Kolumna Okupa

Rocío Silva Santisteban

July 29, 2007

Chicos de mi barrio

Jesse Treviño.

Ayer estuve chateando con mi hermano, no lo hacíamos desde hace tiempo, precisamente por la falta de tiempo de ambos para abrir el messenger. Ricardo me contó que había conversado con una chica de nuestro antiguo barrio, Las Palomas, y me dio las últimas noticias: que el Mono Fernando había muerto de un aneurisma, y que el gordo Edgardo, el hermano de Leo, el Desanimao, había muerto de diabetes. Leo, a su vez, murió hace como cuatro años en un accidente de carro en la Costa Verde. También me contó que la Gorda Paty había visto al otro Mono, al Mono Aguirre, caminar por las calles del barrio como un espectro. Lo que cancela la noticia que Alonso R. me había dado hace algunos años, que el Mono Aguirre había muerto en California, donde viajó para salir de las drogas. La verdad que no pudo escoger peor sitio para "limpiarse".

El asunto es que la mayoría de los chicos de mi barrio, que es un interregno entre Surquillo y San Isidro, entre el Zanjón y la Avenida Aramburú, están o muertos o quemados.

Hace como dos años cuando Ricardo vino a Lima, pasábamos por la Avenida Larco, y vimos a Nico caminando con aire despistado. Nico era uno de los chicos de mis sueños cuando yo tenía 15 años. Caminaba hablando con nadie, estaba bien vestido, con una casaca fina o algo así, con un jean limpio, se notaba que su hermana lo seguía cuidando como hace veinte años. Ricardo se estacionó y lo llamó, Nico volteó y se quedó mirándolo. Ricardo le hizo la clásica pregunta ¿te acuerdas de mí?, y él le dijo algunas cuantas incoherencias, pero sólo para hacer tiempo, aunque no lo reconocía. Ricardo entonces le dijo, ¿y de ella?, y él me dijo, "Rocío… cómo estás". Yo me quedé más atontada de lo que soy, mirándolo, como si hubiesen pasado mil años de esas noches en el barrio, viéndolo caminar a lo lejos, con sus brazos larguísimos y su pelo largo, andando sin rumbo fijo. Sé que que estuvo en Iquitos, que su hermano menor, Patricio, lo recogió, y que quemó cerebro mucho más temprano que los otros. Al parecer ahí intentó trabajar, no sé si alguna vez antes lo hizo, más bien se dedicó durante toda su adolescencia a mantenerse en la estratósfera. Hijos de familias disfuncionales, clase media, estudiantes de buenos colegios limeños –Nico de hecho había estado toda su vida en La Recoleta–, ahora han terminado siendo espectros fantasmales que deben estar al cuidado de sus familias para no desaparecer en los miasmas de la ciudad. "Hola, Nico, qué guapo estás" le mentí después de su saludo. Tenía la cara aterida como si hubiese estado metiéndose toda la cocaína de Lima, pero los ojos transparentes como cuando tenía 18 años.

El Mono Fernando, otro chico guapo, aunque demasiado cínico para mi gusto, también se paseaba por el barrio con la camisa fuera del pantalón, buscando al dealer local, Rodo, para cambiarle cualquier cosa por droga: la yerba había quedado de lado hacía mucho tiempo, se metían pasta básica, y si había plata, coca supongo. Una vez el Mono Fernando tocó la puerta de mi casa para pedirme dinero para la leche de su hijo, un niño al que con las justas había reconocido y que ni siquiera vivía con él. No le dí, claro. Y ahora está muerto de un aneurisma… ¿tendría 48 años o algo así?

