Uno de los primeros recuerdos que tengo de mi propia vida es en la puerta de mi casa a los tres años, donde vivía con mis dos padres (es decir, antes de la separación), preguntándole a mi mamá por mi cumpleaños y ella respondiendo: “uy… todavía faltan tres meses”. ¡Tres meses! Para mí me sonaban a tres años. Lejísimos. Tantísimo. Cuánta agua iba a fluir por el cauce del Rimac en esos tres meses. Qué odiosas decisiones tomaron mis padres en esos tres meses. ¿Por qué la vida de una niña cobra densidad en tres meses? Y quizás lo único que quise, al lanzar esa pregunta tremenda, fue un regalo…
Siempre he odiado mi cumpleaños. Sé que muchos lo viven con alegría, pero me consuela también saber, que hay miles que lo padecen como yo. Como a pesar de todo, soy una creatura tímida, la expiación de todas mis culpas es tener que soportar un “japiberdeytuyu” en público y, encima, apagar las rochozas velitas. ¿Qué implica la vuelta del tiempo un año más rotando sobre la tierra? Como diría el nunca-tan-pesimista Emile Cioran, quizás sólo aproximarnos al cadáver en potencia que somos. Las fechas de cumplir años me recuerdan ese tipo de festividades en los que debemos estar alegres, sonrientes, felices y soportando la crueldad del mundo con un optimismo rayano en la ingenuidad. Algunos años una aguanta con estoicismo, hasta se alegra, en otros, como diría el poeta Chanove, “se hunde miserablemente en el asqueroso pantano de la depresión”.
Cuando cumplí 30 años decidí que debía celebrarlo. Se me ocurrió —¡esas ingenuidades de adolescente tardía!— que esa fecha era un “divorcium aquarum” entre el antes y el después, la veintena y al treintena, los años duros y difíciles de la universidad, del primero trabajo, de las primeras pérdidas vitales, de la difícil estancia en el extranjero y los años de la adultez, de la familia, de la maternidad y del trabajo en serio. Como vivía en una casa, pequeñita pero casa al fin, pensé que podía hacer una fiesta. Invité a muchas personas, que vinieron con otras personas, y que terminaron destruyendo el baño, rompiendo varias copas, y lo peor de todo, ¡desapareciendo mis perfumes! Sí, mi propia gente el día de mi cumpleaños me había robado. No me divertí ni un ápice y me pasé toda la noche tratando de divertir a los demás y al día siguiente limpiando la destrucción de los demás. Me acordé del cumpleaños de casi todas las mujeres de mi familia: cocinando, sirviendo platos, lavando y poniendo le mesa para los demás. Siempre para los demás.
Por eso ahora creo, personalmente, que una se debe acercar a su cumpleaños con actitud antropológica: ¿qué implica no sólo para la/el que lo padece sino sobre todo para los otros? Se trata de poner en juego la socialización del grupo. Por eso la institucionalización de esta celebración está vinculada con rituales de magia: las velas son una súplica al daemon o espíritu protector del celebrante y comenzaron con rituales al templo de Artemisa entre los antiguos griegos. Por eso las velas se ponen en círculo pues son una defensa contra los malos espíritus.
En mi trabajo las secretarias cual vestales del templo de Artemisa, y con el apoyo de la Oficina de Bienestar, digamos Zeus, han institucionalizado todos los meses la celebración de los cumpleaños. Es una costumbre sana, cooperativa, aglutinadora y relajante. Y yo participo con ganas de estas celebraciones cuando no se trata del mío: me gusta ese momento, en el que dejamos de ser profesores, secretarias, contadores, personal de seguridad, para ser seres humanos celebrando la vida como en los rituales griegos. Que el asunto sea comunitario, además, tiene su gracia y su raíz con estos ritos de protección del grupo. Y lo más importante: son ellas, las modernas vestales, las que animadamente se encargan de todo.
Publicado en el suplemento Domingo del diario La República del día 25 de enero de 2009.