Kolumna Okupa

Rocío Silva Santisteban

April 4, 2008

La mente de Jesús Sosa

Filed under: Kolumnas

“Más tarde Jesús Sosa llegaría a otra conclusión: era preferible liquidar a los terroristas detenidos. Era un razonamiento práctico y no un sentimiento de odio” esta es una de las frases más contundentes que Ricardo Uceda ha escrito sobre el principal informante de su libro, Muerte en el Pentagonito, el suboficial Jesús Magno Sosa Saavedra, alias Kerosene. Quizás éste sea el mejor momento para una captura de tal índole, pues se trataría de un testimonio de primer orden para tomar en consideración en el juicio de Alberto Fujimori, y a pesar de que hay más de uno que ha levantado la ceja con suspicacia, la captura es un hecho y como opinión pública debemos enfrentarnos al razonamiento de personajes como Sosa.

Por eso, esta presencia pone sobre el tapete, de forma mucho más contunden incluso que la de Santiago Martín Rivas, una manera de entender la relación con la alteridad desde un discurso absoluto, autoritario y casi autista, desde una idea de cohesión nacional que debe poner afuera, no sólo al peligroso, sino sobre todo, al que es considerado literalmente una basura: el terrorista, el indígena, el campesino, y del otro lado, el militar, el policía, la represión. Este proceso complejo, que vendría a ser un acto de basurización simbólica del otro, lo que hace es conferir a un ser humano el status de desecho. Dentro de esta lógica, el terruco o sospechoso, no sólo es evacuable, sino que debe serlo, en tanto que su “afuera” implicaría el funcionamiento mismo del sistema.

En la oración mencionada, el énfasis de Uceda para describir el accionar de Sosa radica, precisamente, en la razón instrumental que lo guía: no se trata de odio, es simplemente un procedimiento. Un procedimiento que, de alguna manera, se asemeja a aquellos procedimientos que los nazis pusieron en ejecución en la mira de la “solución final”. No se trata de acciones particulares producto de momentos de extrema tensión, argumento generalmente usado para calificar a esos hechos como “excesos” y exculpar a los militares o policías; más bien se trata de una suerte de política instaurada a través de un discurso militar coherente —el discurso de la guerra sucia o “conflicto de baja intensidad” como lo ha denominado Umberto Jara— que organiza una maquinaria simbólica que le da razones concretas a las prácticas asesinas sistemáticas.

Esta maquinaria corre y funciona a través de toda una suerte de signos, evidentes o solapados, pero básicamente desde la permisibilidad de los comandos ante su propia incapacidad de controlar a la subversión. Por esto mismo Sosa consideraba que el presidente Fernando Belaúnde, al felicitar a la comunidad de Huaychao por ejecutar a siete senderistas, les estaba enviando un mensaje claro a los militares de la zona “así se defendía la democracia”.

El grave problema que diferencia estos años de violencia política en el Perú en relación con acontecimientos similares vividos en países como Argentina, Chile o Guatemala, es que, en nuestro caso, todos estos crímenes no alimentaron solamente la noción de “patria” sino la de “democracia”. La defensa de la democracia se convierte en la razón de la tortura y el asesinato; éstos no son delitos sino, por el contrario, pruebas de un sacrificio, tareas superiores que sólo pueden ser llevadas a cabo por aquéllos que deciden sacrificarse por la patria.

Esto nos lo recuerda Uceda : “según Sosa su rol en las ejecuciones se debía a una serie de atributos ajenos a la crueldad. Sobre todo, podía resistir la tensión que implicaba matar a alguien y hacerse responsable de los enojosos aspectos administrativos ¿Era por ello un hombre normal o simplemente mejor dotado para ciertas tareas militares? Una cosa era evidente: al actuar tuvo la protección psicológica del sistema de valores militares: disciplina absoluta para acatar la orden del comando de destruir a un enemigo de la patria. […] Al mismo tiempo, en su cabeza adecuaba sus acciones al sentimiento cristiano del que se sentía devoto. “Yo no creo que Dios apoye a estos terrucos de mierda” se decía, razonando seriamente […] Era una tarea sacrificada y peligrosa en la que sentía el apoyo no sólo del Ejército. También Dios lo ayudaba y le daba fuerzas y perdón”.

La extensa cita del libro de Uceda, que es indispensable recordar hoy, demuestra que la construcción de la propia heroicidad, del sacrificio frente a una tarea onerosa como asesinar “por necesidad”, se convierte en el espacio donde valores militares y valores cristianos se dan la mano para organizar mejor un discurso autoritario en el cual el “terruco” pierde su condición de ser humano para pasar a ser apenas un resto.






















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