El Mono Aguirre me acompañó a mi fiesta de promoción del colegio. Él era alto y feo pero flaco y ciertamente tierno. Corría por las mañanas frente a la ventana de mi casa con un buzo azul oscuro, junto a su perro pastor belga, al que llamaban Junior. Recuerdo su pelo moviéndose al compás de sus pisadas, y sus manos de dedos largos como si fuera pianista. Obviamente aprendí a besar mientras me sujetaba torpemente con sus brazos larguísimos. Nunca el corazón me latió más rápido. Al mes me regaló una tarjeta que decía "a pesar de todo/ te adoro". Era ciertamente tierno. Le dediqué un poema con rima apareada cuando cumplió 18 años. Ahora es un fantasma con un perro triste que lo acompaña a latear por las calles de la ciudad.

Y Coco, el Espantajo, que paseaba por el barrio con su hermoso perro setter irlandés, de pelaje largo y anarajado, murió en 1997 de dos balazos en la playa de Bujama. Encontraron su cadáver y le avisaron a la familia como un mes después. Supongo que se había convertido en dealer, y seguro que se metería en problemas mayores. Ya a los 20 años le vendió una casaca verde, lindísima, a mi hermano por un ripio o quizás por una deuda. Yo siempre me ponía esa casaca para ir a la universidad.

Los chicos de mi barrio mueren en las esquinas, en esas mismas esquinas donde escondían los pacos de pasta entre las buganvilias. En esas esquinas donde aún me parece verlos, esperando la tarde para jugar una pichanguita, parados contra la pared mil veces tarjeada con nombres de chicas, aburridos de su aburrimiento. Los chicos de mi barrio con mucha suerte llegaron a ser hombres. Eran bellos y suaves y altos y formaban parte de la decadencia de una ciudad que, durante los años 80, no ofrecía muchas salidas además de la violencia y la droga. Y casi todos optaron por la droga.  

July 27, 2007

Mi país es escándalo, mi país es desesperación

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 Jorge Miyagui.

 

Mi país es una intensa pasión, un triste piélago, un incansable manantial de razas y mitos que fermentan…

El Perú es un agregado social de grupos complejos que no termina de constituir una instancia mayor que nos represente a todos. El Estado que heredamos de los criollos de la Independencia sigue considerando al centro de sus deberes, logros y normas al propio hombre criollo urbano, dándole la espalda a todo el gran resto imaginándolo(nos) como apenas una adherencia. El 11 de Julio la sociedad política salió a las calles con un reclamo organizado y focalizado; hoy las instancias de diálogo están funcionando y, antes de fiestas patrias, la esperanza anidaba sobre las posibilidades de un cierto entendimiento. Pero…

Mi país es mi temor, tu ira, la voracidad de aquel, la miseria del otro, la defección de muchos, la saciedad de unos cuantos…

El comienzo de la entrega de las reparaciones colectivas en Ayacucho, que abría una manera diferente de pensar en la otredad radical de nuestro país y en la memoria local como constituyente de identidad, ha quedado deshecha por la vocación autócrata de las últimas normas aprobadas, restringiendo inconstitucionalmente varios derechos conquistados. Recoger la esperanza de los miles de hombres y mujeres afectados por la violencia política es una tarea impostergable y no debe reducirse a pagar las reparaciones y olvidarnos del asunto. Parecía que el gobierno había tomado en serio esta tarea. Pero esta vez con una mano se escribió INCLUSION y con la otra se le tachó en negro.

Mi país son los mendigos y los ricos, el alcohol y la sed, la aventura de existir y el orden en que elijo mis sacrificios…

“Una democracia fuerte” es el epíteto que vienen repitiendo nuestros gobernantes y en realidad en este contexto casi puede significar cualquier cosa. Algunos quisiéramos, siguiendo “el orden en que elijo mis sacrificios” como subraya Sebastián Salazar Bondy, esta democracia fortalecida fuera una posibilidad de radicalización de la misma para darle voz al subalterno, al ninguneado, al invisible de los sistemas simbólicos. Pero desgraciadamente en las bocas de los gobernantes sólo significa seguir pretendiendo representar sus intereses, sus deseos, su voz inaudible tapiada por esa vocación autoritaria. Yo pienso por ti, pseudociudadano: es la idea básica. Y lo hago de la mejor manera… como considerar que el derecho de huelga es una extorsión. O que los policías que disparan a un huelguista con muerte subsiguiente son inimputables. O legislar en contra de los conflictos sociales utilizando un ámbito de excepción contra el crimen organizado. Ay… es que…

