Kolumna Okupa

Rocío Silva Santisteban

November 24, 2008

¿Quien esta detrás del periodismo nacional?

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El cataclismo periodistico de la semana pasada nos ha puesto frente a una realidad cada ves mas dificil pero al mismo tiempo real en toda America Latina: el rol de los duenos de las empresas periodisticas y su papel en los debates publicos. Cuando se habla y estudia el periodismo en el Peru, cuando se dictan los innumerables cursos de las 34 facultades de comunicaciones operativas en todo el territorio nacional, no se menciona casi el papel de los propietarios de los medios de comunicacion. Un papel complejo, de gran responsabilidad y a su vez plausible de todas las arbitrariedades, en tanto que se pueden escudar bajo la armadura de la "propiedad" para la sinrazon, sobre todo, cuando con una decision de directorio pueden contribuir a la democracia o cometer errores irrecuperables en desmedro de sus lectores.

No se, y la verdad no quiero saber los detalles de los "asuntos internos" del grupo El Comercio, casa en la que he trabajado durante varios anhos en los que aprendi muchisimo, anhos dificiles para el Peru que me permitieron entender los mecanismos sutiles del complejo ejercicio de la libertad de opinion, y junto con muchos companeros asumir que todos las secciones del diario pueden ser percibidas como espacios donde se ejerce la "porosidad" del poder (como diria Foucault). No obstante, me parece imprescindible dejar constancia desde esta orilla en la que me siento ideologicamente mas a gusto [me refiero al diario La Republica], la preocupacion que nos ha embargado a muchos sobre el despido –hay que decirlo con todas sus letras– de Augusto Alvarez Rodrich ex director de Peru21.

Por un lado me ha sorprendido gratamente la solidaridad de los columnistas de opinion que ahora se han ido junto con el. Un acto importante, un gesto de acompanamiento imprescindible, pero al mismo tiempo la creacion de un vacio que se deja notar en el diario, en el periodismo y en la necesidad de los lectores de poder tener acceso a lo que podriamos llamar en el Peru "las grandes firmas". Leer el domingo las paginas desabridas de Peru21 despues del "acontecimiento" y en menos de diez minutos fue un acto casi de misericordia. La propuesta de Peru21, un diario que llamo la atencion desde sus inicios para bien y para mal ("por que no se desarrollan las noticias, decian algunos), renovo el panorama periodistico de tal manera que ha sido tambien un incentivo para otros medios, incluyendo el presente. La salida de Augusto Alvarez Rodrich empequenhece el panorama y por lo tanto disminuye esa suerte de competencia que anima a cualquiera que se dedica a este oficio.

Como bien dijo Heduardo, con quien he discrepado publicamente pero a quien tengo aprecio, los petroaudios tambien han permitido saber quien es quien en este momento periodistico cuando se producen los acomodos y re-acomodos (tambien es preciso notar que hay una gran diferencia entre ser columnista y dejar el diario, y ser periodista de planta y dejar el diario, me refiero solo a las consecuencias economicas de tal suceso). Como bien dijo Paola Ugaz, este tema del despido y el cierrafilas de los colaboradores, "nos ha dejado sin algo que nos pertenecia". Lamentablemente una como lectora se da cuenta que en estos temas de propiedad de los medios, de decisiones en beneficio de una empresa cuya materia prima es la "opinion", de sutilezas que involucran intensos juegos de poder, nosotros los lectores no somos nada si seguimos pensando como tuletados, como siervos que no tenemos poder de decision. Cierto poder tenemos: ese malestar que genera, con el tiempo, renovaciones y revoluciones. Y a veces, rencores.

PD. Pido disculpas por la falta de tildes y de otros signos del español como la virgulilla pero no los he podido usar cuando escribí el texto de arriba. Me encontraba en Filadelfia en una pc no muy adecuada y con poco tiempo (igual que ahora). Cuando regrese a Lima haré lo propio para solucionar este asunto.

