Kolumna Okupa

Rocío Silva Santisteban

December 1, 2007

Garage sale

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Una de las costumbres de los Estados Unidos es hacer la venta del garage o "garage sale". Resulta que las personas se llenan de muebles, ropa, juguetes, artículos deportivos, y todo tipo de objetos, motivo por el cual cuando requieren mudarse o simplemente arreglar la casa, colocan todos esos objetos en el garage o en el jardín, y los venden. Es una especie de fórmula clásica del capitalismo para desatorar un espacio abarrotado de objetos sin utilidad.

Los hispanos y latinos aprovechan al máximo los garage sale de los demás. Ahí simplemente tienen la posibilidad de encontrar mesas, comedores, salas completas, sillones o todo tipo de objetos que pueden ser utilizables muchas veces más.  De la misma manera, cuando personalmente yo vivía en Boston como estudiante, pues aprovechaba cada vez que en un garage sale se podía encontrar tenedores, ollas, y cosas para la cocina. O incluso vagaba por las calles durante los días que los estudiantes de Harvard, el MIT o Boston University se mudaban para recoger cuanto se podía. Así me hice de mi horno microondas, de una computadora que servía como back up de la información de otro amigo, y de una serie de cosas que, a veces, tampoco me servían. Tenía la ansiedad de conseguirlo porque era "for free".

Y compraba mi ropa en Salvation Army, donde encontré algunos de los vestidos negros que mejor he lucido en mi vida, por 7 dólares. Probablemente le pertenecieron a alguna mujer fallecida o tal vez simplemente los botaban. Pero me dí cuenta que eso no lo hacían los norteamericanos, ni siquiera los latinos. Los centros que expenden ropa usada –algunas de mis alumnas se atrevian a llamarlas " ropa vintage"– estaban abarrotados de estudiantes contestatarios y viejitas rusas, que sin el más mínimo pudor se cambiaban de blusas delante de todo el mundo (y una tenía que "ganarse" con sus carnes inmensamente blancas y fofas).

Luego descubrí que los blancos rednecks y los latinos asistían con furor a las tiendas de baratas de los grandes almacenes, que siempre quedaban lejos de todas partes. Los estudiantes no-tan-pobres éramos asiduos a Fileness’ Basement que quedaba en el centro de Boston, cerca de Park Ave, una tienda donde remataban lo mejor de lo mejor de ropa de marca. Claro que a nosotras no nos interesaba usar la chompa de la temporada pasada o antepasada. Ni los zapatos. Ni los guantes, ni siquiera los sacos de vestir. El asunto era conseguir lo mejor por 20 dólares.

En una sociedad tan absolutamente capitalista, hiper abundante, como Estados Unidos, en la cual el valor de uso ha dejado de tener sentido, y se ha converido en una referencia extremadamente lejana, los usos de los consumidores también se sustentan sobre ansiedades. Si unos compran para ser y pertenecer, otros compran en garage sales por el simple afán tercermundista de querer ahorrar hasta el líimite. Y la mayoría de las veces sin darse cuenta que su gasto es absurdo. Que también se van a llenar de cosas sin sentido, de ropa negra hasta más no poder, de artículos que luego tendrán que se reciclados por otro y otros y otros. Hasta atiborrarnos de inutilidad.

Juan Gelman, premio Cervantes 2007

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En el campo ambiguo de lo literario siempre perdura la posibilidad de la existencia de un mito vivo. Uno de ellos es sin duda el poeta Juan Gelman. ¿Por qué? Por las historias alrededor de él, por su militancia política radical durante los años 60, por sus múltiples exilios, por los dolores que ha atravesado incluyendo la desaparición de su hijo durante la dictadura argentina, por su permanente cigarrillo largo entre sus dedos largos, por su reivindicación del tango en la poesía, por sus poemas sobre los amigos desaparecidos, por sus artículos directos e intensos sobre todos los temas necesarios para criticar el pensamiento hegemónico, por esa tenacidad que se impuso a las dictaduras argentina y uruguaya, para encontrar después de 23 años a su nieta. Gelman es un tipo honesto y digno. Méritos le sobran para ser el ganador del Premio Cervantes de las Letras de este año 2007.

