Soy anti-sistema
En 1983 cuando ingresé a la UNMSM todos los estudiantes eran de izquierda. En ese microclima político, ¿qué significaba para mí ser de izquierda como lo era y lo soy? Pues una gran contradicción porque, de alguna manera, no comulgaba con muchas de las formas como se entendía la vivencia de una política activa, y a su vez, las instituciones democráticas de la universidad estaban copadas por los grupos políticos más radicales. Vivir en San Marcos, estudiar en sus aulas, amar en sus pasadizos, corear en sus patios, y sobre todo, pensar y meditar en sus bibliotecas, implicaba asumir una realidad fragmentada, conflictiva, tensa de lucha diaria, en la que generalmente no se entendía porque una pequeña burguesa como yo —y como muchas de mis compañeras y colegas— escribíamos poesía dedicada a la exploración de la identidad femenina.
Lo que me quedó en ese entonces, como parte de una militancia extraña, disfuncional y solitaria, fue abocarme a los temas culturales y, sobre todo, al feminismo incluso fuera del feminismo institucional oenegeísta. Así me convertí en una loba esteparia y activista de lo que Richard Rorty llamaría “la izquierda cultural”. Obviamente mis pensamientos y discusiones se centraban en la desigualdad social, en las posibilidades inéditas de las rondas campesinas de Cajamarca, o en la necesidad de un pensamiento crítico forjado desde las canteras del análisis del discurso que, de alguna forma, lo promocionaban los más lúcidos de mis profesores —Antonio Cornejo Polar, Raúl Bueno— y, por supuesto, mis conversaciones intensas con mi padre.
Eran días oscuros, en que asumirse de izquierda era distinguirse de los grupos radicales que perseguían estrategias de una violencia no justificada, y a su vez, para las otras miradas, homogenizarse a una manera pueril de entender los grandes retos del pensamiento contra-hegemónico. En otras palabras: si para mis compañeros de la UNMSM era una poeta-erótica-decadente, para los otros de la Universidad de Lima—donde estudiaba derecho— era simplemente un “gorgojo rojo”.
Hoy, luego del debacle de las fuerzas políticas de izquierda en las últimas elecciones, una derrota que debe de asumirse en todo su severidad, debe de tenerse también en consideración algo que de alguna manera lo ha sugerido Martín Tanaka en su blog, Virtú e fortuna, y se trataría de la gran influencia que esta “izquierda intelectual” ha tenido no sólo en los diagnósticos sobre la realidad peruana desde las ciencias sociales, sino sobre todo, en la institucionalización de los derechos humanos y de imponer una agenda política en las diversas coyunturas, tanto nacionales, como locales. Lo que sostiene Tanaka es que esta adjetivación denigratoria de “caviar” —como grito de guerra de cierta derecha obtusa y de cierto aprismo hiper-populista— no es otra cosa que la pretensión de descalificar a esta izquierda con poder pero sin votos.
Pero, desde nuestra óptica la pregunta sería, ¿por qué esta fuerza del pensamiento de izquierda no ha sido refrendada por un movimiento político de bases?, ¿por qué luego de las movilizaciones del año 2000 contra la dictadura, de la Marcha de los Cuatro Suyos, entre otras, estos movimientos no han logrado cohesionar una hegemonía que pudiera haber liderado un frente con mayor consistencia? Ahhhh… las grandes preguntas celestes, como diría el poeta. En todo caso, es cierto que hoy no hay un tejido social como en los años 80 y que, además, toda disidencia está siendo criminalizada. No es poco que un presidente de la república salga a la prensa con un artículo que, en tres oportunidades, configure el famoso “falso dilema” que acorrala todo disenso: o estás de acuerdo en todos sus término con el TLC, y las Cumbres, y el comercio con China (ay, el Tibet) o eres un perro del hortelano.
Esta actitud maniquea lo que hace es seguir operando bajo la lógica del autoritarismo, del patronazgo, de una democracia débil y lábil que, si configura lo que hoy se llamaría “el sistema” no nos deja otra opción que, gritar a boca llena, yo soy anti-sistema porque, precisamente, creo en una democracia poderosa e institucionalizada, en espacios donde podamos debatir las ideas sin argumentos ad-hominem, en diálogos que respeten el derecho del otro y que no lo desechen a través de tácticas de basurización simbólica. Y todo esto, porque precisamente, soy de izquierda.

