Kolumna Okupa

Rocío Silva Santisteban

March 31, 2008

Proyecto Quipu - El jardín de los onanistas de Álvaro Díaz

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El segundo autor elegido en esta nueva etapa del Proyecto Quipu es Álvaro Díaz Ávila, chiclayano de veinticuatro años, que estudió periodismo y que ahora dice dedicarse a algo “que no tiene nada que ver con eso”. Para esta quincena los jurados fueron Daniel Salas y Gustavo Faverón. Se le recuerda a quienes quieran participar que pueden enviar sus cuentos o poemas al correo gfaveron@gmail.com. Los cuentos no seleccionados para una quincena serán considerados para las quincenas siguientes.

EL JARDÍN DE LOS ONANISTAS

Álvaro Díaz Dávila

¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Qué soy yo aquí? Soy un pincho parado. (Fue lo que dijo el poeta chiclayano Juan Ramírez Ruiz en una reunión de amigos una noche cualquiera).

Bruno ha desaparecido y nadie sabe dónde está. Hace meses que salió de su casa y se perdió para siempre de la vida de todos. Hasta ahora lo siguen buscando, pero creo que ya sin esperanzas de encontrarlo. A medida que los meses han ido avanzando, el recuerdo de Bruno se ha convertido en un fantasma que se filtra en nuestras vidas, en nuestras conversaciones y en nuestros sueños. Ayer soñé, por ejemplo, que a Bruno se lo llevaba un cohete espacial que decía con letras negras “La Incertidumbre”. Por eso, yo al menos, no he dejado de pensar en él ni en las posibles razones de su desaparición; una desaparición que al principio resultó extraña, pero que después regresa a nuestras especulaciones como una escalofriante consecuencia lógica, como si el destino de Bruno se hubiera condenado a sí mismo a evaporarse, a desintegrarse voluntariamente en su propio y patético drama de un artista que no sabe quién ser (sigue aquí).

March 28, 2008

Melissa Patiño libertad ya

¿Puede el APRA seguir llamando terroristas a quienes no lo son? En la imagen, otro terrorista de antaño.

De todas las personas con las cuales me encuentro entre los muros del Establecimiento Penitenciario Chorrillos II todos los lunes por la tarde, ella era con la única que no hubiera deseado encontrarme. Estaba con un libro de Armando Robles Godoy entre los brazos, un polo claro, sus lentes de lectora empedernida, y un rostro sereno pero absolutamente triste. Como sostiene Pilar Coll, cuando una va a la cárcel sabe que no visita inocentes, pero cuando se encuentra con alguien como Melissa Patiño, entiende que el sistema no sólo es injusto sino incluso perverso.

No quise escribir públicamente nada al respecto cuando recibía los innumerables correos electrónicos pidiendo su libertad porque no tenía mayores referencias. Desde afuera, mujeres solidarias como Susana Reisz, Francesca Denegri y Mariela Dreyfus, me preguntaban por ella. Yo no sabía nada, excepto que era enamorada de Giancarlo Huapaya, un poeta que conocí en Villa El Salvador en uno de los recitales que organizó hace un par de años el editor Alvaro Lasso. Por eso mismo, para enterarme bien, le pregunté a Javier Arévalo, sobre quien no puede pesar ninguna sospecha de acercamiento radical ni político de ninguna índole. Javier la había convocado para trabajar con él en el hermoso proyecto Recreo que dirige y que está centrado en la difusión de la lectura. A Javier lo conozco desde hace muchos años y sé que si suscribe una defensa de Melissa Patiño, no es por empatía emocional, sino por argumentos racionales.

Javier me confirmó lo que sospechaba: Melissa es una muchacha estudiante universitaria del programa de administración de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, con vínculos con colectivos literarios y un activismo literario en su distrito, que fue invitada a Quito para participar de la Coordinadora Continental Bolivariana en lugar de un amigo de Stereo Villa. Una infeliz endose que, a estas alturas y en el Pabellón C de delincuentes comunes del penal de "máxima seguridad" para mujeres, es una pasaje para una de las peores temporadas en el infierno que le ha tocado vivir.

Este lunes 24 de marzo ella entró al auditorio de la cárcel donde dictó el taller de literatura, con bastante timidez, mientras hacía la hora de patio que tiene asignada. Según me comentó Melissa brevemente, ella aceptó la invitación para conocer Quito, porque como toda joven, quería viajar por América Latina y poder pisar otras ciudades, latear por esas calles, y reconocerse en las librerías y los parques, que fue lo que hizo cuando estuvo allá. El local de la reunión fue la Universidad Politécnica y la Casa de la Cultura de Quito, donde ella asistió a conferencias de indígenas mapuches y otros ponentes, pero cuando podía se escapaba para conocer la ciudad, la Universidad Católica y el Café del Libro.

Cuando hablé con Javier, y después de escuchar la historia de Melissa, supuse que el Poder Judicial no iba a dar inicio a un proceso, y si lo hacía, pensé que en todo caso irían a dictar orden de comparescencia. Incluso supuse que si el jueves anterior escribía sobre ella, a la hora que se publicara el artículo, ya estaría en libertad; inclusive por la natural posibilidad de que sus abogados habrían interpuesto un recurso de habeas corpus. Pero el lunes me quedé impactada de verla en la cárcel de máxima seguridad como si ella fuese una avezada criminal o un mando militar de un grupo subversivo.

