Kolumna Okupa

Rocío Silva Santisteban

January 28, 2008

Uchuraccay y la otredad

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Hace algunos meses, en noviembre de 2007, Ricardo Uceda en una conferencia en la Universidad Antonio Ruiz de Montoya, confesó uno de sus fracasos periodísticos: su investigación sobre Uchuraccay. “La ideología nos cegó y tuvimos conclusiones falaces” refiriéndose a las fotos de los comuneros en las que creyeron ver uniformes militares ocultos bajo los ponchos. A los pocos minutos Edmundo Cruz señaló que quizás Uceda esté equivocado. De hecho, hace unos años, Raúl Wiener sobre este punto ha dicho: “entonces… ¿lo que yo vi el 30 de enero de 1983 no eran militares vestidos de campesinos sino campesinos vestidos de militares y "sinchis?”. Han pasado 25 años y todavía existen más preguntas y ambigüedades que respuestas rotundas sobre lo que sucedió. Los familiares de las víctimas siguen pidiendo justicia.

En ese entonces la Comisión Uchuraccay validó la tesis del “salvajismo, la barbarie y la postergación” como causales de los asesinatos, cuando en realidad se estaba obviando las tensiones que se habían producido por el miedo a la presencia de Sendero Luminoso, la llegada de los “sinchis” y la felicitación que hizo el gobierno a la comunidad de Huaychao de una situación similar pero acontecida contra senderistas. Todas estas circunstancias pesaron mucho más en los hechos luctuosos que la supuesta otredad del sujeto andino.

Y lo más patético del caso es que posteriormente, debido a distintas circunstancias intrincadas vinculadas a la violencia de ronderos y senderistas, 135 uchuracaínos fueron murieron de diversas maneras; entonces el pueblo se desoló porque se había convertido en un espacio maldito. En 1993 un grupo que había estado en la selva regresaron y decidieron re-fundar Uchuraccay unos metros más arriba. Y a pesar del PAR y otros programas, la nueva plaza de Uchuraccay, menos amplia que la anterior, sigue siendo uno de los lugares desolados del Perú.

Según informe de APRODEH los comuneros actuaron instigados por los Infantes de Marina, quienes días antes habían llegado a Uchuraccay con víveres, para promocionar la nueva estrategia antisubversiva planteada por el general Clemente Noel, jefe político-militar de la zona: cooptar a la población de las zonas altas para evitar el "corredor" de los comandos senderistas por las montañas. A los comuneros se les indicó que los "amigos vienen por el aire, los enemigos por la tierra". Noel, en su defensa, sostuvo que los comuneros habían confundido a los periodistas con senderistas pues los primeros portaban una bandera roja y entonaban canciones subversivas, responsabilizando a la temeridad de los periodistas y la ignorancia de los comuneros como los causantes de la masacre. Nuevamente la otredad aparece como respuesta ante la responsabilidad y la duda.

Muchos años después, salió a la luz una probable razón por la cual la Comisión Uchuraccay había llegado a una conclusión tan genérica, que no resolvía sino que por el contrario empantanaba, la búsqueda de una verdadera justicia: prefirieron evitar las consecuencias político-militares de inculpar a miembros de las fuerzas armadas difuminando la responsabilidad que, en 1987, recayó sobre tres miembros de la comunidad, Dionisio Morales, Simeón Aucatoma y Mariano Ccasani, quienes fueron condenados a penas privativas de la libertad entre 10 y 6 años. De esta manera se intentó silenciar la reclamación de los deudos de las víctimas y de la prensa en general, utilizando una vez más a la parte más débil, la población indígena, como chivos expiatorios.

Mientras tanto el racismo en el Perú, que encendió y sigue manteniendo la indiferencia de amplios sectores frente a las desapariciones, asesinatos y torturas de la población andina, fue la razón principal para que los periódicos avivaran estereotipos sacados de la racionalidad más retrógrada de la sociedad criolla. Un diario —como lo señala el historiador Nelson Manrique— tituló como encabezado de la noticia una sola palabra:"¡Bestias!". Este titular recoge el mismo adjetivo que el Código Penal de 1924 usaba para minimizar las penas o considerar inimputables a los indígenas "bestializados por el alcohol". En otras palabras, el titular del periódico no hizo sino responder a una racionalidad y a un imaginario que son el sustrato de la dependencia, la dominación y la exclusión sobre las que hoy, peligrosamente, sigue sustentándose el país.

