Kolumna Okupa

Rocío Silva Santisteban

February 23, 2008

Los 80 en San Marcos

 Cuando era joven e indocumentada, circa 1982.

En 1979 se había instalado la Asamblea Constituyente para iniciar una nueva etapa del Perú. Eso era lo que yo pensaba cuando tenía 16 años y estudiaba Quinto de Media. Los 80 comenzarían de forma completamente diferente a los años anteriores: se iba a reiniciar la democracia, iría a las votar en las elecciones, se produciría un cambio. Recuerdo que ese año asistí a la Asamblea Constituyente y vi desde las graderías los debates, así como a Víctor Raúl Haya de la Torre presidiéndola. Haya, Cornejo Chávez, Hugo Blanco. Me entusiasmó todo eso: se discutía, incluso se peleaba (recuerdo que me impresionó la vehemencia de Ricardo Napurí), se hablaba en voz alta sobre diversos temas. A pesar de que desde tercero de secundaria estaba absolutamente segura de mi vocación por la literatura (escribía cuentos y poemas), el siguiente años ingresé a la universidad para estudiar Derecho y Ciencias Políticas. A luchar por la justicia. Eso era lo que ingenua y honestamente quería hacer.

Pero el Derecho no era lo que yo pensaba —menos en la Universidad de Lima— y la democracia tampoco. No recuerdo cuándo empecé a decepcionarme pero tal vez coincidió con la aparición de perros muertos colgados de postes de luz en Lima. Todos llevaban un letrero que decía infaltablemente: “muera el hijo de perra de Deng Xiao-Ping”. En esos años —de duro aprendizaje— encontrar un perro colgado de un poste era una situación casi normal: vivíamos a la vuelta de Macondo. Aunque no entendía por qué exactamente alguien, a miles de kilómetros de China, denostaba a su presidente. Después el apócope de ese grupo (algunos le llamaban “grupúsculo”) fue demasiado importante: Sendero Luminoso. Precisamente un año antes habían declarado el ILA (Inicio de la Lucha Armada) y hasta 1992 no pararon en lograr su propósito.

La lucha armada. Sin duda se trataba de palabras mayores para esa época. Todos esos muchachos que se habían formado bajo los diversos marxismos de los años 70, en la década posterior se consolidaban como los dirigentes de la Izquierda Peruana. Diez Canseco, Dammert Bellido, Agustín Haya pero tambien Rospigliosi, Lúcar, Lynch. Desde mi anonimato adolescente los admiraba: pensaba que estaban haciendo algo, aunque aún no se consolidara en ninguna acción concreta. Sabía que había células de universitarios que se organizaban para estudiar a Marx, a Lenin, a Mao; que a otros el “partido” los había enviado a comunidades andinas a “formar cuadros”. Entonces empecé a leer marxismo con furia. Intentaba entender lo que significaba plusvalía y me pegaba a palabras casi innombrables pero para mí absolutamente bellas como “lumpenproletariado”. No quería permanecer estudiando aislada a todo este proceso en la Universidad de Lima y así fue como, junto con otros compañeros de inquietudes literarias, como Mario Bellatin y José Castro Urioste, nos presentamos a la Universidad de San Marcos donde, imaginábamos, se vivía con más intensidad.

Y era cierto. En la Universidad de San Marcos durante la década del 80 se vivía con demasiada intensidad: el escenario del Patio de Letras, cuyas paredes estaban absolutamente atiborradas de grafittis políticos, era el ambiente adecuado para percibir el espiral de la violencia que empezaba a instaurarse en el Perú. A diferencia de los movimientos universitarios en otros países del mundo, aquí el campus era el lugar donde borboteaban las ideas, pero también donde vivían y estudiaban los militantes de las acciones armadas. Muchas veces, muchísimas, “la Ciudad” fue escenario de peleas frontales y a balazos entre los “fachos” (FER ANTIFASCISTA DEL PERU) y algunas otras facciones de izquierda (como Patria Roja, por ejemplo). Asimismo también el campus, como espacio “autónomo” fue lugar de refugio de mineros, obreros, trabajadores de toda índole que corrían a salvarse de los balines, perdigones y descargas de gases lacrimógenos.

San Marcos expresaba esa condición esquizoide de todo peruano, agudizada aún mucho más en nuestro caso, por nuestros intereses artísticos. Durante esos años al mismo tiempo que leía con rigurosidad a autores y libros que jamás hubiera leído por mi cuenta (Los Milagros de Nuestra Señora de Berceo o Tristán e Isolda) aprendíamos a enfrentarnos a una realidad fragmentada, partida en dos o en tres, a sobrevivir a la violencia y a los vestigios de la violencia, a ver y escuchar la transformación sin sobresaltarnos, tomando partido o, por el contrario, asumiendo una posición que en ese entonces casi no se comprendía: no creer en el camino del marxismo pueril y paternalista, ése de las quintas espadas, y creer en otro marxismo, en el de las movilizaciones y la construcción de una alternativa viable y sólida al discurso capitalista (ese marxismo en el que hoy sigo creyendo).

En ese escenario, entre las aulas y los cafés sanmarquinos, armados precariamente con esteras y alfombras persas deshilachadas, que se levantaban a los dos lados del camino entre Economía y Letras —a los que habíamos bautizado con feroz ironía “la Rosa Náutica”, “el Haití”— aprendimos a amar la literatura y a sentir al Perú en toda su crudeza, aprendimos a leer la realidad y a leer los textos clásicos, pero también a reconocernos en otros como compañeros del mismo camino. Por eso mismo leíamos como locos a nuestros propios contemporáneos y hasta aprendíamos de memoria sus versos: “sé que ella viene como un pasto dulce/ a perdonarme estas palabras” o “por eso a veces como un viento/ vengo tan sólo para irme…”.