¿De qué se le acusa? Ella me dice que formalmente no se les ha notificado, pero que se trataría de un delito de intentar sabotear las cumbres o algo por el estilo. Según la entrevista que ha realizado Paul Maquet a Roque Gonzales La Rosa, la prueba del mismo es haber visionado el video de Raúl Reyes que se encuentra en youtube en este link, por si a alguno de Uds., desocupados lectores, se les ocurre delinquir.

¿Puede una muchacha peruana, de veinte años, pretender organizar un sabotaje a las cumbres y regresar al país tan campante entrando por Aguas Verdes? Y, además, todo esto perpretado desde ¡¡¡¡la Casa de la Cultura de Quito!!!!, local oficial del encuentro de la CCB. Ella me ha comentado que conoció a las demás personas con las que viajó en la misma agencia de transporte Flores, es decir, unos minutos antes de tomar el bus que la llevaría hasta Tumbes, primero, y a Quito luego. Puede ser cierto, puede ser falso, pero en el caso del Perú y los demás países suscritos a tratados internacionales, lo que se presupone no es la culpabilidad para que la persona haga su descargo, lo que se presupone es la inocencia para que el fiscal haga su cargo. Excepto en flagrante delito –como es el caso de varias de las personas que ahora purgan prisión en esa misma cárcel– o de alta peligrosidad, lo usual es que las pruebas encontradas sean lo suficientemente severas para declarar la detención. Pero en este caso, además de la asistencia al encuentro de la CCB, no hay pruebas de uso de armas, acopio de explosivos, ni de nada.

La criminalización de la sospecha nos puede llevar a enfrentarnos nuevamente con un escenario favorable para la intolerancia y la discriminación (y me refiero, a todas las partes, esto es, tanto a los agentes del Esrado como a grupos que pretenden desestabilizar al Estado). Si las actividades que se realizaron en Quito fueron públicas, e incluso, televisadas por los medios, ¿es acaso factible que, posteriormente, se diga que se trata de actividades sospechosas? Es cierto que varios funcionarios públicos están interesados en "pantallazos" mediáticos que nuevamente, y de manera irresponsable, actualicen y pongan en agenda un tema inflado, como es el del supuesto vínculo entre subversivos peruanos y las FARC. Pero estos intereses subalternos no pueden imponer su lógica perversa para que una muchacha de 20 años esté entre rejas por una sospecha difusa en un caso confuso. No hay que repetir los errores que el Informe de la CVR ha señalado con tanta lucidez. Por eso mismo Melissa Patiño debe de estar en libertad ya.

                               Melissa sonriendo en libertad.

March 21, 2008

La nación y sus interpretaciones

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 Cachuelea esperanza de Jorge Miyagui.

Una de las ideas fuerza de los estudios sociales actuales recae en la idea de que toda nación es, antes que nada, un “artefacto cultural”, es decir, algo que se ha ido organizando desde el imaginario más que desde “hechos sociales” concretos. Es cierto que estos hechos —o acciones, según sea el caso— han sucedido en el tiempo y la historia, pero lo que sugieren los analistas es que se debe sobre todo a la interpretación de los mismos que los individuos (o sujetos nacionales) nos identificamos o no con este gran caldero que es la nación. Entonces las naciones sin, como para Anthony Smith, “un relato que se recita, un discurso que se interpreta y un texto que se reconstruye”.

Obviamente, una de las formas más fáciles de unificar a grupos diversos y heterogéneos es creándoles una amenaza: un enemigo común. Es así que de las guerras victoriosas saldrán fortalecidos los nacionalistas y los políticos arteros sabrán sacarle provecho interpretándola como mejor les conviene. Esta semana al cumplirse cinco años de invasión a Irak el presidente George W. Bush, sostuvo que la guerra es “noble, necesaria y justa”, y que si bien es cierto todavía no se podía hablar de “haberla ganado, sí de una victoria estratégica” porque ahora sin Sadam Hussein, “el mundo es más justo y América más segura”.

Pero esta interpretación ya no produce —como hace cuatro años— una reacción de cierre de posiciones para defender a “América” del terrorismo global; el real fracaso por dominar a los iraquíes, las cuatro mil bajas que ahora ya no salen reporteadas en la televisión, y las fotos de las torturas y humillaciones de Abu Graib, son hechos demasiado rotundos, que han producido otras interpretaciones como la de Robert Fisk: “Voy a aventurar una presunción terrible: que hemos perdido Afganistán como sin duda hemos perdido Irak y como de seguro vamos a "perder" Pakistán. Es nuestra presencia, nuestro poder, nuestra arrogancia, nuestra renuencia a aprender de la historia y nuestro horror –sí, horror– al Islam lo que nos precipita al abismo […] No hay conexión entre el Islam y el "terror". Pero sí hay conexión entre nuestra ocupación de tierras musulmanas y el "terror". No es una ecuación tan complicada”.

Hoy en día el poder de la interpretación también es ejercido por periodistas, como Fisk que es corresponsal de The Independent para Oriente Medio, pero incluso más allá de estas deducciones, los propios estudiantes, trabajadores, burócratas o maestros, e incluso los inmigrantes que también pusieron su cuota de sangre en este conflicto, pueden decir en voz alta que se trata de una cruzada por el petróleo y los manejos del poder desde intereses subalternos. O decir que se trata de una guerra absurda. O decir que todos se equivocaron. Pero la sociedad política pueda interpretar esta historia desde su propia voz. 

