La mujer no existe
Sarita molesta por Cherman.
Cuando terminé mi maestría en la Universidad de San Marcos andaba buscando un asesor de tesis. El más adecuado, según mis intereses y tema de investigación, era un ex profesor y ahora colega, siempre amigo, a quien de inmediato contacté y comenté sobre mi proyecto: el cuerpo y la literatura de mujeres en América Latina. Tomando una taza de café, él me espetó a quemarropa: “para Lacan la mujer no existe”. ¡¡¡¿¿¿Quééé???!!! Me dieron ganas de decirle: “yo existo, quién es Lacan”. Pero me quedé muda. El café se enfrío. La relación se enfrío. Me deslice subrepticiamente —ay, esas tretas femeninas— y cambié de asesor, pero jamás de tesis.
¿Pero qué diablos me había querido decir? A pesar de mi pánico ante un asesor que de arranque, no sólo te cuestiona el tema, sino al investigador (¡¡¡¡yo!!!), el bicho había esparcido poco a poco su veneno. Y me estaba carcomiendo. Mi nunca-asesor lacaniano es un ser tan inteligente que no podía ir lanzando ese tipo de sentencias sin mayor razón que la de pulsearme en un reto académico. Entonces emprendí el largo y difícil camino a Jacques Lacan, y luego al seminario Aún, y luego a esa sentencia. Y después de leer y leer, de revisar a otros exegetas lacanianos, a detractores como Luce Irigaray, pude finalmente entender (creo).
Claro que, en principio, lo que han dicho desde hace muchos años las feministas, sobre todo las del Tercer Mundo y las de “color”, es que no existe una mujer quintaesenciada, que el eterno femenino es un invento masculino, y que cualquier tipo de esencia que se sustente en la biología puede destruirse ante el aplastante peso de las diferencias culturales. Ese ha sido el grito de las asiáticas, afrodescendientes, latinas y demás no-blancas en la exigencia de políticas definidas y diferenciadas en los Estados Unidos. No hay UNA mujer sobre la cual basar teorías y leyes: las mujeres siempre somos diferentes. Por eso mismo, en la literatura peruana, Rossella di Paolo mostrando su malestar ante la homogeneización de “lo femenino literario” declaró enfáticamente que cierta crítica analiza la obra de los hombres por unidad y la de las mujeres “a granel”.
De alguna manera, el planteamiento de Jacques Lacan va por cierto camino paralelo, y aunque no la mencione, le debe mucho a El segundo sexo de Simone de Beauvoir. Es, por supuesto, demasiado arrogante pretenden condensar esta idea en pocas líneas, pero para difusión, no me queda otra: Lacan sostiene que la mujer, en tanto tal, no ha sido reconocida por el sistema masculino de entender el mundo (falocentrismo, patriarcado, androcentrismo, conocimiento universal, occidentalismo), por lo tanto, podría decirse que es un significado sin significante dentro de los sistemas simbólicos universales. Y como significado sin significante tampoco se convierte en un signo. En esa medida no existe como sujeto. No existe como paradigma. No existe sino sólo como otredad. Como alteridad radical de entender un mundo desde la perspectiva de los varones, sobre todo, en el espinoso tema del conocimiento. La mujer sería ese vacío incontrolable, peligroso, desestabilizador. Dentro del “orden del ser”, como acotaría Kristeva, somos un “contenido sin continente” esparciéndonos por el mundo y por lo mismo nuestra sola presencia rechaza lo estructurado, lo significado, lo definido.
Esta situación, en lugar de ser un horror o un destino trágico, es un desafío: la única manera de poder posicionarnos ante ella, para evitar “no existir”, o mejor dicho, existir según los preceptos de dominación tradicionales, es deconstruyendo permanentemente nuestra posición en el mundo a través de la praxis, de la creación y de la reflexión. Menuda tarea. Pero la vida es como manejar una bicicleta, si quieres estar en movimiento, hay que mantener la tensión y el equilibrio.
