El racista es el otro
Un hombre de espaldas a un cine ha sido el motivo de una polémica que, de alguna u otra manera, nos enfrenta con lo que somos y nuestro racismo encarnado. Se trata del famoso afiche del Festival de Cine de Lima y la crítica que lanzará a la blogósfera peruana Alfredo Vanini a través de un video que le grabara Luis Carlos Burneo y difundiera en su página. Vanini simplemente dice que el afiche es racista pues de todos los personajes que aparecen en él —actores, actrices y directores de cine latinoamericanos con pinta de blancos y sino, de criollos bien asentados— sólo hay un personaje que es peruano del Perú: y resulta que está de espaldas, nadie le ve la cara, casi se convierte en el invisible subalterno de todos los ensayos últimos de las ciencias sociales.
¿Por qué ardió Troya? Porque no se trata del racismo que puedan expeler las páginas de sociales de la “gran prensa”, los clubs o discotecas “exclusivos” o algún que otro columnista trasnochado de Correo —Bedoya Ugarteche, por ejemplo—, sino porque se trataba de un “exceso” racista en el mundo de los políticamente correctos: universitarios, profesores, escritores, intelectuales, artistas, cineastas y demás personas que, no sólo no son racistas en teoría, sino que inclusive han participado de numerosas actividades contra el racismo. Sandro Venturo, uno de los directores de Toronja Comunicación Persuasiva, diseñadores del afiche, es un militante contra el racismo desde que, a mediados de la década anterior, organizara entre otras cosas el Festival Qué tal Raza.
Entonces, ¿al mejor cazador se le escapa la paloma? El asunto es más complejo de lo que uno podría imaginar. No obstante, lo que ha puesto en evidencia esta polémica, es que nos encontramos muy sueltos de huesos cuando “descubrimos” el racismo del otro y de alguna manera sentimos una autocomplacencia ante estas denuncias. Nos convertimos en el cazador de racistas y, por esos regodeos narcisistas, nos olvidamos de nuestro propio racismo, del sexismo que desplegamos día a día, y del clasismo y otras prácticas discriminatorias, prácticas que conviven con nosotros como el cebiche y la Inka Cola: con un regustito a peruanidad.
Hace pocos días Marco Avilés, periodista de Etiqueta Negra, denunciaba que le obstruyeron el ingreso a la discoteca La Sede con el clásico: “es una fiesta privada”. Admiro la denuncia de Avilés, pero no por ser objeto de racismo, eso lo dice cualquiera, sino porque él admite haber cedido a ese chantaje que implica apelar al nombre resonante del amigo que está adentro, y a todas las demás prácticas estúpidas, para “cumplir con el requisito del racista” y que en el fondo no hacen sino convertirnos en el aliado de los discriminadores. ¡Cuántas veces yo misma no me sentí más bacán que otras mujeres porque algunos me dejaban entrar en su mundo literario de hombres! Y eso me convirtió en una aliada de los otros contra mí misma. Por eso ahora, repito más que nunca, como un mantra: “no hay mejor arma en las manos del opresor que la mente del oprimido”, de ese oprimido que pretende dejar de serlo no porque luche contra la opresión, sino porque se alía a los opresores o subalternizadores con recursos desesperados.
Toda polémica sobre estos espinosos temas que conforman la corona crística de los peruanos del Perú es bienvenida, pues levanta el adormecido polvo de la mansedumbre moral, y nos enfrenta a lo que verdaderamente somos: una sociedad escindida con problemas para asumir nuestras identidades múltiples. Nuestro mestizaje jamás ha funcionado como una mezcla, se ha deslizado por una historia desmemoriada de tensiones y distorsiones que nos convierte en —como ha dicho hace poco Edgardo Rivera Martínez para hablar de la literatura peruana— “una articulación asimétrica e inestable”. Y el problema no radica solo en nuestra asimetría e inestabilidad; lo peor de todo sería que ni siquiera pudiéramos estar, mal que bien, articulados.
En relación con el afiche, estoy de acuerdo con Alfredo Vanini en su principal argumento. Pero a diferencia de lo que opina Vanini, no debemos seguir diciendo que “el racismo está en nuestro ADN”: esa es una manera de basurizarnos, de naturalizar lo cultural, de asumir una catatonia moral ante una suerte de catástrofe. La mea culpa requiere propósito de enmienda y no pose cínica, pues como dice Gonzalo Portocarrero, “¿quién está libre de racismo y machismo? Nos guste o no, todos estamos habitados por una pluralidad de voces […] pues nuestra subjetividad es necesariamente social, compleja e histórica. En cambio, lo personal tiene que ver con la voz que hacemos nuestra: de esa opción si somos lógicamente responsables”.

