Se necesita muchacha

El 30 de marzo es el Día de la Trabajadora del Hogar. Arr. niña trabajadora con patrona en el mercado del Cusco (Foto Giancarlo Tejeda).
Sarita Montiel escogió su propio nombre a una edad indeterminada entre los 18 y 20 años. Era indocumentada, quechuahablante monolingüe, analfabeta, desempleada, sin hogar, sin familia, y estaba huyendo de un trabajo en el que no solo la esclavizaban sino que la acosaban sexualmente. Recaló en una calle cusqueña con letreros en las paredes. Le pidió a un transeúnte que le lea algunos, hasta que al fin dio con aquel que le alumbró cierta esperanza: Se necesita muchacha. Sarita ahora tiene 33 (o 35) años, dos hijas, un esposo y un oficio. Sin embargo el rostro se le ensombrece cuando me cuenta su recuerdo más antiguo que es a su vez el más doloroso: cuando iba cargada en los brazos de su hermano mayor a una chacra de Quillabamba, Cusco, donde la dejó su madre para que sea empleada doméstica. Tenía 5 años. ¡¿Pero en qué puede trabajar una niña de 5 años?!
En el Perú ésta es una pregunta ingenua. Como me contestó hace un tiempo Victoria Savio, directora de Yanapanakusun, institución cusqueña, “puede pelar papas, cargar agua, barrer la cocina, dar de comer a los animalitos, limpiar los excrementos de los perros, jugar con los niños, incluso, lavarles la ropa”. La explotación infantil bajo el eufemismo “educar a la ahijada” se ha convertido en una excusa para la esclavitud. Esa es la situación injusta de un país que dice crecer al tope anual en América Latina. ¿Quiénes son los muertos de nuestra felicidad?
Pues lo son las trabajadoras del hogar. Sí, las que ganan mucho menos que el sueldo mínimo, aquéllas a las que los patrones obligan a vestir con uniformes blancos no para cuidarles la ropa sino para diferenciarlas claramente, las que durante el Año Nuevo se quedan cuidando al perro mientras la familia se divierte. “Y después nos regalan un calzón por Navidad” como me contestó con urticante ironía una trabajadora sindicalizada de Piura. Se trata de una situación indignante de un trabajo que es muy extendido y no sólo en las clases altas, sino sobre todo, en las clases medias y bajas, donde muchas veces se comenten los peores abusos.
Es cierto que de un tiempo a esta parte las cosas han cambiado: desde los años 50 en que los señoritos se iniciaban sexualmente “con la empleada” bajo la mirada esquiva de sus propias madres hasta la legislación que el Ministerio de Trabajo ha operativizado en los últimos años (Ley 27986), el cambio para bien de este sector laboral del país ha sido radical. Pero falta, hermanas, muchísimo por hacer… Y ya no sólo a nivel legal o de políticas públicas —que es un adelanto, pero no tanto— sino sobre todo en cuanto a mentalidades. ¡Para qué sirve una ley, si en la práctica lo que funciona es la trampa!
En el Cusco, según fuentes del Instituto Bartolomé de las Casas, existe una red de tráfico de niños trabajadores entre maestros rurales, policías y potenciales empleadores que, además, ¡se sienten buenos en sus corazones porque van a tener una ahijada! Lo que debemos cambiar es la mente, la forma de pensar, la manera de visibilizar que esta situación no es justa, ni para la familia del niño ni para la del patrón, que sigue organizando su vida y sus prácticas según esquemas coloniales de explotación, prohijados en un pensamiento autoritario que sus hijos ven y repiten.
“Domésticos son los perros o los gatos, yo no soy doméstica sino trabajadora del hogar” es lo que me dice airadamente Natalia Quispe Valeriano, secretaria de defensa del Sindicato de Trabajadoras del Hogar del Cusco, fundado en 1972. Y toca con inusual empoderamiento un tema difícil: la forma cómo la sociedad mira despectivamente a las trabajadoras del hogar en todos los sectores sociales. Proteger a la trabajadora y romper los esquemas mentales coloniales: dos tareas para el Estado, pero también, para todos nosotros y nosotras dentro de las paredes de nuestras propias casas.
Más información sobre el tema en un artículo largo que he publicado en CIPER (versión en inglés en NACLA), esta es la segunda entrega en La Insignia y en PDF en Ideele; una tercera entrega sobre trabajadoras del hogar en Piura en La Insignia. Se trata de un reportaje periodístico que participó de un concurso de AVINA motivo por el cual se pudo realizar un trabajo más a fondo sobre el tema.
Esta kolumna ha sido publicada en La República el día domingo 29 de marzo de 2009.
No toda tolerancia es buena: la tolerancia a la corrupción de nuestra sociedad ha sido fatal pues ha permitido, mentando el mal menor cada vez, relaciones autoritarias y perversas que durante la década pasada nos envilecieron. A su vez la tolerancia al machismo y a la violencia contra las mujeres ha permitido que se cometan crímenes contra nosotras por el solo hecho de serlo. A esta tipología de delito, que no es nueva pero tiene una percepción jurídica novedosa, se le denomina feminicidio. 
Caminaba despacito y estaba sobriamente vestida, con un pantalón kaki y una chompa de color camel. Ella siempre se vestía así: colores oscuros o ceniza, lacres, piezas tono sobre tono, ropa holgada, zapatos de taco bajo o cinco centímetros. Esa sobriedad que la distinguía en la poesía, esa elegancia de las palabras justas, la vivía a diario con su estilo corporal y en el minimalismo de su casa que era también un reflejo de su personalidad.
“No hay peor cuña que la del mismo palo” decía mi abuela con su consabida sapiencia piurana. Se refería, por supuesto, a la posibilidad de que alguien de la misma especie sea el que arremete contra su prójimo. Los leñadores saben que cuando se pone una cuña del mismo tipo de madera, el tronco a ser cortado se abrirá con mayor facilidad. De la misma manera podemos sentenciar que muchas veces el machismo más recalcitrante es el ejercido por las propias mujeres. Y lo más lamentable, ejercido por nuestras madres.
Un memorial o también llamado “monumento a la memoria” como la estatua a Miguel Grau o El ojo que llora, son espacios urbanos que tienen un sentido simbólico para marcar un hito en la historia de la nación. En todos los países del mundo hay memoriales: en Washington, por ejemplo, está el famoso Vietnam Veterans Memorial y en El Escorial, el monumento del Valle de los Caídos, cuya grandilocuencia dice mucho de la estética franquista. 
