Los notables y el museo
Finalmente hay una resolución suprema firmada por Yehude Simon y publicada en El Peruano que designa a Mario Vargas Llosa y a otros peruanos ilustres (Fernando de Szyszlo, Monseñor Bambarén, Salomón Lerner, entre otros) como los gestores del proyecto Museo de la Memoria. La idea es que esta comisión "gestionará la ejecución, organización y puesta en operación del museo, y promoverá la obtención de financiamiento para garantizar su operatividad a través de la cooperación internacional no reembolsable, en coordinación con las entidades públicas competentes".
La acción decidida de Vargas Llosa para solicitar al presidente Alan García la ejecución y aceptación de la financiación alemana es encomiable y admirable. Me parece a su vez importante que todas las personalidades mencionadas hayan aceptado participar de esta gestión, incluyendo por supuesto a profesionales que conocen de experiencias sobre memoria, museos y gestión de búsqueda de fondos. Ha sido un gesto importante y una decisión que esperamos se mantenga con el tiempo, y no quede simplemente en una posibilidad como otras iniciativas de este gobierno (recordemos a la ONA, sólo por recordar una).
No obstante, lo que me llama la atención, es que el Perú sigue siendo una nación en la que los "notables", las personalidades, los "señores" en suma, siguen siendo los ciudadanos con voto y sobre todo voz para poder dialogar con las más altas instancias. El Estado, representado en su presidente, mantiene la lógica de la república aristocrática: el ciudadano o la ciudadana de a pie no son intercolutores válidos para acciones de este tipo, menos aún, si se unen en marchas ciudadanas, o en grupos de presión, o en movimientos ciudadanos.
Tuvo que ser uno de los hombres más notables del Perú el que, primero, salió a la palestra con un artículo publicado en el diario El Comercio (y, sobre todo, en un grupo importante de diarios en español y en inglés) sosteniendo no sólo de la importancia de un Museo de la Memoria sino de la estupidez que implicaba aducir que ese dinero sería mejor destinado a paliar la pobreza. Con esa lógica, ¿para qué tenemos un equipo de fútbol y para qué se gasta en entrenadores?, ¿no sería mejor acaso entregar ese dinero para paliar la pobreza e incluso la de aquellos niños que la mueven mejor que los que portan oficialmente la casaquilla blanquiroja? Por supuesto que todo dinero para paliar la pobreza está bien destinado si es que los programas sociales están bien armados y articulados, y no son simplemente, espacios para conseguir adherentes a causas políticas inmediatas. Pero cuando nos referimos a un Museo de la Memoria estamos apelando a otra cosa.
Un Museo de la Memoria implica un trabajo simbólico de solución de quiebres durísimos que hemos vivido todos los peruanos, aún aquellos que eran niños o bebés durante los años 90, o más precisamente éstos. Un Museo de la Memoria que recoja en imágenes e historias y ¡por qué no! testimonios de las víctimas los años crudos que tuvimos que vivir con el pánico al terror, como ha dicho Vargas Llosa en La República, es la posibilidad de vacunarnos contra horrores semejantes.
Sin embargo, ¿qué hacer para vacunarnos contra mentalidades como la del presidente del Perú que siguen pensando en una ciudadanía de unos cuantos que tutelan a las masas?, ¿cómo operar desde la prensa, desde la escuela, desde la universidad y desde las calles, para que nuestra voz, la de cada uno de los peruanos, cuente por una y no por cero o por miles?, ¿hasta cuándo la subalternidad del peruano promedio?, ¿qué debemos hacer para salir de esta lógica del vocero de los mudos?
Mantener este tipo de relaciones para organizar una nación nos acorrala en la búsqueda del Inca, la búsqueda del taita, de aquel patrón que va a solucionar nuestros problemas porque preferimos ser incapaces, menores de edad, adolescentes eternos, y funcionar bajo la batuta de la autoridad-autoritaria, que no nos pregunta sino que actúa por nosotros. No podemos seguir así. Es preciso asumir todas las responsabilidades para poder convertirnos en dueños de nuestros propios destinos.
El Perú sí necesita museos pero sobre todo necesita ciudadanos.


