Kolumna Okupa

Rocío Silva Santisteban

March 30, 2009

Se necesita muchacha

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El 30 de marzo es el Día de la Trabajadora del Hogar. Arr. niña trabajadora con patrona en el mercado del Cusco (Foto Giancarlo Tejeda).

Sarita Montiel escogió su propio nombre a una edad indeterminada entre los 18 y 20 años. Era indocumentada, quechuahablante monolingüe, analfabeta, desempleada, sin hogar, sin familia, y estaba huyendo de un trabajo en el que no solo la esclavizaban sino que la acosaban sexualmente. Recaló en una calle cusqueña con letreros en las paredes. Le pidió a un transeúnte que le lea algunos, hasta que al fin dio con aquel que le alumbró cierta esperanza: Se necesita muchacha.  Sarita ahora tiene 33 (o 35) años, dos hijas, un esposo y un oficio. Sin embargo el rostro se le ensombrece cuando me cuenta su recuerdo más antiguo que es a su vez el más doloroso: cuando iba cargada en los brazos de su hermano mayor a una chacra de Quillabamba, Cusco, donde la dejó su madre para que sea empleada doméstica. Tenía 5 años. ¡¿Pero en qué puede trabajar una niña de 5 años?!

En el Perú ésta es una pregunta ingenua. Como me contestó hace un tiempo Victoria Savio, directora de Yanapanakusun, institución cusqueña, “puede pelar papas, cargar agua, barrer la cocina, dar de comer a los animalitos, limpiar los excrementos de los perros, jugar con los niños, incluso, lavarles la ropa”. La explotación infantil bajo el eufemismo “educar a la ahijada” se ha convertido en una excusa para la esclavitud. Esa es la situación injusta de un país que dice crecer al tope anual en América Latina. ¿Quiénes son los muertos de nuestra felicidad?

Pues lo son las trabajadoras del hogar. Sí, las que ganan mucho menos que el sueldo mínimo, aquéllas a las que los patrones obligan a vestir con uniformes blancos no para cuidarles la ropa sino para diferenciarlas claramente, las que durante el Año Nuevo se quedan cuidando al perro mientras la familia se divierte. “Y después nos regalan un calzón por Navidad” como me contestó con urticante ironía una trabajadora sindicalizada de Piura. Se trata de una situación indignante de un trabajo que es muy extendido y no sólo en las clases altas, sino sobre todo, en las clases medias y bajas, donde muchas veces se comenten los peores abusos.

Es cierto que de un tiempo a esta parte las cosas han cambiado: desde los años 50 en que los señoritos se iniciaban sexualmente “con la empleada” bajo la mirada esquiva de sus propias madres hasta la legislación que el Ministerio de Trabajo ha operativizado en los últimos años (Ley 27986), el cambio para bien de este sector laboral del país ha sido radical. Pero falta, hermanas, muchísimo por hacer… Y ya no sólo a nivel legal o de políticas públicas —que es un adelanto, pero no tanto— sino sobre todo en cuanto a mentalidades. ¡Para qué sirve una ley, si en la práctica lo que funciona es la trampa!

En el Cusco, según fuentes del Instituto Bartolomé de las Casas, existe una red de tráfico de niños trabajadores entre maestros rurales, policías y potenciales empleadores que, además, ¡se sienten buenos en sus corazones porque van a tener una ahijada! Lo que debemos cambiar es la mente, la forma de pensar, la manera de visibilizar que esta situación no es justa, ni para la familia del niño ni para la del patrón, que sigue organizando su vida y sus prácticas según esquemas coloniales de explotación, prohijados en un pensamiento autoritario que sus hijos ven y repiten.

“Domésticos son los perros o los gatos, yo no soy doméstica sino trabajadora del hogar” es lo que me dice airadamente Natalia Quispe Valeriano, secretaria de defensa del Sindicato de Trabajadoras del Hogar del Cusco, fundado en 1972. Y toca con inusual empoderamiento un tema difícil: la forma cómo la sociedad mira despectivamente a las trabajadoras del hogar en todos los sectores sociales.  Proteger a la trabajadora y romper los esquemas mentales coloniales: dos tareas para el Estado, pero también, para todos nosotros y nosotras dentro de las paredes de nuestras propias casas.