Mi país es un corazón clavado a martillazos…

En la última encuesta de la Universidad Católica sobre Sistema Político los encuestados están en un 63% entre insatisfechos y muy insatisfechos con la democracia. A su vez, un 37% están de acuerdo con un gobierno autoritario o con cualquier cosa, pues no les interesa el tipo de gobierno con tal de que tenga resultados. Esta manera de pensar, como lo ha venido sosteniendo Salomón Lerner en algunos de sus discursos públicos, es muy peligrosa pues pretende dejar en manos de los otros la tarea que es de todos. Como dice un slogan de un grupo político juvenil: “si tú no haces política, te la hacen a ti…” ¿No vale la pena enlodarnos las manos por nuestro país que también es “el agua matinal con que limpio mis pupilas de imágenes sucias”?

Mi país, ahora lo comprendo, es amargo y dulce…

Yo no lo comprendo. Pero amo a mi país. Suena un cliché de fiestas patrias remojadas en pisco quebranta, pero es un sentimiento que muchos más bien acallan con la sonrisita cínica de medio lado. El cinismo, finalmente, es una de las formas más fáciles de sobrevivir sin comprender, sin querer siquiera pensar en una vocación de diálogo. El cinismo y la desconfianza blindan el corazón, que se puede mantener helado frente a la pobreza, al deterioro, a la miseria, a la injusticia. Precisamente porque un 67% no confía en las personas —según encuesta de la Universidad de Lima— buscar “sembrar valores” no se resuelve con cuatro spots de Canal 7. Hay que volver a pensar al Perú como otro país. Y para esto hace falta más ternura que cinismo; y decisiones que nos lancen hacia delante sin tanto cálculo al milímetro.

* Todos los versos pertenecen al poema Todo esto es mi país de Sebastián Salazar Bondy.

July 22, 2007

Putas y literatura

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Clara, la puta empoderada

Hace 40 años la novela Hay que sonreír fue editada en un sello porteño causando gran revuelo debido a la hondura de la forma de tratar a uno de los personajes más interesantes de la literatura universal: la puta. Pero a diferencia de García Márquez y sus putas tristes o de Ampuero y sus putas alegres, la de Valenzuela, llamada Clara, es una criatura extrañamente tierna y a su vez completamente empoderada, cuyo conocimiento de la vida no le viene sólo del oficio sino de la reflexión permanente en torno al mundo que la rodea: un entorno de compadres, cafichos, macrós, machos de cantina porteña, administradores sebosos de hoteles de cuarta y, por supuesto, unas cuantas putas como ella. La vida aparece en el texto con la fuerza de una bofetada en la cara. Y Clara, la joven provinciana que sin saber cómo termina entre las sábanas de un hotelucho, con un billete en la mesa de noche, aprende de esa vida casi asfixiándose en cada golpe de azar sin perder la inocencia en cada encuentro.

Cuando salió la novela, en el año 1966, su autora, una jovencísima escritora que había radicado en París donde terminó de escribirla a los 21 años, impuso su presencia en el mundo literario argentino. El siguiente año confirmó su fuerza textual con un libro de cuentos, Los Heréticos, un género con el que demostraría ser una de las grandes de las letras argentinas. Precisamente otro de los libros que han conmocionado a la crítica literaria es Cambio de armas, conjunto de historias cortas ambientadas en la época de la dictadura en Argentina, llenas de referencias abiertamente críticas al régimen, a las torturas, los secuestros, y las injusticias de esa nefasta época, cuyas protagonistas mujeres son sometidas perversamente a ritos rebuscados de humillación pública por militares que no terminan de ejercer el dominio sino cuando lo realizan con placer.