November 11, 2008

El día que me leas

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¿En qué momento escribe?, me pregunta el interno Diego Silva, apodado El Japonés, luego de sacar un papel con cuatro preguntas escritas a mano. Balbuceo largo rato y finalmente, bajo las acacias que nos liberan ligeramente del sol de mediodía, 35 grados a la sombra, me sale un hondo sinceramiento desde lo más íntimo: "Cuando estoy deprimida".

El joven interno, alto y morocho, con los ojos ligeramente rasgados, y con pinta más de colombiano que de argentino, lleva unos tatuajes ornamentados encima de las tremendas cicatrices, cuatro, que tiene de largo a largo en el brazo derecho. Desde el silencio que nos embarga mientras veo sus cicatrices comenta parco: "Ah, claro, sí, a veces uno escribe desde la tristeza". Lo cierto es que Diego Silva, El Japonés, ha escrito un poderoso poema en el Taller de Soledades, de la Unidad de Detención Nº 3 de Rosario, Argentina, que dirige la poeta y activista cultural Susana Valenti. Y ese poema comienza con los siguientes versos: "Nada impide que mis pensamientos naufraguen hacia lo inevitable… Nada impide que mis pensamientos/entre el fuego y el agua/naveguen hacia la libertad".

Todos los poetas invitados al XVI Festival de Poesía de Rosario, 23 en total, entre holandeses, colombianos, americanos o belgas, nos encontramos en una sala de dimensiones reducidas sentados en cuatro filas de sillas que se miran mutuamente, de dos en dos, mezclados con los internos-poetas, cuyo manejo del lenguaje es verdaderamente sorprendente.

El taller de poesía tiene siete años y su directora una fuerza que desborda su menudo cuerpo. Susana Valenti tiene un don especial para comunicarse, para promover la presencia de la palabra en el lugar más desolado del mundo, para que "los chicos" se dejen llevar por la ansiedad de la comunicación: "Esta vieja poeta se emociona, che, al escuchar estas cosas", dice en voz baja mientras sus ojos brillan. Acaba de terminar de leer un poema colectivo Saúl Kuperman, interno ahora en libertad, que ha regresado tras los muros de la prisión con el único objetivo de leernos un poema grupal, escrito a ocho manos.

El aplauso es rotundo, emocionado, continuo. Se sostiene por largos minutos. Susana Valenti trata a todos los internos con cariño maternal y con el rigor de un profesor alemán de retórica: por eso ellos se exigen, por eso mismo ellos la respetan como a nadie. "Yo escribí este poema sólo para que a Susana le guste", dice. Y Daniel Balaguer lee un texto breve con reminiscencias de Edgar Allan Poe: "Una señora estaba sentada en su casa./Tenía miedo./ Afuera/no se veía nada./ Todos los seres humanos/habían muerto./ Entonces/golpearon la puerta".

Al final de la mañana terminamos todos en el patio de la cárcel tomando coca-cola y comiendo facturas argentinas –esos dulcecitos tan especiales– y fuimos cerrando la conversación para que los internos regresen a sus actividades. Como en otras prisiones, los asistentes, los guardias, los trabajadores del penal, también se mezclan en esta modesta fiesta para celebrar la palabra liberadora. Entonces todos nos retiramos, y otro interno me regala un libro. Diego Silva, El Japonés, me regala un poema para que le lleve a algún interno peruano –sabe que tengo otro taller en una cárcel del Perú– y agrega: "Dígale que fuerza, que ya salimos de esta".

Por la tarde una noticia de Lima me llega como una puñalada que una vez más me ha partido en dos, que me ha hecho implosionar desde el cerebro hasta el corazón, dejando nuevamente por todos lados los añicos. Estoy aturdida, perturbada, quebrada. Solo quiero volver. Solo quiero descansar y flotar y no pensar. Pero entonces, en medio de las lágrimas, leo el poema del Japonés, y me da una enseñanza que enciende mi esperanza: "Se hace largo el viaje hacia tus manos/por eso las sombras hieren como una espada". Y entiendo que la sabiduría puede crecer dentro de los muros, que la libertad se lleva en el cuerpo, que lo peor de todo es no aguantar. "Dile que aguante, che, que aguante". Y eso haremos hasta la victoria siempre.

