Kolumna Okupa

Rocío Silva Santisteban

February 23, 2009

La teta, el susto y las hijas del terror

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El Oso de Oro no es chancay de a medio: se trata de uno de los premios más  importantes del cine mundial. Y punto. Por eso es verdaderamente trascendente que una película peruana se haya llevado la estatuilla. Claudia Llosa y Magaly Solier, ambas peruanísimas y tan diferentes, han lucido espectaculares en los escenarios alemanes y la segunda se metió el público al bolsillo cantando quedamente en quechua una canción de su propia firma. ¡Extraordinario!

Pero eso sí, con su propio esfuerzo, su propio peculio y apoyo muy focalizado del Estado peruano a través de CONACINE, que es en realidad, el fruto de la persistencia de cineastas entusiastas como Rosa María Oliart y Emilio Moscoso, quienes en la actualidad son el cerebro, corazón  e hígado (no sé en qué orden) del organismo estatal.  CONACINE es fruto de la constancia de los cineastas en reclamar lo precariamente indispensable para empezar a apuntalar un cine peruano, que no solo es el espacio donde se organizan los imaginarios nacionales y las aspiraciones de la comunidad imaginada que somos, sino que también puede ser ¡un buen negocio! Por eso llama la atención que las políticas culturales referidas al cine —y ya no digo a los libros, ni al fomento de la lectura o a las artes escénicas— como es la reclamada Ley de Cinematografía esté durmiendo el sueño de los justos. Más papa al caldo, como dijo Llosa, pero caldo hecho con una buena receta.

A su vez el nudo de la película pone en agenda otros asuntos de especial trascendencia. Obviamente no puedo comentar una película que no he visto, sólo puedo hablar del “tema” de la misma: las historias de las hijas del terror.  Se trata pues de la narración de Fausta, quien ha “mamado de la leche materna” no el quechua, como lo hizo y contó el Inca Garcilaso en sus Comentarios Reales, sino el miedo. El pánico ante el acercamiento al varón. Un miedo que la convierte en un ser  “sin alma”, seco, triste, ido… Y copió aquí parte la sinopsis de la película que aparece en la página oficial: “Ahora la súbita muerte de su madre la obligará a enfrentarse a sus miedos y al secreto que oculta en su interior: ella se ha introducido una patata en la vagina, como escudo, como un protector, y piensa que así nadie se atreverá a tocarla”.

La historia es delicada: el tema es trascendental porque, las mujeres de nuestro país, tanto las que fueron convertidas en carne de cañón como las que también portaron armas, han sido en un alto porcentaje violadas. Por ambos lados —desde las fuerzas del orden y desde los grupos subversivos— las mujeres fueron sometidas, humilladas, doblegadas, oprimidas y avasalladas. ¿Por qué? Porque el cuerpo de la mujer, desde los primeros enfrentamientos humanos, ha sido motivo de caza, de pelea, de discusión pero, sobre todo, botín de guerra y ensañamiento con el enemigo.

La guerra es una competencia básicamente masculina —no me enorgullece que ahora las mujeres puedan ser militares— y desde el principio de los siglos, desde la Guerra de Troya hasta la última masacre de Gaza, los cuerpos de las mujeres han sufrido las huellas del poder. El poder usa los cuerpos para hacer surtir sus efectos más perversos. Y eso es algo que ha sucedido acá en el Perú y así como Fausta, hay muchas mujeres, “señoritas” como señaló Giorgina Gamboa en su testimonio ante la Comisión de la Verdad, hijas de otras “señoritas” de los años 80, que son el producto de violaciones en serie o de violaciones múltiples. Hay miles de mujeres que han sido maltratadas y vejadas y que ahora no tienen a quien contarle sus penas, con quien trabajar el trauma, ni siquiera tienen posibilidades mínimamente dignas para sus hijas. Ellas no sólo requieren reparación económica o simbólica, sino sobre todo, exigen un espacio equitativo y digno en algún lugar de la nación.

Esta kolumna ha sido publicada en La República el día domingo 22 de febrero de 2009.

February 18, 2009

La Kasa Okupa de Minuesa

Corría el año 1993, Javier Corcuera me presentó a Alberto, el Okupa, quien me llevó a la histórica imprenta de los hermanos Minuesa, donde los okupas madrileños habían tomado y convertido en un centro cultural. Compartían los departamentos de los obreros algunos habitantes antiguos y los nuevos moradores, quienes a pesar de todo, llevaban la fiesta en paz. En la zona de la fábrica funcionaba una especie de pub, donde se presentaban algunos grupos de rock y un tablao, donde enseñaban a bailar flamenco.