January 21, 2008

Lippy

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Una de los elementos vitales para el funcionamiento de un reportaje, de una película o de un programa de televisión es la productora o el productor. Tiene que tratarse de una persona impecablemente organizada, pro-activa a más no poder, como dirían los poetas del siglo XVI, una “busquilla”, alguien que a partir de los siempre limitados recursos, pueda conseguir el oro y el moro para que su empresa funcione al nivel que el director exija. De hecho se requiere una personalidad muy especial: tener mucha paciencia para aguantar el mal humor de los siempre-ansiosos-responsables y altas dosis de resistencia a la frustración para volverse a levantar de la lona cuando se recibe un NO o un “se acabó el dinero”, claro, además de una creatividad a prueba de precariedades.

En el Perú donde la profesión siempre ha sido invisibilizada o en muchos casos mal entendida —como en el de los reality shows nacionales— los y las productoras —de hecho hay un alto porcentaje de mujeres— se han mantenido en un rango extraño a la fama de los medios, con grandes excepciones, como Ximena Ruiz Rosas (precisamente porque se ha vuelto la otra dialogante de los monólogos de Jaime Bayly) o Margarita Morales. He trabajado con varias productoras hiper-chamberas —como Roxana Effio— y soy amiga de algunos productores sumamente creativos —como José Antonio Rhode, el artífice de Tres G— pero hay una de ellas a la que me quiero referir con especial interés pues, además de ser un ejemplo de profesional responsable y eficaz (trabajó en todos los canales de televisión, en Somos, en El Comercio y otros medios), ha sido una mujer increíblemente vital, cuyos esfuerzos personales de solidaridad con los otros, siempre mantuvo bajo un humilde silencio. Me refiero a Elizabeth Hartley, Lippy, fallecida el 15 de enero, a los 36 años de edad.

Lippy estudió en el Instituto Peruano de Publicidad y su primer trabajo fue como asistente de producción del recordado programa de Mariela Balbi y Eduardo Fuego Cruzado en 1990. Además fue productora de personas tan disímiles como Beto Ortiz, Lorena Caravedo, Mónica Zevallos o Fernando Ampuero, y era de una intensidad que parecía un torbellino. La conocí y estuve cerca de ella hace varios años y durante varios años —fue novia de mi hermano— y su encanto y disposición para los demás siempre hizo que todos entráramos con tanta facilidad dentro de sus bolsillos.

Risueña, bailarina, fiestera, irónica, con un especial charming para conseguir lo que se proponía pero sobre todo, sin miedos, Lippy era desafiante y aguerrida, a pesar de ser menuda. Además era una mujer muy guapa, que sabía su potencial y reconocía también sus límites. Una vez la vi envolver regalos de navidad compulsivamente: decenas de regalos que ella cargaba, de forma anónima, por las calles de Lima para entregarles a los niños que estaban pidiendo un centavo en algún semáforo. No daba dinero: daba dignidad, sorpresa, misterio, algo diferente. Un regalito que no valía mucho pero que, con esa envoltura y ese cuidado, enseñaba alegría, bondad y gratuidad. La verdad que me sorprendió esa noche.

Precisamente cuando le vinieron los primeros síntomas de la leucemia que finalmente se la llevó, ella estaba en Yauyos, adonde se había trasladado por su cuenta y riesgo, junto con algunos familiares, para ayudar a las víctimas del terremoto. El diagnóstico fue rápido pero, a pesar de las donaciones de sangre que fueron aportadas por decenas de amigos, de la dedicación de su esposo Víctor, de la extraordinaria solidaridad que movilizó, el increíble y blando corazón de Lippy no pudo resistir la cuarta dosis de quimioterapia. En el velorio, adonde se congregó tanta gente como para despedir a un ministro, decenas y decenas de girasoles la acompañaron como soles ardiendo encerrados en sí mismos.

Lippy Hartley era una mujer extraordinaria, y sé que hay muchas y muchos como ella en nuestro país, que chambean duro y parejo sin mayores neones y parafernalias. Y espero que no sea necesario un obituario para reconocer su valor.