Pero volviendo al texto que nos convoca, la historia de Clara Hernández es fascinante desde la primera línea: “Qué opio esperar. Con el pie izquierdo se rascó la pierna derecha en un gesto que quería decir resignación. Se llamaba Clara y ya estaba harta”. La historia empieza con una larga espera ante una cita que parece va a frustrarse. Esperar al hombre: eso es lo que se pasa Clara haciendo en la novela, lo que muchas mujeres se han pasado haciendo en la vida. En la calle frente a la Torre de los Ingleses, en el Parque Retiro, y con la desesperación que le cala los huesos, Clara empieza a contar la historia de su vida, pero bajo una cláusula que, de hecho conmueve a la lectora, “No hay que mirar para atrás…” mientras espera a ese marido que ella imagina extraordinario. Clara se pasará la novela esperando al hombre ideal —y por lo tanto, buscándolo en uno y otro y otro— pues dentro de su mente es el hombre quien da la felicidad.

“Clara es una prostituta en un estado de naturaleza rousseauniana” ha sentenciado la comentarista de Página 12, Silvina Friera. Y Luisa Valenzuela de alguna manera ha refrendado esta calificación diciendo: “Clara es uno de mis personajes más tiernos, cuando a veces siento que a mis libros les falta ternura, algunos adrede porque no merecen la más mínima ternura, como el brujo de Cola de lagartija”. Completamente cierto: los cuentos de Valenzuela son duros, son historias de personajes que, por recovecos de la vida, o por la puesta en juego de la maquinaria del bio-poder, acumulan dolor y rencor. Sin embargo, recorremos las páginas de Hay que sonreír con una conmoción interior: su protagonista se aferra a la bondad de la vida a cómo dé lugar, pero no por ingenua, conoce a la gente. Simplemente lo hace por fe. Una fe prístina en la naturaleza y en las posibilidades del ser humanos: ser prostituta y atravesar las noches buscando clientes con las piernas le han dado la lucidez para entender a los hombres y a las mujeres; pero también, le ha permitido un instante de fulgor inteligente en medio de las sombras. El final es inquietante, pues cuando por fin Clara encuentra un oficio diferente, extraño como convertirse en la Flor Azteca, pero diferente, el rencor va minando sus posibilidades y la tienta a un golpe mayor. Obviamente el suspenso se concentra en este último momento en que ella recuerda las palabras que sojuzgan, ahora, convertida por ironía, en una revelación: hay que sonreír, hay que sonreír…

Luisa Valenzuela se ha presentado el jueves pasado en la Feria Internacional del Libro para traer al Perú esta nueva edición de Hay que sonreír, pero además, para volver a editar uno de sus libros clásicos: Novela negra con argentinos. Dos novelas maestras de una escritora intensa y perturbadora.

Comechados

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 Caricatura de Carlín.

La semana pasada una amiga portorriqueña nos preguntaba a dos amigos y a mí por el significado de las siglas APRA. En ese momento nadie acertó con la respuesta correcta: habíamos olvidado su significado. Todos nosotros, peruanos y post-universitarios que hemos estudiado a Basadre y a Flores Galindo, y que conocemos en vivo la historia peruana última, no podíamos acertar con la “R”. Simplemente no podíamos asociar en nuestro imaginario la posibilidad de que esa “R” en sus orígenes tenía el significado de REVOLUCIONARIA. Y que la “P” no se refería al Perú, pues la propuesta de Haya de la Torre era un anti-imperialismo internacional, sino que era la sigla de POPULAR. La verdad es que, hoy desde los diversos palacios de esta ciudad (de Gobierno, Legislativo, de Justicia) las siglas del aprismo prístino, de los orígenes, han devenido en una vacuidad de sentido que llora ante los excesos de un significante sin significado. El pensamiento radical y provocador de Haya de la Torre se convierte en los discursos de los líderes del aprismo next generation en sombra, en humo, en polvo, en nada.

