Putas y literatura

Hace 40 años la novela Hay que sonreír fue editada en un sello porteño causando gran revuelo debido a la hondura de la forma de tratar a uno de los personajes más interesantes de la literatura universal: la puta. Pero a diferencia de García Márquez y sus putas tristes o de Ampuero y sus putas alegres, la de Valenzuela, llamada Clara, es una criatura extrañamente tierna y a su vez completamente empoderada, cuyo conocimiento de la vida no le viene sólo del oficio sino de la reflexión permanente en torno al mundo que la rodea: un entorno de compadres, cafichos, macrós, machos de cantina porteña, administradores sebosos de hoteles de cuarta y, por supuesto, unas cuantas putas como ella. La vida aparece en el texto con la fuerza de una bofetada en la cara. Y Clara, la joven provinciana que sin saber cómo termina entre las sábanas de un hotelucho, con un billete en la mesa de noche, aprende de esa vida casi asfixiándose en cada golpe de azar sin perder la inocencia en cada encuentro.
Cuando salió la novela, en el año 1966, su autora, una jovencísima escritora que había radicado en París donde terminó de escribirla a los 21 años, impuso su presencia en el mundo literario argentino. El siguiente año confirmó su fuerza textual con un libro de cuentos, Los Heréticos, un género con el que demostraría ser una de las grandes de las letras argentinas. Precisamente otro de los libros que han conmocionado a la crítica literaria es Cambio de armas, conjunto de historias cortas ambientadas en la época de la dictadura en Argentina, llenas de referencias abiertamente críticas al régimen, a las torturas, los secuestros, y las injusticias de esa nefasta época, cuyas protagonistas mujeres son sometidas perversamente a ritos rebuscados de humillación pública por militares que no terminan de ejercer el dominio sino cuando lo realizan con placer.
Pero volviendo al texto que nos convoca, la historia de Clara Hernández es fascinante desde la primera línea: “Qué opio esperar. Con el pie izquierdo se rascó la pierna derecha en un gesto que quería decir resignación. Se llamaba Clara y ya estaba harta”. La historia empieza con una larga espera ante una cita que parece va a frustrarse. Esperar al hombre: eso es lo que se pasa Clara haciendo en la novela, lo que muchas mujeres se han pasado haciendo en la vida. En la calle frente a la Torre de los Ingleses, en el Parque Retiro, y con la desesperación que le cala los huesos, Clara empieza a contar la historia de su vida, pero bajo una cláusula que, de hecho conmueve a la lectora, “No hay que mirar para atrás…” mientras espera a ese marido que ella imagina extraordinario. Clara se pasará la novela esperando al hombre ideal —y por lo tanto, buscándolo en uno y otro y otro— pues dentro de su mente es el hombre quien da la felicidad.
“Clara es una prostituta en un estado de naturaleza rousseauniana” ha sentenciado la comentarista de Página 12, Silvina Friera. Y Luisa Valenzuela de alguna manera ha refrendado esta calificación diciendo: “Clara es uno de mis personajes más tiernos, cuando a veces siento que a mis libros les falta ternura, algunos adrede porque no merecen la más mínima ternura, como el brujo de Cola de lagartija”. Completamente cierto: los cuentos de Valenzuela son duros, son historias de personajes que, por recovecos de la vida, o por la puesta en juego de la maquinaria del bio-poder, acumulan dolor y rencor. Sin embargo, recorremos las páginas de Hay que sonreír con una conmoción interior: su protagonista se aferra a la bondad de la vida a cómo dé lugar, pero no por ingenua, conoce a la gente. Simplemente lo hace por fe. Una fe prístina en la naturaleza y en las posibilidades del ser humanos: ser prostituta y atravesar las noches buscando clientes con las piernas le han dado la lucidez para entender a los hombres y a las mujeres; pero también, le ha permitido un instante de fulgor inteligente en medio de las sombras. El final es inquietante, pues cuando por fin Clara encuentra un oficio diferente, extraño como convertirse en la Flor Azteca, pero diferente, el rencor va minando sus posibilidades y la tienta a un golpe mayor. Obviamente el suspenso se concentra en este último momento en que ella recuerda las palabras que sojuzgan, ahora, convertida por ironía, en una revelación: hay que sonreír, hay que sonreír…
Luisa Valenzuela se ha presentado el jueves pasado en la Feria Internacional del Libro para traer al Perú esta nueva edición de Hay que sonreír, pero además, para volver a editar uno de sus libros clásicos: Novela negra con argentinos. Dos novelas maestras de una escritora intensa y perturbadora.



interesante nota de Valenzuela, cosas que uno va aprendiendo…en el camino.
Comment by vexaida — November 11, 2007 @ 6:20 pm