¿Quién es Turcios?
Uno de los textos más políticos y confidenciales escrito sobre los años 70 es el testimonio Entre el amor y la furia de la camarada Tania, o también llamada Maruja Martínez (1947-2000). El texto es una confesión de los llamados "años dorados de la izquierda legal" aunque en realidad en esos días ser troskista implicaba no ser muy legal (la propia Maruja tiene que pasar algunos días en la cárcel de Chorrillos al ser implicada como la editora de la revista Comunista).
Precisamente por esta y otras vinculaciones es que se me ocurre llevar el texto de Maruja a mi taller de literatura de la cárcel de Chorrillos. Al presentar a Maruja como la escritora refinada de una autobiografía, Nancy M. me dice que es prima de su madre. Le pregunto entonces si su familia materna es de Jauja, y me contesta afirmativamente. Entonces introduzco el tema a partir de la historia de vida de Maruja Martínez.
Personalmente siempre me pareció una persona de una calidez muy especial. Les cuento a las talleristas que la vi algunos meses antes de morir, en San Marcos en una de las aulas grandes del pabellón de Letras, muy contenta. Le pregunté, ¿qué haces acá?, y me contestó verdaderamente eufórica, "estoy de cachimba". Había ingresado a la carrera de Literatura, moriría algunos meses más tarde de un cáncer a los pulmones.
Leemos entonces el prólogo de Gonzalo Portocarrero. Portocarrero interpreta el texto de Maruja como una apuesta por presentar una historia de esa época desde las subjetividades: "La autora no pretende representar ningún papel. No quiere ser ni víctima ni heroína. No busca admiración ni lástima. Su presencia es casi transparente. En ningún momento se encierra en una definición" (p.13). Precisamente estas características me parecen imprescindibles para poder narrar un testimonio desde una memoria diferente, una memoria-otra, a aquella que oficialmente ha narrado los hechos políticos que marcaron la historia de nuestro país durante los años 1980-2000. Eso le comento a ellas: sostengo que tengo grandes diferencias con ellas, así como ellas las tendrán con Maruja, pero creo que es necesario que la nación también se deje atravesar discursivamente por esas memorias-otras, que quizás no coincidan con las propias, pero que de alguna manera hacen también la historia del Perú. Silvia me dice que es necesario entender que ellas también tienen algo que contar.
Entonces pasamos a leer los objetivos que propone Maruja en el prólogo como razón de ser de su testimonio: "No rencor, dije, sino memoria. Pero conforme fui escribiendo, la frontera entre el recuerdo y las sensaciones fue tornándose tenue (…) esto podría ser un regreso a mí misma, una catarsis, o un intento de reconciliación con la propia vida" (p.17). Es extraño que, precisamente, ella se reconcilie con la vida a través de los recuerdos y la palabra, y unos meses más tarde muriera: como si hubiera tenido el presentimiento de tener la tarea de legarnos este texto, de dejarnos algo para entender no sólo su vida, sino nuestras vidas a partir de la historia de nuestro país durante esos años convulsionados.
Leemos entonces el capítulo que les he fotocopiado en 15 copias (pero no alcanza, hay que leerlo entre dos), sobre el amor de una militante, una historia en realidad de frustración y desamor pero narrada con mucha ironía y distanciamiento. Esa ironía le da un aire más ligero a una historia que, en otro registro (el mío, por ejemplo) hubiera podido ser en exceso dramática. Tania cuenta la historia de amor con Turcios, una historia que dura de facto tres meses, pero en el ensueño de contactos y compañerismos e intercambios sentimentales varios, dura tres años largos años.
Silvia sostiene que esta historia de amor se encuentra dentro de la propia militancia: no es una historia paralela, es una historia que está imbricada con todo el hecho político que vivían ambos. Silvia agrega que en realidad "una verdadera militancia" hubiera implicado otro tipo de posicionamiento político en relación con lo personal, y no lo dice, pero queda más o menos implícito que esa militancia troskista no era la más "auténtica", ni la más "entregada", ni la más "transparente". Obviamente se expresa una crítica velada a una militancia "light". Sostengo que es necesario leer todo el libro para hacer un comentario así pues sólo les he traído el texto más ligero de toda la historia.
En todo caso la historia arranca mucha empatía entre las asistentes al taller y la propia autora, en relación con varios términos, situaciones parecidas, vínculos con terminología de la izquierda y otros detalles. Lucero también interviene y se pregunta, qué debe de tener un testimonio así descrito para poder narrar desde esa perspectiva, con esa intensidad que tiene la historia de Maruja Martínez.