Todos mis tíos maternos fueron apristas. Uno de ellos pasó buena parte de su vida en el Panóptico y otra parte en El Frontón porque defendió sus ideas poniendo el cuerpo y asumiendo con valentía todas las consecuencias. Otros tíos perdieron puestos de trabajo; otro no pudo casarse con la chica de sus sueños porque eran el apestado de la época; otros fueron repudiados por sus parientes, e incluso desheredados por los ancestros con cierta fortuna. Porque aunque Ud. no lo crea, jovenzuelo y jovenzuela, ser aprista en los años 30 y 40 en nuestro país implicaba ser anti-imperialista y revolucionario; creer en la justicia social y luchar por ella; estar completamente convencido de que el derecho de huelga es legítimo y que por la jornada de las 8 horas —ocho de trabajo, ocho de sueño, ocho de descanso— valía la pena hacer paros y marchas. Poner el cuerpo. Ir a la cárcel. Ofrecer la vida.

Pero hoy en día las acciones del delfín de Haya de la Torre parecen borrar y traicionar las ideas primigenias del maestro con una rúbrica en una Ley de Carrera Pública Magisterial que, entre otros asuntos graves, no ha sido pensada desde una realidad que palpita por sus contradicciones y su heterogeneidad. Y no sólo eso, con los calificativos que el Presidente del Perú lanza a los cuatro vientos como “comechados” y burlándose de las medidas radicales de lucha como la huelga de hambre, sepulta el recuerdo de uno de los primeros peruanos que la llevó a cabo en nuestros lares. Exactamente, ha acertado: Víctor Raúl. Pero además, con su arrogancia y voluntad de poderío, AGP no hace sino aglutinar a los sectores enfrentados entre sí en un acto de harakiri político de largo aliento.  

¿Qué ha sucedido en nuestra historia política para que el partido mejor organizado de todos los tiempos se aleje a la velocidad de la luz de sus valores fundacionales?, ¿cómo es posible que la realpolitik permita el ninguneo de los sectores sociales que han demostrado una rotunda presencia en las calles?, ¿acaso se han olvidado que quienes plantean plataformas de lucha —aunque uno discrepe o no con sus agendas y sus métodos— son miembros de la clase trabajadora que ve, mira, observa de cerca y sufre las metáforas infamantes como la del “chorreo” y otras que han devenido en discursos vacuos frente a la rotunda apertura de las brechas sociales? Puno, Cusco, Piura, Ucayali y otras ciudades que han paralizado por completo están demostrando que el malestar no puede apagarse sólo con represión. Como sostiene Julio Cusuricchi, representante del pueblo shipibo, “con insultos no se gobierna un país”.

Los periodistas quejosos por las maneras de los guardias de seguridad de los políticos —¡una marcha no es un desfile de modas!— convierten con su protagonismo narcisista a una jornada de protesta social en una serie de razones para criticar, burlarse, ridiculizar, ironizar y, en suma, minimizar las convulsiones sociales. Si fuera por los noticieros de la televisión parecería que los movimientos sindicales sólo quisieran “fastidiar”, o “atarantar” como ha dicho Hugo Neira en desatinado calificativo, cuando lo que están reclamando son derechos inalienables. Lo que sucede en este campo de batalla llamado nación peruana es que, señores de la CONFIEP, los reclamos de la clase trabajadora también son objetivos nacionales. La “dictadura de la sociedad civil” es una aporía y el Estado como tal, si se pretende justo y promotor del bien común, debe recoger las diversas voces para legislar no en función de intereses fragmentados sino para re-distribuir. Y la única manera de lograrlo es radicalizando la democracia.

July 9, 2007

Mujeres y reparaciones post-CVR

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Ilustración del concurso Yuyarisun.

