Kolumna Okupa

Rocío Silva Santisteban

October 27, 2008

El macho que se respeta

Filed under: Kolumnas

Lo que más me gusta de enseñar es que, inevitablemente, terminas aprendiendo de tus alumnos. Ellos son los que me ponen al día, me estimulan con sus preguntas, y muchas veces, con algunas ocurrencias. El lunes pasado, en la clase que dicto en la maestría de Estudios Culturales sobre Género y Poder (sí, lo reconozco: menudo tema), uno de los asistentes me planteó de sopetón una idea que al principio a todos nos pareció graciosa –las risas fueron unánimes–, pero meditando más allá de la ocurrencia creo que se puede tomar en cuenta para pensar en las masculinidades del Perú contemporáneo. Él dijo que era necesario "ejercer un machismo responsable". ¡¡¡¿Qué?!!! Un momento, antes de arrugar este artículo, déjenme explicarles.

La semana pasada el tema de fondo de mi clase fue el de los varones y el género. Se encargó una lectura fundamental para entender cómo se organizan los aprendizajes para que un hombre peruano sea tal: "Sobre héroes y batallas" de Juan Carlos Callirgos. El libro es corto, salió publicado en una editorial de una ONG, ya no se encuentra en circulación (motivo por el cual alguna editorial debería ponerse las pilas ¡¡ya!!) y es fascinante porque, entre otras cosas, está escrito/descrito desde las experiencias de aprendizaje de la masculinidad de un antropólogo limeño que empató su aprendizaje teórico con un relato de vida personal. Y sobre este espinoso tema no lo hace cualquiera así nomás, ah…

Aunque discrepo amigablemente de algunas de sus ideas, el libro contiene una propuesta que me parece oportuna para entenderlos (sí, entender a los ¡¡¡hombres!!!): el núcleo duro de la masculinidad es precaria, vulnerable y, por lo tanto, siempre se sospecha de ella. Un hombre tiene que estar demostrando su masculinidad siempre. Mientras la mujer lleva una feminidad inherente, el hombre deberá poner en práctica diariamente que lo es, bajo el grave riesgo de ser considerado poco hombre, afeminado o minusválido moral. Por eso los machos que se respetan no lloran, los machos que se respetan no piden direcciones, los machos que se respetan pegan, los machos que se respetan tienen la última palabra y toda esa recatafila de estereotipos denigrantes, humillantes, y falsos de todas maneras.

Entiendo que las cosas han cambiado, pero no tanto como quisiéramos, y que hoy en día las masculinidades son más plurales, menos homogéneas. Los jóvenes la viven con más libertad. Si alguien lee, por ejemplo, una novela de Vargas Llosa como "La ciudad y los perros", se dará cuenta de inmediato la terrible necesidad de demostraciones absurdas que se requerían en una sociedad como la limeña de los años 50. Eso ha sido superado, aunque no del todo, y es preciso admitir que hay bolsones de "machismo denso". Pero incluso aquellos hombres que son más "liberales, abiertos e integrados" siguen manteniendo muy adentro, calados hasta el tuétano de su identidad, valores de una masculinidad hegemónica. Quizás muchos de ellos discrepen de estos valores pero, en el día a día, los ejercen incluso a su pesar.

A esta auto-conciencia de esos valores machistas arraigados es que, precisamente, se refería mi alumno cuando hablaba de "ejercer un machismo responsable". En medio de una discusión sobre las dificultades para evitar conductas que discrimen a la mujer o que piensen en el varón desde la tradición más patriarcal –incluso en una feminista como yo misma– este muchacho, de lo más conflictuado y bien intencionado, planteó esta propuesta aparentemente incongruente, pero en el fondo, bastante sincera. ¿Qué debe hacer un hombre para tomar conciencia, en sus prácticas diarias, de esa falacia de supremacía masculina que ha integrado a su identidad?, ¿cómo evitar no solo el golpe a la mujer, sino, incluso, la competencia absurda, el ninguneo, la complicidad entre varones para rebajarla? En otras palabras: ¿qué diablos debe hacer un hombre para dejar de querer ser un "macho que se respeta"?

