Kolumna Okupa

Rocío Silva Santisteban

January 21, 2008

Lippy

Filed under: Kolumnas

Una de los elementos vitales para el funcionamiento de un reportaje, de una película o de un programa de televisión es la productora o el productor. Tiene que tratarse de una persona impecablemente organizada, pro-activa a más no poder, como dirían los poetas del siglo XVI, una “busquilla”, alguien que a partir de los siempre limitados recursos, pueda conseguir el oro y el moro para que su empresa funcione al nivel que el director exija. De hecho se requiere una personalidad muy especial: tener mucha paciencia para aguantar el mal humor de los siempre-ansiosos-responsables y altas dosis de resistencia a la frustración para volverse a levantar de la lona cuando se recibe un NO o un “se acabó el dinero”, claro, además de una creatividad a prueba de precariedades.

En el Perú donde la profesión siempre ha sido invisibilizada o en muchos casos mal entendida —como en el de los reality shows nacionales— los y las productoras —de hecho hay un alto porcentaje de mujeres— se han mantenido en un rango extraño a la fama de los medios, con grandes excepciones, como Ximena Ruiz Rosas (precisamente porque se ha vuelto la otra dialogante de los monólogos de Jaime Bayly) o Margarita Morales. He trabajado con varias productoras hiper-chamberas —como Roxana Effio— y soy amiga de algunos productores sumamente creativos —como José Antonio Rhode, el artífice de Tres G— pero hay una de ellas a la que me quiero referir con especial interés pues, además de ser un ejemplo de profesional responsable y eficaz (trabajó en todos los canales de televisión, en Somos, en El Comercio y otros medios), ha sido una mujer increíblemente vital, cuyos esfuerzos personales de solidaridad con los otros, siempre mantuvo bajo un humilde silencio. Me refiero a Elizabeth Hartley, Lippy, fallecida el 15 de enero, a los 36 años de edad.

Lippy estudió en el Instituto Peruano de Publicidad y su primer trabajo fue como asistente de producción del recordado programa de Mariela Balbi y Eduardo Fuego Cruzado en 1990. Además fue productora de personas tan disímiles como Beto Ortiz, Lorena Caravedo, Mónica Zevallos o Fernando Ampuero, y era de una intensidad que parecía un torbellino. La conocí y estuve cerca de ella hace varios años y durante varios años —fue novia de mi hermano— y su encanto y disposición para los demás siempre hizo que todos entráramos con tanta facilidad dentro de sus bolsillos.

Risueña, bailarina, fiestera, irónica, con un especial charming para conseguir lo que se proponía pero sobre todo, sin miedos, Lippy era desafiante y aguerrida, a pesar de ser menuda. Además era una mujer muy guapa, que sabía su potencial y reconocía también sus límites. Una vez la vi envolver regalos de navidad compulsivamente: decenas de regalos que ella cargaba, de forma anónima, por las calles de Lima para entregarles a los niños que estaban pidiendo un centavo en algún semáforo. No daba dinero: daba dignidad, sorpresa, misterio, algo diferente. Un regalito que no valía mucho pero que, con esa envoltura y ese cuidado, enseñaba alegría, bondad y gratuidad. La verdad que me sorprendió esa noche.

Precisamente cuando le vinieron los primeros síntomas de la leucemia que finalmente se la llevó, ella estaba en Yauyos, adonde se había trasladado por su cuenta y riesgo, junto con algunos familiares, para ayudar a las víctimas del terremoto. El diagnóstico fue rápido pero, a pesar de las donaciones de sangre que fueron aportadas por decenas de amigos, de la dedicación de su esposo Víctor, de la extraordinaria solidaridad que movilizó, el increíble y blando corazón de Lippy no pudo resistir la cuarta dosis de quimioterapia. En el velorio, adonde se congregó tanta gente como para despedir a un ministro, decenas y decenas de girasoles la acompañaron como soles ardiendo encerrados en sí mismos.

Lippy Hartley era una mujer extraordinaria, y sé que hay muchas y muchos como ella en nuestro país, que chambean duro y parejo sin mayores neones y parafernalias. Y espero que no sea necesario un obituario para reconocer su valor.

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