Kolumna Okupa

Rocío Silva Santisteban

September 24, 2008

¿Quién es Turcios?

 Uno de los textos más políticos y confidenciales escrito sobre los años 70 es el testimonio Entre el amor y la furia de la camarada Tania, o también llamada Maruja Martínez (1947-2000). El texto es una confesión de los llamados "años dorados de la izquierda legal" aunque en realidad en esos días ser troskista implicaba no ser muy legal (la propia Maruja tiene que pasar algunos días en la cárcel de Chorrillos al ser implicada como la editora de la revista Comunista).

Precisamente por esta y otras vinculaciones es que se me ocurre llevar el texto de Maruja a mi taller de literatura de la cárcel de Chorrillos. Al presentar a Maruja como la escritora refinada de una autobiografía, Nancy M. me dice que es prima de su madre. Le pregunto entonces si su familia materna es de Jauja, y me contesta afirmativamente. Entonces introduzco el tema a partir de la historia de vida de Maruja Martínez.

Personalmente siempre me pareció una persona de una calidez muy especial. Les cuento a las talleristas que la vi algunos meses antes de morir, en San Marcos en una de las aulas grandes del pabellón de Letras, muy contenta. Le pregunté, ¿qué haces acá?, y me contestó verdaderamente eufórica, "estoy de cachimba". Había ingresado a la carrera de Literatura, moriría algunos meses más tarde de un cáncer a los pulmones.

Leemos entonces el prólogo de Gonzalo Portocarrero. Portocarrero interpreta el texto de Maruja como una apuesta por presentar una historia de esa época desde las subjetividades: "La autora no pretende representar ningún papel. No quiere ser ni víctima ni heroína. No busca admiración ni lástima. Su presencia es casi transparente. En ningún momento se encierra en una definición" (p.13). Precisamente estas características me parecen imprescindibles para poder narrar un testimonio desde una memoria diferente, una memoria-otra, a aquella que oficialmente ha narrado los hechos políticos que marcaron la historia de nuestro país durante los años 1980-2000. Eso le comento a ellas: sostengo que tengo grandes diferencias con ellas, así como ellas las tendrán con Maruja, pero creo que es necesario que la nación también se deje atravesar discursivamente por esas memorias-otras, que quizás no coincidan con las propias, pero que de alguna manera hacen también la historia del Perú. Silvia me dice que es necesario entender que ellas también tienen algo que contar.

Entonces pasamos a leer los objetivos que propone Maruja en el prólogo como razón de ser de su testimonio: "No rencor, dije, sino memoria. Pero conforme fui escribiendo, la frontera entre el recuerdo y las sensaciones fue tornándose tenue (…) esto podría ser un regreso a mí misma, una catarsis, o un intento de reconciliación con la propia vida" (p.17). Es extraño que, precisamente, ella se reconcilie con la vida a través de los recuerdos y la palabra, y unos meses más tarde muriera: como si hubiera tenido el presentimiento de tener la tarea de legarnos este texto, de dejarnos algo para entender no sólo su vida, sino nuestras vidas a partir de la historia de nuestro país durante esos años convulsionados.

Leemos entonces el capítulo que les he fotocopiado en 15 copias (pero no alcanza, hay que leerlo entre dos), sobre el amor de una militante, una historia en realidad de frustración y desamor pero narrada con mucha ironía y distanciamiento. Esa ironía le da un aire más ligero a una historia que, en otro registro (el mío, por ejemplo) hubiera podido ser en exceso dramática. Tania cuenta la historia de amor con Turcios, una historia que dura de facto tres meses, pero en el ensueño de contactos y compañerismos e intercambios sentimentales varios, dura tres años largos años.

Silvia sostiene que esta historia de amor se encuentra dentro de la propia militancia: no es una historia paralela, es una historia que está imbricada con todo el hecho político que vivían ambos. Silvia agrega que en realidad "una verdadera militancia" hubiera implicado otro tipo de posicionamiento político en relación con lo personal, y no lo dice, pero queda más o menos implícito que esa militancia troskista no era la más "auténtica", ni la más "entregada", ni la más "transparente". Obviamente se expresa una crítica velada a una militancia "light". Sostengo que es necesario leer todo el libro para hacer un comentario así pues sólo les he traído el texto más ligero de toda la historia.