La ilustración es de acá.

October 18, 2008

Magaly Medina y la delgada línea roja

Filed under: Kolumnas

“Detesto y aborrezco lo que dice Ud. en este instante, pero defiendo con mi vida su derecho a decirlo…” con estas palabras, más o menos, Voltaire esgrimió una defensa abierta a la libertad de conciencia y de expresión frente a uno de sus rivales. Este criterio jamás es blandido en nuestras discusiones caseras pues tendemos a culpar a los hombres o mujeres y no a sus ideas. Sin embargo la posibilidad de discrepar es parte del juego democrático y, dentro de los márgenes de la ley todo es posible, incluso plantear divergencias radicales pues no existe delito de conciencia. ¿Puede alguien decir en un periódico que está a favor de comandos de limpieza social? Puede hacerlo, de hecho hay racistas y sexistas y homofóbicos que escriban en las páginas de varios periódicos locales, y tienen el derecho de expresar sus repudiables ideas.  Pero eso sí, este derecho puede ejercerse sin lastimar a los demás, cuando dañamos al otro concreto nuestro derecho tiene límites.

Discrepo absolutamente de las técnicas, estrategias y métodos de Magaly Medina, me parece que su programa es una forma de adormecer las conciencias, que azuza lo peor de nosotros mismos frente a nuestros problemas concretos, que apela a esos sectores cínicos y resentidos que los peruanos no hemos podido superar. Magaly TV es una programa que hace uso de un discurso moralista que, tras juegos de lenguaje, de cámaras y edición, organiza un imaginario autoritario.  Parece un simple programa de chismes y de exhibición pública de pecados privados, pero es mucho más que eso: es una manera de hacer entender a la opinión pública que una cámara puede arrogarse el derecho de inmiscuirse en lo más personal de los demás.

No obstante, creo que ella y su productor tienen todo el derecho de tener ese programa siempre y cuando no rebasen los límites: no hagan daño concreto a otro. Quizás esta perspectiva del “daño concreto” sea demasiado jurídica pues apunta a individualizar y cualificar el efecto de una acción dañina; también podríamos alegar que el daño causado por el programa es a las mentalidades de toda la audiencia. Si se trata de daños colaterales, entonces, pues hace rato que Magaly Medina merecería cadena perpetua. Pero este otro daño “a toda la audiencia” no se puede cuantificar, no se puede medir, y por lo tanto, no es plausible de ser criminalizado. Ergo: no podemos parar un programa por un daño potencial y ambiguo, pues esa prevención choca con el derecho de Magaly Medina de poder expresar esas ideas, aunque no estemos en nada de acuerdo con ellas. En otras palabras, y siguiendo a Voltaire, defiendo el derecho que ella tiene de hacer esos bodrios televisivos. ¿Por qué? Porque ella no tendrá razón, porque ella puede estar completamente equivocada, pero el sistema de derecho tiene que estar por encima de ella, y de mí, y de ti, ennubado lector o lectora.

Sin embargo, como lo dije arriba, ella y su productor juegan en ese espacio de la cancha oscuro, flexible, viscoso, y muy peligroso para ellos mismos, en tanto que lo usan como “cortina de humo” para poder muchas veces dañar al resto a costa de conseguir un “buen ampay”.  Magaly Medina y su productor juegan a bordear, sobrepasar, borrar y distender esos límites que la ley fija y defiende (dicho sea de paso, los anunciantes del programa de Magaly también han aprendido a jugar con esos límites cuando le dan “luz ámbar”, eternamente, pero nunca la temible “luz roja” que la sacaría a ella, pero sobre todo a ellos, de la escena mediática). En esta ocasión de la “difamación a Paolo Guerrero” el juez, en una sentencia que llama poderosamente la atención, le ha dictaminado pena efectiva, al parecer por sus antecedentes judiciales (hace algunos meses a Angie Jibaja también se le dictaminó esta pena que es muy inusual en nuestro sistema judicial). Como dijo Patricia Salinas en una programa de tv, “se la ungido como la Micaela Bastidas de la libertad de expresión”. Pues doblemente lamentable: por un lado, porque convierte en absurda heroína a una periodista de espectáculos sin muchos escrúpulos, por el otro, porque es la primera vez que en la prensa peruana se dicta prisión efectiva por difamación sentándose un precedente negativo que puede ser usado más adelante contra los periodistas probos que se oponen a la corrupción. 

