Benazir Bhutto
La primera vez que vi una foto de Benazir Bhutto fue en una revista Vanidades. Era fines de los años 80 y ella, por una serie de extraños movimientos políticos, había devenido en Primera Ministra de Pakistán, a los 35 años de edad, en unas elecciones que sorprendieron de la misma manera a oriente y occidente. Por ser joven, muy bella, distinguida y elegante, y sobre todo, por ser la primera presidente de un país de mayoría musulmana, y ella misma muy occidentalizada, las revistas femeninas periféricas, como la mencionada, la tenían entre sus mujeres líderes mundiales preferidas. Por supuesto, los gobiernos que ahora y siempre se han pretendido paladines de la democracia en tierra lejanas, también la preferían, y eso que su principal peldaño político fue la de ser heredera de un hombre que, a pesar de todo, no podría habérsele calificado como muy demócrata: su propio padre, Zulfikar Alí Bhutto.
En esos mismos años, y en esa misma revista, también se alababa la belleza y distinción de Dewi Sukarno, y de alguna manera, se criticaba veladamente la huachafería de Imelda Marcos, aunque un poco después, no se decía nada del ascetismo en el vestir de Corazón Aquino. Todas ellas mujeres lideresas de países complicados, aunque algunas claramente del lado de “los buenos” y otras, más bien ahogadas por sus necesidades suntuosas, y débiles ante lo que bushianamente podríamos llamar “el eje del mal”. Para las modernas editoras de Vanidades los detalles políticos bien podían permanecer en el limbo de lo inexplicable, a ellas les interesaba resaltar que estas mujeres eran exóticas, políticas y elegantes. El resto eran matices que a las lectoras-de-la-peluquería, se supone, no les tendría por qué interesar.
Por eso mismo a mí me entró la curiosidad, a pesar de los ruleros y la permanente. Y sobre todo porque de un tiempo a esa parte, un grupo de elite de intelectuales y escritores, tanto de la India como de países cercanos, tal es el caso de Pakistán, habían tomado por asalto universidades como Oxford y Cambridge, y además, los mejores premios literarios ingleses, como era el caso de Salman Rushdie y su novela “Los hijos de la medianoche”; Arundharti Roy y “El dios de las pequeñas cosas”, y sobre todo, el cuasi paisano de Bhutto, Hanif Kureishi, y su alucinante “El buda de los suburbios”, un fresco de las tensiones de la primera generación de “pakis” en Londres.
Bhutto formaba parte de esta generación y, a su vez, también era la representante máxima de estas tensiones. En su caso, las de una mujer criada en las mejores universidades occidentales, como Harvard y Oxford, con pretensiones políticas claras, sobre todo desde la muerte de su padre, y con la intención de mantener las tradiciones para poder limar asperezas y ser la presidenta de una nación islámica. Esta situación la llevo a tomar decisiones drásticas. De hecho, su propio matrimonio con el terrateniente Azif Alí Zardari, dentro de las más tradicionales costumbres islámicas, fue totalmente convenido para poder ser una mujer en el poder y, a su vez, dejar de ser sospechosa por núbil y para evitar que le achaquen “perversas costumbres occidentales” como enamorarse o algo parecido.
Estas tensiones, fueron llevadas a su más sorprendente juego político, cuando pactó con Pervez Musharraf, para poder regresar a Pakistán en octubre de este año. Musharraf la indultó por los juicios de corrupción y el regreso, además de las pompas de ocasión, implicó la muerte de 140 personas. Bhutto estaba tentando a su suerte en exceso y, sin embargo, a pesar de todo lo que no conocemos de ella o de lo que se pueda sospechar, ahora se ha convertido en una mártir. Su persistencia en la lucha contra el terrorismo integrista la convirtió en el primer blanco de muchos enemigos. Y del principal de todos: la estupidez política de pretender oprimir a través del miedo. Era una de las mujeres más valiente de todos los tiempos, de eso no puede caber la menor duda.
Comentario de Victor Hurtado
He recibido un comentario crítico sobre este artículo del periodista peruano Víctor Hurtado que creo, definitivamente, es importante de consignar aquí para un mejor acercamiento al personaje.
Leí tu artículo sobre B. B., para mí más generoso que lo merecible. Recuerdo la cínica respuesta de Borges a quienes le preguntaban por qué seguía hablando mal de Perón si este ya había muerto. Borges decía: "¿Cree usted que la muerte mejora a la gente?". Yo opino lo mismo. Si B. B. se hubiera muerto de vieja o por caerse de la cama, otro canto cantaría en la prensa. Mi opinión de ella es la peor: una oportunista despreciable […] ladrona hasta los tuétanos y símbolo de la corrupción política y del engaño más cruel contra gentes ingenuas que lloran por la muerte de quienes viven de ellas: "Yo te robo y tú votas por mí". Este es el trato. Por otra parte, B. B. era la pieza de cambio (’recambio’ dicen los sociólogos) de Bush contra el aun más podrido usurpador de Paquistán.
