El día que me leas
¿En qué momento escribe?, me pregunta el interno Diego Silva, apodado El Japonés, luego de sacar un papel con cuatro preguntas escritas a mano. Balbuceo largo rato y finalmente, bajo las acacias que nos liberan ligeramente del sol de mediodía, 35 grados a la sombra, me sale un hondo sinceramiento desde lo más íntimo: "Cuando estoy deprimida".
El joven interno, alto y morocho, con los ojos ligeramente rasgados, y con pinta más de colombiano que de argentino, lleva unos tatuajes ornamentados encima de las tremendas cicatrices, cuatro, que tiene de largo a largo en el brazo derecho. Desde el silencio que nos embarga mientras veo sus cicatrices comenta parco: "Ah, claro, sí, a veces uno escribe desde la tristeza". Lo cierto es que Diego Silva, El Japonés, ha escrito un poderoso poema en el Taller de Soledades, de la Unidad de Detención Nº 3 de Rosario, Argentina, que dirige la poeta y activista cultural Susana Valenti. Y ese poema comienza con los siguientes versos: "Nada impide que mis pensamientos naufraguen hacia lo inevitable… Nada impide que mis pensamientos/entre el fuego y el agua/naveguen hacia la libertad".
Todos los poetas invitados al XVI Festival de Poesía de Rosario, 23 en total, entre holandeses, colombianos, americanos o belgas, nos encontramos en una sala de dimensiones reducidas sentados en cuatro filas de sillas que se miran mutuamente, de dos en dos, mezclados con los internos-poetas, cuyo manejo del lenguaje es verdaderamente sorprendente.
El taller de poesía tiene siete años y su directora una fuerza que desborda su menudo cuerpo. Susana Valenti tiene un don especial para comunicarse, para promover la presencia de la palabra en el lugar más desolado del mundo, para que "los chicos" se dejen llevar por la ansiedad de la comunicación: "Esta vieja poeta se emociona, che, al escuchar estas cosas", dice en voz baja mientras sus ojos brillan. Acaba de terminar de leer un poema colectivo Saúl Kuperman, interno ahora en libertad, que ha regresado tras los muros de la prisión con el único objetivo de leernos un poema grupal, escrito a ocho manos.
El aplauso es rotundo, emocionado, continuo. Se sostiene por largos minutos. Susana Valenti trata a todos los internos con cariño maternal y con el rigor de un profesor alemán de retórica: por eso ellos se exigen, por eso mismo ellos la respetan como a nadie. "Yo escribí este poema sólo para que a Susana le guste", dice. Y Daniel Balaguer lee un texto breve con reminiscencias de Edgar Allan Poe: "Una señora estaba sentada en su casa./Tenía miedo./ Afuera/no se veía nada./ Todos los seres humanos/habían muerto./ Entonces/golpearon la puerta".
Al final de la mañana terminamos todos en el patio de la cárcel tomando coca-cola y comiendo facturas argentinas –esos dulcecitos tan especiales– y fuimos cerrando la conversación para que los internos regresen a sus actividades. Como en otras prisiones, los asistentes, los guardias, los trabajadores del penal, también se mezclan en esta modesta fiesta para celebrar la palabra liberadora. Entonces todos nos retiramos, y otro interno me regala un libro. Diego Silva, El Japonés, me regala un poema para que le lleve a algún interno peruano –sabe que tengo otro taller en una cárcel del Perú– y agrega: "Dígale que fuerza, que ya salimos de esta".
Por la tarde una noticia de Lima me llega como una puñalada que una vez más me ha partido en dos, que me ha hecho implosionar desde el cerebro hasta el corazón, dejando nuevamente por todos lados los añicos. Estoy aturdida, perturbada, quebrada. Solo quiero volver. Solo quiero descansar y flotar y no pensar. Pero entonces, en medio de las lágrimas, leo el poema del Japonés, y me da una enseñanza que enciende mi esperanza: "Se hace largo el viaje hacia tus manos/por eso las sombras hieren como una espada". Y entiendo que la sabiduría puede crecer dentro de los muros, que la libertad se lleva en el cuerpo, que lo peor de todo es no aguantar. "Dile que aguante, che, que aguante". Y eso haremos hasta la victoria siempre.