October 16, 2008

Cinturón de castidad: 25 años después

Han pasado más de veinticinco años desde que se publicó la primera edición de Cinturón de Castidad. La mujer de clase media en el Perú,  escrito por la periodista Maruja Barrig y editado por Mirko Lauer y Abelardo Oquendo a través de Mosca Azul. El texto, compuesto por una introducción histórico-social y tres testimonios, caló profundo entre las mujeres y hombres que lo leyeron y ha devenido hoy en un clásico de los estudios sociales.
Leí el libro cuando tenía 17 años, el año 1980, fecha del retorno a la democracia y a su vez del inicio de la lucha armada por Sendero Luminoso. Ese mismo año estaba haciendo mi primer ciclo en la universidad y compraba libros gracias a una cuenta que mi padre tenía en la vieja librería del Jirón Azángaro de don Juan Mejía Baca. Debo confesar que primero leí los testimonios, y luego las palabras introductorias; y que ambas partes dejaron una huella muy profunda en mí, tanto así que el primer poema que publiqué en mi vida, en el año 83 y en la revista Haraui del recordado Paco Carrillo, llevaba por título Cinturón de Castidad (fue ahí cuando comencé con esta larga historia de homenajear plagiando).
A más de veinticinco años me toca preguntar y analizar por qué esa marca, por qué significó este libro tanto para todas nosotras, las “pequeñas burguesas ilustradas”, adjetivos que usa la autora, que atravesaríamos luego los difíciles y durísimos años 80 en el Perú. El libro es, en realidad, el inicio de algo que podría llamarse posfeminismo puesto que, desde un comienzo, se sitúa críticamente en relación con el feminismo en el Perú, “en el curso de la investigación y redacción de este libro he observado con menos prejuicios que antes a los movimientos feministas en nuestro país” (13) dice Barrig, pero con prejuicios al fin, digo yo. Aunque, a su vez, para otras lectoras durante esos años 80, Maruja Barrig era una feminista: quizás no estábamos tan enteradas de las sutiles diferencias entre unas feministas y otras “no tan” o “más radicalmente” feministas. El asunto es que el libro trataba, desde una perspectiva radicalmente crítica, un tema que nos podía parecer absolutamente importante: nosotras mismas.
Personalmente creo que el libro impactó por varios motivos entre los cuales quisiera destacar los siguientes:
Lo íntimo testimonial
Creo que la autora realmente acertó presentando el tema como una propuesta testimonial, puesto que el testimonio es un género literario de no ficción que se acerca mucho al periodismo, pero también a lo autobiográfico, y plantea de entrada una relación de intimidad con el lector o lectora. Por otro lado, la gran ventaja del género testimonial es la frescura de la oralidad. En cada uno de estos testimonios la huella de “conversación” es tan firme que realmente una siente, como lectora, que se encuentra frente a una confesión de parte, frente a alguien que se acepta tal cual pero a su vez indaga sobre sus problemas en voz alta, y además, convierte a sus historias más íntimas en confidencias.
El nivel de confesión de las tres mujeres anónimas que narran sus historias es admirable. Es tan admirable que aquéllas no tengan reparos en abrirse, como que la entrevistadora haya logrado captar un alto grado de sinceridad incluso cuando esta sinceridad haya sido falsa. Me explico: hay detalles que, definitivamente, abren el canal de comunicación y lo limpian para conectarnos a través no sólo de la racionalidad, sino de la emoción. La empatía es inmediata y, por lo tanto, la posibilidad de plantear cuestionamientos a lectores y lectoras mucho más viable porque estos testimonios funcionan como un espejo: es imposible no pensar en los propios problemas de pareja cuando se leen estos problemas de pareja, o en las posibilidades de militancia política cuando se escuchan estas historias frustradas, tan parecidas, a las que unas y otras vivíamos durante estos años 80.
Precisamente uno de los mejores testimonios, el primero, logra a pesar de las distancias ideológicas o vivenciales, porque no se trata de una “pequeño burguesa” sino de una exponente de la alta burguesía venida a menos, conectarse con esos núcleos comunes de las mujeres “de clase media”. Y es así que, junto a ella, también podemos cuestionarnos las formas erróneas de auto-afirmación que desplegamos, con tanto esfuerzo, en los diferentes momentos de nuestras vidas: “mi auto-afirmación como mujer se manifestaba en el terreno de lo sexual […] en algún momento el sexo fue para mí el descubrimiento y puse el énfasis ahí. Creo que luego no” (130).
La cuestión ideológico-cultural