January 10, 2008

Simone para principiantes

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Simone de Beauvoir es una heroína cultural del siglo XX. No sólo por feminista, no sólo por filósofa, ni por escritora; sobre todo porque fue una mujer que se atrevió. A competir, a amar, a romper con los otros, a pensar en voz alta. A los 100 años de su nacimiento podemos estar convencidas de que, allá por los años de la post-guerra, una muchacha de la burguesía parisina venida a menos, una chica que se vestía con faldas largas, blusas modosas y siempre usaba rodillo en el pelo, era más libre que millones de mujeres actuales con más derechos y permisos pero totalmente sujetas a los mitos de la belleza, del consumo, del éxito, y al aplastante mito de la eterna juventud. Beauvoir siempre supo vivir el momento exacto de su existencia con total y absoluta libertad, y sobre todo, con dignidad.

Si bien algunas de sus memorias están suscritas por un ego desmesurado, que las historias de su niñez esconden discretamente la decadencia de su familia, y que era una marisabidilla un poco pretenciosa, el gran cambio que experimenta en su vida al asumir plenamente la autonomía del sujeto, luego de tomar la decisión de ir a la universidad, marcan su vida desde muy temprano y para siempre. Otro gran cataclismo en su existencia tenía nombre propio: Jean Paul Sartre. En el otoño de 1929 lo conoció y desde ese momento, y a pesar de los innumerables amores contingentes, estuvieron juntos hasta el final. “Existe una relación en profundidad que llega casi a crear una individualidad, un ‘nosotros’ que no es el tú y yo, que es verdaderamente el nosotros. Logré ese nosotros con Simone durante toda mi vida” escribió el filósofo en Los caminos de la libertad.

Beauvoir quería escribir una novela sobre la mujer y decidió adentrarse en los pocos estudios sobre el tema. En 1946 empieza un ensayo sobre los mitos que los hombre han ido creando para darle sentido al “eterno femenino” y es así que se inicia El segundo sexo, su obra cumbre. En el libro la autora no parte de una propuesta feminista a priori, sino que, siguiendo los consejos de Sartre y la metodología de la filosofía fenomenológica de Husserl, indaga en todos los aspectos de la mujer para poder plantearse una cercanía al fenómeno: su fisiología, la diferencia entre el nacimiento de una niña y de un niño, la menstruación, el embarazo y el parto, así como la menarquia y el deterioro de la vejez. Pero también indaga en la construcción de la feminidad como una propuesta cultural y no biológica.

Y sobre todo, y este es el punto más polémico y vigente de todo el libro, explica de qué manera el hombre se ha constituido como el UNO y centro de las leyes, del conocimiento, de la ciencia, del imaginario, en buena cuenta, el único sujeto del universo. “La mujer se determina y se diferencia en relación con el hombre, y no éste con relación a ella; la mujer es lo inesencial frente a lo esencial. El es el Sujeto, él es el Absoluto; ella es lo Otro” […] La fuente de todos los terrores radica en que, en lo Otro, y más allá de toda anexión, subsiste la alteridad”. Precisamente esa alteridad que llevo a Freud a preguntarse: ¿qué quiere la mujer? Y a contestar con un misterio: la mujer es el continente negro. Esa misma alteridad que, aún hoy, provoca miedo, rechazo, pavor, y permite que, a pesar del tiempo transcurrido, se siga pensando en la mujer “como el ser al que es necesario incluir” cuando, en realidad, como ya lo sospechaba Beauvoir, la mujer ES plausible de ser un paradigma.

Por lo tanto no queremos inclusiones: será una tarea crear el mundo. Por eso mismo, la gran sentencia que propuso Beauvoir, y que extrajo de sus lecturas de Levi-Strauss, es que “No se nace mujer: se llega a serlo”. Ella nos enseñó que la feminidad no la secretan los ovarios, sino muchas veces, “el cielo platónico” y que ser mujer es aprender a despercudirse de esa feminidad impuesta y castrante.

Extraña foto de Simone desnuda, Chicago 1952. Foto: Art Shay.

