Kolumna Okupa

Rocío Silva Santisteban

December 23, 2007

Domingo, tus ojos y el sol

los ojos que me miran con amor
adelgazan transparentes en el aire
y toda la bruma
de la vida se disipa

y cuando dice: me encantas,

y cuando repite: si, si, si

esa neblina honda

de aquella grieta
al fondo de los acantilados
desaparece

y otra vez alumbra

el sol.

La gracia

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Ayer hubo una puesta de sol bellísima y me acordé que una tarde –hace de esto unos … bueno, no me acuerdo cuántos, algo más de treinta años– cuando mirábamos una puesta de sol en el malecón de Miraflores, les dije que si nos quedábamos mirando hasta que el sol se esconda en el mar podíamos pedir una gracia, no se que pedirían tu y Ricardo, pero yo pedí que Dios, el Destino, el Orden del Cosmos, la Evolución o la Información Absoluta, en fin, lo que le da sentido a la existencia, hiciera de ustedes personas de bien, inteligentes y buenos hijos, que lograran ser apreciados y queridos por todos quienes los conozcan. La gracia me ha sido concedida y no sabes con cuanta y enorme satisfacción aprecio este bien que me alcanzó el destino.
un beso de tu padre,
Fernando.
Email del 17 de febrero de 2002

Wong, el capital y la patria

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¿Y qué va a pasar con el Gran Corso de Wong y sus fuegos artificiales durante las fiestas patrias?

Una de mis mejores amigas es china y se apellida Wong (no, ningún parentesco con los hijos de Erasmo). Desde hace pocos años vive en Argentina y ayer regresó al Perú. Obviamente, siendo quién es, una de las noticias que más le chocó cuando la puse al día de los ires y venires de los peruanos fue la venta de los supermercados Wong. Se tapaba la cara con ambas manos, y sus ojos rasgados se abrieron como ojos de anime japonés, para volverme a decir: “¡¡¡no lo puedo creer, no lo puedo creer!!! Pero, ¿por qué lo han hecho?”. Bueno, mi respuesta fue lacónica, “nada más y nada menos que por 500 millones de dólares”.

Para las amas de casas limeñas y los liberales nacionalistas, y sí, también para algunos miembros de la colonia, ha sido un golpe duro, durísimo, la venta de la cadena de supermercados Wong al conglomerado chileno Cencosud (Centros Comerciales Sudamericanos). El ex ministro Carlos Ferrero tuvo declaraciones fuertes, en el sentido de que el mercado peruano se está abriendo a los capitales chilenos, y que cada vez nos vemos acorralados, “poco a poco lo que los chilenos esperan es que el Perú se convierta en una colonia". En cifras podemos afirmar que, hoy, la inversión de los capitales chilenos en negocios peruanos —según RPP— asciende a 6 mil millones de dólares. Nada, nadita, despreciable. Sólo en supermercados, después de esta transacción, los chilenos han adquirido el 73%.

Wong, cuyos directivos han apelado, durante todos estos años de rápido crecimiento, al nacionalismo, al parecer están empantanados en un ángulo de su propia propuesta. Si durante las fiestas patrias sus empleados se vestían de chalanes, y además, con gran disfrute de los niños y las niñas, el corso de Wong se constituyó en un elemento de cohesión nacional —eso sí, siempre centralista y limeña— con sus fuegos artificiales nocturnos para recordar a los ancestros y la mezcla tusan; hoy los nuevos socios deberán mantener el estilo con el cual se ha venido desarrollado el marketing y posicionamiento de Wong, Metro y Eco, pues como se comprenderá, los consumidores peruanos somos extremadamente sensibles al trocar un chalán por un roto.

Paul Maquet, uno de mis mejores alumnos, ya a su propia cuenta y riesgo fuera de cualquier aula, escribe en su blog La Palabra Ingenua, que “el capital no tiene patria”. Dicho desde el espectro político de un militante y activista de foros sociales y por los derechos humanos suena totalmente a marxista y revolucionario. Pero resulta que coincide, plenamente, con la opinión del director ejecutivo de de la consultora COM S.A., Ben Schneider, quien dijo que “es absurdo ponerle nacionalidad al capital” precisamente al comentar la famosa transacción entre el Grupo Wong y Cencosud.

¿No es sospechoso que los dos lados del espectro político opinen lo mismo? Si verdaderamente el capital no tiene patria, si el capital debe fluir de un lado a otro, sin pasaporte ¿por qué a su vez se apela al consumo como nación con cintas patrióticas en cada una de las bolsas reciclables? Si la Inka Kola era nuestra y de sabor nacional, ¿por qué ahora se embotella en Santiago de Chile y debemos de seguir percibiendo su olor a “cumbres nevadas, ríos, quebradas” a pesar del logo de Coca Cola? Entonces ¿por qué motivo los consumidores de Wong, y los no-consumidores pero enterados del asunto, y los peruanos nacionalistas en suma, han percibido una dolorosa e incisiva humillación?

No es tan fácil. No se trata simplemente de juegos de patriotas, por un lado, y por otro, de números cifrados y globales en las bolsas de valores. Lo que sucede es que quienes administran al país están apelando, durante años, a hacernos creer que los capitalistas están totalmente identificados con el suelo que los ve nacer e incrementar su capital y que éste, en sí mismo, más allá de las medidas gubernamentales, está intrínsecamente ligado a la nación. Se plantea pues una relación peligrosa —por verdad a medias— entre nación y capital que, en realidad, sólo está sustentada en recursos para el mercadeo y en discursos de nuestros políticos. La verdad de la milanesa es una, se debe a quien la consuma.






















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