En todo caso la historia arranca mucha empatía entre las asistentes al taller y la propia autora, en relación con varios términos, situaciones parecidas, vínculos con terminología de la izquierda y otros detalles. Lucero también interviene y se pregunta, qué debe de tener un testimonio así descrito para poder narrar desde esa perspectiva, con esa intensidad que tiene la historia de Maruja Martínez.

Judith a sus vez afirma que le parece muy cercana esta protagonista en primera persona del tiempo presente –Delia concluye que esa es otra de las características que hace muy vívida la historia– con la Alicia Mellings de La Buena Terrorista, la novela de Doris Lessing que unas semanas atrás expuso Elena en el taller. Quizás precisamente porque no está vinculada a las historias personales de estas mujeres que están en la cárcel pero, a su vez, habla de mujeres que optaron por una militancia fuerte y por una opción violenta. De hecho la novela de Doris Lessing propone una mirada ácida y crítica a una generación que tomó la muerte y la vida sin la necesaria seriedad.

A las talleristas les parece que esta historia está muy bien escrita, a pesar de que tienen importantes diferencias ideológicas, pero si reconocen que esta mezcla que usa Maruja Martínez de intercambiar textos en redondas que narran el recuerdo de hechos escritos con verbos en presente, y textos en cursivas que apuestan por la descripción de los sentimientos, es lo que le da al libro una calidad diferente, más intensa, más cercana a una historia personal de una época convulsionada.

Al final todas nos quedamos con la intriga de saber quién es ese personaje llamado en el texto por el apelativo de Turcios, el amor imposible de la autora, un "super-cuadro" que finalmente no asume la militancia como la propia Tania y pese a todas sus posibilidades políticas, decide irse a trabajar en su carrera de bioquímica, a una universidad en Baltimore.

September 14, 2008

… y tendrá tus ojos

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Por la calle nadie revela jamás la pena que le roe la vida…

¿Puede alguien enamorarse de quien ha muerto muchos años antes de su propio nacimiento? Pues yo he pasado por ese trance: de hecho uno de mis primeros amores fue un hombre tímido, de anteojos como armaduras, de modales extraños, flaco y alto y feo, extremadamente nervioso, de ideas fijas y amores contrariados, que gustaba hablar de las mujeres fuertes, prostitutas generalmente, que se levantan solas por la mañana y beben un desayuno frugal, y sueñan que el amante de la noche anterior las sacará de la mala vida. Ese hombre, muerto trece años antes de mi propio nacimiento, hubiera cumplido el 9 de setiembre que acaba de pasar la imposible edad de cien años. Ese hombre se suicidó en un hotel de su tierra natal, en Turín, Italia, un domingo 27 de agosto de 1950: sufría, el hombre sufría demasiado por las nimiedades de una rutina solitaria, y la muerte, que tenía tus ojos, llegó para instalarse en su cuerpo y empezar a corromperlo.

Cesare Pavese: il miglior fabbro, el más bueno, el más frágil, el que re-inventó la poesía épica con protagonistas mujeres, el que se enamoró más de la cuenta, el que se perdió en la selva umbría a la mitad del camino de su vida, el que sabía que "un clavo saca a otro clavo, pero cuatro clavos forman una cruz". Ese es el primer muerto del que me enamoré en mi vida.