Desde 1980 y durante el transcurso de la guerra interna en el Perú las mujeres fueron violadas y violentadas por el personal policial y militar cuando, muchas veces sin motivo alguno, fueron acusadas de terroristas. De la misma manera los miembros de Sendero Luminoso y del Movimiento Revolucionario Tupac Amaru secuestraron a muchas mujeres jóvenes bajo el pretexto de la militancia guerrillera pero con la finalidad última de convertirlas en esclavas domésticas y sexuales. Por ambos lados las mujeres fueron sometidas, humilladas, doblegadas, oprimidas y avasalladas. ¿Por qué? Porque el cuerpo de la mujer, desde los primeros enfrentamientos humanos, ha sido motivo de caza, de pelea, de discusión pero, sobre todo, botín de guerra y ensañamiento con el enemigo. El poder ha sabido, a lo largo de la historia del tiempo, depositar sus garras en las pieles, los músculos y los huesos de las mujeres, e incluso más allá, sobre sus propia descendencia.

Las mujeres son las que han sufrido las consecuencias de la cultura del tutelaje, del machismo de todos los sectores levantados en armas, y lo que éstos conciben como castigo que “deben infligir” al enemigo: los cuerpos de las mujeres han sido depositarios del odio. Si bien es cierto que los hombres también pueden ser humillados y violados, son las mujeres quienes específicamente pueden ser sometidas a través de este crimen. Es común que al momento de la violación el victimario recrimine a la mujer, consideré que está doblegando su voluntad con esa penetración forzada, y al mismo tiempo, contemple entre sus fantasías perversas la posibilidad de "hacerle un hijo" como una huella imperecedera de ese momento de victoria/humillación. En este acto con pretensiones de mantener una violencia continua y eterna más allá del hecho concreto, el cuerpo de la mujer se desconecta de su función vital para, paradójicamente, conectarse con su mandato social: procrear.

Junto con este rol asignado de “botín de guerra”, las mujeres fueron en el caso peruano agentes activos de la búsqueda de soluciones definitivas contra la violencia. No sólo las mujeres que caminaban de comisaría en comisaría, de cuartel en cuartel, en pos de sus familiares desaparecidos, sino también aquellas que jugándose la vida y la integridad física, lucharon por “mantener una voz fuerte” durante los momentos más ambiguos del conflicto —el cadáver destrozada de María Elena Moyano nos lo recordará siempre— y también aquellas que muchos años después continuaron guardando la memoria de los hechos y convirtieron su silencio anterior en una voz sólida que ha ido conformando nuevas narrativas sobre la nación a través del proceso de entrega de testimonios a la CVR.

El jueves pasado se presentó el libro “Para no olvidarlas. Mujeres y reparaciones en el Perú” de Julie Guillerot, editado por un colectivo formado por APRODEH, DEMUS y Consejería en Proyectos, un aporte muy valioso por su increíble capacidad de resumen y acercamiento a este espinoso tema que debe seguir interpelándonos, y sobre todo, por las agudas críticas que plantea al Plan Integral de Reparaciones (PIR). Es imposible adelantar lo más valioso del texto en pocas palabras, no obstante, señalaremos por ejemplo que entre sus críticas al PIR destaca la no implementación del concepto violencia sexual ni a las consecuencias de ésta (embarazos forzados, abortos forzados, enfermedades sexuales) circunscribiendo las reparaciones a las violaciones sexuales. A su vez esta circunscripción impide que las víctimas de SL y el MRTA, cuyos vejámenes están centrado en abortos forzados, contracepción forzada, servidumbre sexual, entre otras, no sean incluidas dentro del PIR sino solamente las víctimas de violaciones que en su mayoría, según la información recogida por el propio informe, fueron perpetrados por personal de las fuerzas armadas y policiales.

La pregunta es: ¿cuáles son las formas de reparación que las víctimas de violaciones, pero a su vez las mujeres como grupo especialmente vulnerable en períodos de guerra, deben recibir?, ¿se ha pensado desde la política de las reparaciones en actos simbólicos que reorganicen en las comunidades afectadas? Muchas mujeres no sólo tuvieron hijos de estas violaciones, sino que fueron y son continuamente humilladas por este hecho, ¿hay alguna forma de que el Perú pueda restituirlas? Ellas, desde sus testimonios, han gritado que forman parte de esta nación y es momento de que reparaciones pecuniarias pero también simbólicas tomen en cuenta su identidad, su fuerza y su legado.