                                                   

Más información sobre el tema en un artículo largo que he publicado en CIPER (versión en inglés en NACLA), esta es la segunda entrega en La Insignia y en PDF en Ideele; una tercera entrega sobre trabajadoras del hogar en Piura en La Insignia. Se trata de un reportaje periodístico que participó de un concurso de AVINA motivo por el cual se pudo realizar un trabajo más a fondo sobre el tema.

Esta kolumna ha sido publicada en La República el día domingo 29 de marzo de 2009.

March 23, 2009

El amor no mata, el machismo si

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No toda tolerancia es buena: la tolerancia a la corrupción de nuestra sociedad ha sido fatal pues ha permitido, mentando el mal menor cada vez, relaciones autoritarias y perversas que durante la década pasada nos envilecieron. A su vez la tolerancia al machismo y a la violencia contra las mujeres ha permitido que se cometan crímenes contra nosotras por el solo hecho de serlo. A esta tipología de delito, que no es nueva pero tiene una percepción jurídica novedosa, se le denomina feminicidio. 

Feminicidio no significa sólo “asesinato de mujeres” (eso es femicidio) sino que es, según lo define Marcela Lagarde, “el conjunto de delitos de lesa humanidad que contienen los crímenes, los secuestros y las desapariciones de niñas y de mujeres en un cuadro de colapso institucional”.  El feminicidio es la culminación de una sistemática dominación, sujeción y violación de los derechos humanos de las mujeres. Si se habla de genocidio para referirse a crímenes contra grupos humanos identificados étnicamente, pues se debe hablar de feminicidio cuando estos crímenes están dirigidos contra las mujeres. 

Entonces, ¿estaríamos ante crímenes de parte del poder estatal? En un sentido, sí: en tanto que el Estado no se inmuta ante espirales de violencia que tienen como su punto de apoyo la creencia en una inferioridad (física, psíquica o intelectual) o una culpabilidad eterna de la mujer;  pero en su sentido menos laxo, en realidad el feminicio tipifica crímenes cometidos por “odio de género” y tanto por hombres que han estado vinculados emocional o sentimentalmente a la mujer o no. El asesinato a una mujer generalmente es el producto de una constante violencia que se ha ejercido anteriormente a través de muchas acciones: marginalidad, pobreza, injusticia y escaso desarrollo de las mujeres. 

Hace pocos días se ha condenado a Joseph Fritzl, más conocido como “el monstruo de Amstetten”, el electricista austriaco que violó sistemáticamente a su hija, encerrándola en el sótano de su casa por 24 años, y con quien tuvo siete hijos.  Ha sido condenado por “lesa humanidad” por haber permitido la muerte de uno de los hijos-nietos pero también por violación, esclavitud, secuestro, violencia física y otras humillaciones varias. Nos encontramos pues ante un feminicidio: el patriarca desquiciado no sólo viola a su hija, sino que organiza una vida paralela para mantenerla sojuzgada durante años sin poder pedir ayuda ni salir de su encierro. Se trata de un caso emblemático. 

Sin embargo hay otro caso mucho más emblemático que ha sucedido y sigue sucediendo en América Latina. Me refiero al caso de las “muertas de Ciudad Juárez”, cientos de mujeres asesinadas por el simple hecho de ser mujeres. Jóvenes pobres, trabajadoras de las maquilas o talleres de confección que se encuentran a lo largo de las dos zonas de la frontera entre Estados Unidos y México, y que son usualmente arrojadas a fosas comunes, luego de ser cruelmente asesinadas con finalidades tan perversas, como ritos de iniciación entre los carteles de la droga o presas de juegos sexuales depravados. Las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez son a su vez el producto de la negligencia del Estado Mexicano por el silencio, la omisión y la negligencia ante estos asesinatos.

La nueva norma que ha promulgado el MIMDES sobre registro de víctimas de feminicidio es una primera piedra para poder lograr la equidad de género a partir de una de las estrategias más básicas: la visibilización de los crímenes contra las mujeres. Sin embargo la norma se centra en delitos que conllevan la muerte de la víctima. Según los registros de feminicidio de otros países, también se debe consideran “femincidio” la esclavitud sexual, por ejemplo. Por cierto el infanticio selectivo por género es también considerado un feminicidio y, en este caso, es cometido tanto por hombres como por mujeres. Entonces un asunto primordial es no centrar solo la culpabilidad en el varón sino entenderlo de manera sistémica. 

Esta kolumna ha sido publicada en La República el día domingo 22 de marzo de 2009

El segundo dibujo es de aquí donde también hay mucha información sobre el tema en inglés.

