Kolumna Okupa

Rocío Silva Santisteban

May 20, 2007

Los escritores y sus estereotipadas musas

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A Lope de Vega sus contemporáneos lo llamaban “monstruo de naturaleza” porque compuso más de 300 obras de teatro; y a Sor Juana Inés de la Cruz, cuyas obras completas suman cuatro volúmenes de cuatrocientas páginas cada uno, la llamaban “la Décima Musa”. ¿Musa? ¿Por qué?, ¿acaso no era ella la que cogía la pluma y se manchaba los dedos de tinta? Pues sí, pero como en ese entonces una mujer que sabía latín tenía mal fin, los detentores de lo que podría llamarse el marketing literario de la época, no supieron sino darle esta nomenclatura poco acertada.

Sucede que las mujeres en la historia de la literatura estuvieron más bien encerradas en las páginas (y los estereotipos) de sus pares, los varones, monstruos de naturaleza o no. En algunos casos, como el de Madame Bovary, Anna Karenina o Ursula Iguarán, pudieron salir de esa mala suerte y convertirse en personajes femenino llenos de humanidad, cuyas acciones, reflexiones y sobre todo, contradicciones, le dan una textura diferente a la “mujer literaria” de todos los tiempos.

Borges y Cortázar

Pero en la mayoría de las novelas o cuentos no sucede así. En la extensa producción cuentística borgeana hay pocas mujeres y, por cierto, las que centran la atención del maestro argentino no están constituidas por, lo que se diría, una textura femenina profunda. Emma Zunz, por ejemplo, es una máquina de venganza, cuya laboriosidad y exactitud para cumplir con sus propósitos, resalta por su exceso de frialdad; en La Intrusa, la mujer que causa el rencor de los hermanos Nielsen, prácticamente aparece como pretexto para desarrollar la trama, y no tiene ni cuerpo, ni textura, ni vida propia: es sólo un estorbo entre la maravillosa vida homosocial de los vaqueros; y en El Aleph, el recuerdo de Beatriz Viterbo, génesis del extraordinario descubrimiento, se apaga de inmediato para dar paso a las rivalidades entre Borges y Carlos Argentino Daneri. 

Cortázar tampoco se salva con el mencionadísimo personaje de La Maga. La pregunta que da origen al libro (¿Podrá Oliveira encontrar a la Maga?) da pie a una seguidilla de búsquedas obsesivas que no paran sino hasta que el personaje percibe en la sexualidad de la Maga el espacio irreductible desde donde se pueden observar otros mundos: “Ah, déjame entrar, déjame ver algún día como ven tus ojos”. No obstante, ese cuerpo se resiste a ser textualizado y Cortázar opta por el clásico estereotipo de la mujer víctima. “Todas sus relaciones con hombres siguen el mismo patrón: abuso, humillación, silenciamiento. En cada una de las posiciones femeninas que le toca asumir (hija, amante, madre), la Maga siempre pierde” sostiene la crítica Gabriella Nouzeilles. Para Cortázar ha sido este cuerpo femenino extraño pero sumiso la puerta mágica para otras dimensiones de la realidad, como también queda dicho en los diarios de Alina Reyes (en el cuento “Lejana”). 

No sigamos con los porteños pues Sábato con personajes como María Irribarne o Alejandra Vidal Olmos, tampoco la chunta, aparte de conferirles un extraño aire de maldad para seducir al lector, ambas terminan siendo apéndices de otros personajes masculinos (Juan Pablo Castell o el padre de Alejandra, Fernando). En el caso de los autores chilenos, comenzando por Pablo Neruda, las mujeres siempre están ahí para provocar el deseo de un viaje, de una investigación, de una huida o en todo caso, para provocar el propio deseo de escribir. ¿Qué son Los detectives salvajes y todo el complejo mural humano que diseña Roberto Bolaños sino el sendero difuso de la búsqueda inútil de una mujer escritora?

Las putas

En tanto que los escritores tienen acceso a la sexualidad femenina sólo desde una perspectiva —la invasiva— han terminado dando forma en sus textos de ficción a los dos clásicos estereotipos de todos los tiempos: las vírgenes y las putas. Si las vírgenes, como “María” de Jorge Isaacs, representan lo inexplorado y por lo tanto atractivo en su nubilidad, las otras no son sólo la tentación que hace caer en pecado, sino sobre todo, el espacio desde donde se percibe el manejo “libre” del cuerpo femenino. “Las mujeres que esperan/ y se sienten solas, conocen a fondo la vida./ Son libres. A ellas no se les rehúsa nada” sostienen Césare Pavese, en su famoso poema Tierras Quemadas, con cierto tufo de envidia.

Desde “Margarita Gautier” hasta “La Pies Dorados”, pasando por mares de personajes putescos totalmente olvidables, las mujeres que se dedican a vivir de la explotación económica de su sexualidad, han atravesado de manera casi siempre anecdótica la historia de la literatura. Incluso hoy en día, en que la profesión ha decaído gracias a la libertad sexual femenina, hay algunos nostálgicos que continúan inquiriendo en sus fantasías sobre estas mujeres a las que pueden tocar pero no poseer: “El año de mis noventa años quise regalarme una noche de amor loco con una adolescente virgen” sostiene el personaje de García Márquez en su último novela. Tan diferente, desde su propuesta ideológica, a la denuncia en clave de realismo mágico que organiza la trama de “la Cándida Eréndira”. A veces, como sus masculinidades, los escritores declinan con los años.

