La Buena Terrorista

El personaje principal de la novela de Doris Lessing es entrañable pero ¿por qué esta mujer se comporta de esa manera?
Doris Lessing. La Buena Terrorista. Lima: Punto de Lectura – Santillana, 2007. 519 pp. 32 soles.
Un libro siempre se reconstruye a partir del background de sus lectores y es precisamente la historia de nuestro país que nos convierte en potenciales críticos de una historia como La Buena Terrorista de la reciente Premio Nobel. En realidad la historia de Alice Mellings durante casi los dos tercios de la novela es una lucha ardua por hacer habitable e incluso acogedora una “casa ocupada” (kasa okupa) o squatter en términos ingleses, mansión casi tenebrosa y repugnante, que ha sido tomada por un grupo de estudiantes, dirigentes, activistas de toda índole, e incluso burócratas arrepentidos. El grupo autodenominado UCC – Unión del Centro Comunista en realidad está constituido por unas chicas perdidas y unos inconformes con vagas pretensiones comunistas y gustos sibaritas (en términos peruanos, casi casi troskistas). Ambientada en los primeros años 80, la novela empieza cuando el grupo finalmente decide apoyar al IRA- Ejército Republicano Irlandés, aunque luego de los primeros contactos son totalmente ninguneados precisamente por ser considerados como “infantiles”.
Y no les falta razón. Alice, la ama de casa del grupo, tiene una rabia incontrolada hacia sus padres burgueses que extiende sin ninguna razón política de fondo a toda su clase social. Sin embargo, precisamente por sus atributos universitarios de chica bien educada, puede apoderarse de todos los vericuetos del “welfare” inglés y sacarle provecho a los vacíos legales para conseguir luz, agua, gas y el plazo prudencial para apertrechar la casa y evitar su demolición. Por otro lado, su extraña relación con Jasper, un gay en el closet más radical que el hermano menor de Lenin, es enfermiza hasta el exceso y muestra la vulnerabilidad de las aparentemente mujeres fuertes y militantes. Además Alice llora durante la mayor parte de la novela, y a último momento, se arrepiente de la acción final que será el motivo de tan antagónico título. Los otros personajes —Bert el jefe del grupo; Roberta, la lesbiana afrodescendiente; Faye, la lesbiana suicida y ultraviolenta; Philip, el tierno fontanero— forman una cuadrilla de sobrevivientes que planean sus actos asesinos mientras disfrutan de comida de la India.
En ese sentido, Lessing nos muestra las contradicciones de los ingleses radicalizados que, a pesar de todo, no entienden lo verdaderamente fundamental de su propia radicalidad. Son pues desempleados rabiosos, mujeres ultrajadas en la infancia con resentimientos traumáticos y burgueses con sentimientos confusos que, a falta de otras luchas, optan por una militancia ciega y aventurera. Las últimas escenas son las más intensas y sin duda Lessing posee una gran maestría para el suspenso. La acción final no sólo demuestra la impericia de los “terroristas sin causa” sino que pone en evidencia la frivolidad con la cual asumen la muerte del otro: los ahora llamados eufemísticamente “excesos” o “daños colaterales”.
Esta novela apenas publicada en el año 1985 fue prácticamente destruida por la crítica del New York Times, Caryn James, una especialista en teatro que disfrutó dramáticamente arrostrándole a Lessing su desprecio por “la gloria de la lengua de William Shakespeare”. Sin embargo, lo que nadie puede escatimarle a la reciente Premio Nobel, es su manejo del suspenso y su construcción psicológica del personaje principal: una mujer absurda y dada a los demás que, cualquier lectora o lector peruano, podría terminar detestando por babosa. Ergo, la autora cumple su cometido porque le da una auténtica condición humana, que nos recuerda a ciertos personajes dostoievskianos que se van perdiendo a sí mismos sin darse cuenta.
