Kolumna Okupa

Rocío Silva Santisteban

October 28, 2007

Nadie sabe mis cosas

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 Desde mucho antes de su vertiginoso reconocimiento internacional, la obra de Blanca Varela representa para la poesía peruana una potente referencia tanto como un polo enigmático. Mariela Dreyfus y Rocío Silva Santisteban han preparado con el sello del Fondo Editorial del Congreso una compilación de ensayos que quiere aportar una primera summa crítica alrededor de la obra de Varela y a la vez ampliar las vías de entrada a su escritura. Nadie sabe mis cosas, como las editoras han denominado su selección, recogiendo un verso de Varela, será presentado el lunes 29 de octubre a las 7 pm en el hemiciclo Raúl Porras Barrenechea del Congreso de la República. Lo comentan Cecilia Esparza y Max Hernández.

La compilación, formada por 33 textos además de un epílogo de Mario Vargas Llosa, se inicia clásicamente con ejemplos destacados de la crítica más conocida en torno a la poesía de Varela. Son los ensayos, comandados por el famoso prólogo de Octavio Paz a Ese puerto existe, que la abordan desde una mirada metafísica estableciendo una trama entre silencio y unidad originarios, por un lado, y carencia y escisión del estar, por el otro —una mirada que sin duda el trabajo de Varela en términos generales acepta bien. Los escriben, aparte del mexicano, José Miguel Oviedo, Roberto Paoli, David Sobrevilla, Ana María Gazzolo y otro mexicano, Adolfo Castañón, cuyo texto con alusiones al germen, la sombra y lo indecible resulta paradigmático de esta línea de interpretación. De ahí en adelante, los ensayos se especializan, por decirlo así, y buscan aislar temas y vínculos externos en la poesía de Varela derivados de una experiencia biográfica e histórica delimitada. Su trabajo es relacionado, entonces, sucesivamente con los movimientos pictóricos de la primera mitad del siglo XX, la pregunta por el papel del artista peruano frente al pasado y la modernidad, y las posiciones políticas de contestación.

Asimismo, en una serie donde se hace decisivo el género, se le enlaza a la experiencia de la maternidad —que es también la de ser hija— y la condición de mujer en la sociedad contemporánea. Por ejemplo, a partir del poema "Valses", Rocío Silva Santisteban propone una relación conflictiva de Varela con una historia familiar de la que no puede deslindarse la morfología romántica de una ciudad, Lima, en sus valores criollos. Susana Reisz percibe en el mismo texto, además, una revuelta contra los roles femeninos dispuestos por un orden patriarcal que coincide con la estética del vals en introducir todo el tiempo engañosas reconciliaciones. La misma interpelación, ahora volcada a la responsabilidad del poder sobre la existencia feroz del hambre, es la que extrae el crítico chileno Luis Cárcamo-Huechante de la lectura del poema "Conversación con Simone Weil". En una veta distinta de metalenguaje, la compilación incluye un texto de Eduardo Chirinos que examina las afinidades entre el poema "Ejercicios materiales" de Varela y los Ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola. Varela invierte el resultado de las prácticas ascéticas estipuladas por el religioso, al no concederle al lenguaje ningún poder de salvación, pero —descubre Chirinos— así como las reglas ignacianas representan para el lector una performance antes que una cavilación, su poema manifiesta ser un organismo creado paso a paso con la lectura, cuya dificultosa acción, análoga a un alumbramiento, se convierte en el hecho mismo que produce su existencia.

La compilación deja oír además a la propia autora en sendas entrevistas de Rosina Valcárcel y la poeta venezolana Yolanda Pantin. El libro se cierra con una sección personal en la que aparece una antología poética elaborada por Varela junto a una rica galería fotográfica y un conmovedor poema inédito. La obra poética de Blanca Varela, reunida en el año 2001 en España, consta de Ese puerto existe (1959), Luz de día (1963), Valses y otras falsas confesiones (1972), Canto villano (1978), Ejercicios materiales (1993), El libro de barro (1993), Concierto animal (1999) y El falso teclado (2001).

Rafael Espinosa

Texto de difusión del libro Nadie sabe mis cosas. Ensayos en torno a la poesía de Blanca Varela que Mariela Dreyfus y yo hemos venido editando desde el año 2001 y que finalmente será presentado mañana lunes 29 de Octubre. Previamente a la ceremonia de presentación se le entregará a Blanca Varela la Medalla de Honor del Congreso en su más alto grado.  