January 9, 2008

Huanchaco

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El mar, los cangrejos reventados, los caballitos de totora, el hostal Bracamonte, la lánguida piscina, el malecón estrecho que ahora se alarga más allá de la curva, el muelle blanco del siglo pasado, atravesado por oscuros tablones de madera, y en sus extremos, bajo techos con cierta decoración del 900, pescadores aficionados o profesionales lanzan anzuelos y tientan su suerte. La neblina se va disipando con el día y los primeros pescadores salen sobre sus caballitos hacia alta mar. Los miro, y miro en ellos a los chimúes o a los moches, y a través de siglos aprecio en ellos la destreza por la misma batalla en el mismo mar.

La primera vez que fui a Huanchaco no la recuerdo: era adolescente y me escapaba, con algunas de mis primas y de sus primas, desde Las Delicias al otro lado del mundo. En Las Delicias, una especie de "eisha" norteña para los señores que bailan marinera y van al Club Central, las caras siempre eran las mismas. Antes de que se construya el muelle en Salaverry, Las Delicias tenía un malecón largo, donde una podía jugar a las chapadas, y luego regresar con la ropa empapada a darse un duchazo en la casa de mis tíos. Pero el malecón desapareció, las casas fueron arrasadas por el mar, el edificio de los Manucci sobrevivió gracias a sus cimientos y a las inmensas piedras que, como huevos prehistóricos, fueron colocadas al frente para aguantar la reventazón. Y a pesar de todo Las Delicias sobrevive como el exclusivo balneario que fue; hoy, ligeramente decadente, de un estilo más burgués y menos bohemio que la decadencia del Hotel Americano, por ejemplo.

Por eso, para la adolescente que fui, aventurarse a Huanchaco era buscar al otro en sus curvas y malecones. Era pasar del balneario a la caleta de pescadores. Entender que frente al mar hay otras formas de vida. Para mí fue buscar una comunicación diferente mirando cuerpos diversos y sonrojándome ante sonrisas de hombres curtidos por el sol durante todos los días de su vida. No eran los chicos surferos de la infancia ni de la primera adolescencia, sino pescadores trejos y cuerpos que han aprendido a trabajar desde muy temprano, trepados a horcajadas sobre una balsa de paja. Ir a Huanchaco también significaba escalar en peregrinación a la capilla sobre el cerro, la iglesia de la Santísima Virgen del Socorro, con las puertas siempre cerradas y pintadas de rosa. Desde esa altura, pues la iglesia construida en 1540 se encuentra sobre una huaca, siempre se puede apreciar las increíbles puestas de sol y pedir una gracia. No recuerdo haber ido a alguna misa allí, pero si haber subido a la torre, y tratar de llegar al campanario, desde donde se tomaban buenas fotos.

Huanchaco era para mí, también, la importancia del adobe como signo arquitectónico en toda esa zona, heredera de la tecnología de Chan Chan. Las casas de la caleta siempre eran a un piso, con barrotes frente al zaguán abierto, algunas de madera y otras de ese adobe gris de la zona. Ahora he visto que la Biblioteca Municipal, un espacio amplio que parece una antigua estación de tren, conserva precisamente ese aspecto antiguo y fascinante. Pero en las cercanías ya se empezaron a levantar hostales y hoteles de varios pisos: esos hongos de cemento que ahora lo ensombrecen todo, incluyendo el malecón huanchaquero.

De Huanchaco me gustaba precisamente ese aspecto popular que, este domingo pasado, disfruté de cerca, y detenidamente, al recibir nuevamente el sol en sus playas y sentarme al costado de veraneantes que vienen de las zonas más proles de Trujillo. Miré a las mamachas de Otuzco levantarse las polleras felices para sentir el frío de la orilla; a los mocosos jugar a todo una pichanguita en la arena; a los pescadores regresar cargados con sus meros y sus "ojos de uva", y a las chicas surfer entrar con sus wetsuits para correr olas. Y todos mezclados bajo el sol de La Libertad.