November 2, 2008

Arde Perú

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El premier Yehude Simon le solicitó al Congreso de la República que, debido a las presiones de uno y otro lado, no se debata la ley del canon minero el jueves pasado. Al parecer, el presidente del Congreso, Javier Velásquez Quesquén, estuvo también de acuerdo. Como buenos provincianos, Simon y Velásquez Quesquén podían medir el pulso de lo que implica ceder en estas circunstancias. Pero los congresistas no hicieron mayor caso y ardió Tacna.

En una contienda entre dos ciudades, como en la novela de Charles Dickens, cualquier beneficio hacia alguna produciría el inevitable desbalance de fuerzas que, a su vez, exigirá un posicionamiento más fuerte, más radical, más televisable, y por lo tanto, más violento. Si los moqueguanos tomaron el puente para demostrar de lo que podían ser capaces, los tacneños quemaron la gobernación para que quede expresa constancia de lo que sí son capaces. Las potencialidades de nuestro ingreso a la política tiene que pasar por las noticias de los periódicos, y como sabemos los periodistas que hemos vivido durante la más dura época del conflicto armado, un muerto no es suficiente para una primera plana. Hoy se requiere de un mayor énfasis, de un considerable protagonismo, de visibilización a la prepo: hoy se requiere de un ingreso feroz a las páginas amarillas de nuestra historia última.

¿Por qué nuestras formas de mostrarnos en los escenarios políticos tienen que pasar por las movilizaciones sociales con mayor o menor violencia?, ¿qué sucede en nuestro sistema político que exige una presencia de esta índole para poder tener correlación de fuerzas?, ¿acaso somos bárbaros que aún no sabemos entrar en el camino de la ciudadanía y la civilización? Para comenzar, y antes de intentar responder, habría que tener en cuenta una de las máximas del filósofo alemán Walter Benjamin: todo documento de cultura es a su vez documento de barbarie. Mi interpretación de esta sentencia es que, mientras la nación se construye en unos pilares extremadamente frágiles que no concuerdan con nuestro acceso a la misma, los incluidos saborean su civilización sazonada por el sabor precario de la periferia. En otras palabras: muchas veces se empieza a resolver el problema jurídico para luego apagar el incendio social, cuando, lamentablemente, las estructuras sociales ya están achicharradas.

Por eso mismo, y en la medida que no hay canales de representación fluidos, el único canal posible para dejar constancia de una ciudadanía que no se posee es llamar la atención de la prensa. Y como saben los miembros de los frentes o grupos de ambas ciudades, la mejor manera de hacerlo, hoy por hoy, es tomando un puente, marchando contra policías que sueltan gases lacrimógenos o poniendo ante las cámaras las mejores imágenes del infierno. Entonces los desmanes pasan a mayores y se incendia un edificio público que representa al gobierno central, en otras palabras, han violentando aquello que simboliza a Lima y su gobierno. Obviamente no es gratuito: centrarse en este acto de vandalismo, la quema de un edificio simbólico, tiene una clara connotación anticentralista desde una manera equívoca, sin duda alguna.

Yehude Simon ha terminado el caldeado día jueves repitiendo ante el empresariado, y sin mayor creatividad, una de las sentencias clásicas de todo gobernante en situación difícil: "sobre los responsables de la violencia caerá todo el peso de la ley". La pregunta es: ¿el peso pluma de la ley de los bien-situados o el peso pesado de la ley de los marginados? Si el Estado debe asumir la ficción de la ciudadanía y la igualdad, pues la sociedad política lo que hace es jugar con las mismas reglas de esta ficción jurídica de modernidad desde espacios premodernos. Cuidado, entonces, cuidado con esas lecturas equívocas de una realidad demasiado compleja y desigual.






















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