¿Romper el alma o cuidar de ella?
No sé por qué al cineasta mexicano Gonzalez Iñárritu se le ocurrió que el alma humana pesaba 21 gramos. Al parecer la idea la tomó de un experimento ocioso con cadáveres y balanzas: se llegó a la conclusión de que luego del último suspiro el cuerpo pierde ese peso. En cambio, al Greco se le ocurrió todo lo contrario: que era lo suficientemente maciza como para hacer trastabillar a un ángel. Y lo suficientemente fea como un hígado. Y tan extraña como un silex: ploma y rígida.
Con esta imagen del Greco, tomada del famoso cuadro del entierro del Conde de Orgaz, que se encuentra en Toledo, Mario Montalbetti empezó su ponencia sobre la imposibilidad de que ésta —el alma humana— sea educada porque se resiste a toda representación. Claro, si es que el alma es en realidad el inconsciente, es decir, “lo que es en nosotros más que nosotros mismos”.
“Pero, ¿quién habla del alma hoy en día?” se preguntaba Miguel Giusti, a continuación de Montalbetti. Y es cierto: es una palabra que ha perdido todo sentido de oportunidad. “Alma” se ha reducido hoy a un nombre femenino; al título de un vals, o a un video que habla de la violencia contra la mujer con un corito que repite “te voy a romper el alma”. Hay muchas otras palabras que se usan para nombrar ese núcleo duro, extraño y rígido, que portamos todos y que conforma nuestra mismidad y que al parecer constituyen términos más “modernos y solventes”: identidad, yo, self, ego, etc etc etc. En cambio, “alma”, se ha reducido a los oscuros pasadizos de las iglesias de provincia.
Por eso mismo debe haber llamado mucho la atención el nombre del seminario donde ambos investigadores, Giusti y Montalbetti, y otros más, presentaron sus ponencias: “El cuidado del alma”, un simposio sobre filosofía de la educación, organizado por Victor Krebs en la Universidad Católica. Me imagino que este título puede haber hecho irritarse o consternarse a algunos de los educadores que se encuentran en el marco de las lógicas de la excelencia y la calidad total.
Pero, precisamente, ambas ponencias de alguna manera, así como otras, pusieron en entredicho estos conceptos que atormentan a educadores, entusiasman a ministros y burócratas internacionales, y estandarizan las formas de pensar sin tener en consideración nuestras diferencias geopolíticas. Giusti al respecto sostuvo que “en algún lugar del planeta, alguna mente astuta ha sabido destilar una lección aristotélica elemental y explotarla con fines mercantiles y burocráticos. La lección es que poseemos un saber […] que consiste en un “saber hacer”, uno que se adquiere por experiencia y se cultiva constantemente [..] Esta “sabiduría práctica”, que él llama “areté”, ha sido extraída de su contexto, distorsionada en su contenido, pero hábilmente empaquetada para adaptarla al consumo [..] y vendida con todo el aparato publicitario, y con la misma inutilidad, con los que se ponen en venta nuevas gaseosas o nuevos cosméticos”.
Esta sabiduría empaquetada es la que, algunas universidades, proponen como la mejor o incluso única manera de llevar a los jóvenes hacia el futuro y el camino del progreso. Por eso les sugieren la idea de que, estudiar, es inútil, “cuidar del alma”, es absurdo: lo preciso es simplemente hacer para “saber hacer” y, por lo tanto, “pasar” por una universidad sólo se convierte en eso. Un trámite.
Al final de la conferencia, uno de los participantes, filósofo y andino, comentó que en la cultura quechua todo es dual y, a partir de un hermoso ejemplo (el sikuri como instrumento cuya melodía sólo se logra entre dos) proponía entender otro concepto del alma: la imprescindible otredad inmersa en nosotros mismos para, por lo menos, llegar a rozar siquiera la sabiduría.
Equipo del EDAF en el trabajo de guardar los restos (foto tomada de Paz y Esperanza).
La última versión del Premio Príncipe de Asturias de las Ciencias Sociales ha sido para Tzevan Todorov, uno de los grandes analistas culturales contemporáneos. A Todorov, quienes estudiamos literatura, lo hemos leído desde hace muchos años cuando estaba completamente dedicado en cuerpo y alma al estructuralismo y a cierta semiótica discursiva. Posteriormente, ha publicado una serie de ensayos sobre el tema de la alteridad y de la extranjería. Siendo él búlgaro de nacimiento y francés de adopción –al igual que Julia Kristeva– ha sido uno de los intelectuales que más ha debativo el tema de la participación del "otro" en los cruces culturales, sobre todo, después de sus trabajos sobre Bernal Díaz de Castillo, la conquista de México y el descubrimiento de América. 