January 3, 2008

La tumba de Lavapiés

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para Rolando Toledo

—¿Prefieres la tumba o la ultratumba?
—La tumba, por supuesto.
—Pero tienes que compartirla.
—¿Encima eso?
—Es la tumba o la calle.
—¿Y con quién?
—Con un poeta chileno.
Abrió la puerta de la tumba y un sopor de varios días le causó las primeras náuseas en sus cinco meses de embarazo. No había ventanas, ni tragaluces, ni nada por donde entrara una bocanada de aire excepto la propia puerta. Tosió, para disimular, prendió la luz y observó sin prisa el cuarto. Una pieza inframínima, una maletita de Mary Poppins al costado de la cama de plaza y media, algo parecido a una alfombra en el suelo, astillado a más no poder.
—¿Y la otra cama?
—No hay otra cama.
—¿Y el poeta chileno?
El administrador, dueño, barman y demás del departamento, un estudiante de economía, le guiñó un ojo. 
—No te pases… — le advirtió la muchacha.
—¿O prefieres la ultratumba? Sólo hay un detalle: tendrías que compartirla con un argentino estudiante de ingeniería sanitaria.
—¿Y hay dos camas?
—¿Tú qué crees?
—Que no hay ni una.
—Exacto…
—¡Hombres!
Metió las maletas dentro de la tumba mientras el muchacho rebuscaba entre un enorme manojo de llaves. No había elección, por supuesto, por lo menos la tumba se encontraba en un nivel de deterioro aceptable y compartir con un argentino la misma cama le resultaba de un porvenir aterrador (tenía experiencia). Se tocó instintivamente el vientre.
—Vivimos juntos hace dos años y llevamos la fiesta en paz. Nadie se mete con nadie. Espero que una mujer en este piso no sea motivo de pelea.
Ella permaneció callada y asustada.
—¿Quieres una chela?— el Potentado, es decir, el muchacho, le lanzó una sonrisa.
—¿Eres peruano?
—Mmmsseee…
Ella sintió que pisaba un lugar seguro, a pesar del calor, las miradas, el porvenir. Esas palabras amables fueron las primeras de una mañana larga y agotadora caminando con maletas y vientre por todo Lavapiés. Por lo menos el comedor estaba lo suficientemente soleado y la cerveza helada.
—Y ni se te ocurra hacerle ascos al argentino— el Potentado bebió un trago largo—te puede conseguir chamba.
—¿Tú crees?
—Claro… — se le acercó muy despacio antes de lanzar una carcajada— son una mafia.
La chica se pasó el vidrio húmedo y helado de la botella por la frente y sonrió.
Por la noche, luego de caminar por casi todo Madrid con la sección de empleos de El País empapado de rotulador fosforescente, regresó a Lavapiés dispuesta, literalmente, a caer muerta. Pero no contó con la rapidez del chileno. Cuando entró a la tumba lo miró de reojo y él levantó apenas las cejas sobre el libro que llevaba maldoblado en una mano, murmuró algo que ella imaginó era una especie de saludo.
—He dicho que prefiero el lado derecho de la cama— volvió a repetir.
—Me da igual— contestó ella sin mirarlo.
La muchacha se fue quitando la ropa mientras él disimulaba que no la miraba, pero la miraba; así que trató de hacerlo rápido evitando mostrar ciertas partes del cuerpo, supuso que el Poeta estaba acostumbrado a las europeas que se cambian sin mayor vergüenza; en cambio dentro de ella vibraban aún las oraciones a la Virgen del Carmen que le había enseñado su abuela. Así era: modosa, diplomática, pasiva, cansina y sobre todo, tímida. Demasiado limeña. Sin querer llevaba el cielo plomizo en medio del corazón. El Poeta se arrimó aún más al filo de la cama y, con un gesto grandilocuente, abrió las sábanas y la colcha de la sección izquierda. Parecían un viejo matrimonio.
—Por si acaso estoy embarazada…
El bajó el libro, lo cerró mirándola de frente a los ojos, y se acomodó el pijama.
—¿Y?
—Mira, sospecho que debes ser un chileno cosmopolita y multicultural… pero yo no… jamás he estado en esta situación y me siento incómoda. Y ya sabemos los dos que estamos aquí porque somos unos muertosdehambre.
—No me excitan las embarazadas— se limitó a contestar.
El Poeta dejó el libro sobre el suelo, aplastó un poco su sección de la única y larga almohada, y le dio la soberana espalda. En cinco minutos empezó a roncar.
—Ay… no…