El centenario del nacimiento de Cesare Pavese, el mio amore, mi padre literario, mi amante imposible, ha pasado totalmente desapercibido para la piccola escena literaria local. La ignorancia ha tenido, felizmente, algunos puntos de resistencia como la columna de Alonso Cueto, pero no he leído un artículo que pueda realmente rendirle homenaje como, de alguna manera, sí se ha realizado con otros autores como la misma Simone de Beauvoir este año que también cumple cien de nacida. De hecho, claro está, Pavese no representa un giro en el pensamiento occidental, pero sí, y esto es necesario divulgarlo, una visión completamente diferente del trabajo escriturario: en poesía con su colección titulada Trabajar cansa, en narrativa con sus historias hiperdetallistas, narradas con secuencias de ambigüedad extrema, y en sus diarios personales, cuya versión no censurada se ha publicado en español sólo hace pocos años. Pavese fue además un traductor muy intenso, quien introdujo la narrativa más importante en lengua inglesa al italiano, y un divulgador de autores como Melville, Poe, Hemingway, Fitzgerald, entre otros.

Italo Calvino, uno de sus discípulos, exégeta y amigo, ha publicado la versión completa de sus poesías reunidas, incluyendo el hermoso conjunto de poemas dedicado a la actriz norteamericana Constance Dowling titulado Vendrá la muerte y tendrá tus ojos. Al parecer Pavese había dejado los textos mecanografiados en un cajón de su escritorio en su despacho de la editorial Einaudi, donde trabajó al final, listos para ser entregados a la imprenta: "Vendrá la muerte y tendrá tus ojos/ -esta muerte que nos acompaña/ de la mañana a la noche, insomne,/ sorda, como un viejo remordimiento/ o un vicio absurdo…"

Pero estos dramáticos versos no son, en realidad, los que conforman su propuesta más definida. Por el contrario, esta intensidad ha sido el producto de una licencia que el propio poeta se ha otorgado en momentos previos a su auto-eliminación. Pues en realidad su propuesta poética, de alguna manera recogida en el Oficio de Poeta, una serie de apuntes que Italo Calvino también editó, plantean básicamente recoger "retratos" de gente común para convertirlos en iconos épicos de los proletarios del mundo, de los hombres y mujeres de a pie, cuyas vidas son ejemplares en la medida que sobreviven a la injusticia del mundo, a la inequidad de la tierra, a la postergación de los Estados y de todas las economías.

Pavese pudo retratar con increíble fuerza y naturalidad los escenarios imprescindibles para hablar de esas putas que en realidad son obreras del amor (" Esta noche regreso como mujer, vestida de rojo/ -aquellos hombres que me sonríen por la calle no saben/ que ahora estoy tendida aquí, desnuda-, regreso vestida/ a recoger sonrisas. Aquellos hombres no saben/ que esta noche tendré caderas vigorosas bajo el vestido rojo/ y seré otra mujer…"), de esos hombres que buscan por la calle una mujer que les haga compañía ("El viejo tiene la tierra durante el día y, de noche,/ tiene una mujer que es suya –que hasta ayer fue suya./ Le gustaba desnudarla, como quien abre la tierra,/ y mirarla largo tiempo, boca arriba en la sombra,/ esperando. La mujer sonreía con sus ojos cerrados…"), o de esos amantes obreros, empleados, que deben encontrar un hueco en el tiempo para desatarse las ganas ("Los dos, ante una mesita, se miran a la cara/ por la tarde y los transeúntes no cesan de pasar (…) De vez en cuando, él piensa en el inútil día/ de descanso, dilapidado en acosar a esa mujer (…) Si con su piel le toca la pierna, bien sabe/ que mutuamente se envían miradas de sorpresa/ y una sonrisa, y que la mujer es feliz. Otras mujeres/ que pasan/ no le miran el rostro, pero esta noche por lo menos/ se desnudarán con un hombre. O es que acaso las mujeres/ sólo aman a quien malgasta su tiempo por nada").

Se ha dicho, asimismo, que Cesare Pavese era ciertamente misógino por algunas de las entradas de su diario o comentarios como estos: ""Lo que distingue al hombre del niño es el saber dominar a una mujer. Lo que distingue a una mujer de una niña es el saber explotar a un hombre" (Oficio de Vivir, 20-8-40) o "Las mujeres son un pueblo enemigo como el pueblo alemán"(8-10-47). Sin embargo, si escarbamos un poco más, nos daremos cuenta que estos comentarios aparecen precisamente en los momentos de mayor inquietud antes los devaneos de sus amantes, y como le escribe a Tina, ese amor por el cual estuvo en la cárcel: "Te quiero, cariño, y te odio, para mí eres como el aire que respiro, si me faltas te maldigo lo mismo que un ahogado; me duele físicamente estar lejos de ti; para mí no eres una mujer, sino la existencia misma…"(O de V.26-3-38).

