Kolumna Okupa

Rocío Silva Santisteban

August 30, 2007

Abajamiento, señor Presidente

Filed under: Kolumnas

alan garcia golpeadoAlan García y golpe que recibió en campaña (imagen de tv).  

Abajar es un verbo que se utiliza en las reflexiones teológicas y que de alguna manera da cuenta del momento en que Cristo realiza acciones de humildad, como lavar los pies de los discípulos antes de la última cena, para poder “descender” de su condición y nivelarse a la altura de los hombres. Este sería el acto anterior a la llamada encarnación. No soy teóloga y quizás me equivoco, pero lo que quiero resaltar para llegar a mi objetivo en esta disgregación dominical, es reivindicar el abajamiento como un ejercicio espiritual necesario para poder ser responsables de nuestros actos, es decir, ubicarnos realmente en el mundo, pasando por una reflexión personal profunda que, a través de la constatación de errores y fallos, podamos dar cuenta de una responsabilidad con el otro.

Desde que tengo presente este verbo, tan en-carnado, tengo la impresión que si una o uno no se “abaja” periódicamente en la vida a través de una reflexión sobre nuestro lugar en el mundo, pues la vida se encargará de abajarlo a uno (y es mucho más doloroso, me consta). Y si bien la polis está muy lejos de la “ciudad de Dios”, esto es, la política de la teología, no creo alejarme del sentir de los peruanos de a pie cuando sugiero que los políticos se sometan —en el sentido más benéfico del término— a ejercicios de abajamiento que les permita situarse con fuerza en nuestro peruano mundo.

Porque el envanecimiento de algunos políticos nos deja pasmados ante el golpe de tanta necedad. Y la vanidad junto con la necedad engendran un monstruo llamado estupidez que, es menester advertirlo, está corriendo y dejando su viscosidad brillante en muchos actos de los representantes gubernamentales. Palabras fuera de lugar o acciones de insólito origen: todo nos muestra que mientras más arriba se suba por la escalera de la vanidad, más se aleja uno de su responsabilidad como representante del Estado. 

Si el nombre Pisco 7.9, por ejemplo, fue un error no sólo de visión sino sobre todo de oportunidad —Gustavo Faverón en su blog Puente Aéreo sostiene que esta nomenclatura “patenta la racionalidad del hacendado modoso que antes de pensar en el alivio de las víctimas, hacia adentro, inventa una finura para quedar bien ante los extraños, hacia afuera”— y se trata de un traspié a todas luces, ¿por qué el propio Ministro de la Producción insistió en defenderse arguyendo sus buenas intenciones? Es difícil dudar de las buenas intenciones de los que plantearon la idea: sucede que no era una idea maligna, era estúpida. Y con estupidez me refiero a los actos, acciones o palabras que contradicen la usual racionalidad. Para que las buenas intenciones no terminen empedrando el camino del infierno, del caos, de la estupidez moral, sino asentando los muros de la reconstrucción, hubiera sido preferible decir algo ante las cámaras que ningún político se atreve: “me equivoqué”.

“Me equivoqué”, así, en primera personal del singular —y evitando el plural mayestático— sería un buen ejercicio de abajamiento político. Sería la expresión inequívoca de asumir al otro con responsabilidad y con el suficiente respeto para reconocer públicamente los errores propios y los ajenos que fluyen de una alta envestidura. “Me equivoqué” son dos palabras que permiten asumir al otro como ciudadano y no como subalterno, pues los peruanos y peruanas de a pie, no necesitamos ni taitas ni patrones que decidan por nosotros, y mucho menos autoritarismo disfrazado de democracia, no queremos que ya nadie nos tutele sino que, en medio del caos, un representante proponga decisiones y gobierne.

Abajarse es pues “asumir mis iras”, descender por debajo de los demás para poder mirarlos desde otra óptica, y sentir con ellos. El presidente del Perú, Alan García, a la luz de los últimos acontecimientos y errores públicos, debería en la intimidad de su reflexión dominical, realizar alguno de los múltiples ejercicios de abajamiento e intentar en público pronunciar un “me equivoqué”, para evitar que la vida se cobre su cuota y no arriesgarse a que lo “abajen” las encuestas al vacío existencial de un solo dígito.

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