March 17, 2009

Donde todo termina abre las alas

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Caminaba despacito y estaba sobriamente vestida, con un pantalón kaki y una chompa de color camel. Ella siempre se vestía así: colores oscuros o ceniza, lacres, piezas tono sobre tono, ropa holgada, zapatos de taco bajo o cinco centímetros. Esa sobriedad que la distinguía en la poesía, esa elegancia de las palabras justas, la vivía a diario con su estilo corporal y en el minimalismo de su casa que era también un reflejo de su personalidad.

Ella era una escritora insular y una persona insular, un poco distante y muy discreta, más bien recluida en su extraña y poderosa casa de Barranco, junto al mar, acompañada de cuadros de Fernando de Szyszlo, de colores azules y gélidos, gustos de una personalidad más que introvertida francamente esquiva. Esta forma de evadir a los otros, por supuesto, nunca desdijo de su generosidad y honestidad intelectuales a prueba de fuegos, tornados y tormentas variopintas.

Creo que ese día de octubre de 2006 mi presencia fue el acontecimiento del día. Quizás pueda ser mi narcisismo, mi estúpida manera de creerme una persona cercana, pero me esperaban para llevarla a la sala. Así que la acompañé y nos sentamos frente al malecón, mirando la tarde de una primavera que no terminaba de cuajar. No podía hablar con la locuacidad de antes. Y yo, anonadada, escuchaba como ella iba repitiendo la última palabra que yo pronunciaba. Me sentí perturbada y entonces, solas en medio de ese silencio de plomo, le pregunté si quería leer poesía. Y abrió las alas.

Pudo leer y pronunciar perfectamente los poemas de los libros que le llevé (Cecilia Podestá, Victoria Guerrero, Romy Sordomez) e incluso repetir aquellos que le habían llamado más la atención. Le gustó más el libro de Podestá, como lo suponía, por las referencias bíblicas y el tempo lento del ritmo de su poesía. Y luego conversamos un poco de esto y aquello, del premio Lorca, y de la imposibilidad de hacer un viaje al otro lado del Atlántico, y por lo mismo, de dejar en manos de Vicente el atravesar la burocracia de una ceremonia de tal índole. A Blanca no le gustaban las ceremonias. Yo me atreví cambiar de tema a boca de jarro:

—¿Estas escribiendo algo?— le pregunté
—No, no, no— repetía.
—¿Y el libro sobre tu madre?
—No, no, no salió— me dijo, pero sin pena, sin frustración, simplemente como acontece.

En una reunión de algún tiempo antes, en casa de Ana María Gazzolo —en donde compartimos cous-cous preparado por la misma mano de la anfitriona— Blanca nos contó que estaba pensando escribir un libro en homenaje a su madre. Serafina Quinteras había muerto meses antes y ese vacío la había golpeado. Ella siempre habló de su madre como una persona muy alegre, dicharachera, una mujer que había sido el símbolo de un criollismo de salón limeño, y a pesar de que en este punto disentían tremendamente, su madre le había enseñado que a la vida hay que tomarla por las astas. “Ya tengo el nombre” nos comentó esa vez “se va a llamar Rimmel, porque mi madre era tan coqueta”.
No lo escribió. Tampoco pudo corregir una novela que, muchos años antes, pergeñó en unos papeles blancos. Porque corregía mucho, como sostiene ella misma en una entrevista de hace años, era tremendamente exhaustiva y sumamente autocrítica. Y poseía una lucidez especial para decir basta también a la corrección (porque tanta poda, a veces convierte al árbol en arbusto). 

Esa tarde no pude ver la muerte del sol, se nos escapó, no nos dimos cuenta. Ella como siempre muy amable, me preguntó por mi hija y por lo que yo hacía, por mis amores y mis desamores. Algo pude decirle, pero la noté agotada. Quería moverse del sitio y yo pensé que era hora de partir, pero me cogió la mano. Quería escuchar.  Entonces le conté que había competido con Benedetti, con Cardenal, con Cisneros por el Premio Lorca, y ella sacando el filo de luz de esos ojos siempre agudos, sonrió y me dijo: "y les he ganado".

La foto es un poema-gráfico de Jesús Ruiz Durand de la revista Martín.

Esta kolumna ha sido publicada en La República el día domingo 15 de marzo de 2009.

