Lo sagrado y lo abyecto
“Sólo un Dios vivo, puede morir” con esta enigmática cita del filósofo francés Alain Badiou, el crítico Juan Carlos Ubilluz inició su ponencia en el seminario Lo “sagrado” y los medios de comunicación realizado la semana pasada en la Universidad Antonio Ruiz de Montoya. La frase, por supuesto, concitó la atención del público, diverso y heterogéneo, y no porque sonara destemplada o fuera de lugar, sino por que en voz de un agnóstico, por no decir ateo, indica más un desafío que una promesa.
Ubilluz es un especialista en literatura comparada, pero sobre todo, estudioso de la obra del psicoanalista Jacques Lacan, y autor de un libro singular que recomiendo altamente, Nuevos súbditos, sobre el cinismo y la perversión en la sociedad peruana contemporánea. Durante su ponencia Ubilluz se preguntaba por qué el filósofo francés Badiou, a estas alturas de la posmodernidad, reactualiza la famosa cita del filósofo alemán Friedich Nietzsche, “Dios ha muerto”, para organizar la singularidad del sujeto.
¿Pero qué significa “Dios ha muerto”? En principio, para alivio de los creyentes que lean estas páginas, no significa que ya Dios no exista. Lo que implica la frase es que, después de la revolución de la modernidad encabezada por los racionalistas alemanes y los filósofos de la Ilustración, el sujeto occidental —como ser pensante— constituye sus relaciones no por el determinismo pre-moderno organizado desde algunas esferas celestiales (esa mano divina que juega con los hilos del destino como si los seres humanos fuéramos marionetas), sino basado en la secularización y la individuación y la idea de que cada quien forja su propio destino. Somos los hombres y las mujeres quienes debemos responsabilizarnos por nuestras decisiones. No hay un ente, de cualquier tipo, que sea el culpable primero de lo que nos pasa, de nuestra “mala suerte”, de nuestros errores, de nuestras propias culpas. Digamos que en la modernidad “Dios está en otro lado”. Para Badiou, no obstante, “Dios ha muerto” implica que el sujeto contemporáneo ya no puede oír la voz de su singularidad, que es la voz del Dios vivo.
Si la posmodernidad, como sabemos, no es en realidad un “post” sino más bien un “ultra”, es decir, una expresión sofisticada de un imaginario completamente diferente producto del “capitalismo tardío”, ¿por qué habría que insistir en que “Dios ha muerto” si al parecer esto ya era claro? No sólo en sociedades como la peruana, cuyos habitantes vivimos en un interregno entre modernidad, pre-modernidad y post-modernidad, sino incluso en Estados Unidos, la Meca del capitalismo, las relaciones entre los seres humanos no responden de manera tan transparente a este supuesto general “individual y secular”. Ubilluz cita la película de Mel Gibson, La pasión de Cristo para poner en manifiesto que hay “un suplemento obsceno que soporta la ley simbólica de la Iglesia” y argumentar que la película no le hace ningún favor a la jerarquía eclesiástica, sino por el contrario, organiza sus normas sobre un “suplemento fantasmático” oculto, una especie de ley nocturna, que refuerza lo sagrado sobre niveles de lo abyecto.
Esta claro que la película es la primera puesta en escena de un exceso de plasticidad en torno a las torturas de Cristo. Recuérdese esas tomas: latigazos que sacuden el estupor del público, la sangre cayendo incluso en la cara de los torturadores, los charcos sobre las piedras pulidas del patio, los instrumentos de tortura cada vez más sofisticados en su crueldad, y las caras de los soldados gozando de la tortura, riendo como brutos, mientras el cuerpo del hombre joven y bello se vuelve una sola costra, ante nuestros ojos, en cámara lenta y en primerísimos primeros planos. Ubilluz sostiene que es una escena sadomasoquista homosexual. En todo caso, considero que frente a estas imágenes el cuerpo del espectador se horroriza, pero a su vez se siente atraído. Cierra los ojos pero los vuelve a abrir: es lo abyecto que ejerce un insólito poder de subyugación.
¿Y qué es lo abyecto? La crítica búlgara Julia Kristeva propone el concepto de abyecto como un punto de partida para vincularlo a lo perverso, lo sucio, aquello que nos produce repulsión. Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua abyección implica envilecimiento y humillación. Aunque parezca increíble lo sagrado y lo abyecto tienen varios elementos en común: ambos son conceptos ambiguos, casi inasibles, y tanto lo abyecto como lo sagrado atraen y repelen. En casi todas las culturas, el cadáver es a su vez sagrado y abyecto: por su dimensión de caída (cadáver = cadere, caer) se convierte en lo intocable que, nos recuerda a través de su descomposición, nuestro propio efímero.
Para Badiou, Nietzsche es el antifilósofo que “se pierde” como sacrificio en su propio cuerpo —su locura final— ante la pira ardiente de la filosofía. De alguna manera la frase inicial de este artículo implica que Dios no ha muerto sino nuestra capacidad de escucharlo, de vincularnos a una singularidad subjetiva, de organizar un lazo hacia lo auténticamente nuestro.

