La lista negra
Caricatura del genial Carlín.
En todos los países donde se organizan listas negras hay un componente autoritario: desde la Rusia estalinista hasta la Alemania nazi, desde el Chile pinochetista hasta los primeros días de la voluptuosa revolución velasquista, se trata de listados de personas o de instituciones que, de alguna manera, van a participar de una represión.
Si bien es cierto que dentro de las democracias al uso, esto es necesario para poder controlar el crimen organizado, y en este caso se consideraría al terrorismo como tal, una lista negra puede conllevar a múltiples situaciones de injusticia en la medida que toda organización terrorista, desde aquella lejana en la que militó Alexander Ulianov, “Voluntad del pueblo” era su nombre, hasta las más avezadas de hoy en día como Al Qaeda, todas no son sólo y simplemente criminales, sino que tienen un objetivo político a largo plazo: la toma del poder, ergo, del gobierno y el cambio radical de las reglas de juego de una nación. Es más: algunas pretenden más bien un cambio de las reglas del juego globales que, a decir verdad, no cuestionan la injusticia del mundo sino el actual equilibrio estratégico que fortalece las posiciones occidentales.
Esta situación tan cercana entre lo político y lo delictivo construye espacios de ambigüedad tales que, desde los diferentes escenarios, se puede demonizar a los protagonistas de ambos lados del espectro. ¿Cuál sería, hoy en día por ejemplo, la diferencia entre un grupo guerrillero y un grupo terrorista? Todo dependerá del cristal con que se miré: desde la óptica del Estados atacado, de los inocentes asesinados, o de los propios alzados en armas. Incluso muchos analistas —algunos de la Escuela de las Américas— dirán: no hay diferencia alguna. Pero de hecho las diferencias están establecidas en documentos internacionales, en tanto que los grupos “alzados en armas” pueden ser considerados fuerzas beligerantes y, en ese sentido, poseer un estatus político en las Naciones Unidas. La ambigüedad de la categorización de un terrorista es lo que permite, por un lado, un hueco jurídico para lanzarse a través de él hacia el reconocimiento de un estatus internacional —a la manera de las FARC y sus lobbistas— o por el contrario, una represión indiscriminada a todo aquel que esgrima un pensamiento disidente.
Por eso mismo, como lo explicó el euro-parlamentario Raúl Romeva del Partido Verde de Catalunya, el voto negativo contra la enmienda de la lista de grupos terroristas aprobada por la Unión Europea, no giraba simplemente en torno a la inclusión o no del MRTA dentro de ella, sino en contra de la idea misma de la lista: “no hay parámetros objetivos y claros de que no haya un uso político de esa lista. El tema del MRTA no fue el aspecto que motivó a que muchos de los parlamentarios se opongan a la enmienda, el tema es mucho más complejo. No hay ni un solo diputado o diputada que avale las causas terroristas de ningún país del mundo y por eso no se debe engañar a la gente de que el parlamento europeo avale al MRTA”.
¿Y por qué el gobierno se rasga las vestiduras —en un acto performativo que ya quisieran los actores griegos— si el país que consideran como uno de sus principales aliados, los Estados Unidos, no ha incluido en la lista de 42 grupos terroristas —la mayoría árabes— al propio MRTA?, ¿Simplemente es una alharaca operística para endurecer la represión y ganarse alguito? No olvidemos las deudas con los derechos humanos que aún tienen algunas personas poderosas en este gobierno y sus aliados, por un lado; y por el otro, el importantísimo —sí, en superlativo— papel que están cumpliendo varias ONGs de derechos humanos en el megajuicio a Alberto Fujimori.
Como sostiene Romeva no se trata de un problema peruano: la forma de hacer frente a la oposición en otros países del mundo es acusarla de ser parte de grupos terroristas. Es decir, olvidarse del matiz y regresar a las calificaciones “duras”, estereotipadas, y reducir toda posición en contra al maximalismo. Esta situación no demuestra fortaleza, por el contrario, una cierta precariedad en gobernabilidad.
Y claro, la pregunta es ¿si vivimos en medio de la bonanza económica reciente, que nos sucede, para que se apliquen estas tácticas? Pues hay una respuesta que podría convertirme en terrorista según las estrategias maximalistas, y esa respuesta tiene un solo y contundente argumento: re-distribución de la riqueza. Ese es el principal papel del Estado, desde Caral hasta nuestros días, y gobierno que no lo cumpla no podrá tener éxito.