Uno de esos días en los que el campus amanecía más helado que nunca cayó en mis manos un volante que “expulsaba” a Mariela Dreyfus, Edián Novoa, Julio Heredia y Guillermo Martínez de un grupo de nombre sonoro y letras subterráneas: Kloaka. Yo no entendía nada porque era nueva, aunque sin duda había escuchado hablar de algunos de los autores expulsados y de los autores expulsadores, así como del grupo. A la gente de mi clase de cachimbos le pareció una boutade1, aunque en ese entonces ni siquiera sabíamos lo que significaba esa palabra.

Algunos meses antes asistí como espectadora a un recital de poesía en el Teatro Larco de Kloaka & amigos (también estuvieron presentes Eduardo Chirinos, el Chino Mendizábal, entre otros), así que todo este asunto de la expulsión me impresionó pero también me dejó cierta desazón: ¿por qué se expulsaban unos a otros? Era un gesto, es cierto, pero ¿por qué los conflictos entre unos y otros si todos podíamos entrar en el amplísimo espacio de la literatura peruana? o es que ¿el que llegaba más rápido cerraba la puerta?

Junto al inmenso graffiti de Mao que abría el panorama de la Puerta de Letras, por la entrada a San Marcos de la Avenida Universitaria, escucharía semanas después los comentarios soterrados sobre los escándalos del grupo en el bar-chifa Wony, la noticia que salió en las páginas de la revista Gente, las críticas a los partes de expulsión, la comidilla entre unos y otros, cosa que nunca le falta al Perú aún en sus etapas más duras. Nunca supe si eran irreconciliables divisiones ideológico-creativas o peleas entre amigos que se odian y se quieren al mismo tiempo.

Pero todas esas cosas me dejaban deslumbrada: había en ese entonces una mitología urbana referida a los poetas agrupados, Hora Zero era el grupo por excelencia. Precisamente la persistencia de los poetas en agruparse me llamó poderosamente la atención. En mi clase de cachimbos sanmarquinos, así como todos las demás promociones, habíamos sacado una revista en mimeógrafo: Fin de Siglo. No teníamos un afán de agruparnos, pero sí una necesidad irrefrenable de publicar a como dé lugar. Fin de siglo tuvo tres números y luego llegó a su fin.

Mientras tanto, en la Universidad de Lima junto con el mismo Bellatin y otro amigo poeta, Claudio Bashuck, formamos un Taller de Literatura, con la loca idea de procurarnos unos cuantos escuchas y otros cuantos centavos. La idea de Claudio era quitarle a la universidad esa “representación negativa” en torno a las artes y las letras para que deje de ser ninguneada por actores de escenarios canónicos (ergo, Católica y San Marcos). En ese entonces los únicos poetas de la universidad eran Alfonso Cisneros Cox y Carlos López Degregori, quienes a su vez habían sido nuestros “directores de taller” años antes. Claudio estaba empeñado en difundir la poesía —el género literario que se coloca “lo más fuera del mercado” como decíamos desde entonces— en la universidad. Y lo logró: publicamos un par de revistas de poesía y narrativa y, lo más importante, nos hicimos amigos de los “talleristas” que con insolencia juvenil intentábamos “conducir”. En realidad, aprendíamos más de ellos, de su inagotable energía verbal y vital (recuerdo a Martín Rodríguez Gaona, a Gastón Agurto, a Gustavo Calle, a Beto Ortiz, a Jacqueline Fowks, a Alberto Servat, a Julia Wong).

Por otro lado, yo seguía escribiendo, persistía a pesar de las intolerancias familiares y de la (auto) represión. Así fue como publiqué mi primer libro de poesía de la mano de Esteban Quiróz Cisneros, quien desde su taller del hoy desgraciadamente famoso Jirón Huanta en Barrios Altos, me apoyó desde un primer momento. Salió el libro gracias a la ayuda de mis amigos y profesores de ambas universidades, quienes compraron los famosos “bonos de pre-publicación” que en ese entonces eran el recurso más utilizado por los poetas jóvenes. Recuerdo que los bonos costaban 5 soles y que los vendí todos (150) de mano en mano. El libro tuvo buena acogida, sobre todo por los críticos jóvenes y mis propios compañeros de estudios. Recuerdo una generosa reseña de Ana María Gazzolo, que me ayudó a entenderme a mí misma y a mi propia producción.

Mi libro sirvió además para acercarme a otras poetas como Patricia Alba, Mariela Dreyfus, Carmen Ollé, Rossella Di Paolo, May Rivas, Dalmacia Ruiz Rosas, Rosina Valcárcel y otras tantas amigas que incluso me compraron un bono o un ejemplar. Encontrarme con ellas me localizó en otro espacio y me hizo sentir que no andaba sola en mis riesgos literarios: habían muchas otras mujeres que querían expresarse a través de la palabra y que en medio del caos levantaban su voz sin pedir permiso y hablaban sin vergüenza sobre sus amores, sus odios, sus cuerpos y sus miedos. Precisamente en esa larguísima década del 80 empecé a considerarme a mí misma —aunque siempre tímidamente— como una escritora. 

Kloaka, veinte años después: Mariela Dreyfus, Domingo de Ramos, Roger Santivañez y Julio Heredia (Giancarlo Tejeda, 2006)

1 Boutade: ocurrencia extemporánea, humorada, exabrupto, golpe de gracia o salida de tono.






















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