March 10, 2009

Mujeres machistas

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“No hay peor cuña que la del mismo palo” decía mi abuela con su consabida sapiencia piurana. Se refería, por supuesto, a la posibilidad de que alguien de la misma especie sea el que arremete contra su prójimo.  Los leñadores saben que cuando se pone una cuña del mismo tipo de madera, el tronco a ser cortado se abrirá con mayor facilidad.  De la misma manera podemos sentenciar que muchas veces el machismo más recalcitrante es el ejercido por las propias mujeres.  Y lo más lamentable, ejercido por nuestras madres.

Es así que las madres —madrastras, abuelas, tías engreídoras— le dan al varón la presa más grande, la cereza del pastel, la última aceituna del frasco, el primer mordisco de la manzana, el último wantán del plato. Pero no sólo eso, cuando se sobrepasan las penurias de la infancia, y se surfean las de la adolescencia, las hermanas que sólo tuvimos un hermano y nadie más para jugar, y que debimos conformarnos con ser arqueros-casi-mantequilla de interminables partidos de fútbol, éramos obligadas a todo tipo de pequeños chantajes con tal de que el susodicho nos acompañe a la fiesta de la noche porque “si no vas con tu hermano, no vas”. Y así a veces mi abuela me veía, asombradísima, tendiendo la cama de mi hermano, ordenando sus pilas de revistas El Gráfico, dándole lechuguita a su hámster. Pura sobrevivencia fraterna: necesitaba que él me acompañara a las fiestas que, por supuesto, él detestaba. Lo peor de todo es que al fin de cuentas y con su cara de pocos amigos —y pocos amigos se atrevían a sacarme a bailar— terminaba divirtiéndose mucho más que yo,  y al regresar a casa pasadas las nosécuántos de la madrugada, la misma madre que me increpaba irritadísima por haber llegar tarde, le daba las buenas noches con besito en la frente:

—Pero, mamá, él también ha llegado a la misma hora que yo.
—Sí, pero él es hombre.

“Pero él es hombre”. Cómo odié esa frase que, lamentablemente, me acompañó durante toda mi adolescencia y en los primero años de mi vida universitaria. Mi madre la repetía machaconamente cada vez que podía y por eso, con los años y frustración tras frustración,  se convirtió en una verdad real, es decir, en una regla del juego de la vida. El “pero” implicaba en esta enseñanza práctica que, a pesar de todo lo que yo intentara, él tenía ganadas todo tipo de jugadas desde el principio, desde antes del principio, por el simple hecho de ser “del sexo fuerte”.

Y si bien es cierto que la mayoría de las veces él era el beneficiado, esta idea de darle un espacio duro dentro de las relaciones de género, otras tantas lo perjudicó: cuántas veces no se cayó de la bicicleta y escuchó de los labios de otros hombres y mujeres la consabida “los hombres no lloran”. O por el contrario, cuántas veces no recibió sobre su poto pelado, el castigo ejemplarizante con chicote, correa o sanmartín.  Yo no porque “era mujercita” y al margen de una gritada, no se me castigaba físicamente. Pero los hombres de mi barrio recibían correazos, zapatillazos, o ganchos de colgar ropa que volaban por los aires sobre sus narices.

El machismo, que es la dominación masculina basada en una idea errónea de la supremacía física del varón homologada como una supremacía moral, es una ideología que destruye tanto a hombres como a mujeres y que la transmiten tanto hombres como mujeres. Esta definición que propongo contrasta con otras que dan un mayor énfasis a lo sexual (la dominación sexual) y a la virilidad. Mi propuesta enfatiza el aspecto moral del machismo: el dominio del hombre estaría basada precisamente en esta homologación entre fuerza física y una cierta “fuerza” o supremacía moral que le permite ejercer dominio simbólico sobre las mujeres (e incluso sobre otros hombres feminizados).  Lo perverso es que son muchas veces las mujeres —las madres— quienes han asumido estas ideas tan profundamente, que a pesar de sus experiencias de vida, las siguen transmitiendo en sus acciones.

El machismo no es una cualidad ni una condición del varón por sí mismo. El machismo es, ante todo, un sistema que produce tanto daño en los hombres como en nosotras puesto que exige una serie de comportamientos del varón que son imposibles, crueles e incluso canallas. Un cambio sostenible a ese nivel requiere de persistencia y paciencia pero también de acciones radicales: que las mujeres tomemos conciencia que somos, muchas veces, las primeras en difundirlo pero que debemos ser las primeras en cortarlo de hacha.