En el Perú los discursos nacionalistas al uso, como el del presidente de la región Puno, son descalificados restándoles racionalidad alguna, en tanto que como nación estamos asentados y consolidados a pesar de nuestras diferencias. Sin embargo, sin darle la razón a sus argumentos, creo que es preciso “abrir el oído” para escuchar más allá del grito, y tratar de entender una interpretación radicalmente diferente de los límites: el afuera y el adentro de la nación peruana. Si el malestar surge porque desde el poder central se está manipulando una interpretación “correcta” de lo que somos como nación, lo que nos corresponde o no nos corresponde, lo que se debe acatar sin duda alguna para “consolidarnos en el desarrollo”; pues entonces lo que sucede es que esta versión de nación está pasando por una profunda crisis que no aglutina, ni conmueve, ni remueve a cierto sector de puneños, de cusqueños, de pucallpinos, y de tantos y tantos otros, quienes tienen su versión y su apuesta de lo que debe ser el Perú.

March 17, 2008

Proyecto Quipu - El árbol de Julio Meza

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Para la primera edición quincenal de esta nueva etapa de Quipu, se recibieron seis decenas de textos de jóvenes autores (no todos llegaron a ser revisados, muchos de ellos se juntarán con otros cincuenta textos llegados en los últimos quince días). Los jurados encargados de esta primera selección fueron Javier Gárvich y Ernesto Carlín, quienes eligieron de común acuerdo los dos cuentos enviados por Julio Meza, subrayando sobre todo uno de ellos, “El árbol”. Julio Meza (Lima) tiene veintisiete años, es un abogado graduado en la PUCP que ahora se dispone a estudiar literatura en esa misma universidad. Ha publicado un libro de cuentos, Tres giros mortales, en la editorial Casatomada que dirige Gabriel Rimachi. Administra un blog de crítica de rock llamado Atrapa la Luz.

El árbol

      Al este de un cielo de nubes blanquecinas, el sol se levantaba con su característico vigor matutino (parecía un hombre luminoso que se despereza exhibiendo una panza abultada) y, con su fuerza natural, lanzaba sus rayos amarillos que producían iridiscencias en las rocas de los cerros imponentes. Varios metros más abajo, en el pueblo, las tejas rojizas y las ventanas de las fachadas brillaban por el emerger de la mañana, y estos pequeños resplandores formaban raras constelaciones que podían verse desde las lejanías. En la plaza, la iglesia mayor proyectaba una sombra alargada, que aumentaba de tamaño hasta atravesar el asfalto, ingresar al jardín central y refrescar la banca de madera que acogía a un mendigo. A una cuadra, en la calle que conducía al río de aguas tranquilas, se encontraban las casas de las personas más pudientes, y, por ello mismo, el sector más cuidado y agradable de todo el valle. Una de esas construcciones, que se ubicaba en una esquina concurrida, era la del señor, un hombre de edad avanzada, pero con un cuerpo tan recio que daba la idea que los años, en vez de afectarle, le habían dado una fibra invencible. Frente a su puerta principal, por donde recibía las visitas de sus pares, se ubicaba el resultado de las décadas completas que había llevado en ese lugar: un árbol de raíces profundas, tronco grueso y firme, y ramas y hojas de una gran abundancia.

      -¡Cuánto se demora este bruto! -dijo el señor, saliendo a la vereda para buscar al jardinero.

      A una centena de metros, el jardinero venía caminando lentamente, como si reflexionara con paciencia antes de dar cada paso. Sobre su espalda encorvada, y en una bolsa de rafia, llevaba sus herramientas de trabajo, algunas ropas y un frasco con gasolina. “Pero qué rico”, pensó, luego de sentir el calor del ambiente en su cuerpo, y se puso a silbar. La melodía que brotaba de sus labios era en apariencia alegre, pero tenía una corriente subterránea que la tornaba melancólica y, en algunos momentos, hasta vertiginosamente triste. Por más que se esforzó (puso un dedo en su boca y junto los dientes), no logró evitar el aire oscuro de su música. “Parece que mi interior me manda un mala señal”, caviló, y, sin embargo, continuó soplando con ritmo.

      Luego de pasar por una bocacalle, vio al señor, que exhibía un rostro de exasperación, y recién avanzó con rapidez, pues entendió que estaba llegando tarde. “Uy, el señor está amargo, creo”, pensó.

      Ya delante de su patrón, bajó sus cosas y saludó con verdadero cariño: - Señorcito, buenos días. ¿Cómo se encuentra hoy?

      -A ti que te importa cómo estoy -respondió el señor, agresivamente-. Debiste aparecer hace media hora.

      -Sí, señorcito -dijo el jardinero, bajando la cabeza-. Pero no se moleste. Al fin y al cabo, he llegado ya, ¿no?… Dígame, ¿para qué soy bueno?

      -Primero, la próxima preséntate más temprano -manifestó el señor-, porque de lo contrario no te daré ningún encargo -y, relajando su mal carácter, señaló el árbol-. Bueno, ¿ves a ese?