El muro dice: "Nuestras derrotas solo prueban que somos demasiado pocos luchando kontra la infamia, y de nuestros espectadores esperamos, al menos, que se avergüencen". Extraordinario. La foto es de Toto, un boliviano, nunca supe nada más de él. El muro y la kasa okupa de Minuesa fueron derruidos en mayo de 1994. Minuesa fue la okupación con más años y una de las más célebres, creo que ocho años pudo permanecer en pie y a pocos metros de una comisaría. Javier Corcuera realizó un video "Minuesa: una okupación con historia" que se encuentra colgado de Nodo50. También se ha recogido material gráfico tanto de la experiencia autogestionaria de Minuesa como del propio desalojo, en revistas alternativas y fanzines de la época, pero ahora también en la web.

Hoy continuan las okupaciones, sobre todo en Granada, básicamente para centros sociales pero también para viviendas de los jóvenes desempleados, desokupados e incluso algunos inmigrantes. Una de las más conocidas en el Patio Maravillas en el tradicional y movido barrio de Malasaña.

Abajo, Alberto y Javier en el barrio de La Latina, 15 años después.

                                                    

February 16, 2009

La mendacidad, ja ja

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No, acalorado lector o lectora, no ha leído Ud. mal, ni se ha equivocado nuestro corrector. No voy a hablar de mendicidad, sino de mendacidad que, según el diccionario de la Real Academia de la Lengua, es el hábito o la costumbre de mentir. Se trata por supuesto de una costumbre tradicional entre los políticos de todo el orbe, pero que debería producir escozor y repulsión entre las personas veraces. Dada la alta tolerancia a la mentira en sociedades como la nuestra, al parecer se trata de una costumbre que anida en el corazón de todos los peruanos.

Y esto, claro, a propósito de esa fotocopia trucada con el título de ingeniero que la postulante a contralor Ingrid Suárez fraguó con, hay que decirlo, perfidia, alevosía y ventaja. ¡¡¡¿Cómo es posible que haya presentado ese título al concurso?!!!! O era muy tonta, o se había creído su propia mentira. Y ese es el problema que surge para el propio ser humano mendaz, para el mentiroso-mentiroso, que finalmente terminan asumiendo que sus historias de fantasía son reales.  Y mea culpa, y tuya también lector o lectora, porque si no es así ¡qué levante la mano el que no ha mentido!

Todos mentimos. Es cierto. Pero una cosa es mentir con la conciencia de que se está cometiendo una falta y otra es mentir de tal manera que no se tiene conciencia de nada. Mentir sin reparos, mentir sin asco.  El teólogo Hans Kung sostiene que la mentira “es una afirmación que no coincide con la opinión de la persona que la hace y que pretende engañar a otros en beneficio personal”. Por eso aquí Kung no se refiere a las mentiras piadosas, ni a las mentiras humorísticas, ni a las falsedades efímeras, sino a la mentira sostenida, deliberada, voluntariamente planteada y poderosamente dañina. Además, no se trata de una, sino de un tinglado de mentiras para sostener la inicial, ya lo decía Martín Lutero “se requieren siete mentiras más, aparte de la primera, para acercarse ligeramente a un falseamiento óptimo de la verdad”.

Pero una situación aún peor es ya no la del mentiroso o mentirosa con conciencia moral, sino del mendaz. Como sostiene el extraordinario filósofo austriaco Aurel Kolnai, la mendacidad “no es ni un mero acontecer de mentiras en un ser humano, ni aún menos una propensión a engañarse a sí mismo o a un decir mentiras ya patológico —que sería la mitomanía— sino una indiferencia interna respecto a lo verdadero y lo falso, a causa de la cual se miente uno incluso a sí mismo”.

La mendacidad se da cuando alguien dice algo completamente falso sin conmoverse internamente: sin darse cuenta de aquello que le da a la mentira su nota de asquerosidad, que es —y seguimos con Kolnai— “su agresividad oculta, escurridiza y sinuosa, a modo de la de los gusanos y culebras”. Se trata de algo hostil pero no directo, una agresividad cobarde que se esconde en actitudes oblicuas, pero que penetran en la proximidad del receptor de esas mentiras. Kolnai sostiene que el receptor de la mentira, al darse cuenta de la misma, siente repulsión ante esa proximidad: le enerva esa sensación de cercanía ante algo contaminado por la falsedad voluntaria. El gran problema de nuestro país es que hemos perdido esa capacidad de indignación y de asco, de repulsión positiva, ante la mendacidad y los seres humanos mendaces.

Por eso la reacción ante la maquinaria de mentiras de Ingrid Suárez ha sido no de asco o de repulsión, aunque en algunos pocos casos de indignación; la reacción general ha sido de humor, de constatación de una falsedad absurda, de otra ironía más de nuestra condición de subdesarrollados morales: ¡una candidata a contralora que miente desde el arranque! Una historia más de este Macondo-Perucho, otra raya más al tigre del tercermundismo. Si percibimos nuestra condición de peruanos desde esta blandura moral, ¿en qué nos estamos convirtiendo?

