Somos cómplices los dos
Me viene a la mente la espantosa escena de video en la cual, el siempre niño Kenyi, graba en un primer plano la casi repugnante calva de Vladimiro Montesinos (no por calva, sino por el gesto kitsch de jalarse cuatro pelos de un lado a otro pretendiendo disimularla). Vladimiro levanta la cara, se ve su frente arrugada y esa sonrisa sarcástica, que esta vez aparentando no estar molesto es blandida hacia Kenyi para quedarse eternamente grabada y congelada en infinitas repeticiones. El hijo de Alberto Fujimori jugando con el asesor. ¿Y cuál es la reacción del padre? Un resondrón más bien tibio para evitar la incomodidad del hombre de confianza del régimen fujimorista. En medio de ese ambiente familiar, casi íntimo y totalmente doméstico, se puede uno preguntar si verdaderamente ¿no era su amigo?
La palabra amistad es demasiado profunda para el calibre de estos dos protagonistas de nuestra historia última. Innegablemente no hubo “amistad” entre ellos, pero sí compadrazgo, y por supuesto, una relación absolutamente fluida de intimidad “laboral”, por decirlo de alguna manera, esa compinchería que se organiza para delinquir, para levantarse al país en vilo, para corromper como lo hizo Montesinos, siempre apelando a sus dos razones: las de interés nacional y las de interés político en nombre de “el presidente del Perú” como lo solía repetir.
Para recordar la forma como el no-tan-amigo mencionaba a Alberto Fujimori, cito en extenso una declaración de Montesinos ante el Congreso de la República del 20 de diciembre del 2001 sobre el tema de los tránsfugas: “Obviamente el Presidente Fujimori sabía al detalle todos los pasos que se iban dando en este escenario con un objetivo político; o sea, el objetivo político era la reelección, dentro de este contexto que yo he explicado y obviamente dentro de ese contexto, como yo hablé en una oportunidad, se tiene que saltar de la frontera porosa de la legalidad y se entra a la ilegalidad y se rompen las normas “. Montesinos, en este diálogo, primero deja en claro que “obviamente” Alberto Fujimori estaba enterado de todo, y encima, con su cinismo de siempre, da sus razones para quebrar la legalidad que, increíblemente foucaultiano, califica de “porosa”.
¿Y qué dice el ingeniero? Pues ahora que “no es su amigo”, y cuando estuvo en Chile sostuvo que lamentaba que estos y otros crímenes “hayan ocurrido a espaldas mías, pero Montesinos es Montesinos y sus delitos son sus delitos”. Cuando alguien apela a la tautología (A = A), es porque no hay muchos otros argumentos con los cuales aclarecer una duda.
Los otrora siameses intentan pasar por una delicada operación de separación, pero parece imposible lograr la disociación total de sus almas y cuerpos. Durante los primeros años de los 90 el pacto funcionó a la perfección: Montesinos era el hombre de las tinieblas, de los conciliábulos; y Fujimori el chinito poco locuaz que podía usar cualquier traje típico para salir ante las cámaras. Luz y sombra. Silencio y tecnocumbia. Posteriormente, cuando Montesinos tuvo que salir a la superficie, la relación empieza a resquebrajarse. Como lo sostiene un cable de la Embajada de Estados Unidos del 22 de enero de 1993, recientemente desclasificado, “the Fujimori/Montesinos team” se caracterizaba por ser una relación “cercana y complicada”. Agregan además que: “Montesinos […] no tenía una capacidad estratégica. Es un hombre orientado a la acción, siempre espera que las cosas se hagan rápido. En este sentido, él y Fujimori son casi idénticos”. En realidad, a la opinión pública, no tiene por qué interesarnos que hayan sido amigos, sino que sean cómplices.