      -Sí.

      -Deseo que lo hagas caer.

      -Pero… -dijo el jardinero, mirando el árbol por un momento- ese está sano y fuerte. ¿Por qué quiere que lo baje?

      -¡A ti qué te interesan mis razones! -el señor volvió a encolerizarse-. ¡Sólo córtalo!

      -Como desee, entonces -aceptó el mandado el jardinero -. Lo haré lo más pronto que pueda.

      -Espera -agregó el señor, rascándose la cabeza-. Si te lo cuento, tal vez trabajes con más ganas.

      -A ver, señorcito.

      -Mira, sucede que mi mujer está muy enferma -se explicó el señor-. Ella cree que va a morirse. Pero considera que eso no sucederá hasta que cante un ave de mal agüero. Y en el único lugar en que se puede colocar dicho animal es en ese árbol. Por lo tanto, mientras no exista esa planta fregada, ningún pájaro se hará escuchar.

      -Entiendo, señorcito -dijo el jardinero, respetuosamente.

      -Bueno, ahora me voy -finalizó el señor-. Tú ya sabes cuál es tu trabajo.

      Mientras se retiraba el señor, el jardinero se paró delante del árbol y lo observó con atención: bajo el sol intenso, tenía un aire majestuoso y superior, como de alguien importante. “Además”, pensó él, “parece de ánimo duro y voluntad terca, igual que un señorón de esos”. De inmediato, el jardinero se acobardó, y contrajo el cuerpo hasta juntar la quijada con el pecho. Su meditación le indicaba que debía mostrar respeto, pues no estaba tratando con un igual. Pero, luego de unos segundos, cuando se dio cuenta que estaba frente a un árbol, se irguió por completo, se colocó en posición de pelea, y dijo en tono desafiante: -No me vencerá ni con su porte de señor ni con nada… ¡Y, por último, no permitiré que le haga daño a la señora!

      Desde la perspectiva del jardinero, el árbol pareció responder a sus palabras: se agitó ligeramente, como si se estuviera riendo ante su amenaza.

***

      -Ha llegado su fin, señor árbol — se animó el jardinero, levantando la tijera de podar-. Ahora sabrá de mi oficio.

      Con una minuciosidad de artista, y sobre su escalera de tablas, empezó cortando las ramas más pequeñas. Para alguien no avisado, daba la sensación de estar realizando una labor de peluquería, pero trasuntada a los oficios que requieren las plantas. Luego de varios minutos, cuando terminó con su tarea, y dejó al árbol sólo con su enramado grueso, tomó el machete y, con golpes secos, acabó por tirar abajo esos brazos marrones y tortuosos. Ya con la cara y el pecho manchados de tierra, descendió al suelo, y procedió a alistarse para el trabajo más arduo: quebrar el tronco. Empuñando el hacha con ambas manos, taló una y otra vez, deteniéndose a ratos para secarse la frente o beber agua de una botella de vidrio. Media hora después, cuando estuvo a punto de concluir (sólo faltaban tres o cuatro hachazos), cogió la soga y, con mucha precisión, la envolvió a un lado del tronco. A continuación, tiró con potencia, hasta que, tras el grito “¡cuidado abajo!”, el árbol cayó vencido, desplomándose en su integridad.

      -Le dije que acabaría con usted -soltó el jardinero, dibujando una media sonrisa-. Ahora, pues, le verá el señor.

      Mientras tanto, el sol seguía gobernando con ímpetu, lanzando sus rayos como si estuviera dando su bendición a todos los seres existentes. En respuesta, las flores abrían sus pétalos de colores, invitando a que cayera en su interior un poco de la energía dorada que se desperdigaba por el campo; y los animales, con una alegría que manifestaba éxtasis, jugaban desplazándose de un lugar a otro y produciendo una bulla disonante pero feliz. Más allá, sin embargo, un conjunto de nubes albas, que poco a poco se volvían de un gris espectral, acechaban como fantasmas, y expandían su sombra tensa por algunos bastos territorios. A su vez, el viento, al que parecía fastidiarle la claridad del día, exhalaba hacia el este, ora con suavidad, ora con una potencia desgarradora, y, lentamente, desplazaba a los copos blancos del cielo a su encuentro con el astro rey.

      Avanzando sin apuro, el jardinero se acercó a la casa y tocó la puerta. De inmediato, el señor se asomó y preguntó qué deseaba.

      -Ya he acabado, señorcito -dijo el jardinero, con tono alegre-. Puede decirle a su señora que esté tranquila. Nada le va a pasar.

      -Oye, ¿pero tú estás bruto? -se molestó el señor y, estirando un dedo, indicó-. ¡El árbol sigue allí!

      -¿Qué? -se impresionó el jardinero, volviéndose-. Pero si hace un rato…

     -¡Cumple con tu tarea, so vago! -concluyó el señor, y lanzó la puerta.

      Estupefacto, el jardinero le puso los ojos al árbol con una cólera ardiente: este se hallaba con su tronco intacto, sin ninguna rama quebrada y con su mechón de hojas llenas de una vida arrogante.

      -No me la va a hacer -reventó el jardinero, colérico-. ¡A mí no me la va a hacer! 

