Arcángel
¿Qué pecado he cometido contra ti, mi ángel?
Lo sé: ensucié el camino que se abría limpio bajo nuestras manos entrelazadas. Te decepcioné. Te hice bajar los ojos y alzar la guardia. Y cojo una piedra para tocar con ella mi corazón: por mi culpa, por mi gran culpa– Porque una indecisión odiosa hizo que se empantanará la decisión de ser tu amor, mi amor.
Eres como el vidrio de mi ventana (me lo has dicho) ligeramente oscuro pero siempre transparente. Por eso te decía: sé que me quieres cuando aún tus labios no pronunciaban la espléndida palabra. ¿Y yo? ¿Qué opacidad hay en mí que requiere de inmediato ser lavada a fuego? Tus manos redondas, de uñas pequeñísimas, son esa extensión de seda que suavemente me empuja a sentirme por dentro y a calmar esa ansiedad siniestra que se abre camino con mis vísceras y mis lamentos.
Y yo las beso, tus manos, luego las calmo, y las envuelvo con estos besos opacos de mi boca.
Y luego rezo, ante mi Dios, elevo algunas plegarias para que te cuide mi ángel de la noche porque esta ciudad se cierra como la cacha de un arma caliente.
Y rezo para que me perdones.
Rezo para que por fin ese hombre bueno que eres y esta mujer medio perdida que soy, nos encontremos, nos enlacemos, nos volvamos una sola carne.
Dime, amor-que-espero-desde-siempre,
Dime mi arcángel, dime, dime
Dime lo que quiero escuchar nuevamente de tu boca:
Esa palabra que anula a las demás palabras
Esa palabra que murmuraste mientras nuestras sangres y nuestros almas se fusionaban en un magma ardiendo.
Repítemela. Grítala mientras te contemplo.


