Kolumna Okupa

Rocío Silva Santisteban

July 17, 2008

Mi biblioteca

Filed under: Kolumnas

Una de las máximas ignacianas que, durante mi vida, he tenido que aprender sin querer queriendo es el desprendimiento. Me sucedió cuando perdí un reloj de leontina que me había regalado mi padre: se me cayó en un cine, y a pesar de que regresé a buscarlo, entre la oscuridad de la nueva sesión de la película y mi torpeza, no pude hallarlo. Tenía 20 años y una impaciencia infinita. Primera lección: no hay objeto sentimentalmente valioso que no pueda escabullirse de ti.

Pero hay otros objetos que no pueden perderse porque, aparentemente, están demasiado incrustados en una misma. Por ejemplo, los libros, es decir, nuestra particular biblioteca. He sido bibliófila desde bien adolescente, quizás por culpa de don Juan Mejía Baca, que me regalaba algunos y me vendía los más. Pero don Juanito, como yo le decía, sobre todo me enseñó a buscarlos, a encontrarlos, a pasar el dedo por las carátula, y como una catadora de vinos, a sumergir mi nariz entre sus páginas para oler la tinta mezclada con la pulpa del papel (oler un libro nuevo es un vicio cada vez más difícil de lograr ante tanto libro estúpidamente envuelto en bolsitas de plástico en las librerías).

Fui armando mi biblioteca desde los 16 años cuando, por mi cumpleaños, recibí de regalo la colección completa de Amauta, la revista de Mariátegui. Me encantó la vesión del facsímil porque me sentía como en 1930. Busqué, de arranque, los pocos textos que han escrito algunas mujeres como María Wiese, Angela Ramos, Blanca del Prado y leí artículos de Bergson, de Freud, de Haya. Luego fui adquiriendo otros ejemplares extraños como una primera edición de Javier Heraud, un pequeño texto color salmón, que había salido de la imprenta manual de Javier Sologuren, o la Vox Horrísona original de Luis Hernández, compilada por Yerovi. Y también libros autografiados, como uno de José Saramago que me firmó en un pueblo andaluz, e incluso otro de Slavoj Zizek, ante quien mi vergüenza ursulina se convirtió en pulsión coleccionista, para sacarle finalmente una escueta firma lacaniana: "to Rosío, with (ilegible)".

En el año 2001 tuve que viajar fuera del Perú por largo tiempo y dejé mi biblioteca. Ya lo había hecho un par de veces antes, cuando me fui a vivir a Cajamarca, y de ahí, a Viena. En esa ocasión los libros se quedaron en cajas de cartón en la azotea de la casa de mi madre, y al regresar de Austria, encontré que valiosos ejemplares estaban casi destruidos. Incluso un libro autografiado por Luis Alberto Sánchez –que fue mi profesor de Derechos Constitucional– estaba hongueado. Mis revistas Quimera destapadas. Mis cuadernos de apuntes, mis primeros diarios, totalmente convertidos en una amasijo de tinta y papel ilegibles.

Por eso mismo, la segunda vez que salí del Perú por largo tiempo (el silencio gimió), me preocupé de dejar la biblioteca –más de dos mil ejemplares, mucho más– en un lugar ideal, gracias a la generosidad de un amigo que me arrendaba su casa. Dejé los libros puestos en estantes de madera en lo que se supondría sería su consultorio: el tercer piso. Y luego de cuatro años de haber vuelto a mi ciudad, no puedo aún recogerlos. Aahhh, la materialidad de la vida (léase precaria economía) me lo impide por el momento.

Visito mi biblioteca de vez en cuando. Ya he recogido los libros imprescindibles (Virginia Woolf, Marguerite Duras, Borges, Cortázar, Vallejo) y los he re-juntado con los que traje de Boston (14 cajas enviadas por barco) y con los que me vengo comprando (pocos pero son), y con las innumerables fotocopias de lomos chúcaros (esos anillados no almacenables). Y entonces, nuevamente, los libros empiezan a apoderarse del hogar, a crecer como matas de hierba silvestre, a reptar por las paredes, a coger los espacios vacíos del cuarto, del baño, de la sala y han armado su propia orgía libresca en medio de la mesa del comedor que, por nada de este mundo, puede librarse de ellos por más que los podo día a día. Esa biblioteca hecha, como dice Borges, de tantos libros que no leeré, porque aunque estén ahí esperando con paciencia hasta mi muerte, nunca –con la connotación trágica de esta palabra– será posible meterle ojo a textos enteros: por eso leo "en diagonal", por fragmentos, o simplemente se me caen de las manos mientras pestañeo, y no los vuelvo a tocar.

Pero la otra biblioteca, esos otros libros almacenados de uno en uno por años, arrejuntados en categorías extrañas (libros de mujeres, poesía por países, violencia, erotismo, resto del mundo), están allá, en la casa de Augusto, y los visito de vez en cuando, los saludos, limpio con una franela sus lomos brillantes, voy haciendo la razia de los escogidos, ustedes vengan conmigo porque se salvan, ustedes siguen acá presos de la distancia.

Entonces empiezo a pensar que el desprendimiento es una larga tarea que se vive dolorosamente, aún cuando se trate de estos artefactos que, en verdad, son casi como amantes. Mallarmé tenía razón: el mundo existe para llegar a un libro.

                          






















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