Bibliotecólogos
Mario Bellatin (con barba), Esteban Quiroz (de espalda), RSS, Luis Chávez, un asistente de la BN y donde Juan Mejía Baca, 1984.
El artículo que escribí en esta misma kolumna la semana pasada, y que posteé en mi blog (www.kolumnaokupa.blogsome.com) tuve una inusual, extraordinaria, cantidad de comentarios. Entre los que se perdieron o no se publicaron por motivos siempre de impericia tecnológica de mi parte llegaron a una cifra que me asombró y me sigue asombrando (claro, no es nada, chancay de a medio, comparado con el blog de Renato Cisneros). Lamentablemente casi todos ellos, o digamos un 98%, eran diatribas en mi contra. ¿Qué hice yo para merecer esto?
En esa misma kolumna, dedicada por entero al tema del triqueo y del tercio superior, hice una comparación que no gustó a un gremio que, por lo visto, está más unido que nunca. Dije que no era lo mismo triquear en bibliotecología que en ingeniería de fluidos. Ohhhh— ¡¡en qué mal momento se me ocurrió escoger esas dos carreras, una de letras y otra de ciencias, para hablar del mundillo universitario, de sus quejas y contentamientos, de sus miedos y sus fobias!! Es cierto que mejor hubiera sido hablar de las carreras que he seguido, de derecho y literatura, donde la comparación asimismo era igualmente pertinente o impertinente, pero se me ocurrió bibliotecología no por menospreciarla —como algunos de los bibliotecólogos han leído en el artículo— sino por que la sola palabra me parece bella. Siempre me ha fascinado la bibliotecología porque, precisamente, amo a los libros y me parecen guerreros del saber aquellos que los guardan, los clasifican, los archivan y los cuidan.
Eso lo aprendí de uno de los hombres que más amaban a los libros en este país. Me refiero a don Juan Mejía Baca, a cuya librería iba con frecuencia desde los 14 años. Don Juanito, como le decía todo el mundo hasta la mocosa que yo era, fue un propulsor de la lectura, de los grandes tirajes, y un convencido de que los libros no eran sólo objetos, sino una fuente de energía para el alma humana. Cuando don Juan Mejía Baca fue director de la Biblioteca Nacional tuve la suerte de publicar mi primer libro de poesía, y junto con Mario Bellatin, José Castro Urioste, Pedro Escribano y Esteban Quiroz, el director de la persistente Lluvia editores, fuimos a ofrecerle nuestros primeros ejemplares en una ceremonia protocolar y sencilla, que implicaba el reconocimiento de esos noveles autores a un maestro. Llenamos con nuestra arrogante juventud el local de la biblioteca de Abancay que ahora es para mí un espacio lleno de recuerdos, de mí misma en la sección de investigaciones bibliográficas intentando escribir mi tesis, o de mi propio padre, quien fue paleógrafo de esa sección durante la dirección de Cristóbal de Losada en los años 50.
Por eso mismo, y porque tengo muchos amigos de bibliotecología de San Marcos, porque admiro a Nelly Mc Kee y a Ricardo Palma, porque me encanta perderme entre los estantes de libros, me asombró penosamente que el gremio haya entendido un ejemplo al desgaire como una alusión minusvalorando a una profesión que yo también hubiera podido estudiar. Sin embargo, creo que ha sido motivo para dedicarle estas líneas, para que los demás profesionales entiendan la importancia de los bibliotecólogos, y para que de cara a la sociedad se comprenda que, a pesar del profesionalismo del gremio, un bibliotecólogo generalmente está mal pagado y un estudiante mal mirado por los otros estudiantes de Letras (aunque ha quedado demostrado que, en estas lides, la PUCP y San Marcos, están unidos).
Coincidentemente durante la semana que pasó Pilar Pietro Celi me hizo llegar una carta firmada, entre otras personas por Lily Caballero de Cueto, Mariana Mould de Pease y otros miembros del Consejo Consultivo del Colegio de Bibliotecólogos del Perú, con una serie de apreciaciones sobre el patrimonio bibliográfico de nuestros país y ciertos cambios en la Biblioteca Nacional que involucran la renuncia reciente de la Directora Técnica Nacional y de cuatro directoras generales, a los cargos que ejercían precisamente en la Biblioteca Nacional del Perú. El tema merece mucho más de una simple columna, pero espero, por lo pronto haber contribuido en algo a visibilizar el problema.

