Reflexiones después de la tragedia
Dejarse afectar por la tragedia: como sostiene una carta escrita después de un terremoto por el teólogo jesuita y obispo de El Salvador, Jon Sobrino, es imprescindible que todos y cada uno de los que constituimos la comunidad nacional permitamos que la tragedia nos afecte, nos movilice, nos conmueva: dejarnos traspasar por la tragedia sin disimularla ni suavizarla. Para Sobrino no se trata de un regodeo narcisista ni de un escape a la ataraxia, nada de eso, sino una manera de entender al otro en toda su dimensión: con cólera, con indignación, con compasión e incluso con vergüenza, porque “dejarse afectar por la tragedia es salvífico, nos instala en la verdad y nos hace superar la irrealidad en la que vivimos”. Una irrealidad constituida por las capas de necesidades suntuarias que, inescrupulosamente, la publicidad y el mercado nos pone adelante para caer sobre ellas con tal magnetismo que casi las consideramos naturales. La tragedia y las catástrofes de esta naturaleza nos impelen a volver sobre lo esencial de la vida.
La extraordinaria fuerza de la vida: a pesar de que la Dama de la Muerte no se cansa de recorrer las casas de los pobres en Cañete, Chincha, Pisco e Ica, y ahora los parques, plazas y descampados donde los totalmente desposeídos se han instalado para sobrevivir, hay un soplo de vida que va más allá de las fuerzas negativas; hay una ebullición de la vida que ha permitido el nacimiento de nueves pisqueños fuera de Pisco, que continua en los brazos de los jóvenes y adolescentes que prestan sus bíceps para levantar los bultos, y que se esconde en el fondo de las botellas que aplacaran la sed de los afectados. La vida, en medio de la tragedia, sigue latiendo. Por eso mismo, hay que escuchar cuando los rescatistas mexicanos, expertos en salvar personas que han estado bajo los escombros diez o quince días en eventos similares de Iraq, se indignan porque Defensa Civil pretende derruir los edificios donde ellos han escuchado ruido, donde queda la incertidumbre de que una vida humana está latiendo. Al parecer una ética de la vida humana es imprescindible en estos momentos cuando, algunos, pretenden que la necesidad económica y material sea una prioridad sobre la duda. Como sostiene el mismo Jon Sobrino: “me gusta pensar que en esa decisión primaria de vivir y dar vida aparece una como santidad primordial, que no se pregunta todavía si es virtud u obligación, si es libertad o necesidad, si es gracia o mérito. No es la santidad reconocida en las canonizaciones, pero bien la aprecia un corazón limpio”.
La obscenidad del marketing social: no se trata sólo de adornar con el retrato de un presidente las latas de conservas, sino inclusive de agradecer a los donantes extranjeros con botellas de Pisco 7.9 —¡es verdad aunque Ud. no lo crea!— para que quede bien claro que el pisco es peruano, como lo ha manifestado el Ministro de la Producción. Asimismo los avisos a toda página en “el decano” para dejar constancia de la solidaridad de tal o cual mega-empresa; o los avisos en la radio de los diferentes bancos anunciando que condonaran las moras de los créditos bancarios de las zonas afectas por ¡¡dos meses!! Ante tremendos actos de “solidaridad” totalmente vacíos de su esencia, queda como siempre la constancia, de que los pobres de nuestro país no necesitan compasión ni tutela sino, ante todo, justicia social.
Un crimen llamado robo de donaciones: la señora Hilda Prieto me cuenta que en Lomas de Carabayllo donde vive, una zona muy pobre cerca de Puente Piedra, entre sus vecinos han estado buscando víveres y ropa para poder donar a los damnificados del sur. ¿Qué puede tener en el corazón sino una piedra afilada, el que roba las donaciones que gente pobre da para otra gente pobre? Junto con la obscenidad del marketing catastrófico, el crimen del acaparamiento de víveres y ropa destinada para los damnificados, es uno de los actos más repudiables que una comunidad debe denunciar y castigar ejemplarmente.
La saturación por exceso de exposición: los medios de comunicación saben que la presentación de un cadáver puede conmover, pero de tres, de cinco, de quince, de cientos de cadáveres, pueden volvernos más y más indiferentes. Repetir hasta el cansancio la misma nota, la misma toma, la misma escena nos vuelve indolentes. Por eso es preciso, que la noticia vaya más allá de la anécdota y se convierta en un acercamiento “real a la realidad” a través de múltiples mecanismos que nos integren a la tragedia en la dimensión de nuestra propia existencia: celebro las notas sobre la madre que salvó a su niño en la iglesia de San Clemente de este diario, y también aquella de Anuska Buenaluque, de Cuarto Poder, siguiendo desde la misma iglesia hasta los hospitales de campaña de Pisco al hombre rescatado de los escombros. Ella lo vio como en realidad era: un ser humano y no sólo un rostro para el flash.