Mientras sentía el calor del cuerpo del desconocido tan cerca del suyo propio, recordó a la abuela, a la madre y todo lo que había dejado por una aventura y cerró los ojos santiguándose como cuando era niña. Le rogó a Dios el último milagro: “no quiero pensar” como si con eso pudiera evitar el futuro.
A los pocos días el argentino de la ultratumba le consiguió un empleo “perfecto para mujeres en tu estado”. Lo único que debía hacer, le dijo, era contar.
—¿Sabés contar?
—¿Creés que soy idiota?
Durante las siguientes semanas, apertrechada con un mecanismo extraño que marcaba números, se dedicó a contar dentistas, abogados, ingenieros de minas, comerciantes de mayólicas, y hasta a verdaderos contadores públicos, toda una fauna de seres contables a los que transformaba en números arábigos. Los contaba al costado de la puerta de un gran campo ferial, sentada en una de esas pequenísimas sillas de playa, mientras su barriga crecía y su mente se oxidaba. “Sólo a los que llevan un distintivo azul en la solapa” le dijo el otro argentino, el jefe. Llevar la contabilidad le reportaba una módica suma por jornada de trabajo, pero las ocho horas contando y contando paralizaban todas y cada una de sus neuronas.
—¡Estoy embarazada, no soy una oligofrénica! —le gritó desesperada una mañana—  Ya no quiero contar mááááááássss… 
El argentino de la ultratumba se sorprendió de su capacidad de aguante, le explicó que las otras habían zafado a los dos o tres días, y le aseguró que el jefe, “que te tiene en gran alta estima”, le iría a conseguir algo “perfecto para mujeres en tu estado”.
Pero esta vez la muchacha no le sonrió, dejó la taza sucia sobre la mesa y se sentó en el suelo. No, no le iba a conseguir nada, ni perfecto ni imperfecto, ella lo sabía. Se pasó la mano por la barriga, redonda y dura, estirada la piel a más no poder, y se sintió un tambor. Un tambor de guerra.
Recordó los días anteriores, sus saltos de la cama a las siete de la mañana, el mullido y nervioso cuerpo caliente del poeta, las risas al compartir el desayuno o las peleas por entrar primero al baño, los gritos del Potentado cuando descubría que le faltaba una cerveza. La muchacha había llevado también la fiesta en paz pero sobre todo en fiesta. Incluso un día que le tocó limpiar la tumba, se compadeció del argentino y barrió también la ultratumba.
Sobre el suelo helado soltó un llanto largo y silencioso, con algo de mocos y de baba, cortado por intensos silencios. Los tres la miraban sin saber qué hacer.
—Creo que debo regresar.
—No te vayas— le dijo el chileno.
—Puedes dar a luz en la Cruz Roja.
—Podemos conseguir dinero…
—No regreses, carajo… van a pensar que estás derrotada.
Ella los miró mientras se limpiaba las lágrimas, su pelo largo, lacio, lleno de trencitas que amarraba con sus dedos nerviosos, les pareció iluminado por un halo dorado.
—¿Derrotada?
Se tocó la barriga. El silencio cayó pesado y gangoso y lento. Tuvo la intención de golpearla pero apenas se dio unas palmaditas.
—No es tan malo regresar— fue lo único que dijo.
Se levantó del suelo y se fue caminando despacio hacia la tumba.

January 1, 2008

El hombre más pobre del mundo

…es una mujer
peruana, africana, india,

quizás una mujer campesina

una mujer que fue violada por el primer marido
embarazada una y otra vez

explotada durante el embarazo
olvidada durante la lactancia y el parto

una mujer que cortó el cordón umbilical con sus propios dientes
que a los treinta se quedó sin marido sin caficho sin pelo

y después los hijos uno por uno la olvidaron
a la vera del camino

una mujer que murió y no fue enterrada
cuyo rastro se perdió sobre la arena

una mujer que ni siquiera es un viento
una mujer de quien no queda ni huella

sólo un eco
un eco sordo
un resentimiento negro sobre la tierra.

 

La fotografía de Giancarlo Tejeda es de una mujer dando de lactar a su hijo entre el Jirón Cuzco y Carabaya, centro de Lima (2006). Su nombre es Ester y vivía con sus dos hijos en uno de los edificios del centro deshabitados, ella alquilaba una habitación a cinco soles la noche. Para conseguir esa suma, más dos soles para la comida del día, pedía limosna. La fuente de la información de poema es un artículo de Amartya Sen sobre la pobreza en el mundo, a propósito del Informe de Desarrollo Humano de Naciones Unidas.  






















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