los agazapados en los inmensos terrenos de Santa Anita son, en primer lugar, estafados y si permanecen ahí, no es porque ejerzan la delincuencia y quieran matar a sus hijos, sino porque el Estado pretende primero resolver el problema jurídico y luego apagar el incendio social con un desalojo de miles de policías y, esperamos, pocos muertos. Es cierto que no se trata de un conflicto que aparezca de repente, por el contrario, los propios comerciantes bajo la lógica de la invasión —que reconózcanlo el Estado o no ha constituido la forma de acceder a la propiedad privada de millones de personas desde hace cincuenta años— ingresaron a un terreno que pertenecía a la Municipalidad de Lima y desde el año 2002 están exponiéndose. ¿Pudieron haber pensando realmente que esos terrenos eran posibles de invadir?, ¿cuál es la diferencia entre los abuelos de las reporteras de TV que invadieron San Martín de Porras y estos desaforados comerciantes? Las hay, por supuesto, porque no es lo mismo invadir para poder vivir que hacerlo para tener un negocio. Pero las diferencias también tienen nombre propio.

Herminio Porras, el estafador, excongresista, mafiosos de las invasiones y demás adminículos de la vileza criolla, se encuentra a buen recaudo y fuera de los muros del mercado. Sus tentáculos han podido funcionar de tal manera que, aún ahora a punto de la batalla campal, los comerciantes persisten en creerle. Un recurso desesperado de los inmigrantes se convirtió, para Porras, en la manera de hacerse de poder, dinero y cargos públicos. Si el Ministerio Público registra una decena de denuncias contra Porras desde estafa hasta homicidio, ¿qué hace cosechando nabos en las afueras de Lima? Existe una gran diferencia entre la viveza criolla y la vileza criolla: si los comerciantes atrincherados en el mercado han apostado por la alegalidad en un país de retruécanos legales; Herminio Porras ha apostado por aprovechar todos estos retruécanos en beneficio propio. Pero asimismo entre viveza y vileza sólo hay grados que pueden recorrerse a la velocidad de la luz y al compás de decisiones erradas, culposas o dolosas.

La televisión, una vez más, ha azuzado el combustible con su propia presencia y su poco tino para diferenciar un conflicto social de un talk-show. Según me comentan algunos colegas que han estado haciendo guardia en las puertas del mercado, la propia idea de “usar a los hijos como escudos humanos” les surgió a los insensatos e irresponsables dirigentes de ver, uno de los primeros días del conflicto, un microondas donde los periodistas reclamaban por los niños. Dicho sea de paso, los colegas en la puerta del mercado están también esperando el espectáculo, porque hoy una noticia poco espectacular no es noticia, ¡hasta intentaron poner andamios cerca del muro perimetral para poder visualizar el campo de batalla con mejores ángulos! Caín, Caín, ¿qué has hecho de tu hermano?

                                                           

¿Cuál es el papel que cumple la televisión en el análisis de los conflictos sociales para orientar al espectador hacia una idea más o menos clara de las razones de éste y otros conflictos? Con dos excepciones que confirman la regla, la actuación de los reporteros y directores de noticieros peca de ignorancia, de pereza analítica, de homogenización y esencialización de los actores de las noticias, de frivolización del escenario, de banalización de los problemas agudos por los cuales atraviesan los pobres de nuestro país. No hay pensamiento crítico, sólo ideas fijas vinculadas con su propia supervivencia mediática, ganas de captar el golpe en el ángulo más cercano al lente para que le duela al espectador. Los micrófonos de las reporteras son como los palos de guachimanes: sirven para enrostrar el precario poder que tienen contra todo ser humano. ¿A título de qué libertad de prensa es posible asediar, tratar de imponer una opinión, y pretender que el entrevistado —intentando librarse del micro— sólo confirme lo que se da por supuesto?

La televisión no refleja la realidad: es obvio que en esta historia no hay ni buenos ni malos, ni héroes ni víctimas, sino un complejo entramado basado en lógicas perversas. Desgraciadamente la única certeza en el horizonte es la de una batalla campal.