Judith a sus vez afirma que le parece muy cercana esta protagonista en primera persona del tiempo presente –Delia concluye que esa es otra de las características que hace muy vívida la historia– con la Alicia Mellings de La Buena Terrorista, la novela de Doris Lessing que unas semanas atrás expuso Elena en el taller. Quizás precisamente porque no está vinculada a las historias personales de estas mujeres que están en la cárcel pero, a su vez, habla de mujeres que optaron por una militancia fuerte y por una opción violenta. De hecho la novela de Doris Lessing propone una mirada ácida y crítica a una generación que tomó la muerte y la vida sin la necesaria seriedad.
A las talleristas les parece que esta historia está muy bien escrita, a pesar de que tienen importantes diferencias ideológicas, pero si reconocen que esta mezcla que usa Maruja Martínez de intercambiar textos en redondas que narran el recuerdo de hechos escritos con verbos en presente, y textos en cursivas que apuestan por la descripción de los sentimientos, es lo que le da al libro una calidad diferente, más intensa, más cercana a una historia personal de una época convulsionada.
Al final todas nos quedamos con la intriga de saber quién es ese personaje llamado en el texto por el apelativo de Turcios, el amor imposible de la autora, un "super-cuadro" que finalmente no asume la militancia como la propia Tania y pese a todas sus posibilidades políticas, decide irse a trabajar en su carrera de bioquímica, a una universidad en Baltimore.



Estimada Rocío:
Yo tuve la satisfacción de compartir el “momento” de los sesentas con Maruja y, por supuesto, conocí a Turcios. Quizás, si Usted me lo pide, podría contar en otro momento y en forma un poco más extensa esas vivencias tan estimables para mí.
Por ahora, quiero limitarme a una reflexión, mas bien, sobre el tema literario. Usted menciona el comentario de su alumna Silvia, en el sentido que el testimonio no corresponde a “una verdadera militancia”. No quiero juzgar el atrevimiento de la juventud (ligereza? Esquematismo? Falta de calle?), pero tengo fe en que la vida se encargará de ampliar su panorama.
Pero, leyendo el comentario al revés, desde la perspectiva de la autora, puedo comparar lo que Maruja quiso contar -con naturalidad y autenticidad- con el mensaje que llega jóvenes un cuarto de siglo después. ¿Puede un relato retratar la atmósfera, las presiones sociales y emocionales vividas, trasmitir la relación entre la actividad política y los sentimientos propios, a lectores de otros tiempos y otros paradigmas?
Cuando leí el libro, me sentí un poco un personaje del mismo y pienso que interioricé de inmediato su mensaje, pero parece que para sus alumnos se trata de un texto sociológico, y no una experiencia que pretende trasmitir los sentimientos y esperanzas que tuvo la generación de la entreguerra (entre la guerrilla del 65 y el senderismo del 80)
Comment by Miguel — September 24, 2008 @ 11:20 am
Manuel, Miguel, quizás hay que volver a leer con detenimiento lo que yo escribí porque Silvia no es joven, es mayor que yo, debe ser una mujer en sus cuarenta o cincuenta años, y está presa en la cárcel de máxima seguridad pues está purgando una condenada por terrorismo. Con esta información creo que se puede entender su comentario no como una “falta de calle” sino quizás exceso en su propia experiencia. Pero, eso sí, les dije que no podían juzgar el libro por apenas leer un par de capítulos y espero que la próxima semana cuando vuelva a tocarme regresar pueda llevarles algunos ejemplares o fotocopias.Comment by Rocio Silva Santisteban — September 24, 2008 @ 3:39 pm
NO soy Manuel, pero te agradezco la aclaración. Viniendo de una persona que ha participado de un movimiento terrorista es comprensible que tenga una visión extrema de lo que es militancia. Detrás de todo esto había que hacer un análisis sobre extracciones de clases, fanatismos y estilos de militancia. Pero, mejor dejo el tema ahi, porque creo es muy amplo y no quiero prejuzgar con pocos datos
Comment by Miguel — September 24, 2008 @ 4:06 pm
Miguel, lo lamento… me equivoqué de nombre. Ya corregí.
Y claro, exactamente, es necesario hacer un análisis sobre las diferencias, no obstante, sigo con la duda que tormentosa crece: ¿quién era Turcios?
Comment by Rocio Silva Santisteban — September 24, 2008 @ 4:30 pm
Cuando entré a VR (Vanguardia Revolucionaria) en 1968, conocí a la militancia universitaria, dentro de la cual estaban Maruja, de la Católica, y Turcios, de Cayetano, donde también militaba Mezzich, quien poco después se fue a la sierra, se casó con una campesina y se instaló como dirigente del movimiento campesino (para Silvia, esa sí fue “una verdadera militancia”).
Maruja era una joven de estilo personal muy provinciano (ella y su familia eran de Jauja), siempre sonriente, algo mojigata. Cuando alguien hacía alguna broma ligeramente obscena solía responder con un manazo de desaprobación, mientras lo disfrutaba a carcajadas. Maruja era buena, protectora, preocupada por los demás, sencilla, transparente. Por eso, a pesar de su fealdad física, se hacía querer de inmediato.