***

     En las alturas, el viento, que había soplado con una fuerza liberada, empujó las nubes a lo largo de varios de kilómetros y, habiendo logrado su propósito inicial, oscureció el ambiente de tal forma que todo se tiñó de una coloración ceniza. Las nubes, con su naturaleza ahora abultada y negra, expedían relámpagos incesantes y provocaban la sensación que, de un momento a otro, iban a explotar definitivamente. El sol, del que ya sólo se podía observar cierto resplandor y algunas de sus lanzas brillantes, moría sin luchar y estático, como si le hubiera sido suficiente su breve reinado.

     -Con que sí, ¿no? -dijo el jardinero, destilando amargura.

     Con movimientos presurosos, se sacó la chompa y el polo, y se amarró una faja de cuero alrededor de la cintura. Sin esperar un instante, cogió su hacha y, furiosamente, golpeó el árbol en su base. Repitió este acto numerosas veces, sin descanso ni para tomar un suspiro, hasta que logró dejar al aire libre el centro mismo del tronco. “Tendrá que derrumbarse”, pensó el jardinero, dirigiéndose al árbol. “A las buenas o a las malas”. Prosiguió con rabia cada vez más intensa, como si, en un arranque de locura, estuviera asestándole cuchillazos homicidas a una víctima que estuviera a punto de fenecer. Luego de uno minutos, con su entorno lleno de astillas de madera, el árbol empezó a inclinarse hacia la izquierda. Dejando la cuerda que uso anteriormente a un lado, lanzó terribles puntapiés contra la corteza pelada, y, rechinando estremecedoramente, el árbol se derrumbó.

      -¡Le dije que no podría conmigo! -se exaltó el jardinero-. ¡Se lo dije!

      Para que no haya duda de su logro, siguió asestándole tajos al árbol caído. Con el rostro y la espalda húmedos de sudor caliente, le dio duro a las ramas, casi sin distinguir las que eran pequeñas de aquellas de mayor tamaño. En quince minutos, y exhibiendo unos dedos encallecidos, tuvo a sus pies un enorme montículo verde y castaño. A continuación, aprehendió otro instrumento (una sierra), y prosiguió con el tronco desnudo. Sin conmoverse por la savia que se derramaba a manera de sangre, hirió progresivamente el cuerpo tendido, hasta sacar la primera rodaja de madera. Tres cuartos de hora después, no existía tronco, sino una docena de trozos circulares. “Aquí no acaba la cosa”, le dijo al árbol, mentalmente, mientras jadeaba de cansancio. “Sólo ha comenzado lo bueno”. Con el hacha, y ya gastando las últimas energías que le restaban, destrozó las mencionadas piezas y, como si fuera a prender una fogata, acumuló leña en grandes cantidades.

      -¿Quién es el señor, pues? -dijo el jardinero, completamente cansado, pero orgulloso-. ¡Ahora dime quién es el señor!

      -A quién le hablas, loco de mierda -gritó el señor, desde el interior de su casa.

      El jardinero se volteó y, dirigiéndose al señor con un tono triunfante, le anunció: -¡Ya terminé! ¡Venga usted a ver cómo quedó!

      El señor abrió la puerta y quedó callado, como si estuviera pensando la manera más punzante de responder un insulto.

      -¡Tarado! -soltó por fin, y agregó, con la mirada ardiente: -¡Pero si allí esta el árbol! ¡Acaso tratas de reírte de mí!

      Estupefacto, el jardinero dirigió su cabeza hacia atrás y, con las articulaciones temblorosas, se encontró con el árbol íntegro, tan igual como lo había visto a su llegada.

      -¡Carajo, termina de una buena vez o ya no querré más tus servicios! -indicó el señor, y se marchó golpeando la puerta.

      El jardinero, jalándose de las crenchas, gritó: -¡No puede ser! ¡No puede ser! ¡No le dejaré vencer! ¡No!

***

      Explotando por un frenesí agresivo que le enfermaba la cabeza, el jardinero no reflexionó un momento, sólo se dejó llevar por el mero arranque del impulso, y empezó a empapar el árbol con la gasolina que tenía en una botella. Mojó la parte más expuesta, desde las zonas visibles de las raíces, hasta el tronco que se perdía por las ramas entreveradas. Como su pulso era descontrolado (no aguantaba la irritación que le producía haber sido derrotado dos veces por el árbol), manchaba el suelo y sus propios pies calzados con sandalias. Finalmente, empapó un trapo y, llevado por un afán piromaniaco, lo encendió con fósforos y lo arrojó al árbol. Este ardió como una antorcha gigante y crepitó sin cesar, expulsando densas humaredas negras.

      -¡Le derroté! -saltó de alegría el jardinero-. ¡Ahora sí le derroté! -y se puso a reír con carcajadas enajenadas-: ¡Ja, ja, ja! ¡Ju, ju, ju!

      El sol había desaparecido por completo, sin dejar siquiera un modesto rastro de su presencia. Las nubes, que eran las nuevas gobernantes del cielo, lucían un negro intenso y, además de reventar en fragorosos espasmos de luz, echaban rayos como si fueran brujos vengativos. El viento, perdiendo toda coordinación, soplaba a mansalva, entreverándose en desorden y careciendo de un sentido claro. De un momento a otro, se escuchó un tronar más fuerte que todos lo anteriores, y, por un instante, se vivió una atmósfera paralizada, como si el tiempo se hubiera detenido en una fotografía.