Hace casi diez años la Universidad de Lima realizó uno de los encuentro de poesía que van a permanecer para siempre en el recuerdo de los que asistimos. Organizado por el recordado Jorge Cornejo Polar, reunió a un conjunto impresionante de voces vivas bajo el título “Encuentro de Poetas Hispanoamericanos”. En la mesa central y final se presentaron Blanca Varela, Carlos Germán Belli, Gonzalo Rojas, Roberto Juarroz y Juan Gelman. Además de haber podido escuchar a José Hierro —quien repartió dedicatorias siempre con un dibujito—, y asistir a la dramática perfomance de Raúl Zurita, esa tarde fue una de las experiencias más intensas, al tener frente a nosotros a lo mejor de la poesía en América Latina.

Juarroz, fallecido dos años después, es uno de los poetas argentinos más emblemáticos, sobre todo por el conjunto de su obra titulada siempre Poesía Vertical y Gonzalo Rojas, el poeta chileno, es uno de los mejores lectores de poesía, excelente orador y un gran amigo de los peruanos. Pero un grupo estábamos ahí presentes por Juan Gelman. Queríamos oír de su propia voz, con ese acento porteño atenuado por el exilio mexicano, recitar poemas como “si dulcemente por tu cabeza pasaban las olas /del que se tiró al mar/ ¿qué pasa con los hermanitos/ que entierraron?/¿hojitas les crecen de los dedos?/¿arbolitos/ otoños/ que los deshojan como mudos?”.

Y Gelman no defraudó a los presentes. Estuvo inquieto, y a su vez, elegante y discreto, con el rastro del cigarrillo en el gesto de los dedos al leer, los bigotes perfectamente recortados, y un blue jean combinado con un saco marrón, que le daban un aire que una llamaría típicamente argentino. “Sigue siendo guapo” comento una poeta peruana de su generación, y era verdad, a pesar de la edad, la respetabilidad, las canas, el poeta tenía un aspecto muy atrayente, y una forma de leer despacio, cadencioso, sin el dramatismo de Zurita, más bien con una distinción muy especial que, a su vez, impactaba por la combinación con los, a veces, durísimos poemas. Poemas que narran el dolor de la perdida del amigo, del hijo, de la familia, del país, pero siempre jugando con el lenguaje hacia extremos que lo reinventan. Como en su famosa Carta Abierta dedicada a su hijo Marcelo: “deshijándote mucho/deshijándome/ buscándote por tu suavera/ paso mi padre solo de vos/pasa la voz secreta que tejés/ paciente/ como desalmadura de mi estar/ ¿niñito que pasás volando por/ los trabajos grandísimos?/ ¿atando?/¿desatando?/¿atando para que no me quepa en vos?/¿me fuese afuera/ de este dolor?/¿a dónde?/¿qué país/ sangrás/ para que sangre carnemente?/ ¿por dónde andás/tristísimo de tibio?”.

Esa es la poesía de Gelman: dramática pero precisa, estirando el sentido intrínseco de las palabras, potenciando el tono por sobre encima de la grafía para darle un extraordinario significado. La oralidad le gana a la escritura y la emoción se encima al artificio con extraordinaria suavidad. Gelman además tiene los pies bien plantados en la tierra. Es el primer Premio Cervantes que tiene un blog, donde transcribe sus numerosos artículos en los cuales critica duramente, pero con conocimiento de causa, la política de los Estados Unidos. Se trata pues de un intelectual modesto que, al recibir el premio, lo primero que ha hecho ha sido recordar a Benedetti, Parra o Varela, los otros nominados.

 

 






















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