Kolumna Okupa

Rocío Silva Santisteban

January 9, 2008

Huanchaco

Filed under: Kolumnas

El mar, los cangrejos reventados, los caballitos de totora, el hostal Bracamonte, la lánguida piscina, el malecón estrecho que ahora se alarga más allá de la curva, el muelle blanco del siglo pasado, atravesado por oscuros tablones de madera, y en sus extremos, bajo techos con cierta decoración del 900, pescadores aficionados o profesionales lanzan anzuelos y tientan su suerte. La neblina se va disipando con el día y los primeros pescadores salen sobre sus caballitos hacia alta mar. Los miro, y miro en ellos a los chimúes o a los moches, y a través de siglos aprecio en ellos la destreza por la misma batalla en el mismo mar.

La primera vez que fui a Huanchaco no la recuerdo: era adolescente y me escapaba, con algunas de mis primas y de sus primas, desde Las Delicias al otro lado del mundo. En Las Delicias, una especie de "eisha" norteña para los señores que bailan marinera y van al Club Central, las caras siempre eran las mismas. Antes de que se construya el muelle en Salaverry, Las Delicias tenía un malecón largo, donde una podía jugar a las chapadas, y luego regresar con la ropa empapada a darse un duchazo en la casa de mis tíos. Pero el malecón desapareció, las casas fueron arrasadas por el mar, el edificio de los Manucci sobrevivió gracias a sus cimientos y a las inmensas piedras que, como huevos prehistóricos, fueron colocadas al frente para aguantar la reventazón. Y a pesar de todo Las Delicias sobrevive como el exclusivo balneario que fue; hoy, ligeramente decadente, de un estilo más burgués y menos bohemio que la decadencia del Hotel Americano, por ejemplo.

Por eso, para la adolescente que fui, aventurarse a Huanchaco era buscar al otro en sus curvas y malecones. Era pasar del balneario a la caleta de pescadores. Entender que frente al mar hay otras formas de vida. Para mí fue buscar una comunicación diferente mirando cuerpos diversos y sonrojándome ante sonrisas de hombres curtidos por el sol durante todos los días de su vida. No eran los chicos surferos de la infancia ni de la primera adolescencia, sino pescadores trejos y cuerpos que han aprendido a trabajar desde muy temprano, trepados a horcajadas sobre una balsa de paja. Ir a Huanchaco también significaba escalar en peregrinación a la capilla sobre el cerro, la iglesia de la Santísima Virgen del Socorro, con las puertas siempre cerradas y pintadas de rosa. Desde esa altura, pues la iglesia construida en 1540 se encuentra sobre una huaca, siempre se puede apreciar las increíbles puestas de sol y pedir una gracia. No recuerdo haber ido a alguna misa allí, pero si haber subido a la torre, y tratar de llegar al campanario, desde donde se tomaban buenas fotos.

Huanchaco era para mí, también, la importancia del adobe como signo arquitectónico en toda esa zona, heredera de la tecnología de Chan Chan. Las casas de la caleta siempre eran a un piso, con barrotes frente al zaguán abierto, algunas de madera y otras de ese adobe gris de la zona. Ahora he visto que la Biblioteca Municipal, un espacio amplio que parece una antigua estación de tren, conserva precisamente ese aspecto antiguo y fascinante. Pero en las cercanías ya se empezaron a levantar hostales y hoteles de varios pisos: esos hongos de cemento que ahora lo ensombrecen todo, incluyendo el malecón huanchaquero.

De Huanchaco me gustaba precisamente ese aspecto popular que, este domingo pasado, disfruté de cerca, y detenidamente, al recibir nuevamente el sol en sus playas y sentarme al costado de veraneantes que vienen de las zonas más proles de Trujillo. Miré a las mamachas de Otuzco levantarse las polleras felices para sentir el frío de la orilla; a los mocosos jugar a todo una pichanguita en la arena; a los pescadores regresar cargados con sus meros y sus "ojos de uva", y a las chicas surfer entrar con sus wetsuits para correr olas. Y todos mezclados bajo el sol de La Libertad.






















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