Este libro insiste en un tema que aún hoy no está en la primera página de las agendas feministas: la cuestión ideológico - cultural. La autora señala que el título se refiere a ese “cinturón de castidad mental” que son las barreras ideológicas impuestas y asumidas por las mujeres. Cuando se explora las historias de vida de estas mujeres lo principal es cómo se ha ido tejiendo la red de dominación a lo largo de sus vidas: de qué manera se han ido auto-saboteando, la importancia que tiene no sólo la pareja y los hijos, sino el amor como ideología; el rol secundario de la mujer en los espacios públicos vinculado con su auto-ninguneo como ciudadana. El rol privado, a su vez, está puesto en contexto en la introducción del libro: Barrig realizada una breve pero bien documentada historia de la las ideas de dominación de la mujer en el Perú, rastrea citas clásicas de la misoginia y el machismo como aquéllas del demócrata cristiano Héctor Cornejo Chávez, o del exaprista y luego fujimorista Enrique Chirinos Soto o de aquellos párrocos que combatían el divorcio vinculándolo, a través de funambulescos saltos especulativos, con el comunismo.
Por otro lado, el gran avance de libertad sexual de los años 70 en Lima se respira no sólo en los testimonios sino en la amplia documentación de la disidencia femenina, desde la búsqueda genealógica en las historias de las novelas de Clorinda Matto hasta las descripciones de Flora Tristán, así como en la propia crítica del libro a la ideología mariana y a la doble moral de la burguesía limeña de ese entonces y sus exigencias sobre la virginidad, el matrimonio por conveniencia y, por último, la vuelta de tuerca a todas estas exigencias morales desarrolladas desde la cotidianidad criolla por el estereotipo de la maroca, la muchacha pobre que intenta, a través de la manipulación de su sexualidad, arribar socialmente; estereotipo hoy evolucionado en la jugadora.
Por otro lado, a partir de este entramado cultural en el que se permite la libertad del varón debido a su “sexualidad incontenible”, y se exige una sexualidad controlada aunque “liberal” de las mujeres universitarias, en un mundo donde todavía se veía mal que esta libertad sea ejercida con verdadera autonomía, se generan huellas casi convertidas en traumas de las burguesas ilustradas: “Hay una imagen en mí, que yo quiero que siga funcionando en los demás. La gente que está a mi lado, que me quiere, debe pensar que todavía hay muchos elementos que no se definen en mí. La gente que me conoce poco debe tener la imagen de una mujer tratando de afirmarse constantemente y que maneja sus relaciones con hombres de manera manipulatoria. La gente que solamente oyó hablar de mí debe de pensar que soy una puta intelectual. Yo solía pensar que esto último me divertía, pero no […] Me afecta el que dirán después de tantos años de pensar que me importaba un comino” (131). Este temor por ser vista como una “puta”, aun cuando se trate de una puta intelectual, ha sido uno de los lastres contra los cuales muchas hemos tenido que acarrear para reafirmar, desde la sexualidad, nuestra autonomía social. Pero, lo peor de todo, es que “el qué dirán”, esto es, las expectativas sociales sobre nuestro accionar en todos los niveles, sigue manteniéndose apuntalado por una serie de engranajes sexistas, machistas y misóginos que, en el peor de los casos se han convertido en base para perpetrar toda clase de violencia contra las mujeres, y en el mejor de los casos —es una manera de decir, claro— se han invisibilizado de tal manera que hoy conforman lo que tan acertadamente Patricia Ruiz Bravo ha bautizado como el machinario, esto es, la maquinaria del machismo solapado.
La autora pone (parte) del cuerpo
Hay un riesgo en todo libro de este tipo cuando se plantea un acercamiento de índole personal-intuitivo. Se requiere de una rigurosidad muy especial para poder ser, a su vez, seria e intuitiva, ese término que a muchos rigurosos científicos les molesta en demasía. Ahora que he vuelto a leer el texto, pensé que me había equivocado cuando leí las primeras líneas, la autora en primera persona habla de su experiencia como esposa de un hombre que trabaja en una empresa donde se está formando un sindicato. Incluso regresé sobre esas líneas para cerciorarme que estaba leyendo bien. Pues me sorprendió el nivel de acercamiento, de exposición de la autora, desde ese primer párrafo inicial. Este es uno de los motivos por los cuales creo que el libro también enganchó: porque quien lo escribía no se paraba encima de la torre de alta tensión del árbitro-autor sino que, también, mostraba las costuras y las manos manchadas de tinta. Este gran detalle, junto con las otras características señaladas líneas arriba, supuso un gesto de alto rendimiento político.