Fotos: Giancarlo Tejeda www.necrolima.blogspot.com

May 20, 2007

Los escritores y sus estereotipadas musas

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A Lope de Vega sus contemporáneos lo llamaban “monstruo de naturaleza” porque compuso más de 300 obras de teatro; y a Sor Juana Inés de la Cruz, cuyas obras completas suman cuatro volúmenes de cuatrocientas páginas cada uno, la llamaban “la Décima Musa”. ¿Musa? ¿Por qué?, ¿acaso no era ella la que cogía la pluma y se manchaba los dedos de tinta? Pues sí, pero como en ese entonces una mujer que sabía latín tenía mal fin, los detentores de lo que podría llamarse el marketing literario de la época, no supieron sino darle esta nomenclatura poco acertada.

Sucede que las mujeres en la historia de la literatura estuvieron más bien encerradas en las páginas (y los estereotipos) de sus pares, los varones, monstruos de naturaleza o no. En algunos casos, como el de Madame Bovary, Anna Karenina o Ursula Iguarán, pudieron salir de esa mala suerte y convertirse en personajes femenino llenos de humanidad, cuyas acciones, reflexiones y sobre todo, contradicciones, le dan una textura diferente a la “mujer literaria” de todos los tiempos.

Borges y Cortázar

Pero en la mayoría de las novelas o cuentos no sucede así. En la extensa producción cuentística borgeana hay pocas mujeres y, por cierto, las que centran la atención del maestro argentino no están constituidas por, lo que se diría, una textura femenina profunda. Emma Zunz, por ejemplo, es una máquina de venganza, cuya laboriosidad y exactitud para cumplir con sus propósitos, resalta por su exceso de frialdad; en La Intrusa, la mujer que causa el rencor de los hermanos Nielsen, prácticamente aparece como pretexto para desarrollar la trama, y no tiene ni cuerpo, ni textura, ni vida propia: es sólo un estorbo entre la maravillosa vida homosocial de los vaqueros; y en El Aleph, el recuerdo de Beatriz Viterbo, génesis del extraordinario descubrimiento, se apaga de inmediato para dar paso a las rivalidades entre Borges y Carlos Argentino Daneri. 

Cortázar tampoco se salva con el mencionadísimo personaje de La Maga. La pregunta que da origen al libro (¿Podrá Oliveira encontrar a la Maga?) da pie a una seguidilla de búsquedas obsesivas que no paran sino hasta que el personaje percibe en la sexualidad de la Maga el espacio irreductible desde donde se pueden observar otros mundos: “Ah, déjame entrar, déjame ver algún día como ven tus ojos”. No obstante, ese cuerpo se resiste a ser textualizado y Cortázar opta por el clásico estereotipo de la mujer víctima. “Todas sus relaciones con hombres siguen el mismo patrón: abuso, humillación, silenciamiento. En cada una de las posiciones femeninas que le toca asumir (hija, amante, madre), la Maga siempre pierde” sostiene la crítica Gabriella Nouzeilles. Para Cortázar ha sido este cuerpo femenino extraño pero sumiso la puerta mágica para otras dimensiones de la realidad, como también queda dicho en los diarios de Alina Reyes (en el cuento “Lejana”). 

No sigamos con los porteños pues Sábato con personajes como María Irribarne o Alejandra Vidal Olmos, tampoco la chunta, aparte de conferirles un extraño aire de maldad para seducir al lector, ambas terminan siendo apéndices de otros personajes masculinos (Juan Pablo Castell o el padre de Alejandra, Fernando). En el caso de los autores chilenos, comenzando por Pablo Neruda, las mujeres siempre están ahí para provocar el deseo de un viaje, de una investigación, de una huida o en todo caso, para provocar el propio deseo de escribir. ¿Qué son Los detectives salvajes y todo el complejo mural humano que diseña Roberto Bolaños sino el sendero difuso de la búsqueda inútil de una mujer escritora?

