Kolumna Okupa

Rocío Silva Santisteban

June 27, 2007

Feminismo sucio

Filed under: Kolumnas

Hace varios años, en un encuentro de poetas en Bogotá, la escritora costarricense María Montero me propuso formar la primera cédula del feminismo sucio latinoamericano. Tomando el adjetivo que se le ha endilgado a la narrativa y poesía del escritor Charles Bukowski, “el realismo sucio”, y en tono de cinismo y broma frontal, María y yo pensábamos que lo literario y lo poético podían contener un elemento revulsivo que, ocasionando una herida superficial, pudiera verdaderamente limpiar las profundidades cavernosas de la estética desde una perspectiva feminista. Nos reímos mucho de la ocurrencia, planeamos periódicos y libros a dos manos, y nos olvidamos de todo una vez que ella regresó a su trabajo en La Nación, a sus tres hijos, y yo a lo mío.

Pero el término me parecía verdaderamente poderoso para analizar algo que sí estaba sucediendo en el Perú y que en realidad lleva el nombre propio de dos mujeres, por el momento, Laura Bozzo y Magaly Medina. ¿Ellas no reivindican, de una manera extrañamente perversa, también un discurso feminista? Por ejemplo Laura Bozzo, utilizando una terminología jurídica, organiza su propuesta como una defensa de la mujer, sustentándolo superficialmente sobre la base del requerimiento de justicia, pero erigiéndose a sí misma como la representación más alta y solvente de la justicia práctica —más allá de la justicia burocrática— que soluciona los problemas con catarsis de llanto y compasión en cada uno de sus programas. De esta manera las mujeres que asisten a ellos sólo pueden exigir “compasión” y no reivindicaciones concretas. Todas esas mujeres se mantienen en el estatus de víctimas que requieren de una “super-mujer” con conocimientos, una “doctora”, que pueda hablar por ellas, actuar por ellas, pensar por ellas.

El feminismo sucio es ambiguo y explicaré por qué más adelante, pero en el caso concreto de Laura Bozzo propone falsamente una reivindicación de un discurso de igualdad de la mujer superficial, pues no se sustenta en prácticas que fortalezcan las identidades femeninas, sino por el contrario, en el tutelaje, el caudillismo y la demagogia, perennizando un modelo de ciudadanía totalmente negativo. Desgraciadamente esta es la imagen “feminista” que permanece anclada en el imaginario peruano (por eso los taxistas siempre me confiesan que Laura Bozzo es lo más feminista que conocen).

Pero en realidad el feminismo sucio tendría dos discursos modélicos: el primero sería aquel que propone una supuesta “sustancia” femenina con mayor solvencia moral, sólo por el hecho de ser mujer, sin vocación democrática sino, por el contrario, autoritaria: se buscaría aprovechar la imagen de la mujer como matrona y organizadora de la familia aunque debajo del ropaje no se halle sino a una mujer fálica a la manera de Bernarda Alba del drama de Lorca. Se proclama la reivindicación de la mujer como un ataque frontal al varón y que, en la experiencia mediática peruana, ha estado representado por Laura Bozzo, pero también por Magaly Medina y algunas congresistas.

La segunda versión del feminismo sucio estaría vinculada con acciones y discursos “fuertes” y mediáticos, como aquellos que reivindican las Guerilla’s Girls en sus puestas en escena y performances callejeras. Se trataría de desempolvar el feminismo tradicional con un par de bofetadas estéticas que no serían otra cosa que una estrategia revulsiva. En el caso del Perú, este segundo modelo del feminismo sucio está en escena en la plástica local desde hace bastante tiempo, con propuestas como La Perra del Colectivo La Perrera, las In-Santas de Karen Bernedo y Roxana Crisólogo, el último número de la revista Casa de Citas sobre erotismo o la propuesta de Peruvian Beauty de Susana Torres y Claudia Coca. No se trata pues de estéticas “feministamente correctas” sino de elementos que transgreden, perturban, convulsionan. Una lectura nueva. Una patada en la puerta. Niñas malas que nos dicen mucho con sus gestos y su arrogancia.

Claro que esta propuesta estética contiene en sí el peligro de ser confundida con la otra. Pero son muy diferentes. Pues si unas buscan “revulsionar” ; las otras (Laura et al) lo único que pretenden es vender, y por lo tanto, mantener el sometimiento a partir de soluciones asistidas por el autoritarismo en función de la modalización que objetiviza al otro basurizándolo, en lugar de permitirle habitar un espacio perturbador y construir, desde él, una subjetividad potencial y políticamente insurrecta.

Pero el feminismo sucio es un producto típicamente latinoamericano: ambiguo, con dos caras, con posibilidades contradictorias, con peligros latentes dentro de sí, heterogéneo, híbrido y políticamente muy rentable.






















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