Machinarios: mixes & samplers

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Mi columna de la semana pasada despertó dos respuestas interesantes de los blogs de Gustavo Faverón, Puente Aéreo, y de Iván Thays, Moleskine. Aprecio el diálogo, sobre todo cuando se disiente. Sólo quisiera acotar un par de asuntos, que de repente, no se entendieron.

En primer lugar, que para mí la literatura no es un carrera de caballos, y mientras más producción y heterogeneidad en las propuestas literarias, mucho mejor pues tenemos más que escoger. Quizás los premios sólo sirven para difundir mejor una propuesta que, acaso por la crueldad del mercado, no hubiera podido llegar de otra manera. Por eso alabo los Nobel de Pamuk, de Gao Xingjian, de Szymborska: nos han permitido conocer la literatura turca, la nueva novela china, la poesía polaca de la posguerra. Eso no implica que me quede callada ante el machinario literario, como suelo llamar a los escritores, críticos, lectores y comentaristas varios —de ambos sexos por si acaso— que sostienen estar alejados de cualquier machismo, misoginia o androcentrismo, pero que en el uso y en la práctica, en realidad, les irrita un posicionamiento de una escritura-otra femenina (o de mujeres) cuyo poder no radique en la excepcionalidad sino, ahora más que nunca, en una equidad de género. Esto va por mi crítica a Harold Bloom y a Marcel Reich-Ranicki específicamente.

Este machinario sigue defendiendo el falso dilema de la excelencia frente a la diferencia y organizando el mundo de la producción estética y artística sobre supuestas excelencias universales. El sumum de la excelencia es el canon literario: una lista de autores que “todo peruano culto debe leer” —como diría ingenua y discriminadoramente una edición de ensayos peruanos que circuló la década pasada. Bloom es el autor del anglocéntrico El Canon Universal y Reich-Ranicki el autor de la colección Der Kanon. Sólo por eso los menciono juntos y por que coincidió su crítica pública a Lessing: obviamente entre ambos hay grandes diferencias.

El machinario, a su vez, es hegemónico. ¿Y a qué me refiero con esto? Que no es una posición absoluta, permanente, maciza. Se trata de un proceso que organiza de manera dinámica, porosa y adaptable nuevas formas de resistirse a la equidad de género, en este caso, dentro del campo académico. Estas nuevas formas, muchas veces escondidas detrás de la tolerancia y la corrección política, no hacen sino organizar procedimiento inéditos de exclusión: mucho más sutiles y por lo tanto, más perjudiciales.

Me da la impresión que la difusión de la noticia del Nobel de Lessing, con este detalle “ninguneador” incluido, es una manifestación de ese machinario que, esta vez, se reorganiza bajo los pliegues de la prensa (el gran neo-canonizador, como lo he mencionado en otra parte). La semana pasada, asimismo, en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, se realizó un coloquio de estudiantes de literatura. Estuve invitada a participar de una mesa sobre Literatura de Mujeres, y una de las preguntas, creo que con doble sentido, fue: “¿qué utilidad hermenéutica tiene la categoría género —como relativo a sexo, se entiende— para los estudios literarios si es que, no necesariamente, se puede vincular un texto preciso con una autora precisa?” Mi respuesta fue rotunda, pues la pregunta (era mucho más larga) confundía una vez más, como lo hacen muchas ONGs, a las mujeres con el género. Si un estudiante realiza un trabajo sobre el aprendizaje de la masculinidad y los crueles ritos de iniciación en La ciudad y los perros estará realizando un estudio de género. El género como posibilidad de interpretación tiene que incidir, precisamente, en lo cultural y relacional entre hombres y mujeres, no sólo en las mujeres.

Me enteró, en ese coloquio, que se puede cerrar el curso que la profesora Esther Castañeda abrió con entusiasmó hace casi diez años: Literatura de Mujeres. ¿Motivo? Al parecer muy pocos estudiantes se matriculan. Me asombró y me desaliento. Pero luego me explican que se trata de un curso electivo que se dicta sólo los sábados a las 8 a.m ¿No será el machinario que, a pesar de todo, sostiene su aleteo organizando este horario tan “amigable”? Espero estar rotundamente equivocada.






















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