Las putas

En tanto que los escritores tienen acceso a la sexualidad femenina sólo desde una perspectiva —la invasiva— han terminado dando forma en sus textos de ficción a los dos clásicos estereotipos de todos los tiempos: las vírgenes y las putas. Si las vírgenes, como “María” de Jorge Isaacs, representan lo inexplorado y por lo tanto atractivo en su nubilidad, las otras no son sólo la tentación que hace caer en pecado, sino sobre todo, el espacio desde donde se percibe el manejo “libre” del cuerpo femenino. “Las mujeres que esperan/ y se sienten solas, conocen a fondo la vida./ Son libres. A ellas no se les rehúsa nada” sostienen Césare Pavese, en su famoso poema Tierras Quemadas, con cierto tufo de envidia.

Desde “Margarita Gautier” hasta “La Pies Dorados”, pasando por mares de personajes putescos totalmente olvidables, las mujeres que se dedican a vivir de la explotación económica de su sexualidad, han atravesado de manera casi siempre anecdótica la historia de la literatura. Incluso hoy en día, en que la profesión ha decaído gracias a la libertad sexual femenina, hay algunos nostálgicos que continúan inquiriendo en sus fantasías sobre estas mujeres a las que pueden tocar pero no poseer: “El año de mis noventa años quise regalarme una noche de amor loco con una adolescente virgen” sostiene el personaje de García Márquez en su último novela. Tan diferente, desde su propuesta ideológica, a la denuncia en clave de realismo mágico que organiza la trama de “la Cándida Eréndira”. A veces, como sus masculinidades, los escritores declinan con los años.

Finale

Madres fálicas como Bernarda Alba; impúberes criaturas celestiales como la Niña de la Lámpara azul; torrentes de voluptuosidad como Lucrecia, la madrastra; “lomazos” para ser devorados como todas las “huachafitas” de la narrativa de Bryce, Ribeyro o el propio Vargas Llosa; mujeres galgos en los cuentos contemporáneos de Sergio Galarza o afroperuanas infieles de Gregorio Martinez, las musas piden a gritos un poco menos de estereotipos y más indagación en el mundo femenino que, los escritores, apenas entreven y salen disparados.

Blanca Varela: vive y vencerá

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Blanca Varela, de vestido, junto al escritor José María Arguedas, las hermanas Bustamante, Celia y Alicia, y Rosi Fort.

Es cierto que se trata del tercer premio internacional de gran prestigio que recibe Blanca Varela, el Reina Sofía, otorgado por la Universidad de Salamanca y el Patronato Nacional de España, para premiar la trayectoria completa de un escritor que haya aportado una obra relevante en Hispanoamérica; es cierto que previamente ganó el premio García Lorca, que otorga la ciudad de Granada, y que por estos días recogió su hijo Vicente de Szyszlo; y también es cierto que algunos años antes recibió el premio Octavio Paz, un logro verdaderamente importante para un autor peruano; pero lo más cierto de todo, lo indudablemente cierto, es la indiferencia de la alta cultura del país —si eso existe— ante una autora que, además de darnos lecciones de sabiduría y poesía, sitúa al Perú como una fuente privilegiada de escritores de primer nivel en el mundo de habla española. 

La gente a veces cree que escribir poesía es fácil: los libros salen por cientos, por miles, de las canteras de imprentas baratas, y ahora inclusive con carátulas hermosas y diseños sobrios, básicamente para atizar las ansiedades de egos alicaídos que pretenden, a cómo dé lugar, participar del show business de la cultura local. Los jóvenes se autoproclaman poetas con una insolencia y una desvergüenza que, la verdad, ni en los mejores tiempos de los más contestatarios grupos subterráneos. Apenas han pergueñado unas cuantas líneas en fanzines de Internet, dan el salto de la materia a la energía: se vuelven poetas. Pero no les interesa escribir, les interesa ser. La letra impresa como trampolín a la efímera y precaria fama.