July 4, 2007

Lila, chanchita

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July 3, 2007

Chorrillos II (2 de julio)

Llegué pasadas las 2 pm, porque si llegas antes nadie te abre la puerta, la hora que hay entre la 1 pm y las 2 pm es una hora sagrada, ningún empleado del INPE se mueve, porque es descanso y defienden sus derechos laborales con ahínco. Luego de abrime, dejar el celular, las llaves, mi USB, mis documentos todos, y un CD de Blanca Varela que llevaba en la cartera por casualidad, pasé por la revisión y visité la oficina de la directora por enésima vez para pedir que me hagan mi carnet (con foto y todo) para no tener que estar dando explicaciones cada vez que llego. Se supone que yo voy por el CEAS, Centro Episcopal de Acción Social, en realidad porque Pilar Coll hizo las gestiones. Pasadas las revisiones "corporales" –que siempre son discretas en comparación a una visita familiar normal– y atravesadas todas las puertas, subí nuevamente al tercer piso del Pabellón B donde no había nadie aún. Milagros y Nancy, que están en el Pabellón A me acompañaron. Luego vino Yohanny, quien ahora es la encargada del taller luego de que Ayma ha salido en libertad.

Silvia estaba lista para comenzar con la exposición del tema que le había tocado. Se trataba de comentar Las mujeres son más indias de Marisol de la Cadena. Silvia es de Limatambo, Cusco, por eso estuvo desde el principio interesada en el texto. Pero sus comentarios fueron muy duros. En términos generales, digamos, que coincidía con los comentarios de Gonzalo Portocarrero en el sentido de que De la Cadena percibe la adscripción a una identidad indígena desde un espacio demasiado negativo, por lo tanto, "desindianizarse" o "amestizarse" son posibilidades de movilidad social "positiva", en este sentido, si las mujeres están doblemente subalternizadas, pues serían "más indias".

El asunto principal para Silvia es que el texto De la Cadena era "muy plano", que no incorporaba las opiniones registradas de las propias mujeres, y que "una investigación debería ser un análisis más serio". También dijo que hablar de lo étnico como el problema central era dejar atrás el tema de la propiedad de la tierra, de la fragmentación de la misma, que los obliga finalmente a partir y migrar. También sostuvo que en la sierra sur y en el centro "mover el arado" es tarea de hombres porque es más duro, la tierra es más difícil, que hacerlo en tierra como la sierra de Piura o la selva. Y que tampoco analiza qué sucede con las tierras cuando emigran los hombres a la ciudad, quiénes las trabajan sino las propias mujeres. El campo se ha descapitalizado y los abonos son cada vez más caros. Silvia insistió permanentemente en el tema de que "la nación es la que está en proceso" y termina con un poema de Elena Iparraguirre (que dicho de paso está presente en la exposición).

Este último detalles llama la atención poderosamente. Ella me había preguntado, "¿puedo terminar leyendo un poema?" y a mí me pareció una estupenda idea pues pensé que era de ella, insipirado en el texto de Marisol de la Cadena, para contradecirlo o algo así. Pero no. Aún la figura del lider sigue teniendo un peso específico que, de alguna manera, organiza desde el final el discurso completo. No obstante, Silvia fue comentada y criticada por sus compañeras, aunque obviamente también refrendada. Su exposición la presentó con mucha pasión, más por cusqueña, que por otra cosa.

Ahora han formado un Círculo de Escritura, tanto las del pabellón A como el B, y están viendo las posibilidades que el mismo INPE les permita imprimir un boletín literario con sus poemas. Me parece que todas deberían escribir con sus propias firmas, pues me entregaron al principio un conjunto de poemas "comunitarios", que no tenían mucha fuerza. Pero al parecer se han dado cuenta que, escribir de esta manera, es muy complicado pues "se notan muchas manos"; por lo menos eso es lo que me hicieron saber en relación al libro de cuentos Camino de Ayrabamba, que comenté para la gente de Canto Grande.  






















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