      Y, con violencia, llovió.

      -¡No! -chilló el jardinero-. ¡No se liberará de esta!

      Las llamas del árbol, que habían crecido considerablemente, empezaron a apagarse, y el humo brotó en espirales como una serpiente encantada de su canasta. El jardinero, sin esperar un segundo, y con movimientos torpes por la desesperación, echó más gasolina, y, por casualidad, se empapó el pecho y las piernas.

      ¡No le dejare ganar! ¡No! -aulló, y, sin ninguna razón, volvió a lanzar risotadas-: ¡Ja, ja, ja! ¡Ju, ju, ju!

     En seguida, prendió fuego. El árbol se envolvió en llamas, pero no con el mismo brío de antes. Con lo ojos desorbitados, el jardinero se puso a silbar, como lo hizo al principio del día. Pero ahora, acompañado de su música, también bailó, dejando huellas largas sobre el barro. Su tonada era exaltada, y hacía referencia a un triunfo supremo y una alegría espiritual. Era una melodía propia de fiestas carnavalescas, pues estaba compuesta de partes jubilosas y de un ánimo lujurioso. Pero, en lo profundo, tenía un aire lúgubre, que indicaba la melancolía que produce la proximidad de la muerte. Sonaba como el anuncio festivo y resignado de alguien que, pese a sus esfuerzos sobrehumanos, fallecerá.

     El jardinero bajó mecánicamente la cabeza y, sin sorprenderse, descubrió que tenía la bota de su pantalón encendida. Ya sin cordura, se bañó con lo que restaba de gasolina, mientras expedía a grandes aullidos:- ¡Ja, ja, ja! ¡Ju, ju, ju!

     Y, con el cuerpo en fuego a lo bonzo, gritó-: ¡Así usted morirá! ¡Morirá!

     Y corrió a abrazarse al tronco del árbol: fuego y fuego se unieron y, hasta consumirse, no se apagaron.

***

      No pasó mucho (de dos a tres horas) para que las nubes se desgastaran en su trance líquido, pues, a medida que evacuaban agua, se consumían al igual que cuerpos afectados por la hambruna. En un momento dado, desaparecieron del horizonte, y se presentó, con un aura renovada, quien gobernaba en un principio: el sol. Este, despidiendo su luz brillante, impartió una vida nueva a la atmósfera, que se mostró caliente y acogedora como una madre. El viento, por su lado, se relajó por completo, y únicamente se hacía sentir a manera de una brisa fresca que relaja los rostros y mueve con sutileza las cosas dóciles.

      El señor salió de su casa y se encontró con una escena pavorosa: desperdigadas por el piso, había un hacha, una sierra, una soga, un recipiente y una tijera de podar; más allá, un cuerpo calcinado, que sólo mostraba como piezas intactas sus dientes blancos, se exhibía con un gesto furioso y tenso; y, al lado, el árbol se levantaba íntegro y con la vida lozana del que ha renacido.

      -Pero… -se dijo el señor, sorprendido-. ¿Pero qué ha pasado?

      De pronto, un ave negra se posó sobre una de las ramas gruesas del árbol. El señor, que la había visto llegar, cogió algunas piedras e intentó espantarla.

      -¡Fuera! -decía-. ¡Fuera, monstruo!

      Sin hacerle caso al señor, el ave negra abrió el pico y, haciendo primero unos gorgoritos, cantó con una sencillez sublime. Luego, esquivando uno de los proyectiles que le lanzaron, se marchó.

      -¡Maldita! -le gritó el señor, alzando los puños-. ¡Maldita ave de mal agüero!

***

      En la noche, bajo una luna colmada de reflejos, la esposa del señor murió luego de un vómito de sangre.

March 15, 2008

FALSALITY SHOW Laura Bozzo y los casos falsos

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Finalmente Laura Bozzo ha sido denunciada por la Fiscalía de la Nación por haber expuesto a una niña aparentemente violada por su padrastro a los medios de comunicación sin ningún tipo de protección, sin ocultarle el rostro, y mostrando su nombre. Junto a esta denuncia, otras muchas corren parejas en diarios, revistas, televisión y blogs señalando que los casos que se muestran en esta nueva versión del programa son absolutamente falsos, preparados por los productores, y sobre todo, mejor pagados si los participantes asumen el histrionismo de la farsa y el melodrama, todo salpimentado con harta abyección.

El morbo que despierta la realidad del reality se ha trocado en una falsa ficción de una especie de fake-show, o como diría los chicos de mi barrio, un “falsality”, que pretende sobre todo organizar una manera de ser de los pobres peruanos: miserables como aquella mujer que repite veintiún veces “ella se aprovecha porque no tengo a nadie que me dé cobijo”, que es la línea con la que Ocram (Marco Sifuentes) estrena su vlog, y que desacredita con pruebas una vez más a la “doctora”.