Y es que a los poetas, lo dijo Rodrigo Quijano hace años en una clase de literatura, se les considera héroes culturales, y por lo tanto, constituirse en uno es pasar del anonimato a cierto protagonismo cultural que, muchas veces, no tiene respaldo real. En América Latina, algunos países como Chile, Nicaragua, Perú y Colombia, los poetas son personajes nacionales. En la ciudad de San Juan, Argentina, incluso hay un famoso Paseo de los Poetas: entre magníficas hojas de cipreses se erigen estatuas de caras adustas y aburridas. Hasta Gisela Valcárcel dijo hace dos semanas, en el programa de Jaime Bayly, que sólo le perdona el aliento de alcohol a un poeta. Y me pregunto, yo que soy poeta, y algunos me llaman poetisa, ¿se me perdonaría el aliento de alcohol? Obvio: claro que no. No es lo mismo ser poeta que ser poetisa. Pero no me preocupo: tampoco lo tengo.

¿Y cuál ha sido la más importante poetisa que ha tenido el Perú?, ¿Amarilis?, ¿la autora del Discurso en loor de la poesía?, ¿Magda Portal? He leído bien esos poemas, y los versos mencionados, los he estudiado, y son excelentes pero no platean una propuesta sostenida y coherente a lo largo de una obra en su conjunto. No proponen una vuelta de tuerca nueva a la tradición. No arriesgan con sus quiebres, sus silencios, la concentración de las palabras, ni buscan a conciencia una cierta distancia y dureza que vuelve al discurso imprescindible. Aquella voz que lo hace es la de Blanca Varela. Estoy segura que también hay otras voces que no son acalladas por la de Valses y otras falsas confesiones, por el contrario, se trata de un despertar de a pocos, primero insular como las voces de Lola Thorne o Carmen Luz Bejarano; luego en conjunto y muy diferenciadas, como aquellas de la década del 80; y hoy en día, completamente dispersas pues ya no resulta ninguna novedad que una mujer escriba: y esto es maravilloso. 

Las poetas contemporáneas —y cito a Romy Sordónez, a Victoria Guerrero y a Cecilia Podestá pues fueron los libros que le llevé a Blanca Varela hace más de seis meses, y que ella leyó incluso en voz alta— no necesitan patear la puerta de la ciudad letrada pues pertenecen a ella desde sus inicios. Y eso se lo deben a las anónimas poetisas del Virreinato, a Blanca del Prado y a otras que aún permanecen invisibles, a las escritoras excomulgadas o acalladas tras las paredes del manicomio en el s.XIX, a las incomprendidas como Magda Portal; y por supuesto a autoras como Blanca Varela, quien junto con otros poetas excelentes contemporáneos, como José Watanabe o Jorge Eduardo Eielson, han sabido sacarle el máximo jugo a los juegos del lenguaje. Y sin PromPerú ni campañas agresivas ni premios nacionales ni incentivos a la creación de ningún tipo, al contrario, con el miedo de los editores a vender pocos ejemplares, son —como diría otro poeta peruano, José Ruiz Rosas— los que libran la batalla “sólo por el fulgor de la palabra” y colocan el nombre del Perú en un lugar alto y distinguido.

May 13, 2007

Mamá

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May 10, 2007

Premio Reina Sofía para Blanca Varela

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Fotografía de BV trabajada por Ruiz Durand para Martín.

El día de hoy, jueves 10 de mayo, se ha concedido el Premio Reina Sofía de Poesía, en España, a la poeta peruana Blanca Varela. Precisamente mientras su hijo, Vicente de Szyszlo, recogía el premio García Lorca, entregado a la autora por el Ayuntamiento de Granada, las agencias de prensa daban la otra grata noticia para los peruanos. Consideramos que se trata de una "justicia poética" pues Blanca Varela es verdaderamente una de las poetas más intensas de América Latina.

En la mañana pudimos hablar algunas palabras con ella, comentarle sobre la alegría que nos está dando a los peruanos y peruanas, pues se confirma una vez más la calidad de nuestra producción poética y literaria. Blanca Varela tiene problemas de expresión debido a un ictus que tuve hace algunos años: con mucha dificultad articulas algunas palabras, pero está absolutamente lúcida. Y se mostro satisfecha y emocionada ante la noticia del premio.

