Garage sale
Una de las costumbres de los Estados Unidos es hacer la venta del garage o "garage sale". Resulta que las personas se llenan de muebles, ropa, juguetes, artículos deportivos, y todo tipo de objetos, motivo por el cual cuando requieren mudarse o simplemente arreglar la casa, colocan todos esos objetos en el garage o en el jardín, y los venden. Es una especie de fórmula clásica del capitalismo para desatorar un espacio abarrotado de objetos sin utilidad.
Los hispanos y latinos aprovechan al máximo los garage sale de los demás. Ahí simplemente tienen la posibilidad de encontrar mesas, comedores, salas completas, sillones o todo tipo de objetos que pueden ser utilizables muchas veces más. De la misma manera, cuando personalmente yo vivía en Boston como estudiante, pues aprovechaba cada vez que en un garage sale se podía encontrar tenedores, ollas, y cosas para la cocina. O incluso vagaba por las calles durante los días que los estudiantes de Harvard, el MIT o Boston University se mudaban para recoger cuanto se podía. Así me hice de mi horno microondas, de una computadora que servía como back up de la información de otro amigo, y de una serie de cosas que, a veces, tampoco me servían. Tenía la ansiedad de conseguirlo porque era "for free".
Y compraba mi ropa en Salvation Army, donde encontré algunos de los vestidos negros que mejor he lucido en mi vida, por 7 dólares. Probablemente le pertenecieron a alguna mujer fallecida o tal vez simplemente los botaban. Pero me dí cuenta que eso no lo hacían los norteamericanos, ni siquiera los latinos. Los centros que expenden ropa usada –algunas de mis alumnas se atrevian a llamarlas " ropa vintage"– estaban abarrotados de estudiantes contestatarios y viejitas rusas, que sin el más mínimo pudor se cambiaban de blusas delante de todo el mundo (y una tenía que "ganarse" con sus carnes inmensamente blancas y fofas).
Luego descubrí que los blancos rednecks y los latinos asistían con furor a las tiendas de baratas de los grandes almacenes, que siempre quedaban lejos de todas partes. Los estudiantes no-tan-pobres éramos asiduos a Fileness’ Basement que quedaba en el centro de Boston, cerca de Park Ave, una tienda donde remataban lo mejor de lo mejor de ropa de marca. Claro que a nosotras no nos interesaba usar la chompa de la temporada pasada o antepasada. Ni los zapatos. Ni los guantes, ni siquiera los sacos de vestir. El asunto era conseguir lo mejor por 20 dólares.
En una sociedad tan absolutamente capitalista, hiper abundante, como Estados Unidos, en la cual el valor de uso ha dejado de tener sentido, y se ha converido en una referencia extremadamente lejana, los usos de los consumidores también se sustentan sobre ansiedades. Si unos compran para ser y pertenecer, otros compran en garage sales por el simple afán tercermundista de querer ahorrar hasta el líimite. Y la mayoría de las veces sin darse cuenta que su gasto es absurdo. Que también se van a llenar de cosas sin sentido, de ropa negra hasta más no poder, de artículos que luego tendrán que se reciclados por otro y otros y otros. Hasta atiborrarnos de inutilidad.



Hay estudios que hablan de los “garage sale’ como una manifestación de la pobreza en norteamerica. Las clases medias no suelen hacer “garage sale”, simplemente donan al Salvation Army sus desechos (ropas, muebles chucherías) a cambio de un comprobante que les permite hacer las deducciones tributarias pertinentes que se traduce en un aumento en su “tax return” de ese año. Igual sucede con las colaboraciones que familiarmente se hacen a las iglesias, son deducibles de los impuestos. Si se trata de amor al chancho o a los “chicharrones”, es cuestión de cada uno.
Comment by Terry — December 2, 2007 @ 12:05 pm