Kolumna Okupa

Rocío Silva Santisteban

January 3, 2008

La tumba de Lavapiés

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para Rolando Toledo

—¿Prefieres la tumba o la ultratumba?
—La tumba, por supuesto.
—Pero tienes que compartirla.
—¿Encima eso?
—Es la tumba o la calle.
—¿Y con quién?
—Con un poeta chileno.
Abrió la puerta de la tumba y un sopor de varios días le causó las primeras náuseas en sus cinco meses de embarazo. No había ventanas, ni tragaluces, ni nada por donde entrara una bocanada de aire excepto la propia puerta. Tosió, para disimular, prendió la luz y observó sin prisa el cuarto. Una pieza inframínima, una maletita de Mary Poppins al costado de la cama de plaza y media, algo parecido a una alfombra en el suelo, astillado a más no poder.
—¿Y la otra cama?
—No hay otra cama.
—¿Y el poeta chileno?
El administrador, dueño, barman y demás del departamento, un estudiante de economía, le guiñó un ojo. 
—No te pases… — le advirtió la muchacha.
—¿O prefieres la ultratumba? Sólo hay un detalle: tendrías que compartirla con un argentino estudiante de ingeniería sanitaria.
—¿Y hay dos camas?
—¿Tú qué crees?
—Que no hay ni una.
—Exacto…
—¡Hombres!
Metió las maletas dentro de la tumba mientras el muchacho rebuscaba entre un enorme manojo de llaves. No había elección, por supuesto, por lo menos la tumba se encontraba en un nivel de deterioro aceptable y compartir con un argentino la misma cama le resultaba de un porvenir aterrador (tenía experiencia). Se tocó instintivamente el vientre.
—Vivimos juntos hace dos años y llevamos la fiesta en paz. Nadie se mete con nadie. Espero que una mujer en este piso no sea motivo de pelea.
Ella permaneció callada y asustada.
—¿Quieres una chela?— el Potentado, es decir, el muchacho, le lanzó una sonrisa.
—¿Eres peruano?
—Mmmsseee…
Ella sintió que pisaba un lugar seguro, a pesar del calor, las miradas, el porvenir. Esas palabras amables fueron las primeras de una mañana larga y agotadora caminando con maletas y vientre por todo Lavapiés. Por lo menos el comedor estaba lo suficientemente soleado y la cerveza helada.
—Y ni se te ocurra hacerle ascos al argentino— el Potentado bebió un trago largo—te puede conseguir chamba.
—¿Tú crees?
—Claro… — se le acercó muy despacio antes de lanzar una carcajada— son una mafia.
La chica se pasó el vidrio húmedo y helado de la botella por la frente y sonrió.
Por la noche, luego de caminar por casi todo Madrid con la sección de empleos de El País empapado de rotulador fosforescente, regresó a Lavapiés dispuesta, literalmente, a caer muerta. Pero no contó con la rapidez del chileno. Cuando entró a la tumba lo miró de reojo y él levantó apenas las cejas sobre el libro que llevaba maldoblado en una mano, murmuró algo que ella imaginó era una especie de saludo.
—He dicho que prefiero el lado derecho de la cama— volvió a repetir.
—Me da igual— contestó ella sin mirarlo.
La muchacha se fue quitando la ropa mientras él disimulaba que no la miraba, pero la miraba; así que trató de hacerlo rápido evitando mostrar ciertas partes del cuerpo, supuso que el Poeta estaba acostumbrado a las europeas que se cambian sin mayor vergüenza; en cambio dentro de ella vibraban aún las oraciones a la Virgen del Carmen que le había enseñado su abuela. Así era: modosa, diplomática, pasiva, cansina y sobre todo, tímida. Demasiado limeña. Sin querer llevaba el cielo plomizo en medio del corazón. El Poeta se arrimó aún más al filo de la cama y, con un gesto grandilocuente, abrió las sábanas y la colcha de la sección izquierda. Parecían un viejo matrimonio.
—Por si acaso estoy embarazada…
El bajó el libro, lo cerró mirándola de frente a los ojos, y se acomodó el pijama.
—¿Y?
—Mira, sospecho que debes ser un chileno cosmopolita y multicultural… pero yo no… jamás he estado en esta situación y me siento incómoda. Y ya sabemos los dos que estamos aquí porque somos unos muertosdehambre.
—No me excitan las embarazadas— se limitó a contestar.
El Poeta dejó el libro sobre el suelo, aplastó un poco su sección de la única y larga almohada, y le dio la soberana espalda. En cinco minutos empezó a roncar.
—Ay… no…
Mientras sentía el calor del cuerpo del desconocido tan cerca del suyo propio, recordó a la abuela, a la madre y todo lo que había dejado por una aventura y cerró los ojos santiguándose como cuando era niña. Le rogó a Dios el último milagro: “no quiero pensar” como si con eso pudiera evitar el futuro.
A los pocos días el argentino de la ultratumba le consiguió un empleo “perfecto para mujeres en tu estado”. Lo único que debía hacer, le dijo, era contar.
—¿Sabés contar?
—¿Creés que soy idiota?
Durante las siguientes semanas, apertrechada con un mecanismo extraño que marcaba números, se dedicó a contar dentistas, abogados, ingenieros de minas, comerciantes de mayólicas, y hasta a verdaderos contadores públicos, toda una fauna de seres contables a los que transformaba en números arábigos. Los contaba al costado de la puerta de un gran campo ferial, sentada en una de esas pequenísimas sillas de playa, mientras su barriga crecía y su mente se oxidaba. “Sólo a los que llevan un distintivo azul en la solapa” le dijo el otro argentino, el jefe. Llevar la contabilidad le reportaba una módica suma por jornada de trabajo, pero las ocho horas contando y contando paralizaban todas y cada una de sus neuronas.
—¡Estoy embarazada, no soy una oligofrénica! —le gritó desesperada una mañana—  Ya no quiero contar mááááááássss… 
El argentino de la ultratumba se sorprendió de su capacidad de aguante, le explicó que las otras habían zafado a los dos o tres días, y le aseguró que el jefe, “que te tiene en gran alta estima”, le iría a conseguir algo “perfecto para mujeres en tu estado”.
Pero esta vez la muchacha no le sonrió, dejó la taza sucia sobre la mesa y se sentó en el suelo. No, no le iba a conseguir nada, ni perfecto ni imperfecto, ella lo sabía. Se pasó la mano por la barriga, redonda y dura, estirada la piel a más no poder, y se sintió un tambor. Un tambor de guerra.
Recordó los días anteriores, sus saltos de la cama a las siete de la mañana, el mullido y nervioso cuerpo caliente del poeta, las risas al compartir el desayuno o las peleas por entrar primero al baño, los gritos del Potentado cuando descubría que le faltaba una cerveza. La muchacha había llevado también la fiesta en paz pero sobre todo en fiesta. Incluso un día que le tocó limpiar la tumba, se compadeció del argentino y barrió también la ultratumba.
Sobre el suelo helado soltó un llanto largo y silencioso, con algo de mocos y de baba, cortado por intensos silencios. Los tres la miraban sin saber qué hacer.
—Creo que debo regresar.
—No te vayas— le dijo el chileno.
—Puedes dar a luz en la Cruz Roja.
—Podemos conseguir dinero…
—No regreses, carajo… van a pensar que estás derrotada.
Ella los miró mientras se limpiaba las lágrimas, su pelo largo, lacio, lleno de trencitas que amarraba con sus dedos nerviosos, les pareció iluminado por un halo dorado.
—¿Derrotada?
Se tocó la barriga. El silencio cayó pesado y gangoso y lento. Tuvo la intención de golpearla pero apenas se dio unas palmaditas.
—No es tan malo regresar— fue lo único que dijo.
Se levantó del suelo y se fue caminando despacio hacia la tumba.