Pero, a todo esto, habría que preguntarse, ¿por qué? Por qué Laura Bozzo sigue insistiendo en que es la abogada de los pobres (vemos en la versión inglesa de Wikipedia —alucinen— que ella es una “women’s rights activist”) cuando en realidad sólo es una mujer de negocios, que luego de años arrestada en su set de televisión, fue condenada a cuatro de prisión por una responsabilidad penal que ha sombreado tremendamente su autoritario destino (no olvidemos, con sentencia firme). Por qué los peruanos siguen dándole crédito a un show que, como lo demostraron Ortiz y Miyashiro, con el reportaje de Elsa Ursula, es un método de compra de falsos “testimonios” que viene utilizando desde hace muchos años. Por qué los televidentes —muchos de ellos también pobres— siguen expectantes los diversos programas de Bozzo y se regodean con esas muestras de miseria humana.

Tengo una teoría al respecto. Laura Bozzo, asumiendo el rol de supra-defensora de las mujeres pobres y de sus hijos, insultando directamente a los "padres desnaturalizados" o a los "maridos machistas", no sólo contribuye a fomentar los estereotipos masculinos y femeninos, sino que inclusive organiza la identidad de las mujeres pobres como seres abyectos que necesitan de ser tutelados. ¿Para qué? Para seguir manteniendo a la mujer como una no-ciudadana, como un ser que debe de merecer compasión pero no justicia, un caso patético exponiendo su podredumbre como una forma de “reivindicación” por humillación, y por supuesto, ensalzando a la doctora, a la única mujer que sí salió de esa situación, y blindando su ego megalómano.

Bozzo utiliza una terminología feminista y jurídica para crear un discurso de “defensa de la mujer”, sustentándolo superficialmente sobre la base del requerimiento de justicia, pero erigiéndose a sí misma como la representación más alta y solvente de la justicia práctica —más allá de la justicia burocrática— que soluciona los problemas con catarsis de llanto. De esta manera las mujeres que asisten a ellos sólo pueden exigir "compasión" y no reivindicaciones concretas perennizando el modelo de ciudadanía y tutelaje en el que se sustenta los estados latinoamericanos desde el s.XIX.

Se trata de la puesta en escena de la "barbarie" modulada, posmodernamente, por una especie de "feminismo sucio”. Este pseudo-feminismo de Bozzo propone una supuesta “sustancia” femenina con mayor solvencia moral, en este caso ella misma. Finalmente en lugar de reivindicar a la mujer, la imagen de Bozzo es la de la famosa vagina dentada y castradora que sigue apuntalando el machismo. 

March 9, 2008

La mujer no existe

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Sarita molesta por Cherman.

Cuando terminé mi maestría en la Universidad de San Marcos andaba buscando un asesor de tesis. El más adecuado, según mis intereses y tema de investigación, era un ex profesor y ahora colega, siempre amigo, a quien de inmediato contacté y comenté sobre mi proyecto: el cuerpo y la literatura de mujeres en América Latina. Tomando una taza de café, él me espetó a quemarropa: “para Lacan la mujer no existe”. ¡¡¡¿¿¿Quééé???!!! Me dieron ganas de decirle: “yo existo, quién es Lacan”. Pero me quedé muda. El café se enfrío. La relación se enfrío. Me deslice subrepticiamente —ay, esas tretas femeninas— y cambié de asesor, pero jamás de tesis.

¿Pero qué diablos me había querido decir? A pesar de mi pánico ante un asesor que de arranque, no sólo te cuestiona el tema, sino al investigador (¡¡¡¡yo!!!), el bicho había esparcido poco a poco su veneno. Y me estaba carcomiendo. Mi nunca-asesor lacaniano es un ser tan inteligente que no podía ir lanzando ese tipo de sentencias sin mayor razón que la de pulsearme en un reto académico. Entonces emprendí el largo y difícil camino a Jacques Lacan, y luego al seminario Aún, y luego a esa sentencia. Y después de leer y leer, de revisar a otros exegetas lacanianos, a detractores como Luce Irigaray, pude finalmente entender (creo).

Claro que, en principio, lo que han dicho desde hace muchos años las feministas, sobre todo las del Tercer Mundo y las de “color”, es que no existe una mujer quintaesenciada, que el eterno femenino es un invento masculino, y que cualquier tipo de esencia que se sustente en la biología puede destruirse ante el aplastante peso de las diferencias culturales. Ese ha sido el grito de las asiáticas, afrodescendientes, latinas y demás no-blancas en la exigencia de políticas definidas y diferenciadas en los Estados Unidos. No hay UNA mujer sobre la cual basar teorías y leyes: las mujeres siempre somos diferentes. Por eso mismo, en la literatura peruana, Rossella di Paolo mostrando su malestar ante la homogeneización de “lo femenino literario” declaró enfáticamente que cierta crítica analiza la obra de los hombres por unidad y la de las mujeres “a granel”.

De alguna manera, el planteamiento de Jacques Lacan va por cierto camino paralelo, y aunque no la mencione, le debe mucho a El segundo sexo de Simone de Beauvoir. Es, por supuesto, demasiado arrogante pretenden condensar esta idea en pocas líneas, pero para difusión, no me queda otra: Lacan sostiene que la mujer, en tanto tal, no ha sido reconocida por el sistema masculino de entender el mundo (falocentrismo, patriarcado, androcentrismo, conocimiento universal, occidentalismo), por lo tanto, podría decirse que es un significado sin significante dentro de los sistemas simbólicos universales. Y como significado sin significante tampoco se convierte en un signo. En esa medida no existe como sujeto. No existe como paradigma. No existe sino sólo como otredad. Como alteridad radical de entender un mundo desde la perspectiva de los varones, sobre todo, en el espinoso tema del conocimiento. La mujer sería ese vacío incontrolable, peligroso, desestabilizador. Dentro del “orden del ser”, como acotaría Kristeva, somos un “contenido sin continente” esparciéndonos por el mundo y por lo mismo nuestra sola presencia rechaza lo estructurado, lo significado, lo definido.