May 8, 2007

El saber- mercancía, las fotocopias y el poder

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La primera vez que alguien escribió un signo sobre una tablilla de barro, en Sumeria, Mesopotamia, cuatro mil años antes de Cristo, fue para recordar cuántos bueyes se llevaban de un lugar a otro, imaginamos que para venderlos. Algunas de esas tablillas, que se encontraban en el Museo de Bagdad, y que quizás ahora ya no se encuentren, son parejas de galletas de barro en una de las cuales se encuentra el dibujo de un buey, y en la otra un signo extraño, lo que podría ser un número. Estas tablillas, agrupadas en conjuntos para ser trasladadas junto con los bueyes, serían en buena cuenta el primer libro del mundo. Por lo tanto, en el inicio de la escritura, se encontraban las relaciones comerciales: la necesidad de dar cuenta de los bueyes como mercancías.

No debe de asombrarnos, entonces, que hoy sean las industrias culturales las que, como bien ha dicho Victor Vich en una entrevista, constituyan las significaciones sociales imaginarias de la sociedad peruana, lo que tiene sentido en una sociedad y lo que no tiene sentido. El libro, por cierto, forma parte de este mundo de industrias culturales desde que el joven tallador de piedras Johannes Geinsfleisch zur Laden zur Gutemberg, en 1455, en Mainz, Alemania, produjo una Biblia con 42 líneas en cada página, y llevó las páginas impresas a la Feria de Frankfurt, donde vendió las biblias por adelantado. El éxito de su producto cultural se basaba en tres elementos fundamentales, que permitieron no sólo la revolución del conocimiento y el inicio del Renacimiento, sino inclusive el gran cisma de la Iglesia Católica, y el inicio del luteranismo. Estos tres elementos son: uniformidad de la letra para le mejor lectura, velocidad en la producción de más y más libros, y sobre todo, bajo precio. Los carísimos libros realizados con ornamentos por los copistas de las abadías de la Edad Media, iban a convertirse en objetos de museos y los libros impresos, en el objeto principal para educar y transmitir el conocimiento.

Los libros, uno de los objetos más democráticos de todos los tiempos, ha devenido en nuestros días en la fuente principal de la inculturación y de la educación pero, a su vez, en un objeto de lujo debido —en el caso peruano— a las políticas culturales erráticas que, a pesar de leyes y reglamentos, no fomentan ni la producción de libros ni la lectura. Así tenemos que, los niños peruanos se encuentran en la escala más alta de personas que no entienden lo que leen y, como sostiene uno de los más conspicuos heraldos negros de la postmodernidad, Giovanni Sartori, se irán convirtiendo en homo videns, sin posibilidades de desarrollar un pensamiento crítico. Ovejas para las dictaduras y las verdades-míticas del capitalismo tardío.

No obstante, a contrapelo de las pesimistas reflexiones de algunos de mis compañeros y a pesar de las nefastas políticas culturales que protegen sobre todo a los editores y a los otros capitalistas del libro, estoy convencida que desde los sectores menos favorecidos se empuja una democratización de nuevas formas de abaratar la lectura. Por eso mismo le he dedicado mi ponencia en este seminario de Industrias Culturlaes a las fotocopias. Creo que uno de las enseñanzas de mi paso por el diploma de género de la Universidad Católica ha sido una metodología de investigación que podría titularse “poniendo el cuerpo”, es decir, atendiendo a lo que nos atraviesa personalmente, en mi caso, la precariedad de los medios y el ambiente para poder investigar y dictar mis propias clases. Si de alguna manera en la Universidad de San Marcos se remonta el vacío de las bibliotecas, la desactualización de las mismas, el maltrato al alumno que quiere investigar y la escasez de recursos bibliográficos, ha sido a través de las múltiples fotocopias que alumnos, profesores y demás miembros de la comunidad académica, intercambian. Incluso, como es sabido, los intercambios se producen de forma anónima, ampliando nuestra pequeña red de amigos profesores o investigadores. En la medida que un profesor que ha tenido la fortuna de acceder a un libro difícil de conseguir, o que circula poco en el Perú o, en todo caso, que abre nuevas puertas al conocimiento, y lo deja en una de las fotocopiadoras de Letras en San Marcos para ser fotocopiado por sus alumnso, pero a su vez, para que permanezca un ejemplar en esa fotocopiadora, empieza a partir de ese momento la circulación de ese libro, inclusive entre profesores que no conoce. Esto me ha pasado en concreto con el libro “Diseños globales, saberes locales” de Walter Mignolo: un texto que busqué en Lima, Bogotá, México y Buenos Aires, e incluso mandé a pedir a la Casa del Libro de Madrid pero estaba agotado. Y lo encontré en la fotocopiadora de Mary, pasillo de Letras, campus de la Universidad de San Marcos.