6 Comments »

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  1. Que bien que estés posteando - aparte de artículos - cuentos y poemas, ojalá lo hagas más seguido.
    Espero hayas tenido un lindo año nuevo :D

    Comment by Jen — January 4, 2008 @ 12:07 am

  2. ayer puse un comment y creo que no se posteó… bueno, decía que qué bueno que estés posteando - aparte de tus artículos - cuentos y poemas. Espero sigas haciéndolo.

    Feliz año, aunque ya es 4 :)

    Comment by Jen — January 4, 2008 @ 7:22 pm

  3. Buena narración.
    Con una historia así, las ganas de irse a Europa pueden esfumarse.

    Comment by Espléndida — January 5, 2008 @ 4:08 pm

  4. No, me parece más bien las ganas de regresar, la necesidad o el conformismo de volver; lo que fuere sin embargo, me lleva a la imagen de alguien que se detiene unos segundos se vuelve hacia atrás y camina, sin prisa y sin pasión, simplemente camina .

    Quizás eso de “retroceder nunca, rendirse jamás”, no a todos los abrace de valentía, finalmente qué se prueba y a quién justificaría las (sus) pullas.

    Pese a que ese final me mortifica todavía, me ha hecho regresar, es que me estremeció su cuento.

    Comment by suka — January 8, 2008 @ 2:31 pm

  5. No, me parece más bien las ganas, la necesidad o el conformismo de regresar, lo que fuere sin embargo, me lleva a la imagen de alguien que se detiene unos segundos se vuelve hacia atrás y camina, sin prisa y sin pasión, simplemente camina.

    Quizás eso de “retroceder nunca, rendirse jamás”, no a todos los abrace de valentía, finalmente qué se prueba y a quién justificaría las (sus) pullas.

    Pese a que ese final me mortifica todavía, me ha hecho regresar, es que me estremeció su cuento.

    Comment by suka — January 8, 2008 @ 2:36 pm

  6. saludos

    Comment by Alan Luna — February 14, 2008 @ 6:03 pm

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