Pero en realidad su relación con las mujeres fue de una pasión desbordada, que no sabía manejar por su ansiedad, que no podía controlar por su inexperiencia y su melancolía. Leyendo su diario una puede entender esa relación: "¿Para qué ha servido ese largo amor? Para descubrir todas mis taras, para probar mi temple y juzgarme. Veo ahora el por qué de mi aíslamiento hasta el año 34. Sentía inconscientemente que para mí el amor sería esta carnicería (…) nadie habría soportado durante nueve meses un desgarramiento semejante. Ni ella que tanto habla: otro –cualquiera– a estas horas ya la habría matado" (O de V, 26-3-38).

La pasión desbordada con la cual asumía todas las tareas de su vida, inclusive su militancia comunista, era mucho más exacerbada ante las pasiones de la carne que se convierten, por esas comisuras de la cultura, en lo que algunos llaman amor. Como el otro César, Moro, Pavese deja en claro en su diario esta necesidad del ser humano de sufrir para realmente poder decir que ha existido. No se trata, por cierto, de una apología del sufrimiento, sino de una lucidez para asumir todas las condiciones, incluso las más desesperadas, de la vida: "La ofensa más atroz que se puede inferir a un hombre es negarle que sufra" (O de V 5-10-1938).

Sin embargo, asimismo como reconoce con lucidez todos los aspectos de la vida, otro de los grandes aportes de la poesía de Pavese es la construcción de una serie de mujeres fuertes como protagonistas. En los poemas Pensamientos de Deola, Pensamientos de Dina, Un recuerdo, entre otros, las mujeres son representadas como fuertes, a pesar de dedicarse a la prostitución, como mujeres arrogantes, erguidas, que luchan a brazo partido por su propia libertad, mujeres trabajadoras que plisan sus faldas luego de gozar con sus hombres en la playa, que no le temen al que dirán, que no se dejan reducir por la culpa, sino que viven a sus anchas, incluso con absurdas fantasías que las mantienen vivas a pesar de la dureza de sus vidas.

De hecho uno de los poemas que más ha influenciado en mi propia vida es Un recuerdo pues se trata del reconocimiento, de parte de una mirada masculina, de la soltura de una mujer que seduce, se deja seducir, goza libremente, y se enamora aunque sufra, porque sabe que la vida debe vivirse con intensidad y altura.

Este poema lo leí por primera vez en 1987, en Buenos Aires, cuando en la librería El Ateneo me trajeron el hermoso libro de poesía de Pavese que aún llevo conmigo. El libro cuyas páginas ahora ya están manchadas, rotas –mi hija en un rapto de celos, a los dos años, le rompió varias– y pegadas por los obreros de El Comercio, que trabajaban en la sección de "pegoteros" que ahora ya no existe, este libro es uno de los objetos más preciados que tengo y he tenido. Lo leo, lo releo, lo aprendo de memoria, aprendo algunos versos en italiano aunque no sepa italiano ni como pronunciarlo, y realmente me encanta encontrar en estos poemas una atmósfera de calma narrando las duras cotidianidades de los hombres y mujeres pobres de la región campesina del Piamonte.

Para ilustrar mejor este enamoramiento radical post-mortem dejo aquí con ustedes este poema:

Un recuerdo

No hay hombre que logre dejar huella
en esa mujer. Lo que fue se desvanece en un sueño
como una calle por la mañana, y no queda más que ella (…)
si no fuese por su frente, fruncida por un momento
parecería estupefacta. Las mejillas le sonríen
en cada ocasión.