La ilustración es de acá.

October 15, 2008

Luciana

Filed under: Kolumnas

Un dilema moral se ha puesto sobre el tapete de los medios de comunicación en los últimos días frente a los actos de corrupción más escandalosos desde los vladivideos: la reacción de una hija ante la acción ominosa de su padre. Obviamente se trata de Luciana León y su necesidad de decidir entre la responsabilidad por su representación ante sus electores o apoyar a su padre a pesar de todo.

Otra hija, hace algunos pocos años, asumió el pasivo completo de su padre, ante una situación política igualmente conflictiva. Cuando Alberto Fujimori escapó del país y renunció a la mayor investidura de la nación por fax, Keiko, la primera dama de ese entonces, permaneció en el Perú y a sus pocos años afrontó la situación dando la cara. Considero que esa actitud le ha valido la cantidad de votos que recogió en las últimas elecciones. Pero Keiko no deslindó en su momento, se mantuvo siempre del lado de la familia –ese espacio de juegos simbólicos tan protagonista tanto en el gobierno de Fujimori como en el de Alan García– y hace poco ha dicho, en una figura equívoca pues el dicho se refiere a todo lo contrario, que no le temblará la mano para firmar una amnistía si es que su padre es sentenciado y ella llega a la presidencia.

La actitud de Keiko Fujimori de anteponer a su familia frente a sus electores es vista, aún por una opinión pública que tiene mucha tolerancia a la corrupción, con ojos pasmados. Su viaje estratégico a Estados Unidos casi a un mes de su parto, y siendo congresista de la República, tampoco ha sido visto con buenos ojos excepto por sus condicionales. La situación se le presentó muy difícil pero, consideramos, no ha sabido mantenerse a la altura de las circunstancias entre otros motivos porque su situación política se debe precisamente a ser la hija del líder.

A diferencia de Keiko, Luciana León ha deslindado de inmediato: las circunstancias son muy diferentes y los niveles de corrupción también, pero Luciana León ha sabido anteponer los intereses de sus representados, de sus electores, de las personas que confiaron en ella y, por último, los intereses de la nación ante una mal entendida fidelidad de la familia. Por supuesto que ella no le debe a su padre el ser congresista, como en el caso de Keiko Fujimori; por el contrario, Luciana León ha salido como congresista a pesar de las sospechas sobre actitudes un poco grises –por no decir oscuras– de su padre en el gobierno aprista anterior.

