Kolumna Okupa

Rocío Silva Santisteban

February 8, 2008

“Sólo cumplíamos órdenes”

Filed under: Kolumnas

Victimario y víctima de la matanza de Barrios Altos: el suboficial Lecca y el niño Javier Ríos Rojas, de ocho años.

El tema de la muerte y asesinato de seres humanos asumida como trámite administrativo es lo que pone de relieve Hanna Arendt, cuando propone la categoría de “mal banal” para referirse a Klaus Eichmann, un alto dirigente nazi, que es sometido a juicio en Israel luego de la guerra, y cuya razón para justificar la maquinaria de muerte en la que él cumplía un rol importante era que estaba “ejecutando órdenes”. Este es el mismo argumento que aducen los miembros del Destacamento Colina al atestiguar en el juicio contra Fujimori. Al parecer, para un soldado, no ejecutar una orden va contra toda lógica, aún cuando se trate incluso de la supervivencia de nuestra especie.

“Esas eran las órdenes, y yo no hubiera podido oponerme a las órdenes, porque las órdenes se cumplen sin dudas ni murmuraciones”, “son técnicas de interrogatorio que aprendemos en la Escuela de Inteligencia (refiriéndose a torturas)”, “se procedía a introducirlos en bolsas de polietileno y a incinerarlos”, “yo me siento que he cumplido las órdenes de mis superiores y que he combatido la subversión”, “se procedió a practicar la técnica israelí” (para referirse a que los allanamientos con tiros directos a la cabeza o al corazón del enemigo), “pero yo no ejecuté la técnica israelí, disparé nomás…” (confiesa lo que hizo luego de ponerse el pasamontañas y entrar a la fatal quinta de la calle Huanta esa oscurísima noche de 1991).

Estas frases han sido escuchadas en la audiencia que el miércoles 6 de febrero se realizó en el Fundo Barbadillo y los testimoniantes, en esa ocasión, fueron dos suboficiales del Ejército Peruano: Lecca y Paquiyauri. Ambos, desde distintas posiciones en relación a las líneas de comando —que es la parte central que implicaría a Fujimori— asumen sus quehaceres militares durante su participación en Colina con más banalidad que cinismo, aunque éste tampoco deja de ser protagonista de sus sentimientos. Es cierto que el primero de ellos expresamente pidió perdón a los deudos, pero “por haber eliminado a delincuentes subversivos”; y que el segundo respondía con argumentos cristianos cuando comentaba que estaba opuesto, “a la muerte que se realizó en Barrios Altos”; pero el gran argumento que justifica cualquier accionar es, precisamente, esta suerte de subordinación frente a un dominio militar que organiza toda su moralidad. Matamos porque cumplíamos órdenes, y los soldados están hechos para matar.

Y en el segundo punto tienen razón. Es cierto que existen una serie de convenciones de Ginebra, que hay una suerte de moral de la guerra, pero un soldado en principio es entrenado para matar. En el receso de la audiencia, un colega periodista nos comentó que él también había hecho el servicio militar, como los dos suboficiales declarantes, y que ya en 1978 se había cambiado la técnica de enseñanza para actuar en guerra convencional a otra contra guerrillas. Se les había entrenado conforme se espera en un escenario determinado: y el entrenamiento consiste en disparar al objetivo. Y ser certero. La policía sirve para disuadir, pero el Ejército, ¿acaso no está formado para liquidar al enemigo en combate?, ¿se puede esperar que un hombre, entrenado para matar y cumplir órdenes sin dudas ni murmuraciones, tenga la posibilidad de ejercer un criterio ético en el momento en que, por alguna razón, percibe que esa acción que va a realizar con una posible muerte consecuente, es una crueldad, una injusticia, un abuso que él realiza sólo porque tiene un arma en la mano? Pues sí. Sí se puede exigir, a pesar de todo, un comportamiento ético a un hombre con un arma en la mano entrenado para matar. Porque ese hombre debe de tener, junto con el arma, una conciencia que le permita discernir, a partir del contexto, que el uso de esa arma es abusivo o no, es legítimo o no.

Lo óptimo, por supuesto, es evitar que exista un entrenamiento para que hombres o mujeres aprendan a matar bajo cualquier razón, sea esta enarbolada por una bandera o por una ideología. Y eso implica, por sobre todo, luchar por la abolición de los ejércitos, sean del lado que sean. Si Costa Rica lo ha logrado, no es sólo una utopía.

3 Comments »

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  1. Una sola palabra: “contundente” para referirme a tu post. Estoy de acuerdo con la crítica del cinismo que has emprendido. No se puede admitir una cultura de la barbarie.

    Comment by Camilo Fernández — February 10, 2008 @ 9:38 pm

  2. estimada Rocío: veo que usted está participando en un proyecto literario en blogs junto con un señor que envió un correo electrónico homofóbico al señor Ernesto Reaño, noticia que salió en todos los blogs y en la columna de César Hildebrandt. Quisiera saber, con todo respeto, si usted con esa actitud apoya los comentarios homofóbicos en la web. Muchas Gracias.

    Comment by anónimo arequipeño — February 12, 2008 @ 1:42 pm

  3. No me parece que le puedas exigir a un soldado que se rebelara frente a ordenes de la dictadura, considerando que lo hubieran botado del ejercito.
    Mas aun toda esas exigencias hipocritas sobre “solo cumplir ordenes eticas”, solo tienen sentidos cuando el estado los ha entrenado adecuadamente sobre derechos humanos/etc. Y cuando el estado les permite refutar ordenes sin represalias. Si el estado torturaba a los que se oponian a cumplir ordenes como a Leonor la Rosa, no te parece muy exigente querer que los pobres soldado se nieguen a cumplir estas ordenes?

    Comment by Rafael Olaechea — February 24, 2008 @ 8:33 pm

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