Esta situación, en lugar de ser un horror o un destino trágico, es un desafío: la única manera de poder posicionarnos ante ella, para evitar “no existir”, o mejor dicho, existir según los preceptos de dominación tradicionales, es deconstruyendo permanentemente nuestra posición en el mundo a través de la praxis, de la creación y de la reflexión. Menuda tarea. Pero la vida es como manejar una bicicleta, si quieres estar en movimiento, hay que mantener la tensión y el equilibrio.

March 1, 2008

Bibliotecólogos

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Mario Bellatin (con barba), Esteban Quiroz (de espalda), RSS, Luis Chávez, un asistente de la BN y donde Juan Mejía Baca, 1984.

El artículo que escribí en esta misma kolumna la semana pasada, y que posteé en mi blog (www.kolumnaokupa.blogsome.com) tuve una inusual, extraordinaria, cantidad de comentarios. Entre los que se perdieron o no se publicaron por motivos siempre de impericia tecnológica de mi parte llegaron a una cifra que me asombró y me sigue asombrando (claro, no es nada, chancay de a medio, comparado con el blog de Renato Cisneros). Lamentablemente casi todos ellos, o digamos un 98%, eran diatribas en mi contra. ¿Qué hice yo para merecer esto?

En esa misma kolumna, dedicada por entero al tema del triqueo y del tercio superior, hice una comparación que no gustó a un gremio que, por lo visto, está más unido que nunca. Dije que no era lo mismo triquear en bibliotecología que en ingeniería de fluidos. Ohhhh— ¡¡en qué mal momento se me ocurrió escoger esas dos carreras, una de letras y otra de ciencias, para hablar del mundillo universitario, de sus quejas y contentamientos, de sus miedos y sus fobias!! Es cierto que mejor hubiera sido hablar de las carreras que he seguido, de derecho y literatura, donde la comparación asimismo era igualmente pertinente o impertinente, pero se me ocurrió bibliotecología no por menospreciarla —como algunos de los bibliotecólogos han leído en el artículo— sino por que la sola palabra me parece bella. Siempre me ha fascinado la bibliotecología porque, precisamente, amo a los libros y me parecen guerreros del saber aquellos que los guardan, los clasifican, los archivan y los cuidan.

Eso lo aprendí de uno de los hombres que más amaban a los libros en este país. Me refiero a don Juan Mejía Baca, a cuya librería iba con frecuencia desde los 14 años. Don Juanito, como le decía todo el mundo hasta la mocosa que yo era, fue un propulsor de la lectura, de los grandes tirajes, y un convencido de que los libros no eran sólo objetos, sino una fuente de energía para el alma humana. Cuando don Juan Mejía Baca fue director de la Biblioteca Nacional tuve la suerte de publicar mi primer libro de poesía, y junto con Mario Bellatin, José Castro Urioste, Pedro Escribano y Esteban Quiroz, el director de la persistente Lluvia editores, fuimos a ofrecerle nuestros primeros ejemplares en una ceremonia protocolar y sencilla, que implicaba el reconocimiento de esos noveles autores a un maestro. Llenamos con nuestra arrogante juventud el local de la biblioteca de Abancay que ahora es para mí un espacio lleno de recuerdos, de mí misma en la sección de investigaciones bibliográficas intentando escribir mi tesis, o de mi propio padre, quien fue paleógrafo de esa sección durante la dirección de Cristóbal de Losada en los años 50.

Por eso mismo, y porque tengo muchos amigos de bibliotecología de San Marcos, porque admiro a Nelly Mc Kee y a Ricardo Palma, porque me encanta perderme entre los estantes de libros, me asombró penosamente que el gremio haya entendido un ejemplo al desgaire como una alusión minusvalorando a una profesión que yo también hubiera podido estudiar. Sin embargo, creo que ha sido motivo para dedicarle estas líneas, para que los demás profesionales entiendan la importancia de los bibliotecólogos, y para que de cara a la sociedad se comprenda que, a pesar del profesionalismo del gremio, un bibliotecólogo generalmente está mal pagado y un estudiante mal mirado por los otros estudiantes de Letras (aunque ha quedado demostrado que, en estas lides, la PUCP y San Marcos, están unidos).

Coincidentemente durante la semana que pasó Pilar Pietro Celi me hizo llegar una carta firmada, entre otras personas por Lily Caballero de Cueto, Mariana Mould de Pease y otros miembros del Consejo Consultivo del Colegio de Bibliotecólogos del Perú, con una serie de apreciaciones sobre el patrimonio bibliográfico de nuestros país y ciertos cambios en la Biblioteca Nacional que involucran la renuncia reciente de la Directora Técnica Nacional y de cuatro directoras generales, a los cargos que ejercían precisamente en la Biblioteca Nacional del Perú. El tema merece mucho más de una simple columna, pero espero, por lo pronto haber contribuido en algo a visibilizar el problema.






















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