Esta kolumna fue publicada el domingo 15 de febrero de 2008 en La República.

February 10, 2009

Mujeres valientes

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Generalmente el valor de la valentía se ha vinculado a los hombres. Ha sido en las guerras, los espacios masculinos por excelencia, donde la valentía y el arrojo, el coraje y el pundonor, se ponían en juego no solo en la lucha contra los enemigos, sino sobre todo, en la confraternidad entre los pares. Arriesgar la vida por otro ha sido una de las mayores muestras de valentía de todos los tiempos: más aún si se trata de las vidas abstractas que pertenecían a la nación que el valiente protegía. Por eso los grandes cantos al valor de los guerreros, comenzando por la Iliada y su construcción del héroe homérico perfecto, Aquiles, o también el Cid Campeador, Beowulf, Roldán, hasta los héroes desgastados de los principios de la modernidad, como el mismo Don Quijote de la Mancha, que dentro de su locura, se arrogaba todo el tiempo actitudes de un valiente que no le servían para nada… y terminando, por supuesto, en los superhombres de hoy en día que requieren de “añadidos especiales” para poder comportarse como valientes, tal es el caso de Superman o el Hombre Araña.

Pero, ¿y las mujeres valientes? Desde Atenea, la de los ojos de lechuza, hasta Wonder Woman, muchas mujeres valientes han poblado la historia y los mitos, aunque han sido las menos, es cierto, pues para los contadores de historias el valor de la mujer se ha centrado en la crianza o en el cuidado. No obstante, hasta los evangelios incluyen entre sus historias a mujeres valientes como Esther, quien dijo cuando se presentó ante Asuero sin ser llamada, “que perezca si perezco”; o mujeres sencillas que azuzadas por una fe inquebrantable llegaron a usar incluso las armas y comandar ejércitos, como Juana de Arco, quien por mantenerse en su palabra murió finalmente en la hoguera. La valentía también se ha centrado en historias de madres que han luchado tenazmente por buscar a sus hijos, y esta valentía por ejemplo la hemos visto al escuchar los numerosos relatos de la Comisión de la Verdad de madres que, cubiertas de polvo y pena, han vagado de comisaría en comisaría buscando las señas de sus hijos. El caso de Mamá Angélica, Angélica Mendoza de Ascarza, quien no solo busco a su hijo, sino que incluso fundó una asociación para que otras madres como ella puedan hacer lo propio sin pasar por sus penurias.

Pero en estos últimos tiempos hemos venido también asistiendo ante otra suerte de mujeres valientes: aquellas abogadas que por encontrarse en diferentes cargos públicos —cargos que no a todos los abogados les hacen gracia, muy por el contrario— han tenido que enfrentar con las faldas bien puestas a corruptos, narcotraficantes, argolleros, políticos de mala laya, y todo tipo de intromisiones en sus funciones, incluso de parte de sus propios pares. Me refiero, por ejemplo, a mujeres valientes como  Inés Villa Bonilla, Inés Tello de Ñecco o Hilda Piedra Rojas, quienes dictaron sentencia contra los miembros del Grupo Colina, e incluso la jueza Villa Bonilla también sentenció, sin que le tiemble la mano, a los Wolfenson, a Adrókino Lucsik y al mismo Vladimiro Montesinos, por casos de corrupción. La propia Carolina Lizárraga, que lamentablemente e imaginamos que debido a su buena voluntad, se vio envuelta en una oficina que no tuvo posibilidades de acometer su objetivo, también es una mujer valiente que no supo calcular los tejes y manejes de la precariedad política nuestra de cada día.

Por eso mismo, este acto contra la Fiscal de la Nación Gladys Echaíz —que dicho sea de paso mandó a Maynas a la valientísima fiscal Luz Loayza— y la reacción que ella ha tenido posterior al hecho, han sido verdaderamente expresiones de una dignidad que nuestro país merece tener de una buena vez, y sobre todo, merece que los otros funcionarios públicos imiten.  Se puede discrepar de sus decisiones o no, pero no se puede dejar de admirar el coraje de una persona que siente que ese puesto la dignifica. Muy por el contrario de lo que sucedió con Ingrid Suárez, quien es de alguna manera un resultado concreto del sistema de mendacidad en el que hemos caído. Felizmente, junto con hombres y mujeres mentirosos, también están los otros, los trasparente que con coraje nos enseñan que cumplir con una función, así de simple, ya es casi ser un héroe o una heroína. 

Esta kolumna fue publicada el domingo 8 de febrero de 2008 en La República.

February 2, 2009

¡Multiempleados del mundo, uníos!