Ahora, ante la situación difícil en la que se encuentra, y con dolor que se reflejaba en sus transparentes y húmedos ojos celestes, ha reconocido el acto delictivo de su padre y anteponiéndose ha sabido ser firme: "Como hija comprenderán que es una situación muy complicada y me siento muy afectada, pero como congresista yo me debo a las personas que confiaron en mí", ha dicho sin temblarle la voz. Definitivamente ha sido el paso de madurez más duro que mujer peruana alguna haya tenido que atravesar para resguardar su dignidad como política y para ganarse el respeto de la mayoría.

En un país como el nuestro, de tradición de componendas y corruptelas como las que hemos escuchado durante los últimos días, una actitud como la de Luciana León es muy sana porque no sólo se ha sobrepuesto a tremendo acto de corrupción que su padre ha cometido salpicándole también a ella (y sin pensar en la carrera política de su hija) sino que frente a todos se ha posicionado con una actitud diferente, digna, distanciándose de los actos corruptos de su familia con dolor pero con entereza.

Esperamos no decepcionarnos más adelante.

October 12, 2008

El papel platina

En esa época, cuando era niña, empecé a sentir el papel platina. No sé cómo explicarlo, pero en ciertos momentos yo sentía, no veía, sino que sentía un papel platina arrugado en algún lugar dentro de mí. Y esa sensación era mucho más nítida cuando cerraba los ojos, en medio de la oscuridad de la noche, con las manitos sobre la frazada, heladas, y los pies apretados uno contra otro. Era una sensación que me daba pavor, pánico, miedo a un cambio sin vuelta, terror. Asocio el papel platina a mi infancia de asmática, tosiendo y fingiendo toser, con las marcas de las inyecciones en las nalgas y las manos acostumbradas a las nebulizaciones, mirando a través de los barrotes de su cuarto a mi primo el esquizofrénico. Mi padre, unos años antes, había abandonado la casa familiar dejándonos detrás a mi hermano y a mí cantando el himno nacional. Mi madre decidió regresar a la casa de sus padres donde, también, vivía mi primo el esquizofrénico. Por eso creo que el papel platina es el miedo al abandono, pero también, el asco atragantado en mi propio pecho ante las toses de los demás y el pánico a perderse en los laberintos de la mente. Hace tiempo que no lo siento. Ahora siento otras cosas, aunque a veces busco tener una sensación parecida a la del papel platina. Pero nunca regresa como en ese entonces. Quizás fue un paso por la locura, del que sin duda regresé cuando comencé a escribir. A los 13 años ya estaba de vuelta.

October 10, 2008

Camino al colegio en Boston

para Sol

La oscuridad se desvanece cuando las dos juntas
Luchamos contra el frío
Guantes rojos, guantes negros
Me das el brazo
Y caminamos seguras sobre la escarcha
Sobre el hielo resbaladizo
Pasitos con miedo
Tirando el cuerpo hacia atrás para no caer

Y amanece un sol rojo en el cielo de Brighton
Todo parece pequeño a tus pies.

Una sonrisa tuya
Es lo único que necesito
Para volver
A ser feliz. Como
Tu primera sonrisa frente al quitasueños
De cerámica aquella mañana de Diciembre
Un pajarito entró por tu pupila
Y no paraste de reír.

Cada vez que necesitaba
Aprehenderme a la vida que maldita se escapa
Ponía la palma abierta de tu mano sobre mi rostro
Y sentía la inmensidad de esa breve caricia
Como un acto irrepetible.

Y era feliz ante tus ojos cerrados
Y más aún ante tus ojos abiertos

Ahora las dos juntas caminando por esa cuesta al colegio
El frío pellizcando tus mejillas
Helando el suave aura de tu piel morena
Y la nieve dejando sobre tu pelo negrísimo
Una delicada estela de estrellas.

Todas esas mañanas he aprendido
A amar a la vida
A dar gracias por el otro pie
Junto al mío en el camino

Con tu sonrisa enciendes una nueva fogata
En este mi cuerpo herido. 