Finale

Madres fálicas como Bernarda Alba; impúberes criaturas celestiales como la Niña de la Lámpara azul; torrentes de voluptuosidad como Lucrecia, la madrastra; “lomazos” para ser devorados como todas las “huachafitas” de la narrativa de Bryce, Ribeyro o el propio Vargas Llosa; mujeres galgos en los cuentos contemporáneos de Sergio Galarza o afroperuanas infieles de Gregorio Martinez, las musas piden a gritos un poco menos de estereotipos y más indagación en el mundo femenino que, los escritores, apenas entreven y salen disparados.

Blanca Varela: vive y vencerá

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Blanca Varela, de vestido, junto al escritor José María Arguedas, las hermanas Bustamante, Celia y Alicia, y Rosi Fort.

Es cierto que se trata del tercer premio internacional de gran prestigio que recibe Blanca Varela, el Reina Sofía, otorgado por la Universidad de Salamanca y el Patronato Nacional de España, para premiar la trayectoria completa de un escritor que haya aportado una obra relevante en Hispanoamérica; es cierto que previamente ganó el premio García Lorca, que otorga la ciudad de Granada, y que por estos días recogió su hijo Vicente de Szyszlo; y también es cierto que algunos años antes recibió el premio Octavio Paz, un logro verdaderamente importante para un autor peruano; pero lo más cierto de todo, lo indudablemente cierto, es la indiferencia de la alta cultura del país —si eso existe— ante una autora que, además de darnos lecciones de sabiduría y poesía, sitúa al Perú como una fuente privilegiada de escritores de primer nivel en el mundo de habla española. 

La gente a veces cree que escribir poesía es fácil: los libros salen por cientos, por miles, de las canteras de imprentas baratas, y ahora inclusive con carátulas hermosas y diseños sobrios, básicamente para atizar las ansiedades de egos alicaídos que pretenden, a cómo dé lugar, participar del show business de la cultura local. Los jóvenes se autoproclaman poetas con una insolencia y una desvergüenza que, la verdad, ni en los mejores tiempos de los más contestatarios grupos subterráneos. Apenas han pergueñado unas cuantas líneas en fanzines de Internet, dan el salto de la materia a la energía: se vuelven poetas. Pero no les interesa escribir, les interesa ser. La letra impresa como trampolín a la efímera y precaria fama.

Y es que a los poetas, lo dijo Rodrigo Quijano hace años en una clase de literatura, se les considera héroes culturales, y por lo tanto, constituirse en uno es pasar del anonimato a cierto protagonismo cultural que, muchas veces, no tiene respaldo real. En América Latina, algunos países como Chile, Nicaragua, Perú y Colombia, los poetas son personajes nacionales. En la ciudad de San Juan, Argentina, incluso hay un famoso Paseo de los Poetas: entre magníficas hojas de cipreses se erigen estatuas de caras adustas y aburridas. Hasta Gisela Valcárcel dijo hace dos semanas, en el programa de Jaime Bayly, que sólo le perdona el aliento de alcohol a un poeta. Y me pregunto, yo que soy poeta, y algunos me llaman poetisa, ¿se me perdonaría el aliento de alcohol? Obvio: claro que no. No es lo mismo ser poeta que ser poetisa. Pero no me preocupo: tampoco lo tengo.

¿Y cuál ha sido la más importante poetisa que ha tenido el Perú?, ¿Amarilis?, ¿la autora del Discurso en loor de la poesía?, ¿Magda Portal? He leído bien esos poemas, y los versos mencionados, los he estudiado, y son excelentes pero no platean una propuesta sostenida y coherente a lo largo de una obra en su conjunto. No proponen una vuelta de tuerca nueva a la tradición. No arriesgan con sus quiebres, sus silencios, la concentración de las palabras, ni buscan a conciencia una cierta distancia y dureza que vuelve al discurso imprescindible. Aquella voz que lo hace es la de Blanca Varela. Estoy segura que también hay otras voces que no son acalladas por la de Valses y otras falsas confesiones, por el contrario, se trata de un despertar de a pocos, primero insular como las voces de Lola Thorne o Carmen Luz Bejarano; luego en conjunto y muy diferenciadas, como aquellas de la década del 80; y hoy en día, completamente dispersas pues ya no resulta ninguna novedad que una mujer escriba: y esto es maravilloso. 

Las poetas contemporáneas —y cito a Romy Sordónez, a Victoria Guerrero y a Cecilia Podestá pues fueron los libros que le llevé a Blanca Varela hace más de seis meses, y que ella leyó incluso en voz alta— no necesitan patear la puerta de la ciudad letrada pues pertenecen a ella desde sus inicios. Y eso se lo deben a las anónimas poetisas del Virreinato, a Blanca del Prado y a otras que aún permanecen invisibles, a las escritoras excomulgadas o acalladas tras las paredes del manicomio en el s.XIX, a las incomprendidas como Magda Portal; y por supuesto a autoras como Blanca Varela, quien junto con otros poetas excelentes contemporáneos, como José Watanabe o Jorge Eduardo Eielson, han sabido sacarle el máximo jugo a los juegos del lenguaje. Y sin PromPerú ni campañas agresivas ni premios nacionales ni incentivos a la creación de ningún tipo, al contrario, con el miedo de los editores a vender pocos ejemplares, son —como diría otro poeta peruano, José Ruiz Rosas— los que libran la batalla “sólo por el fulgor de la palabra” y colocan el nombre del Perú en un lugar alto y distinguido.






















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