En una pequeña encuesta que he realizado entre algunos amigos investigadores, quienes tienen mayor número de libros enteros fotocopiados son aquellos que, por diversos motivos, no tienen acceso a bibliotecas universitarias, públicas o semi-públicas, con un acervo adecuado y actualizado. Si uno es profesor de la PUC y además investigador del IEP, pues la verdad que no tendrá necesidad de fotocopiar excepto textos agotados —en cuyo caso es siempre legal — o difíciles de conseguir, puesto que tiene acceso a las mejores bibliotecas del país. Que no se acerquen ni de raspa al acervo de la biblioteca de la Universidad Javeriana o de la UBA, bueno, es cierto. Pero esto implica a su vez políticas claras de equipamiento que, por otro lado, como investigadores también les compete exigir.

Pero si bien es cierto que, desde los sectores menos favorecidos, se empuja a una ampliación de la esfera del conocimiento, desde los productores de libros, sobre todo las grandes empresas editoriales, se propone una ampliación del copyright que choca con los intereses democratizadores en tanto restringe el uso del libro. Hoy en día, debido a la importancia de las patentes y de la tecnología de la información, se está creando un nuevo tipo de mercancía: el saber-mercancía, un saber devenido en cosa que, de acuerdo con la teoría fetichista de la mercancía, encubre que su valor existe únicamente como producto social.

Asu vez, hoy, toda información o conocimiento convertido en mercancía produce rédito, y no necesariamente para su creador, sino al que permite que ese saber-mercancía se convierta en producto a ser comercializado. No estoy de acuerdo con las tesis pesimistas de Horckheimer y Adorno en relación a los productos culturales; sin embargo, quizás sus puntos más desfavorables -como la defensa cerrada del copyright- sean perjudiciales para la las grandes mayorías. Creo que en este punto podemos tener una medida exacta de la importancia de la cultura, no sólo como “transmisión de lo bello” o “cercanía a lo sublime” sino como una forma de acceder a un conocimiento que nos permita, mal que bien, salir de una situación de ignorancia y tener acceso al poder. Pues como sostuvo Steve Biko antes de morir en Sudáfrica, y lo repito como mantra cada vez que puedo para convencerme de la importancia del saber, no hay mejor arma para el opresor que la mente del oprimido. Liberar la mente dle oprimido es una tarea urgente que nos compete, aquí y ahora, a todos nosotros.

* Ponencia de la mesa inaugural Industrias Culturales: máquina de deseos en el mundo conemporáneo a realizarse en el Centro Cultural de la Universidad Católica los días 9, 10 y 11 de mayo.

May 5, 2007

¿Qué leen los que no leen?

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Desocupado lector: eres una o uno de los tocados por los dioses en el escaso don de la comprensión de lectura. Las autoridades del Perú se rasgan las vestiduras, los profesores entran en pánico por temor a ser evaluados, los políticos silban descaradamente mirando a un costado, pero la llaga sigue palpitando indemne a los remedios efímeros que sólo detienen la gangrena: los niños de nuestro país, nuestros niños, no comprenden lo que leen. Casi nada. Sólo deslizan sus ojos chinitos por las líneas, mas en sus noveles cerebros no se desarrolla ni se desarrollará jamás el pensamiento crítico. Al menos que hagamos algo ahora.

La situación es de emergencia. Precisamente porque, a pesar de todo y contra la marea, los peruanos somos lectores en potencia. Una encuesta de la Universidad Católica de abril pasado sostiene que, en realidad, ganas de leer hay en la población. Un 55% por ciento lee todos los días por lo menos un periódico, o un libro o la Biblia y un respetable 15% lo hace a través de las cabinas y de Internet. Pero desgraciadamente un 75% acepta que en su casa, con los libros de la abuelita y contabilizando las revistas de moda, no llegan a 50 los ejemplares acumulados durante toda su vida.