October 3, 2008

No te informes, ciudadano

Filed under: Kolumnas

No te informes ciudadano, menos tú ciudadana. ¿Para qué vas a perder tu tiempo?, ¿para qué queremos enterarnos que el congresista Anaya simuló haber pagado su pasaje a Europa?, ¿por qué una tiene que enterarse de los entuertos que guarda en su cartera Lourdes Alcorta?, ¿por qué nos interesaría saber en qué tipo de bautizos, apadrinamietos de equipos de fútbol, refacciones de casas comunales nuestros padres de la patria invierten sus gastos operativos?, Es más ¿por qué necesitaríamos enterarnos de los nombres de los efectivos militares destacados en Putis durante los años 83-85 que nuestro celoso Ministro de Defensa aún no ha entregado a la Defensoría del Pueblo? El gobierno dice que les dejemos a ellos la chamba y que nosotros nos dediquemos a… ¿a qué?, ¿a vegetar?, ¿a pagar nuestros impuestos como autómatas?, ¿a vivir felices en un mundo infeliz?, ¿a inyectar dosis eternas de indiferencia para seguir soportando la dura realidad?

La información nos hace humanos: es lo único que nos convierte en seres pensantes. Como lo he dicho mil veces antes en esta columna, siguiendo las enseñanzas de Clifford Geertz, la cultura es nuestra mega-prótesis, sin ella es imposible seguir viviendo. Por esos mismo el acceso a la información y al conocimientos no son veleidad de periodistas pesados e insistentes, es un derecho de todos cuantos vivimos en este mundo. Y este acceso implica que los Estados deben garantizar su posibilidad de hacerlo real sobre todo si estamos hablando de información oficial. Por eso mismo, se han dictado leyes, e incluso el artículo 2 de la Constitución lo garantiza: todo peruano tiene derecho a solicitar información oficial del Estado sin siquiera dar el motivo por el cual quiere enterarse. Y El Estado está en la obligación de otorgársela.

Lamentablemente, siguiendo las directrices de la Ciudad Letrada, a veces los “representantes del pueblo” siguen creyendo que la información debe pertenecer sólo al sector que dirige el país, convirtiéndonos a todos los ciudadanos, en seres semi-pensantes, que deben ser tutelados, sobre quienes se deben de tomar decisiones pues no somos capaces de las mismas. Así es como muchas veces, y soy testigo de excepción porque he hecho los trámites personalmente, la ONP (Oficina Nacional de Normalización Previsional) trata a los jubilados: nadie sabe exactamente por qué se recibe una respuesta negativa ante una solicitud de reconocimiento de años de servicios. Todo está envuelto en misterios, en cartas debidamente selladas mil veces, cuyo tenor siempre es confuso e inentendible.

Las leyes, pues, se acatan pero no se cumplen. Como sostiene Javier Casas, periodista y abogado, quien participó la semana pasada de la primera conferencia nacional sobre acceso a la información organizada por el IPYS y la Defensoría del Pueblo, “los burócratas no tienen idea de qué es acceso a la información, y por lo tanto, el supuesto cumplimiento de la ley no sirve para nada”.

En la misma conferencia Jaris Mujica, antropólogo e investigador, explico que si bien es cierto la información es a veces accesible, no es asequible; esto es, se tiene la posibilidad legal de poder llegar a ella, pero el camino real es imposible para un ciudadano común e incluso no común, por eso mismo, a veces los periodistas solicitan la información oficialmente en mesa de partes de alguna institución pero acceden a ella porque conocen a tal o cual persona dentro de la institución.  O a veces, simplemente, no pueden llegar a ella porque las instituciones le hacen el camino imposible, como la Municipalidad de Otuzco que solicitó 4 mil soles por concepto de fotocopias a una radio local.  Yehude Simons, uno de los presidentes de gobiernos regionales que cumplió con la ley de transparencia al publicar en su página web su declaración jurada completa, fue notificado por la contraloría por su “discrepancia” de tal actitud. ¿En qué quedamos?, ¿acaso no es el contralor quien, por el contrario, debe exigir que se publique toda la información oficial en los portales del gobierno?

No informarse es claudicar ante la propia idea de ciudadanía. Ignorar y morir feliz es haber vegetado sin remedio.






















Get free blog up and running in minutes with Blogsome
Theme designed by Hadley Wickham