Se abre su recio cuerpo, su mirada agavillada
a una voz queda y algo ronca: una voz
de hombre cansado. Y ningún cansancio la toca (…)

Si alguien mira su boca, entorna los ojos expectante
nadie cedería a su ímpetu
muchos hombres conocen su ambigua sonrisa
o el inesperado frunce. Si hubo alguno
que la conoció quejumbrosa, humillada de amor
lo paga un día tras otro, ignorado por quien
vive ella la hora presente.

Sonríe ella sola
su más ambigua sonrisa al andar por la calle.

September 13, 2008

Procesando el juicio a Fujimori

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¿Se pueden asumir las premisas de la psicología y de la psicopatología para concebir los aplausos y rechazos que despiertan los testigos, el inculpado, la defensa, los jueces y los abogados de la parte civil en el llamado "megajuicio" a Alberto Fujimori? Sin duda, la mirada de psicólogos y psicólogas aportaría una entrada diferente, menos jurídica y dura, mucho más analítica e interpretativa, de este proceso que está marcando sin duda alguna la historia nacional.

Precisamente partiendo desde esta perspectiva la organización Paz y Esperanza y uno de sus directores, el excelente y comprometido abogado Germán Vargas, estarán publicando en breve un análisis que realiza un grupo de profesionales de salud mental que acompaña a los familiares de las víctimas de La Cantuta y Barrios Altos. Germán hace las entrevistas y las respuestas están a cargo de Carlos, Nélida, Carmen, Myriam, Giannina y Viviana, psicólogo y psicólogas de los familiares de las víctimas.

Todos los profesionales que narran su experiencia de asistencia al "megajuicio" nos muestran un análisis profundo de los actores del mismo, así como de toda la parafernalia judicial, extremada y rigurosamente ritual, ante la cual se enfrentan los familiares tres veces por semana con gran indiferencia de la opinión pública. Quizás esta ritualidad excesiva "en tiempo real" es lo que agota a un espectador televisivo acostumbrado a las ficciones de quiebres, rupturas y cortes; o a juicios estadounidenses apoyados en jueces únicos y jurados ciudadanos.

De las entrevistas a todos los psicólogos podemos deducir algunos asuntos fundamentales. En primer lugar, que a pesar de todo (lo monocorde, las sesiones larguísimas) es impactante la asistencia al juicio. Me consta porque lo he hecho y he visto en primera fila a Raida Cóndor y Gisela Ortiz, entre otros familiares, en actitud estoica observando detenidamente, mirando como distantes, pero ahí mismo destejiendo los recuerdos y analizando los sucesos para salir luego, mientras los periodistas como tábanos las acosan, a dar su palabra y sus análisis. A dejar sentada su posición. A alzar la voz cuando se enfrentan a mentiras descaradas.

Los entrevistados de este libro coinciden en opinar que cierta tendencia a lo monocorde en el juicio se debe, precisamente, a las mentiras. Porque muchos de los testigos organizan sus discursos sobre una mentira que luego deshilvanan u olvidan, y por lo tanto no pueden regresar sobre ella, y se dedican a darle vueltas y vueltas al asunto, a ese asunto que están recordando pero se niegan a admitir: la verdad que ellos conocen sobre los hechos. Al respecto la entrevistada Myriam Rivera sostiene: "Es claro que no son olvidos sino encubrimientos, amnesia selectiva para proteger actos criminales, para ocultar hechos vergonzosos".

También sostienen que la importancia del megajuicio reside, precisamente, en la reparación moral a los familiares de los asesinados y torturados quienes, en su mayoría mujeres –otro "detalle" a tener en cuenta–, se resisten al olvido y sostienen la memoria que hace justicia.

in embargo, el seguimiento que algunos espacios noticiosos le dan al "megajuicio" nos pone en evidencia como nación: ¿seremos capaces de condenar a un ex presidente que, aún en muchos sectores, se le recuerda y anhela como el padre-padrone de la lucha contra la subversión? La respuesta la tendrá el lector cuando regrese sobre este libro algunos años después, mientras tanto, como sostiene Carlos Jibaja, "el mito" Fujimori está siendo "procesado" –tanto a nivel judicial como psicológico– y este es un hecho histórico sin precedentes.






















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