Pero ganas de leer no faltan: lo que no hay son posibilidades de desarrollar la lectura por la dificultad de las fuentes de acceso a ella. Porque, eso sí desocupado lector dominguero, si los que dicen que no leen lo están haciendo, es preciso que de una vez salgan de las “estimulantes” lecturas de los diarios chichas, las páginas porno de Internet, o las novelitas de pocas páginas con dibujitos. Como sostiene David Bravo, uno de los conspicuos defensores españoles del copyleft y del acceso libre al libro: “cuando entraba en la tienda y miraba el precio del libro, me daba cuenta de que yo no necesitaba anuncios de televisión que me concienciaran de lo saludable que es para el alma la lectura, yo lo que necesitaba eran 2.500 pesetas”.  

El poderoso caballero al que se refería don Francisco de Quevedo en sus rimas, el dinero, es el que aún muchos años después sigue imponiendo sus cánones incluso entre los amantes de la libre lectura. Es cierto, se requiere más dinero, pero sobre todo, medidas de gestión de los pocos recursos con los cuales ya cuenta el Perú. Por ejemplo, a los alumnos de Letras de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos no les dejan sacar los libros de la biblioteca. Ni por un minuto. Se trata, eso sí, de aquellos ejemplares únicos, pero desgraciadamente son la mayoría de los comprados desde 1980 en adelante. Los alumnos con sus carnets de biblioteca a la mano sólo pueden leerlos in situ. Ni para sacar fotocopias. Cruzando la avenida Venezuela, a los estudiantes tesistas e investigadores que no somos miembros del claustro de la Universidad Católica no nos permiten revisar los libros de su biblioteca —probablemente la mejor del Perú— ni siquiera dentro de su biblioteca, sin previa carta institucional, pago de derechos y los jueves por las tardes, siempre y cuando no sea época de exámenes. Y sólo para fotocopiar algunos fragmentos. A los alumnos de la Universidad de Lima no se les permite entrar a ver los estantes de libros sino que deben seguir utilizando el viejo método de llenar el papelito y entregarlo al bibliotecario, lo que, dicho sea de paso, es usual en el resto de bibliotecas universitarias del Perú. Por otro lado, la sala de acceso no restringido de la Biblioteca Nacional, que sí tiene el método de “estantes abiertos” y un estupendo catálogo muy actualizado on-line, no posee la colección completa de libros de Jorge Luis Borges, digamos, el mínimo necesario para que sea una buena fuente de acceso a la lectura. Si en el Perú queremos leer a un autor como el filósofo Michel de Certeau, se encontrará ocho libros en la Universidad Antonio Ruiz de Montoya, cinco en la Universidad Católica y uno en la biblioteca nacional; Michel de Certeau escribió más de treinta, casi todos traducidos al español. Este es el nivel de dificultad y precariedad de las mejores fuentes de lectura en el Perú, ¿cómo será en el resto de bibliotecas?

Uno de mis alumnos, Ronald Vega, ha resucitado una vieja biblioteca parroquial de su barrio, Tablada de Lurín, y a través de una serie de estímulos entre los cuales también se encuentran los audiovisuales, provoca a los chiquillos a que pasen por ahí, revisen los libros, los palpen, los huelan, y aprenden a sentirlos como amigos. ¿Qué requirió él, además de voluntad y persistencia, para fomentar la lectura? El escritor Javier Arévalo comprometió a una serie de escritores para leer “en el patio” de colegios nacionales del cono norte, San Juan de Miraflores, Villa El Salvador, y otros lugares, y de esta manera convencer a los padres, no a los niños, a dejar que sus hijos se tiren sobre su cama con un libro en la mano. ¿Y cómo lo hizo? Persuadiendo a los autores a comprometerse con el otro que hace posible sus propias vidas: el lector.

Si estos sueños se han realizado sin dinero y con voluntad, basta de hipocresía y gritémoslo a boca abierta: ¿de qué hablamos cuando hablamos de fomento a la lectura desde el Estados peruano?  






















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