Turcios era un chico de clase media alta, de tamaño bajo, pelo castaño y ojos claros. Vivía en San Isidro y era uno de los pocos que llegaba a las reuniones, de vez en cuando, con carro. Tenía una gran inteligencia, que se expresaba en dos formas: una memoria excepcional (que le permitía recitar párrafos leídos, sin perder la pausa de las comas) y una capacidad de aplicar sus principios ideológicos para sustentar su propuesta de acciones concretas (lo que le permitía decir la última palabra en las discusiones, con argumentos incontestables).
En el grupo era algo menor (unos 3 o 4 años menos que Maruja) y sumamente tímido (no lo imagino matando ni una araña). Pero, era conciente de su capacidad intelectual, por lo que se esforzaba por proyectar una imagen de madurez que no tenía. Eso lo llevaba a hablar con voz fingidamente grave, que al final le salía gangosa. Creo que en el fondo era como esos príncipes de la Iglesia, que tienen que mostrar solidez en sus convicciones, para fortalecer a su feligresía y para darse valor para superar sus dudas.
Los años siguientes fueron sumamente movidos, no solo por el golpe de estado de Velasco y las diferencias entre los grupos “ultras” y el PC, que lo combatían y lo apoyaba respectivamente. Fueron años más inquietantes por las sucesivas definiciones ideológicas: VR se rompió en 1971, la fracción dirigida por Ricardo Napurí y el entrañable Jorge Villarán formaron el POM-R.
Maruja, Turcios y yo seguimos la misma ruta (Napurí sentía un gran afecto por Turcios, quizás viéndolo como el líder de relevo para el futuro).
Los que salimos de VR no éramos tan concientes de las diferencias entre VR y el trotskismo, pero, fue Turcios el que más rápidamente asimiló las lecturas y posiciones de la cuarta internacional. La orfandad ideológica de los demás nos obligaba a estrechar nuestros lazos personales, para fortificar nuestros vínculos. Creo que fue entonces en que Maruja y Turcios empezaron una relación entrañable.
Era habitual que Turcios se quedara charlando con Maruja, después de las reuniones de la célula, hasta altas horas de la noche. Intuyo que, aparte de los temas ideológicos, la relación entre ellos se fue alimentando por la necesidad de Turcios de reforzar sus convicciones y por la vocación maternal de Maruja.
También supe de estridentes discusiones entre ellos, que terminaban tan rápido como empezaban. ¿Cuándo esa relación se volvió amor?¿cuándo dejó de serlo? Es difícil saberlo, porque la amistad persistió por años y no conocimos de parejas ni de uno, ni de la otra.
Tiempo después vendría otra ruptura, en este caso dentro del POM-R. En el año 1970 se incorporó al POM-R, Sergio, que venía de militar en el SLL en Londres. Por sus pergaminos se incorporó a la dirección. Sergio era un cuadro peruano, con mucho mundo y formación ideológica refinada.
No sabíamos que se estaba produciendo una ruptura en el troskismo internacional y que Sergio importaría esas diferencias ideológicas al partido. Sergio cuestionó la línea partidaria y se produjo la ruptura. Turcios se adhirió a sus posiciones y ambos lideraron la ruptura, formando la Liga Comunista, convirtiéndose en miembros del Comité Central, junto a Maruja.
La Liga Comunista revolucionó el estilo propagandístico del a izquierda, con su periódico de pulcra diagramación moderna, grandes fotos, titulares cortos pero concretos y textos que denotaban una línea inteligentemente estructurada y bien escritos. Es verdad, Sergio y Turcios eran, de lejos, dirigentes superiores a los líderes de izquierda que conocimos hasta la fecha, Maruja no tenía ese brillo, pero aportaba su dedicación, convicción y humanidad.
En 1973, la policía detectó la imprenta y produjo una redada masiva, que incluyó a la mayor parte de la militancia y al Comité Central. Yyo me salvé con las justas, dejando apresuradamente mi departamento, con mi esposa embarazada con 8 meses y tres semanas.
Algunos se quebraron, no así Maruja, ni Sergio, no recuerdo que Turcios fuera detenido.
Ese incidente produjo la dispersión de la mayoría de los militantes. Tampoco recuerdo cuándo Turcios viajó, sí que Sergio se apartó y, desde entonces, la Liga era Maruja y lo fue hasta su desaparición. Lo que demuestra que la militancia fue para ella su vida, vida que se fue apagando, hasta volverse una leyenda para los que sobrevivimos a esos maravillosos años
Comment by Miguel — September 25, 2008 @ 5:42 pm