La imagen es de aquí.

Esta kolumna ha sido publicada en La República el día domingo 8 de marzo de 2009.

March 3, 2009

¿Museos?, ¿memoria?, ¿para qué?

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La memoria es más polémica pero más democrática que el olvido

Un memorial o también llamado “monumento a la memoria” como la estatua a Miguel Grau o El ojo que llora, son espacios urbanos que tienen un sentido simbólico para marcar un hito en la historia de la nación. En todos los países del mundo hay memoriales: en Washington, por ejemplo, está el famoso Vietnam Veterans Memorial y en El Escorial, el monumento del Valle de los Caídos, cuya grandilocuencia dice mucho de la estética franquista.

A finales de la década del 80 en Viena se exhibían cerca al famoso “Ring” muchas fotos de una historia que los austriacos no querían recordar: la adhesión de Austria al Tercer Reich. Luego de que los vieneses vieran las fotos de sus propias calles durante aquel 13 de marzo de 1938 poblada de arios felices levantando banderitas nazis y al costado las fotos de algunos meses después de ciudadanos judíos camino al gueto y luego a los campos de exterminio, se levantó una gran polémica que dividió literalmente al país en dos. ¡Qué exagerados —pensaba yo obtusamente en esa época— tanta chilla por algo que ha sucedido hace 50 años!

Estaba tan equivocada.  Sucedía todo lo contrario: el tema de si Austria había sido invadida o adherida con regocijo no se había discutido nunca públicamente a esos niveles. Por esos días una obra de teatro había iniciado la polémica: Heldenplatz (in Deutsch), de Thomas Bernhard. La obra no sólo reconocía los escarceos austriacos con Hitler, sino que conminaba a sus compatriotas acusándolos de estar de acuerdo con la “solución final”. A los socialistas, patriotas y demás ciudadanos sensibles al holocausto, no les hizo nada de gracia. Tampoco a otros menos sensibles: Thomas Bernhard fue golpeado por dos barrenderos ofendidos (lo cual me hizo pensar en ese entonces sobre el grado de información de los barrenderos austriacos). Algunos años después todos los espectadores incómodos de Heldenplatz pudieron ver de cerca y vivir las consecuencias de ese embalse amnésico: el triunfo del ahora finado Joerg Haider y sus propuestas políticas de extrema derecha.

Por eso, aunque la memoria y el recuerdo sean duros y dolorosos, es preciso transitarlos porque es la manera adecuada de ir sanando las heridas y sobre todo de reaccionar positivamente ante el trauma. El trauma cuando no es simbolizado y “llevado hacia la palabra, hacia la vida” como dice la psicoanalista búlgara Julia Kristeva, permanece en la pura pulsión, sin representación, convertido en una densidad opaca y ambivalente, capaz de aparecer como un geiser violento a la vuelta de la esquina. La memoria por sí sola no regenera: pero es un primer paso para evitar tropezar con la misma piedra. “No podemos estar condenados a festejar alegremente el olvido y a contentarnos con los vanos placeres del instante” sostiene Tzvetan Todorov “los individuos y los grupos tienen el derecho de saber y por tanto de conocer y dar a conocer su propia historia, no corresponde al poder central prohibirlo  o permitirlo”. La supresión de la memoria es en realidad un arma de los estados totalitarios. 

Por eso mismo un grupo de peruanos —entre los que se encuentra Mario Vargas Llosa, Fernando de Szyszlo y Gustavo Gutiérrez— nos hemos sentido perturbados por la negativa que expresó el embajador peruano en Berlín ante el gobierno de Angela Merkel de aceptar dos millones de dólares para crear y construir un Museo de la Memoria. Un museo que, por supuesto, incluya la muestra Yayapanaq que es, sin lugar a dudas, un testimonio veraz de los hechos que convirtieron a nuestro país en un lugar de trincheras y fosas comunes.  No olviden —quienes suelen criticar a la CVR— que la muestra incluye un espacio muy amplio y altamente emotivo que muestra también el dolor de las viudas de los militares y policías asesinados.  Cierto es que cualquier gobierno puede aceptar o rechazar donaciones; pero también es cierto que es mucho más democrático y liberador darle dignidad simbólica a una historia que nos ha desgarrado y nos sigue lacerando.

Esta kolumna ha sido publicada en La República el día domingo 1 de marzo de 2009.






















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