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Multiempleo ansioso: dícese de ese multiempleo que cientos o miles de trabajadores y profesionales, en sociedades de la periferia globalizada, optan por asumir como posibilidad única de vida para mantener colegio de hijos, pago de hipotecas, pago de deudas de tarjetas de crédito e incluso procurarse, en el mejor de los casos, un seguro de salud para poder tender los huesos en alguna cama de hospital cuando el estrés recorra sus descoyuntados miembros.

Se trata, en suma, de ese tipo de multiempleo que casi podría ser bautizado como sub-empleo “de solemnidad”, como se llamaba antes a los pobres, aunque sus propios ejecutantes lo autodenominan “consultorías” o “trabajo free-lance” pero la verdad de la milanesa es que es un empleo temporal con el agravante de hacer varias cosas al mismo tiempo.

Porque ante la imposibilidad de un trabajo digno y fijo, abogados, periodistas, sociólogos, ingenieros, programadores de computadoras, enfermeras y una lista larguísima de especialistas en algo, hemos tenido que ingeniárnoslas para sobrevivir. Sí, pues, somos el lado trágico de la comedia “Mil Oficios”, porque los peruanos para ponerle humor a la desgracia, sobre todo si es ajena, somos campeones. Pero la verdad es que en la cotidianidad del día a día el asunto se vive sin chistes. El “agenciarse” es una manera de procurarse la sobrevivencia con cierta gracia (realmente una traducción literal del término “agency” en inglés); y el “recurseo” es una de las habilidades mínimas para no fracasar en una sociedad donde la dignidad en el empleo es en lo último que piensan los empresarios cuando meten re-ingeniería a todo y ahora mismo el propio gobierno.

Como profesional multiempleada mi percepción del asunto es bien hard. Dura aunque no trágica: una se bandea entre la ironía y la distancia para no caer en la desesperanza o en el estrés (aunque, la verdad, estos vértigos que mi neurólogo denomina con sofisticada sapiencia “paroxístico benignos” son el resultado de estrés contenido durante años). A pesar de que tengo, entre otros, tres oficios fijos (literatura, género, periodismo) y que soy lo suficientemente flexible para moverme en un espectro bastante amplio de “recurseo”, lo que realmente me pone tensa no es el trabajo sino la ansiedad de no tenerlo en el futuro, motivo por el cual acepto casi todo.

Creo que entre esta ansiedad de no tener trabajo en el futuro, y la frustración de no poder hacer los trabajos asignados al más alto nivel, un grupo de profesionales nos bandeamos tercamente entre consultorías, dictado de clases, proyectos presentados a diestra y siniestra, e iniciativas de todo tipo, pero a su vez nos frustramos constantemente al darnos cuenta que no lo hacemos con todo el potencial que tenemos. ¿Por qué? Porque para poder funcionar al mejor nivel de uno mismo, es menester descansar, ya lo decía los sindicatos de finales del siglo XIX (ocho horas de trabajo, ocho horas de sueño, ocho horas de descanso). Lamentablemente el multiempleo ansioso te lleva a no descansar casi nunca.  Porque una tiene que aprovechar el tiempo libre. Esa es la palabra preferida de los multiempleados: “aprovechar”.

Conozco amigos y amigas que se las ingenian para hacer las cosas más disímiles: son apoderadas de banco pero también venden Esika, dictan cursos de capacitación para personas obtusamente incapacitadas, dan charlas y cursos cortos sobre los temas más rebuscados del mundo y además dictan clases particulares, y los más desesperados taxean como lechuceros, venden sus propios libros o preparan tortas que nos enyucan a las amigas por correos electrónicos masivos. Y por supuesto están los “normales”: mis amigos y amigas profesores universitarios que comienzan a dictar en alguna universidad a las 7 de la mañana en un extremo de la ciudad para cerrar el día en otra universidad al otro extremo de la ciudad y a las 10 pm. Por supuesto, todo esto en combi.

Este sistema de vida provoca una ansiedad increíble en quienes lo viven y lo padecen porque terminamos haciendo mil cosas al mismo tiempo, abarcando mucho y apretando poco, con una suerte de pánico ante la frustración de no cumplir como se debe. A veces me percibo a mí misma como una computadora con 18 pantallas abiertas y trabajando siempre en cross-over: de un lado a otro, cerrando, atracándome, abriendo, volviendo a cerrar y con pánico a terminar colgada o con un virus. La catástrofe.

Por eso una termina convertida, a pesar de todos los manuales sobre empoderamiento, en uno de los seres menos asertivos del planeta y el único consuelo —de tontos— es saber que existen cientos, tal vez miles, en mi condición, y todos pisando esta misma patria tierra. Por eso, ante la crisis que se nos viene, ¡multiempleados ansiosos del mundo, uníos!

La fotografía es de acá.






















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