Kolumna Okupa

Rocío Silva Santisteban

December 18, 2007

Fernando Silva Santisteban (1929-2006) por Juan Dejo S.J.

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Los ateos pueden ser santos

Fernando Silva Santisteban se declaraba agnóstico. No era lo que solemos llamar, creyente. Una conversación quedó pendiente con él, cuando, ya siendo jesuita, percibí que él seguía tratándome con la usual deferencia y respeto con que trataba a todas las personas. En ese momento me pregunté qué pensaría de mi decisión de haber entrado en la vida religiosa.

Siempre me quedé con esa pregunta.

Sin embargo, percibí que en los últimos años, sus perspectivas de interpretación de la realidad habían dado un salto trascendental, y curiosamente, en ese espacio que yo entiendo como trascendente y que los creyentes asociamos en la vida concreta a la “universalidad”, a la “conciencia ética”, o la búsqueda de horizontes más justos: todo eso, estaba de modo cada vez más nítido en sus conversaciones.

Estaba a punto de plantearle el tema de Dios. Y Dios me ganó la delantera y ahora debe estar discutiendo con él para debatir sobre el destino de la humanidad.

El Dr. Silva-Santisteban tuvo una vida plena de sentido, orgánica, secuencial, con altibajos y tanteos, como es natural que todo ser humano deba hacer para ir encontrando el camino. Nacido en Cajamarca, siempre fue fiel a esa raíz en la que lo andino surcaba su cielo y una tierra que es ahora dinamizada por sus restos, que él mismo pidió esparcir allí.

Y es que la conexión con la naturaleza fue algo que se transformó en su persona en un discurso, en un modo de plantear la vida, en un modo de conducir a los demás. Su hija Rocío escribía en uno de sus bellos textos cómo a ella y a su hermano los conducía por distintos espacios de la Lima en expansión mientras les mostraba cada rasgo de las calles, de los rostros, edificios. Como buen amante de la naturaleza, este sentimiento no quedaba sólo en la naturaleza primera, sino en aquella de la cual los humanos formamos parte.

La Humanidad pues, fue su interrogante y a ella dedicó su vida. Su esfuerzo por encontrar un sentido, un trasfondo que explicara el recorrido de esta naturaleza peculiar en el planeta, le llevó a analizar todo aquello de la producción humana, toda poiesis y toda praxis que diera signos de inteligibilidad.

A través de su vida, examinó trazos, huellas, documentos, archivos; fue historiador. Como tal investigó toda nuestra historia, de la cual hizo una colección publicada con Juan Mejía Baca. Avanzando en su inextinguible curiosidad, hurgó mentes, analizó formas de asociación, modos de conducta, culturas; fue cercano amigo de José María Arguedas y como él, la pasión por lo andino le fue conduciendo por las vetas de la antropología hasta el fin de sus días.

Pero también fue un hombre que hizo de sus ideas y búsquedas intelectuales algo concreto, asumiendo cargos como la dirección del Instituto Nacional de Cultura o del Museo Nacional de Historia o la Presidencia de la Comisión Interamericana de Cultura de la OEA, así como importantes responsabilidades académicas en instituciones universitarias.

¿Cómo dudar de que su búsqueda era de una sólida coherencia que todos los creyentes buscamos tener en nuestras vidas? ¿La creencia o la fe acaso se viven por la estricta adopción de un credo que a la larga no se vive en correspondencia con la vida ética y la responsabilidad cívica?

En uno de sus últimos textos el Dr. Silva Santisteban decía: “El hombre se humaniza en la medida en que se hace responsable de sus acciones a través de la ética, probablemente el más evolucionado de los atributos humanos”. Su entereza, coherencia, corrección ética y entrega amorosa al saber y al conocer su tierra, su historia, la Tierra, la Humanidad, son el testimonio de una vida dedicada al conocimiento de lo humano en función de la búsqueda de aquello que los creyentes entendemos como “salvación”.

En la tradición cristiana el conocimiento de Dios pasa por el conocimiento de lo humano. Muchos de nosotros nos podemos decir creyentes porque cumplimos con reglamentaciones cuando a veces finalmente disociamos ese Dios de la Humanidad. Nada más lejos del espíritu auténticamente cristiano. El amor a Dios pasa por el respeto a las personas; pasa por una vida en la que nos preguntemos qué sentido estamos labrando para nosotros y para los que nos siguen. A veces implica correr riesgos, olvidarnos de nuestros querer e intereses particulares, renunciar al goce ideal de nuestros placeres personales. Pero ganamos a cambio no sólo una conciencia limpia, sino un horizonte más amplio de humanidad. Para los viejos Padres de la Iglesia, la humanización plena era el paso previo a lo que ellos llamaban la divinización. En el germen de lo propiamente humano está el germen de lo divino y viceversa. Fernando Silva-Santisteban hizo de su vida una constante búsqueda de esa semilla de humanidad allí donde su intelecto y su espíritu lo condujeron. ¿No es eso acaso, para nosotros, la muestra palpable de una obra ejemplar para todo aquel que se llama cristiano?

Jesús siempre valoró y puso como ejemplos a aquellas personas que, supuestamente “fuera” del circuito de creyentes judíos, mostraban auténtica fe y respeto hacia el prójimo. Juan el Evangelista dice que todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios.

Me hubiese gustado decirle esto a don Fernando; que aquello que él hizo durante su vida fue amar intensamente la Humanidad que él quería conocer y entender. Y si el amor no es sólo el sentimiento apasionado o caritativo que podamos tener por el Otro, es porque también el Amor se vive en toda acción que ayude al ser humano a ser más humano. No le llegué a decir qué era Dios para mi; no le llegué a preguntar qué era Dios para él. Pero estoy casi seguro de que al final, habríamos coincidido.

Homilía de Juan Dejo S.J. en la misa de conmemoración de un año del deceso de mi padre, Fernando Silva Santisteban Bernal, Iglesia San Felipe Apóstol.

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